El relato del viernes: “El campesino”

EL CAMPESINO.JPG

¡Hola queridos amigos! Este viernes os traigo otro de mis relatos cortos, para animaros el fin de la semana. Pretende ser un homenaje a todas aquellas familias que pasaron los duros años de la posguerra trabajando de sol a sol para poder mantenerse. Sin más palabras, os dejo con él.

EL CAMPESINO

Por Ana Centellas. Agosto 2016

“Trabajaba en el campo de sol a sol. Tenía la piel curtida y las manos encallecidas del que trabaja duro con ellas. Apenas llegaba a los cuarenta años, pero su apariencia era la de una persona mucho mayor, forjada y esculpida en mil batallas de la dura vida a la que estaba acostumbrado.

Las largas jornadas apenas le dejaban ver a sus hijos, esas pequeñas criaturas que aún no eran conscientes del destino que les tenía deparada la vida. Pero les quería con toda su alma. Por eso faenaba tanto, para poder proveer a su familia del sustento diario, aunque el escaso jornal que recibía cada día apenas les daba para cubrir las necesidades más básicas.

Cada tarde, a la caída del sol, cuando terminaba derrengado del largo y duro día de labor, fuese verano o invierno, se arremangaba los pantalones y se adentraba en el río que transcurría cercano a su campo de trabajo, para intentar coger furtivamente un pez que llevarse al estómago durante la noche. Había días de suerte y lograba que un gran barbo no se escapase de sus manos, con sus maniobras escurridizas.

Entonces se dirigía a su casa, una maltrecha casita con un solo dormitorio donde le esperaban con anhelo su mujer y sus tres hijos.

Su mujer, aquella hermosa joven con la que se casó hacía años, se mostraba a sus treinta y cinco años demasiado ajada y con un cansancio permanente en su cara. Sobre todo en estos momentos, en los que su abultado vientre anunciaba la inminente llegada de su cuarto retoño. Otra boca más que alimentar, el jornal cada vez se quedaría más escaso.

Siempre que llegaba a casa repetía la misma rutina. Le daba un beso a su mujer, le acariciaba con cariño el vientre y le entregaba la pesca que sacaba de su viejo y desgastado zurrón de cuero, herencia de su padre. Ella lo cocinaba con amor, en el pequeño hornillo que tenían en la cocina. Con tanto amor que siempre intentaba darle un toque diferente añadiéndole las hierbas aromáticas que ella misma se encargaba de recoger en el campo.

Después saludaba a sus hijos. Los dos mayores, de trece y nueve años, le daban un cálido abrazo. Y su pequeña princesa de cinco años se aferraba a él como si fuese el rey del mundo y le daba un beso que le devolvía diez años de edad de golpe.

Cuando no había pesca, la cena siempre se limitaba a unas sopas de ajo que su mujer se esmeraba en preparar.

Cada noche miraba con ilusión a sus hijos, ajenos a la suerte que tenían de poder asistir a la escuela. Siempre los mismos libros, heredados de uno a otro, llenos de borrones. Por lo menos no serían analfabetos, como sus pobres padres. Con suerte, eso les aseguraría un futuro mejor, aunque tenía poca confianza en ello. Su miraba siempre terminaba centrándose en su hijo mayor, pronto terminaría la escuela y su destino sería faenar tanto como él. Al menos era joven y le resultaría menos duro, y la llegada de otro jornal a la casa se estaba convirtiendo en algo más que imprescindible.

A falta de cama, dormían todos juntos en el mismo jergón, amplio y siempre limpio gracias a la abnegada dedicación de su mujer. Se abrazaba a ella por las noches y siempre tenía el mismo sueño. Porque él soñaba. Soñaba con un futuro prometedor para sus hijos, viviendo en una gran ciudad, donde él tendría un trabajo bien remunerado y nunca les faltaría de nada.

Y mientras soñaba, la claridad del amanecer se adentraba por la ventana, mucho antes de la salida del sol, cantaba un gallo en las cercanías y se levantaba con costoso esfuerzo como cada día. Se aseaba, se afeitaba con una rancia cuchilla, volvía a ponerse sus raídas ropas de faena, tomaba un café de puchero con un pedazo de pan que amorosamente le preparaba ella, cargaba al hombro su querido zurrón, besaba a su mujer y acariciaba su vientre. Y volvía a marchar a los campos de labranza. Hasta que caía el sol.”

Espero con ilusión que os haya gustado. Que disfrutéis del fin de semana y nos vemos el lunes con un poquito más de mi. ¡Se os quiere!

Anuncios

Un comentario en “El relato del viernes: “El campesino”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s