El relato del viernes: “La sirena”

la-sirena

LA SIRENA

Cada amanecer, a la misma hora, antes de que el sol hubiese terminado de salir, en esa penumbra maravillosa que anuncia que un nuevo día está a punto de comenzar, ella se adentraba despacio en el mar, con su sobrio bañador negro de natación.

Iba caminando con lentitud y parsimonia, cada vez más adentro, acariciando el agua con las yemas de los dedos. Y seguía caminando mientras el agua le iba cubriendo por completo.

La primera mañana que le vi, desde la terraza de mi apartamento en primera línea de playa, el corazón se me paró durante unos instantes. Se había introducido en el agua caminando y llevaba ya varios segundos sin ver el menor rastro de ella. El mar estaba en calma, sin el menor signo de movimiento. Lo primero que me vino a la cabeza fue bajar corriendo a socorrerle, esa chica estaba a punto de cometer una locura.

Pero unos segundos más tarde le vi aparecer en la lejanía, casi cercana a las boyas que delimitaban la costa. Casi estoy seguro de que desde aquella lejanía, en el silencio de la mañana, pudo escuchar perfectamente mi suspiro de alivio. Ganó mi interés de inmediato, me quedé observándole durante un buen rato. Nadaba hasta la orilla, en un estilo casi perfecto, y se dejaba arrastrar por las olas hasta llegar a la arena con los brazos estirados y las piernas muy juntas. Volvía a introducirse en el agua caminando y repetía el recorrido una y otra vez. Hasta que al fin despuntó el sol sobre la montaña, recogió sus cosas y se fue, tranquila, elegante, emanando una paz interior que en aquellos momentos despertó incluso envidia dentro de mí.

Aquella noche no pude dormir pensando en la misteriosa muchacha. Me levanté muy temprano, en casa nadie se enteró de nada, estaban todos sumidos en ese sueño profundo y tranquilo que provocan las vacaciones. Aún era de noche cuando llegué a la playa. Me senté sobre una roca que había justo enfrente de mi terraza, frente al punto exacto donde le había visto el día anterior.

Apenas apareció la primera claridad del día, le vi llegar. Caminaba con la misma lentitud con que le vi adentrarse en el mar el día anterior, mojando sus pies en el agua de la orilla. No se percató de mi presencia, eso creo, y si lo hizo, no le importó lo más mínimo. Repitió exactamente el mismo proceso del día anterior. Al despuntar el sol, recogió sus cosas y se marchó con la misma solemnidad con la que había llegado.

Cuando regresé a mi apartamento, toda la familia seguía durmiendo. Probablemente lo seguirían haciendo durante un par de horas más. Me tumbé en la cama y el cansancio de la noche pasada en vela me hizo dormir. Y soñé con sirenas varadas en la orilla.

El resto de mis vacaciones siguieron con la misma rutina. Mi sueño era intranquilo, apenas un par de horas, y antes del amanecer ya estaba sentado en la misma roca esperando a mi sirena. Ella llegaba, con su andar elegante y parsimonioso, se adentraba en el mar caminando con calma hasta sumergirse y salía a la superficie a la altura de las boyas, desde donde regresaba nadando hasta llegar a quedar varada en la orilla. En ningún momento pude escuchar sonido alguno, la quietud del mar era insondable mientras la sirena se desplazaba con agilidad dentro de las calmadas aguas. Ni una onda se formaba en el agua a su paso. Al salir el sol, recogía nuevamente sus cosas y marchaba dejando conmigo la paz que emanaba y un vacío insoportable dentro de mi pecho.

El último día de mis vacaciones, repetí la misma operación, pero en aquella ocasión me atreví a dejar mi segura roca atrás para sentarme en la orilla en el punto exacto en el que sabía que ella quedaría varada. No recuerdo el tiempo que estuve esperando, hasta que finalmente le vi llegar con su alto porte habitual. “Buenos días, compañero”, me dijo al llegar aquella mañana. Mis labios paralizados fueron incapaces de devolverle una respuesta, lo único que conseguí fue realizar un leve asentimiento con la cabeza a modo de reverencia.

Ella siguió el proceso de costumbre, yo observándole con fijeza para no perder ningún detalle del último día que podría disfrutar de su serenidad. De pronto, ocurrió algo diferente al resto de los días. En lugar de la tranquilidad habitual, pude escuchar en la lejanía un pequeño chapoteo. Agudicé la vista en busca del lugar de donde provenía el sonido, y la magia inundó mi corazón al ver asomar durante tan sólo un instante, una preciosa cola de pez que desprendía brillos de mil colores. Rápidamente todo volvió a la quietud habitual, y mi sirena emergió de las aguas hasta llegar nadando y quedar varada a mis pies.

Justo en ese momento, el sol asomó por encima de la montaña. Creí ver un guiño en sus ojos, mientras recogía sus cosas y se marchaba por el mismo lugar por donde había venido, emanando su paz interior a muchos metros de distancia.

Comprendí en aquel momento el grandioso regalo que me había hecho, de manera altruista y demostrando una confianza en mí que no había sentido nunca hasta ese momento. Ella lo sabía, sabía que creía en ella, sabía que estaba hechizado bajo su embrujo y sabía que no nos volveríamos a ver.

Aquella mañana me quedé allí sentado en la playa, con la vista bien fija en el mar y en el horizonte. Los turistas comenzaron a llegar a escasas horas y comprendí que era el momento de regresar a casa. Con un poco de suerte quizá no se hubiese despertado nadie aún.

Aquella imagen de mi sirena me acompañó durante mucho tiempo. Ha habido momentos en los que he dudado de si aquello que había vivido era real o simplemente todo había sido un maravilloso sueño. Pero en esos momentos de duda, cuando estoy durmiendo, mi sirena viene a mis sueños y me habla: “No te olvides de mí, por favor, no dudes de mi existencia, eres de los pocos privilegiados que han tenido la suerte de contemplarme, tú fuiste elegido por mí, porque sabía que creerías en mí.

Entonces voy a mi cartera, rebusco entre las decenas de papeles acumulados y contemplo la maravillosa escama que se desprendió de su cuerpo aquel último día al salir del agua y despedirse de mí para siempre. Aún guarda el mismo brillo mágico del primer día y resplandece cual arco iris tras la tormenta. Entonces recupero mi paz interior, esa que ella misma me regaló durante todos aquellos días de complicidad, y me siento el hombre más tranquilo y feliz sobre la faz de la tierra. Porque soy un privilegiado.

Quién sabe, quizá algún día vuelva a encontrarme con mi querida sirena, y me adentre con ella hasta las profundidades del mar.

Ana Centellas. Agosto 2016. Derechos reservados.

Anuncios

2 comentarios en “El relato del viernes: “La sirena”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s