El relato del viernes: “El adiós”

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EL ADIÓS

Siempre he odiado los tanatorios. ¿A vosotros no os pasa? Me parecen un sitio de reunión absurda de personas que en su mayoría van por compromiso a dar el pésame a los familiares de un fallecido. Reunión de personas que hace tiempo que no se ven, sólo en bodas, funerales y bautizos, gran tradición española. Y al final se convierten en un grupo de personas formando gran algarabía, contando anécdotas e incluso chistes en un tono de voz demasiado alto, sin mostrar respeto alguno por los verdaderos afectados por el duelo.

Siempre he pensado que el duelo ha de vivirse en soledad, sin cristales de por medio, que te permitan despedirte en condiciones de esa persona tan querida que, aunque nunca se vaya de tu corazón, la cruda realidad es que nunca más volverás a ver, abrazar, besar… Creo que es un momento demasiado íntimo para compartirlo con un montón de personas que en algunos casos ni siquiera conoces y se acercan a ti con cara de circunstancias para darte el pésame, cuando ni siquiera están seguros de estar dirigiéndose a la persona adecuada. Quizá se guíen por el tono rojo de los ojos del desafortunado de turno.

Recuerdo en particular un día en que yo estaba viviendo por dentro un duelo especialmente doloroso. Había caído en una especie de sopor profundo, supongo que debido al extremo cansancio de la dolorosa situación. Era perfectamente capaz de escuchar la algarabía a mi alrededor, voces de personas totalmente desconocidas para mí que conversaban a gritos, reían. Me molestaban en extremo, pero había algo que me impedía abrir los ojos para ir a pedir silencio.

En un momento de demasiada afluencia de “allegados”, el alboroto llegó a niveles demasiado molestos para el doloroso estado de mi corazón. Aún no había conseguido emitir ninguna lágrima, lo cual era extraño, porque yo siempre he sido sentimental en demasía y el dolor que sentía dentro de mí era demasiado intenso. Y ese sopor…

Abrí los ojos con esfuerzo, tuve que hacer un esfuerzo prácticamente sobrehumano para hacerlo. Lo primero que sentí al hacerlo fue miedo, lo reconozco, jamás imaginé encontrarme con lo que me encontré. Me encontraba tumbada en un pequeño cuarto, enclaustrada en un espacio demasiado reducido, y una mampara de cristal frente a mí me enseñaba mi propio reflejo. Fue entonces cuando lo comprendí. Ese extraño sopor que no me permitía abrir los ojos, ese duelo tan particularmente doloroso en mi interior, esa indignación tan grande con la gente poco respetuosa de fuera. Estaba asistiendo a mi propio funeral.

Me incorporé dentro de mi ataúd forrado de tul. Me sentí liviana como nunca en la vida. Cualquier sentimiento de opresión había desaparecido por completo. Menudo susto se van a llevar, pensé, cuando me vean levantarme de allí. Pero no vi ninguna reacción extraña en ellos. Mi familia seguía allí, cerca de mí, doloridos y agotados. El resto de la gente seguía con su cháchara como si nada.

Me levanté completamente y cuál fue mi sorpresa cuando vi a mi cuerpo inerte en el mismo lugar donde debía llevar horas. No conseguía recordar lo que había pasado. Sólo sabía que podía caminar y cuál fue mi sorpresa cuando conseguí atravesar la mampara de cristal con absoluta facilidad.

Caminé entre la gente, acariciando a mis seres queridos y haciéndoles muecas de burla a los demás. Era gracioso, no podían verme y yo podía hacer lo que quisiera. Entonces recordé el motivo por el que me había levantado de allí. Grité con todas mis fuerzas, aún a sabiendas de que nadie podría escucharme. “¡Podéis marcharos todos de aquí! ¿Se puede saber qué coño estáis haciendo? ¡Ninguno de vosotros me ha demostrado ningún afecto en vida y ahora os creéis con derecho de venir aquí a llorar mi muerte? ¡¡¡Fuera!!!”

Nunca imaginé el efecto que pudieron tener mis palabras. La gente allí reunida se calló de inmediato. Yo les veía divertida mientras se les erizaba el vello y poco a poco fueron despidiéndose del lugar. Cuando me aseguré de que sólo quedaban las personas realmente importantes, respiré tranquila. Uno a uno les fui recorriendo, acariciando y hablándoles al oído. “No llores por mí. Estaré bien y estaré contigo para siempre, cuidándote y protegiéndote. Te quiero.” Vi cómo también se les ponía la piel de gallina a mi paso, pero ninguno abandonó el lugar. Al contrario, vi cómo les comenzaba a inundar la paz y eran plenamente conscientes de que yo estaba allí, con ellos, consolándoles con mi particular estilo. Vi resbalar alguna lágrima, pero la paz dominaba el ambiente.

Una vez me hube asegurado de que todos ellos, los importantes, estuviesen tranquilos. Me dirigí otra vez hacia el sitio en el que se suponía debía estar. Todos se dejaron caer en un sueño tranquilo y yo, por última vez, me introduje en sus sueños, para darles mi último adiós. Un hasta siempre eterno. Un te quiero incombustible. Un gracias por todo realmente sentido. Volví a mi posición y al poco tiempo me sentí volar, volar por fin hacia la libertad. Ya podía marchar tranquila, sabiendo que mis seres queridos, los importantes, habían recibido mi mensaje y quedaban para siempre bajo mi protección.

No pude evitar hacer una de las mías antes de dejarme ir. Imagino la sonrisa de mi familia cuando viese escrito en la vitrina, con mi color de lápiz de labios preferido, “Hasta siempre. Os quiero. Os esperaré toda la eternidad, pero no tengáis prisa por llegar”.

Ana Centellas. Agosto 2016. Derechos registrados.

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