El relato del viernes: “El camino”

EL CAMINO.JPG

EL CAMINO

Se me antojaba largo, se me antojaba angosto. Decían que al final de aquel camino hallaría la sanación de mi alma herida en mil batallas. Pero aquel camino se me antojaba angosto.


Había comenzado amplio, soleado, con piso firme. Yo también lo había comenzado con paso firme, con mi gran mochila cargada de emociones a mi espalda. Pero a medida que avanzaba, aquel camino se iba estrechando, como si quisiera engullirme. Comencé a sentir un pánico irracional, ¿qué podía pasarme? Era sólo un camino como tantos otros, bordeado de alegres campos en primavera que ahora aparecían apagados y dorados por el intenso calor veraniego.


La mochila que llevaba colgada a la espalda cada vez se sentía más pesada. Me arrepentí una y otra vez por no haber metido una botellita de agua helada junto a mis emociones. Ese calor… El camino cada vez más angosto, menos firme, con más obstáculos y escarpado.


La luminosidad del principio había ido dando paso a una semi-oscuridad un tanto siniestra, un tanto lúgubre. Y a medida que avanzaba la oscuridad aumentaba el calor que arreciaba con fuerza. ¿Cómo iba aquel camino a llevarme a ningún tipo de sanación si amenazaba con devorarme en cualquier momento?


La pesadez de la mochila iba en aumento. Decidí parar a reposar sobre una roca que me miraba desde un lado del camino. Parecía estar diciéndome “siéntate”, como si yo misma me tratase de Alicia, pero en lugar de en el País de las Maravillas, me estuviese adentrando en el País de las Tinieblas. Mientras reposaba en aquella roca, mucho más cómoda de lo que me había parecido en un principio, me sentí como en un oasis, un remanso de paz en el angosto camino. Abrí la mochila y sentí la necesidad de aligerar su peso. No podría continuar mucho más allá por aquel tenebroso camino con tanto peso acumulado a las espaldas. Así que me liberé en primer lugar del escepticismo. Me habían dicho que aquel camino, por muy duro y siniestro que aparentase ser, me llevaría a la sanación de mi alma. ¿Por qué no habría de creerles? ¿Acaso tenían alguna razón para mentirme?


Reanudé mi camino ya sin el peso del escepticismo sobre mis hombros. Quizá fuese una ilusión mía, pero algo más adelante el camino parecía ensancharse un poco y un tenue rayo de luz parecía querer abrirse paso entre las tinieblas que me envolvían. Mi mochila, aún sensiblemente más ligera, seguía resultando una pesada carga para mí. Y el camino, a pesar de ser algo más amplio, seguía siendo lo suficientemente angosto y accidentado como para no agobiarme.


Una piedra puntiaguda que sobresalía en mitad del camino se interpuso ante mí. Tropecé y con ello caí al suelo sin poder evitarlo. La puntiaguda piedra me lastimó una rodilla. El dolor era profuso y agudo, y la piedra seguía allí, desafiante. Descargué mi ira sobre ella, maldita piedra interpuesta en mi camino para hacerme daño, pero sólo conseguí lastimarme también el pie, enfundado en mis sandalias de caminante. Me senté sobre el suelo, cerca de la dañina piedra, a recuperarme del dolor. La mochila seguía pesando sobre mi espalda, cual si estuviera rellena de plomo. Creo que iba entendiendo de qué se trataba todo aquello, así que traté de aligerar un poco más el peso de la misma. Extraje de ella la ira. ¿Acaso era culpable la piedra de estar allí, seguramente en el mismo lugar desde hacía años, y de que yo hubiese tropezado con ella? ¿Tenía yo derecho a tratarla de aquella manera?


Continúe mi camino con la mochila un poco más ligera pero aún con un peso considerable que me impedía continuar al ritmo que yo hubiese necesitado. El camino que se había ampliado un poco anteriormente, en el que incidían cada poco tiempo tenues rayos de sol, había comenzado a ser ligeramente menos escarpado. Podía sentir la mayor facilidad con la que podía avanzar, pero mi ritmo no era el deseado.


Eché un rápido vistazo hacia atrás, ya no quedaba rastro del pueblo desde el que había tomado aquel camino tan prometedor y que se había convertido para mí en una auténtica tortura. Miré a continuación de nuevo al frente, pero no conseguía vislumbrar nada, absolutamente nada, únicamente aquel camino que continuaba y continuaba delante de mí, hasta perderse en el horizonte.


Hice otro alto en el camino. Debía llevar ya horas caminando y no había conseguido nada, y lo peor, no sabría cuánto tendría que caminar más. La teoría que se estaba formando en mi mente apuntaba a ser cierta, así que me esforcé por hacer la prueba. Abrí la mochila con desgana, rebusqué entre mis emociones, esperando encontrar la botellita de agua que nunca llegué a echar, y cuando encontré la frustración la saqué de la mochila y la envié bien lejos de mí. El peso de la mochila se aligeró al menos en diez kilogramos de golpe.


Eché otra rápida ojeada hacia delante, el camino cada vez parecía menos siniestro, invitaba a caminar por él. Comencé a avistar de nuevo los dulces campos quemados por el sol del verano y pude distinguir claramente una bandada de pájaros que volaban libres sin ningún tipo de preocupación. Sentí envidia de ellos. Ellos podían volar y salir del angustioso camino. De repente pensé, ¿quién me dice a mí que esos pobres pajaritos son más felices que yo? ¿A lo mejor no tendrán también sus preocupaciones y sus miedos? Y si fuesen más felices que yo, entonces, ¿no debería alegrarme por ellos? Inmediatamente abrí la mochila y me desprendí de la envidia.


Al fin supe que mi teoría era cierta. Tendría que desprenderme de mis emociones para poder aligerar el equipaje y llegar al fin del camino, cada vez más amplio y luminoso. Pero, ¿de cuántas se trataba? Y sobre todo, ¿cuáles eran? Empecé a asfixiarme, me faltaba la respiración al ver que el camino se tornaba algo más angosto de nuevo. Sólo quería llegar al final lo antes posible. Era mi único objetivo. Ante la falta de aire que amenazaba con azotar fuertemente a mis débiles pulmones de fumadora, abrí rápidamente la mochila y busqué en su interior. Eché mano de la impaciencia y la arrojé en una cuneta. Poco a poco, con paciencia, fui capaz de ir recuperando la respiración.


Más sosegada, y con un peso mucho más liviano a la espalda, continué mi camino. Debía terminarlo para conseguir el objetivo que me había llevado hasta allí, hasta aquel recóndito lugar donde no tenía más compañía que yo misma. En ese momento, fue como mi pensamiento hubiese sido capaz de generar un espejismo, pero creí divisar en la distancia a otra persona recorriendo el mismo camino que yo. Aliviada ya del peso de la impaciencia, retomé mi camino con total tranquilidad, sin hacer ningún esfuerzo por intentar llegar hasta aquella persona que evidentemente iba a un paso bastante más lento que el mío, a juzgar por la forma en que me aproximaba a ella.


Conforme me iba acercando, pude distinguir su aspecto. Con el ceño fruncido y aspecto de matón con mil tatuajes recorriéndole el cuerpo, me observaba. Durante unos breves instantes, sentí miedo, lo reconozco. Sabía que no intentaría hacerme daño, pero su aspecto me inspiraba algún tipo de recelo. ¿Quizá me quitaría alguna de mis emociones tan cuidadosamente guardadas en la mochila? O lo que era peor, ¿intentaría cargarme con las suyas? Sus ojos me miraron fijamente, era evidente que su mochila pesaba bastante más que la mía, a saber qué guardaría allí dentro. Esa mirada se transformó en apenas segundos en una mirada que pedía ayuda. Me pidió agua para beber, le respondí que no tenía, y le ayudé durante un trecho a cargar con su mochila. Con las dos mochilas en mi espalda, el peso era significativo y yo casi no podía caminar, al igual que él. Me detuve y extraje de mi mochila los prejuicios y la intolerancia. Le devolví su mochila, le di un abrazo de ánimo y proseguí mi camino adelantándome a sus pasos.


Sentí que quedaba algo en mi interior que seguía obstaculizándome en mi avance. Quedaba en la mochila algún resquicio pesado que me impedía avanzar. Hice de nuevo un alto en el camino para reflexionar. Por más que pensaba y pensaba no lograba dar con ello. Rebusqué en mi mochila pero no lograba encontrar qué era aquel extraño peso que seguía presionando dentro. Fue entonces cuando, al mirar hacia el suelo, vi una piedra afilada, muy similar a aquella con la que había tropezado horas atrás. Había extraído la ira de mi mochila, pero noté algo extraño al recordar a mi piedra. Algo que seguía allí, impidiendo mi avance. ¿Acaso aunque calmé mi ira hacia ella aún la consideraba culpable de mi torpeza al caminar? Volví a buscar en la mochila. Esta vez no tardé en encontrar el rencor, ese que había estado ahí siempre oculto. Lo lancé bien lejos.


Como por arte de magia, mi mochila se volvió liviana. El camino se ensanchó hasta límites insospechados, iluminado por un gran sol que lanzaba destellos sobre los árboles del campo que me rodeaba. Tuve que frotarme los ojos para comprobar que no era un espejismo el oasis que tenía a escasos cien metros de mí. Juraría que hacía apenas unos instantes no estaba allí. Inicié mi camino hacia él, temiendo que se desvaneciese por el camino. Y efectivamente, parecía desvanecerse a medida que me acercaba.


No lo entendía, no me sentía frustrada por ello porque ya me había desprendido de mi frustración. No me sentía con rabia, ya que también me había desprendido de mi ira. Mi camino no era apresurado, ya que también me había desprendido de la impaciencia. Debía quedar algo que estaba haciendo desvanecerse mi oasis particular. Una lucecita se encendió en mi cabeza y volví a rebuscar en mi mochila. Allí estaban, bien escondiditos en un rincón en el lugar más recóndito de la mochila, mis miedos y mis temores. Los arrojé al suelo sin el menor atisbo de duda.

Y por fin, el oasis apareció resplandeciente ante mis ojos. A tan sólo un par de pasos. Bebí tranquilamente de sus agua, frescas y revitalizantes. A mi alrededor, un amplio campo cubierto de flores se extendía sin límites. Sorprendida y emocionada, revisé el contenido que tenía mi mochila.


Estaba repleta de emociones, pero era ligera como una pluma. Divisé el amor, la amistad, la sinceridad, la autoestima, el cariño, la bondad, la honestidad, la fidelidad, la confianza, y un sinfín de buenos valores más. ¡Las ganas de vivir! Con energías renovadas, me preparé para iniciar el camino de vuelta, dando un buen trago del agua fresca y clara del manantial.


Cuál fue mi sorpresa cuando nada más comenzar el camino de vuelta ya estaba al comienzo del mismo. El pueblo estaba allí, iluminado por los primeros rayos del sol, apenas unos minutos después de mi salida. Sólo podía sentir agradecimiento hacia aquellas personas que me habían animado a iniciar el camino, y fui en su busca para darles mi más sincero abrazo de cariño.


Había vuelto una nueva persona, una nueva persona que jamás dejaría de sonreír.

Ana Centellas. Agosto 2016. Derechos registrados.

el-adios-copyrighted

Anuncios

2 comentarios en “El relato del viernes: “El camino”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s