El relato del viernes: “En la oscuridad de las calles”

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EN LA OSCURIDAD DE LAS CALLES

Las calles del pueblo estaban oscuras y silenciosas, la tenue luz que emanaba de las farolas no era suficiente para iluminar las calles. De todas formas, a aquellas horas de la madrugada, poco importaba. Nadie estaría tomando el fresco en las puertas de las casas, ni habría niños jugando con alegría en la plaza y el bar del pueblo haría horas que ya habría cerrado. Eso sólo pasaba en verano, cuando el pueblo se llenaba de gente ansiosa por salir de sus rutinas.

A mis recién estrenados quince años, llevaba cinco viviendo en aquel pueblecito de apenas cien habitantes. Era la única adolescente del pueblo, la única que esperaba por las mañanas la ruta del autobús que me llevaría al instituto. Pero no me importaba. Gozaba de más libertad que cualquiera de mis antiguos amigos de Madrid. La única pega que le podía poner al pueblo era que, al ser tan pocos habitantes, todo el mundo estaba al tanto de todo, cual si de un pasatiempo se tratase. Aún no he llegado a saber cómo lo consiguen, pero es así.

Aquel viernes del mes de octubre iba a ser especial para mí. Roberto, mi gran amor de verano, había venido a visitarme. Con sus ya dieciocho años y cierta libertad para hacer cosas de la que yo carecía, habría tomado el flamante coche de su padre con su recién estrenado carné de conducir, para venir a verme.

En verano era un secreto a voces, pero ahora lo único que queríamos era un poquito de intimidad. Aún éramos demasiado inocentes, sobre todo yo, para llenar el pueblo de habladurías que no llevarían a ningún lado.

Así que, alrededor de las dos de la mañana, yo cerraba con el mayor sigilo del mundo la puerta de mi casa para que mis padres no se enterasen de que había salido de casa. Aguantando la respiración y mordiéndome la lengua para no emitir sonido alguno, fui cerrando la puerta poco a poco. El único sonido que yo podía escuchar era el de mi corazón martilleando con fuerza dentro de mi pecho, como si quisiera salir del mismo. Temía que alguien más fuese capaz de escucharlo. Misión conseguida y, al salir por fin al frescor de la calle, acallé con mis manos el sonoro suspiro que se me escapó después de haber estado tanto tiempo aguantando la respiración.

Iba caminando por las oscuras callejuelas del pueblo, en busca de Roberto. En deportivas para hacer el menor ruido posible, avanzando despacio y con la capucha de mi sudadera puesta para pasar desapercibida en caso de encontrarme con alguien en mi camino. Como si eso fuera posible, siendo la única adolescente del pueblo, todo el que me viera sin dudarlo sabría que sería yo.

El silencio de las callejuelas era insoportable, hasta el punto en que llegué a escuchar ruidos que provenían de todas partes. Sentía como si tuviera mil ojos clavados en mí, como si detrás de cada cerradura de las antiguas puertas de las casas más viejas del pueblo me estuvieran observando. De manera que aligeré el paso, necesitaba llegar cuanto antes a casa de Roberto. Las calles del pueblo, tan bien conocidas por mí y acostumbrada a la baja iluminación, se me antojaban en aquel momento tétricas. Mi respiración estaba acelerada, comenzaban a caer gotas de sudor por mi frente, a pesar del frescor de la noche de finales de octubre. Las calles parecían alargarse sin fin, el trayecto se me hizo eterno.

Cuando al fin alcancé a llegar a casa de Roberto, le puse un mensaje para que me abriese. Estaría esperándome. Yo aguantaba ansiosa pegada a la puerta, poseída por completo por un absurdo miedo que se había apoderado de mí. Roberto se demoró sus buenos tres minutos en abrirme la puerta, y yo entré sudorosa, agitada, con la respiración alterada. Sólo supe abrazarme a él mientras se limitaba a abrazarme y acariciarme el pelo infundiéndome de valor.

Por fin estaba con él, por fin estaría a salvo. Él partiría antes del alba para no levantar sospechas y que sus padres creyeran que había pasado la noche de fiesta. Yo tendría que regresar de nuevo a mi casa antes de que mis padres despertasen, por suerte al día siguiente era sábado y no se levantarían muy temprano. Nadie tenía que notar mi ausencia de la casa. No teníamos tiempo que perder.

Nuestro amor era tan puro, sincero e inocente, que nos limitamos a besarnos sin límites y a dormir juntos, abrazados, por primera vez en la vida, durante unas pocas horas. Antes del alba ya había terminado nuestra noche particular.

La primera en salir de la casa fui yo, cerrando lentamente por si algún vecino excesivamente madrugador, de esos que iban a faenar al campo, ya se hubiese levantado y pudiese escuchar algún ruido. Esperé a que saliese Roberto, escondida tras una esquina. Salió con toda la tranquilidad del mundo, montó en su coche y partió para la cuidad dejándome los ojos anegados en lágrimas. Volví a cubrirme con la capucha e inicié el camino de vuelta a casa.

Allí estaba otra vez, la misma oscuridad, la misma sensación de inseguridad, de centenares de ojos acechándole. El pánico volvió con mucha más fuerza que antes. ¿Cómo era posible que esas mismas calles que tantas veces había recorrido, sola o acompañada, de día o de noche, le produjeran ahora tanto pavor? El corazón amenazaba con salírsele del pecho, bum, bum, bum, lo oía perfectamente. Ruidos sospechosos que parecían provenir de todas partes. Eché a correr con todas mis fuerzas, lo que mis delgadas piernas me permitían.

Llegué por fin a mi casa casi sin aliento, parecía que acababa de correr una maratón. Abrí la puerta justo antes de alcanzar a ver una sombra que se movía justo tras de mí. ¿Qué había sido eso? ¿O tan sólo era producto de mi imaginación? Cerré la puerta a mis espaldas con cuidado, para no hacer ruido, a pesar de mi alterado estado. Por fin me sentí a salvo. Pero al atravesar el salón para subir a mi habitación, pude ver la misma sombra pasar por detrás de la ventana.

Subí los escalones de dos en dos, me puse el pijama intentando hacer el mínimo ruido posible, aunque en el estado en que me encontraba era bastante difícil. Me metí en la cama, me acurruqué y me tapé la cabeza con la colcha. No salí de allí en toda la mañana.

Pude escuchar perfectamente cómo mi padre le preguntaba a mi madre:

¿Qué le pasa a la niña? ¿Está mala?

A lo que mi madre contestó:

– Déjale tranquila un rato, habrá pasado una mala noche. Ayer la oí salir de casa después de las dos de la mañana.

– ¿Entonces ya lo sabe? – preguntaba mi padre.

– No lo creo, pero la sentí llegar aterrorizada antes del amanecer.

-¿Crees que deberíamos contárselo? – preguntaba mi padre con cautela.

– Tiempo al tiempo, cariño, todavía es muy niña. Y creo que no volverá a salir a esas horas en una buena temporada.

¿Qué era ESO que debía saber? Me tapé aún más la cabeza con la colcha. Fue el primer sábado en el que no conseguí salir de la cama en todo el día.

Ana Centellas. Agosto 2016. Derechos reservados.

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