El relato del viernes: Mi querida rosa roja

MI QUERIDA ROSA ROJA.JPG

 

MI QUERIDA ROSA ROJA

El jardín brillaba en todo su esplendor. A pesar de estar en pleno mes de agosto, el sol resplandeciendo en todo su apogeo y un calor sofocante, las plantas del jardín agradecían el suministro diario de agua que recibían. Y manifestaban su gratitud hacia esa mano cuidadora de la mejor manera que sabían, brotando preciosas flores que conferían al jardín un aspecto casi mágico.

La primera vez que vi el jardín, quedé  enamorada de él. Cientos de rosas de todos los colores, rosas, rojas, blancas, amarillas, parecían celebrar una fiesta en él. Las hojas de las plantas tenían un brillo especial, lucían relucientes, lozanas, frescas y fuertes. Alguna que otra planta de hortensias daban el toque diferente a aquella rosaleda, conviviendo en armonía con laureles, matas de hierbabuena, pequeños cipreses que intentaban alcanzar el cielo.

Pasear por el jardín era toda una fiesta para los sentidos. Aparte de la armonía de colores que nos regalaban, un sinfín de aromas se entremezclaban en el ambiente, creando un aroma muy especial.

A mí me gustaba pasear por aquel jardín, lentamente, prácticamente en silencio para no perturbar la paz y la tranquilidad que se respiraba. Aspirar esa mezcla de aromas, creando un perfume único en el mundo que durante esos momentos podía disfrutar sólo yo. Me gustaba apoyarme en el tronco de uno de los pequeños cipreses, siempre el mismo, para que notase mi cariño, y aprovechando su sombra sacaba de mi mochila mi sempiterno libro y podía pasar horas y horas leyendo a la sombra de mi ciprés.

Cuando me iba solía ir acariciando todas y cada una de las plantas, sin olvidar ninguna. Un día cualquiera, una de las flores llamó especialmente mi atención. Una gran rosa roja sobresalía orgullosa sobre todas las demás, con los pétalos más aterciopelados y brillantes que había visto nunca. Llamó tanto mi atención, que comenzó a surgir dentro de mí una urgente necesidad de llevarla conmigo. Luciría preciosa en mi mesilla de noche, envolviendo mis sueños con su dulce aroma.

Sin dudarlo ni un momento más, me dispuse a llevarla conmigo a casa. La cuidaría como mi tesoro más preciado. La tomé del tallo con delicadeza, con intención de cortarla y abrazarla. Al hacerlo, una cruel espina atravesó mi mano, haciendo brotar de inmediato un reguero de sangre tan rojo como mi preciosa rosa roja. Me enfadé con mi rosa. “¿Por qué me haces daño?”, pensé. Y me alejé del jardín algo triste y abatida. Yo sólo quería cuidarla, mimarla, cantarla canciones y que alegrase mi casa y mi sueños con todo su aroma y esplendor.

Al día siguiente volví al jardín, repitiendo la que ya se había convertido en mi rutina diaria. Mi ciprés me recibió agradecido regalándome la sombra más fresca que podía imaginar. Al regresar a casa, siguiendo mi ritual de caricias regaladas a todas las plantas, la vi. Seguía allí, altanera, orgullosa, luciendo un rojo aún más vívido si cabe, sin duda alimentado por la sangre que ayer mismo manaba de mi herida. La necesitaba para mí, no lo puedo explicar, pero era tal el enamoramiento que tenía con aquellas preciosa flor, que volví a intentar llevarla conmigo. Acerqué mi mano a su tallo con sumo cuidado, regalándole palabras bonitas que la hicieran enamorarse de mí como yo lo había hecho de ella. Y una vez más, al hacerlo, otra espina cruel atravesó mi mano con más saña si cabe que el día anterior. La alimenté con mi sangre, mi rosa no me quería, y los dos estigmas que quedaron en mi mano me lo recordaban a cada momento.

Pero no cejé en mi empeño. Al día siguiente volví al jardín. Embriagada por el intenso perfume, abracé a mi ciprés favorito, que me dio la bienvenida con las ramas extendidas para darme cobijo del sol, como tantas otras mañanas. Perdí la noción del tiempo con mi lectura, no podría precisar las horas que pasé en compañía de mi ciprés. Tendría que  apresurarme, mis hijos estarían a punto de regresar de la escuela para comer. Aún así, fui acariciando cada una de las plantas como era mi costumbre.

Al llegar a mi querida rosa roja, el impulso de llevarla conmigo reapareció de inmediato. Acerqué de nuevo mi mano a su tallo, entonces recordé mis heridas. Miré la palma de mi mano con sus dos pequeñas cicatrices en su día sangrantes y por fin lo comprendí. Le hablé a mi flor. “Te amo, querida rosa roja, pero si te llevo conmigo morirás sin remedio. En cambio, si te dejo en tu jardín, podrás deslumbrar aún más cada día con tu belleza, todo el mundo podrá disfrutar de tu aroma, y yo seguiré visitándote a diario para demostrarte mi amor. Sé libre, querida rosa roja, sé libre. Porque en tu libertad está mi felicidad.”

Ana Centellas. Agosto 2016. Derechos reservados.

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