El relato del viernes: “El quirófano”

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Jaime entró en el quirófano bien tapado con su sábana. Los celadores conducían su cama sin cuidado alguno, con las prisas propias de nuestros tiempos. Miraba hacia el techo continuamente, como en un intento por ver más allá la luz del sol que lucía con fuerza en el exterior. Su mujer, Lucía, le esperaba nerviosa fuera. Un tímido beso fue lo último que se llevó de ella.

Sólo al entrar en el quirófano se permitió mirar a su alrededor. Todo le llamó inmediatamente la atención. No era la primera vez que pasaba por un quirófano, estaba más que habituado. Pero aquel era un tanto peculiar. Una cúpula se abría sobre su cabeza, como una bóveda de tiempos pasados. Pensó por un momento en una catacumba. La cúpula tenía arcos que la cruzaban de lado a lado y las paredes estaban recubiertas hasta media altura con unos azulejos que recordaban a épocas pasadas. Únicamente una lámpara ultramoderna se cernía sobre su cabeza luciendo amenazante cuando le trasladaron a la mesa de operaciones.

Comenzó el protocolo de siempre. En anteriores ocasiones siempre se había mostrado tranquilo, en unos momentos se dormiría y no sentiría nada. Pero en aquella ocasión se mostraba inquieto por la vista que le había proporcionado aquel lugar cuando le colocaron la máscara de oxígeno, a pesar de que la operación era sencilla y no debería tardar mucho. Poco a poco sus ojos se fueron cerrando hasta quedar sumido en un profundo sueño.

– Despierta Jaime, abre los ojos.

Eso fue lo siguiente que oyó y abrió los ojos con pesadez. Le sorprendió ver la cara de la anestesista, no parecía la misma que cuando entró en quirófano. Su cara era similar, pero había algo diferente en ella que le inquietaba y le hizo despertar por completo. Sintió como le traspasaban a la cama e iniciaban la salida de aquel extraño quirófano. A pesar de haberse encontrado completamente despierto por un momento, los efectos de la anestesia todavía tomaban sus sentidos y se encontraba en medio de una nebulosa que le perseguía por momentos. Al salir del quirófano pudo ver al pasar a Lucía, que le lanzaba un cariñoso beso y sonreía con emoción. Pero había algo en ella que también había cambiado, pero en esos momentos, sumido en el sopor que sentía, no supo descifrar qué era.

Pasó cuatro largas horas en una sala de recuperación, dormitando a intervalos. Se sentía en extremo cansado. A intervalos poco frecuentes, una enfermera con su correspondiente cofia se acercaba a él para interesarse por su estado. Un momento, las enfermeras ya no llevaban cofia, ¿no? Quizá estuviese todavía teniendo alucinaciones por el efecto de la anestesia. Pero el caso es que parecía todo tan real… Echó un vistazo a su alrededor, varias enfermeras con el mismo uniforme, con delantal blanco y cofia, pululaban por la sala. El caso es que él se sentía completamente despierto.

Se alegró cuando le anunciaron que le iban a subir a planta. Allí estaba Lucía esperándole con ansia. Le recibió con un cariñoso abrazo. Jaime le seguía viendo distinta. Era ella, sin duda, pero algo no encajaba. ¿Qué era? En ese momento todas sus neuronas trabajaban a toda máquina intentando dilucidar dónde se encontraba la diferencia. Tenía la misma melena de siempre, con su precioso color castaño y el corte recto con flequillo. Era ella, sin duda, era su preciosa carita de siempre sonriéndole con cariño mientras le tomaba amorosamente de la mano. Su voz podría haberla reconocido en cualquier lugar. Entonces, ¿qué era?

¡Claro! ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¡La ropa! ¡Su ropa era distinta a la que llevaba aquella mañana! Recordaba perfectamente que cuando llegaron juntos al hospital, Lucía llevaba un vestido floreado de tirantes. Ahora iba vestida con una camiseta de tirantes y unos largos vaqueros ¿acampanados?

– ¿Cuándo te has cambiado de ropa, cariño? – le inquirió con suavidad.

– Ay Jaime, todavía estás un poco aturdido… Llevo con esta ropa todo el día. – le respondió ella cariñosamente.

– No Lucía. Recuerdo perfectamente el vestido que traías esta mañana.

– ¿Un vestido? ¿Yo? Si sabes muy bien que odio los vestidos, siempre llevo pantalones vaqueros.

Jaime no podía estar más extrañado. ¿Qué diablos había ocurrido durante su paso por aquel extraño quirófano?

Todo parecía igual, pero muy cambiado al mismo tiempo. Saliendo de su aturdimiento, se acordó de sus niños. Dos pequeñas criaturas de dos años, gemelos, que eran su vida.

– Bueno, da igual la ropa. ¿Has hablado con los niños? ¿Qué tal están? – le preguntó a Lucía entusiasmado.

La cara de Lucía le dijo todo sin necesidad de pronunciar ninguna palabra. Sin embargo, ella pronunció las palabras que tanto se estaba temiendo.

– ¿Qué niños, Jaime? Si tú y yo no tenemos hijos. Todavía… Habrás tenido un sueño y estarás todavía aturdido.

Jaime guardó un largo y profundo silencio. Su cerebro intentaba encontrar una explicación lógica a todo aquello. Pero, por más que lo intentaba, no era capaz de encontrarla. A no ser que… Pero aquello no era posible, ¿no? Ya, y si no era eso, ¿qué más quedaba? Era la única posibilidad y aún así quedaba fuera del alcance de su mente racional. Él había ingresado en el hospital el día 23 de agosto de 2016, de eso estaba seguro. Así que formuló a Lucía la pregunta que tanto miedo le daba.

– ¿Qué día es hoy cariño?

– 23 de agosto. – le respondió ella con paciencia.

– Pero, ¿de qué año? – preguntó angustiado.

– Estás muy raro, Jaime. No sé si llamar al médico… Pues ¿qué año va a ser? 1964.

“¡Lo sabía!”, se dijo mentalmente Jaime, “entré en ese quirófano y es como si hubiese entrado en una máquina del tiempo”. Soltó una débil sonrisa sarcástica. Ya vería cómo sacar provecho de aquella extraña situación… Mientras durase…

Ana Centellas. Agosto 2016. Derechos reservados.

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22 comentarios en “El relato del viernes: “El quirófano”

    1. Escondidos en él hay guiños en fechas y recuerdos, que sólo pocos podrán reconocer… Y nada surge por nada… seguramente ese viaje en el tiempo le permitirá arreglar cosas… Me alegro mucho de que te haya gustado. A ver si tengo un ratillo para pasarme por scripto, es que desde el móvil no se ve igual. Y sigo pensando en títulos, aunque no lo parezca, pero es q esa sea probablemente la parte más difícil. Ya me callo, ya. Besotes

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