El relato del viernes: “El pueblecito extremeño”

 

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Villafranca de los Barros – Badajoz

 

 

El pequeño pueblecito de casas blancas encaladas había crecido hasta convertirse en una pequeña ciudad.

El progreso, implacable e inevitable a partes iguales, había llegado como a todos los lugares. Pero la esencia del pueblo había sabido preservarse por encima de todo aquello. En una armoniosa comunión, convivían en el pequeño pueblecito, ahora ya pequeña ciudad, el ayer y el futuro, creando un presente fabuloso a la par que impactante.

Los comercios de todo tipo, restaurantes, academias… se mimetizaban con el paisaje natural de  antaño en el pueblo, de manera que conseguía conservar el embrujo de un pequeño pueblo dentro de una ciudad.

Las casas, todas blancas cual si de un típico pueblo andaluz se tratase, no elevaban más de doble altura, aunque la mayoría seguían siendo de una única altura. Grandes puertas de madera con labrados, en su mayoría abiertas, invitaban al paseante a curiosear en su interior. Acompañando a las enormes puertas, grandes ventanales rodeaban a las mismas, siempre cubiertas por unas enormes rejas de forja que daban un aspecto señorial a las mismas. Podías ver a las mujeres, respetando las tradiciones de antaño, limpiando su pedazo de acera aprovechando el frescor de la mañana.

Por sus calles empedradas, junto al tráfico trepidante de la ciudad en algunas zonas, se podía contemplar el lento circular de los tractores y remolques que iban o venían de recolectar la uva. Porque el pueblo estaba rodeado de viñedos. Grandes y frondosas viñas que ocultaban en su interior el principal sustento del pueblo, como antaño, el vino, excelente en la comarca. Ese tesoro que brotaba de la tierra, uvas grandes, brillantes, de diversas variedades, como un grandioso regalo a los habitantes que las cuidaban con cariño.

Era todo un placer pasear por esas calles, donde se entremezclaban con inmensa armonía las más bellas costumbres tradicionales con el inexorable avance del progreso. Esa mezcolanza de sabores, del pasado, presente y futuro, en un mismo lugar, creando un ambiente mágico.

Yo misma paseé por esas calles, pude sentir la vida tranquila del pueblo, el aroma de los hornos de leña, la algarabía revolucionaria del mercado de abastos de toda la vida, conviviendo en santa hermandad con las grandes cadenas de supermercados actuales. Y comprendí la riqueza que poseían aquellas gentes, que hacían de sus labores cotidianas un excelente ejemplo para la gente que, como yo, provenía de la ciudad.

Y sentí, momentáneamente y por impulso, la ilusión de enraizar con esas tierras ricas y fértiles, de mezclarme con esas personas que todavía saludaban al pasar a cualquier desconocido, donde los valores aún no se habían perdido. Y mi corazón se insufló de energía, de ilusiones antaño perdidas, para volver a desinflarse instantáneamente al percibir el atisbo de que solamente era eso, una simple ilusión, y que la vuelta a mi realidad era cada vez más cercana…

Ana Centellas. Septiembre 2016. Derechos reservados.

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5 comentarios en “El relato del viernes: “El pueblecito extremeño”

  1. Muy buen texto. Algo que podríamos categorizar como literatura de viajes intimista con aire bucólico, que, personalmente, me ha transportado a una pequeña visita que hice a uno de estos pueblos, en la provincia de Córdoba (Zuheros es su nombre)

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