El relato del viernes: “Los tres deseos”

 

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Imagen: Magda Playá. Autoeditada.

 

 

LOS TRES DESEOS

Como cada noche, la pequeña Elena se acostó arrullada con un tierno beso de su madre, mientras le arropaba con esmero. Su hermanito Alfonso, con sólo dos añitos, hacía un rato que se había acostado, pero ella era mayor, ya tenía cinco años y podía acostarse más tarde. Eran las diez de la noche.

Como cada noche, Elena oía en el silencio que reinaba en su casa desde hacía meses, cómo su madre lloraba desconsoladamente y su padre intentaba consolarle, como cada noche, con las mismas palabras: ” Saldremos de esta, mi amor, ya lo verás. Tenemos que salir de esta”.

Como cada noche, Elena se hacía un ovillo en su cama y lloraba en silencio, no fuese que sus padres le escuchasen y se preocupasen aún más. Hacía meses que su hogar no era el mismo. Ella todavía no lograba comprender la magnitud de los problemas que tenía encima su familia, pero sí sabía que había cambiado mucho. Antes, su papá y su mamá jugaban con ella y con su hermanito, las risas siempre llenaban la casa, ella era feliz.

Pero desde hacía meses, la cosa había cambiado. Su papá, un hombre joven, fuerte y aguerrido, andaba cabizbajo y siempre estaba en casa. Antes no, antes salía de casa mucho antes de que ella se levantara para ir al cole y no regresaba hasta por la tarde. Cuando Elena le preguntaba a su mamá dónde estaba papá, le decía que trabajando. Y ella odiaba el trabajo, porque le separaba de su papá durante largas horas durante la semana y sólo podía aprovecharse de sus juegos los fines de semana.

Su mamá, una preciosa joven que siempre estaba en casa cuidando de que no les pasara nada, que siempre sonreía y jugaba con ellos sin parar, y les preparaba unas comidas riquísimas, andaba ahora ojerosa y triste, arrastrando sus pies al caminar. Elena sabía que lloraba a escondidas, para que ellos no se dieran cuentas, pero ella sabía que lloraba y mucho. Desde hacía un tiempo era ella la que se ausentaba de casa durante largos ratos para ir a trabajar. El trabajo de su mamá consistía en limpiar las casas de otras personas, según le había contado papá. Ella no comprendía eso, por qué tenía que ir a limpiar las casas de otras personas cuando estaban ellos allí, solos con papá, que apenas levantaba la cabeza del suelo y preparaba unas comidas asquerosas.

Solamente se entretenía y jugaba en los ratos de cole, pero cuando volvía a comer a casa, aquello era un auténtico drama.

La cosa empezó a cambiar un día en que papá llegó a casa diciendo que se había quedado sin trabajo. Elena se alegró muchísimo, ya sabemos que odiaba que su padre tuviera que irse a trabajar todos los días, pero cuando fue a darle un abrazo cargado de alegría, él le detuvo con el ceño fruncido y aspecto preocupado. Vaya, parecía que eso de que papá se hubiese quedado sin trabajo era algo gordo.

Un par de meses después, tras varias visitas al médico con Alfonso, que al parecer estaba malito, aunque Elena le veía jugar y reír igual que siempre, ajeno a lo que estaba ocurriendo en casa, ocurrió otra cosa inesperada. En la consulta del médico, mamá irrumpió en un llanto desgarrador y cayó desmayada poco después. Papá se mesaba los cabellos repitiendo una y otra vez las mismas palabras: “no puede ser, no puede ser”. Poco nos podía contar la pequeña Elena, pues no comprendía aquello que decían los médicos, que su hermanito tenía leucemia. Pero, ¿qué era aquello y por qué no le podían curar los médicos? Ella cuando estaba malita iba al médico, le mandaban un jarabe y ya está, se ponía buena. ¿Sería que no había ningún jarabe para la leucemia?

Los siguientes días fueron caóticos para la familia. Elena los recordaba con horror. Les hicieron pruebas a todos, incluida ella, y los resultados fueron que ninguno de ellos era compatible. ¿Compatible? ¡Qué palabra más rara! Nunca la había escuchado, pero cuando preguntó a papá y a mamá qué quería decir, ninguno de los dos le contestó, sólo iniciaron un llanto aún más descontrolado. Así que no volvió a preguntar.

Así que, como cada noche, Elena se hizo su ovillito en la cama y lloró en silencio hasta quedarse dormida. Pero aquella noche ocurrió algo diferente. Algo completamente inesperado y mágico para Elena. Una intensa luz le despertó del sueño en el que acababa de caer hacía apenas unos instantes. Elena abrió los ojos despacio, medio adormecida y deslumbrada por la brillante luz que tenía delante de sí. Se restregó los ojos para poder contemplarla mejor. ¿De dónde provenía toda esa luz en su habitación? ¿Acaso estaba soñando? Se pellizcó en un brazo, como había visto hacer en alguna película, y le dolió. Sin duda, estaba despierta.

Poco a poco aquel intenso resplandor se fue apagando, hasta que apareció frente a ella una pequeña muchacha con un hermoso vestido rosa y una corona de flores adornando su cabeza. De su espalda brotaban unas preciosas alas semitransparentes. En lugar de asustarse, Elena sentía una mayor tranquilidad que nunca. Se le quedó observando durante unos instantes con cara curiosa, propia de una niña de tan sólo cinco años de edad. Entonces, aquella pequeña muchacha le habló.

– Hola mi querida Elena. No te asustes, soy tu hada madrina. Llevo muchas noches oyéndote llorar en silencio, sólo yo he podido escucharte. Noto mucho sufrimiento en ti y he venido a ayudarte. Por eso te voy a conceder tres deseos. Pero ten mucho cuidado, has de escogerlos bien porque ya no podré ofrecerte más. – En ningún momento abandonó una dulce sonrisa en su rostro de figura mágica.

Elena se quedó pensativa. Había una muñeca que le hacía mucha ilusión. Y en el cole muchas amigas llevaban una taleguita que le gustaba mucho. Y a lo mejor… ¡Tener el pelo liso! ¡Sí! Su mamá siempre le daba muchos tirones cuando intentaba peinarle su enorme melena de pelo rizado. Pensaba todo aquello con ojos soñadores y una sonrisa de emoción.

Pero, poco a poco, la sonrisa se le fue desvaneciendo. ¿De qué le serviría tener esas cosas si al final terminaría llorando en silencio hecha un ovillo en su cama? Como todas las noches. Todos en su casa estaban cargando un enorme peso a sus espaldas que, a pesar de que ella no lograba a comprender, sí sabía que les entristecía a todos. Incluso a ella misma. Sólo su hermanito Alfonso, a pesar de aquella terrible enfermedad que padecía y que al parecer los médicos no eran capaces de curar, seguía feliz y jugando ajeno a todo.

Lo pensó detenidamente durante unos instantes más. ¿Y si su hada madrina conseguía devolver la alegría a su hogar? Eso le gustaría mucho más que aquella muñeca tan maravillosa, su taleguita era bonita y, después de todo, no le importaría soportar esos pequeños tirones en el pelo a cambio de que su familia volviera a ser feliz. ¡Ya tenía tomada su decisión! Y así se lo hizo saber a su hada madrina, que le miraba con expectación.

– ¡Hada madrina! ¡Ya sé cuáles son mis deseos!

– ¿Los has pensado bien, Elena? Recuerda que ya no podrás cambiar tu decisión y no podré concederte ningún deseo más…

– ¡Sí! Los he pensado muy bien y ya sé lo que quiero.

– Adelante entonces, querida Elena, ¿cuáles son tus deseos?

– Deseo… Que mi papá encuentre un buen trabajo para que mamá pueda volver a cuidar de nosotros y no tenga que limpiar otras casas nunca más.

– Muy bien, Elena. ¿Y tu segundo deseo cuál es?

– Deseo… Que mi hermanito Alfonso se cure de esa horrible enfermedad que llaman leucemia y pueda estar siempre con nosotros.

– De acuerdo, Elena. Ahora es el turno de tu tercer deseo. Recuerda que es el último. – dijo el hada madrina de manera bondadosa.

– Deseo… Que papá y mamá vuelvan a sonreír y a jugar con nosotros como siempre…

– Sabía que no me defraudarías, Elena, y que darías un buen uso a tus deseos. Ahora descansa, mi preciosa niña, y que tengas dulces sueños.

Dicho esto, tras una gran explosión de luz similar a la que le había despertado, su hada madrina desapareció. Elena durmió tranquila y con una sonrisa en la cara.

Cuando a la mañana siguiente su madre fue a despertarle para ir al colegio, Elena le contó lo ocurrido la noche anterior. Su mamá, con expresión apesadumbrada, le contestó:

– Mi niña, habrá sido un sueño. Las hadas madrinas sólo existen en los cuentos.

– ¡Que no mamá! ¡Yo le vi! ¡Y me concedió tres deseos! Verás cómo se cumplen. – pero por qué los adultos se empeñaban en no creer las cosas que decía. Como aquella vez que vio un monstruo debajo de la cama, pero nadie le creyó, y pasó la noche en vela con la cabeza tapada a la espera de que regresase el monstruo.

Era ya la hora del desayuno y la familia estaba reunida en torno a la mesa. Alfonso daba golpes a su comida con una cuchara, salpicándolo todo, mientras su madre trataba de impedir que lo hiciese. De pronto, sonó el móvil de su padre. Salió de la cocina para evitar el alboroto que estaba provocando Alfonso. Cuando regresó, traía en la cara una sonrisa mitad divertida mitad incrédula.

– María, me acaban de ofrecer un puesto de trabajo en una gran multinacional. Han visto mi currículum y me consideran la persona más adecuada para el puesto. ¡Tengo una reunión dentro de una hora para negociar los términos económicos y firmar el contrato! ¿Dónde está mi mejor traje? ¡No tengo tiempo que perder! ¡Ya no volverás a limpiar!

Elena sonrió satisfecha. Su primer deseo se había cumplido. Miró de reojo a mamá. Simplemente estaba estupefacta. Mamá miró también a Elena, pero aún podía ver un rastro de incredulidad en su mirada. Cuando pasó por el lado de Elena, le susurró al oído: “pura coincidencia, cariño”.

Mientras el padre iba frenético a vestirse, sonó el móvil de su madre. Elena vio diferentes gestos en su cara durante la conversación. Pasó del asombro a la incredulidad, de la incredulidad a la emoción, que hizo caer una pesada lágrima por su rostro, y de la emoción a la alegría. Lo único que Elena pudo escuchar de aquella conversación fue como su madre se despedía con un ” gracias, gracias, gracias, muchísimas gracias”.

Se giró hacia Elena con una amplia sonrisa en la cara. Elena también sonrió. Justo en ese momento, entraba su padre en la cocina, engalanado con su mejor traje y ajustándose el nudo de la corbata.

– ¿Qué es lo que pasa aquí que estáis tan contentas las dos?

– ¡Ay, Jorge, un milagro! Acaban de llamar del hospital, ¡que han encontrado un donante de médula compatible con Alfonso! ¡Nuestro hijo se va a curar, Jorge, se va a curar!

Y los dos se fundieron en un profundo abrazo, con una enorme sonrisa en la cara cada uno. Fueron a abrazar a Elena y a Alfonso con una gran alegría. Al fin papá y mamá volvían a sonreír después de tantos meses.

Elena suspiró y se asomó a la enorme ventana de la cocina, encaramando su pequeño cuerpecito en un taburete. Miró hacia el cielo y gritó, con una gran sonrisa y lágrimas en los ojos:

– ¡Gracias, hada madrina, muchísimas gracias!

Mamá, al verle, se puso a su lado y, juntas, como si de un dueto acompasado se tratase, volvieron a gritar al cielo:

– ¡Gracias, hada madrina, muchísimas gracias!

ANOTACIÓN:

 Donde dice papá, puede leerse mamá, y viceversa. Que no estoy yo para asignar roles machistas donde no corresponde. Es decir, en ningún lugar.

 Ojalá todos pudiéramos tener un hada madrina… Por vosotros, pequeños guerreros que no cesáis en la lucha.

Ana Centellas. Agosto 2016.

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27 comentarios en “El relato del viernes: “Los tres deseos”

  1. Como siempre con tus textos, genial.
    Con una prosa elegante, la opción de narrarlo desde el punto de vista de la niña hace más sobrecogedor el relato al comprender que la niña no entiende lo que pasa, que solo quiere que las cosas sean como antes (es decir, mejores). Me estaba preparando para un final demoledor cuando sorprendes con el elemento fantástico que convierte el cuento en algo totalmente diferente, luminoso y optimista. ¡Muy bueno!

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      1. A MI TAMBIÉN ME GUSTARÍA TENER MI HADA MADRINA, SOLO LE PEDIRÍA UN SOLO DESEO, SOLUCIÓN DEFINITIVA PARA LA EM, BUENO LA PEDIRÍA SOLUCIÓN PARA TODAS LAS ENFERMEDADES RARAS, YA SON DOS DESEOS, JE JE JE UPS…..

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