Déjate enamorar: “A este lado del Estrecho”

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Desde aquí os vuelvo a animar a que conozcáis mi primera novela, mi pequeñita, mi ilusión, “A este lado del Estrecho”, una bonita historia de amor ambientada en el mejor paraje inimaginable, la playa de Bolonia en Cádiz.

Os dejo el principal enlace donde podéis encontrarla:

Amazon:

https://www.amazon.es/este-lado-del-Estrecho-ebook/dp/B01M19CDDK/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1477260075&sr=1-1&keywords=a+este+lado+del+estrecho

Y como regalo, para ir introduciéndoos un poquito en la historia, aquí tenéis el primer capítulo:

  1. Marina llega al paraíso

“Sábado, 4 de julio de 2015. Playa de Bolonia. Costa de Cádiz.

Marina se despertó sobresaltada. En su cabeza todavía resonaban nítidas las imágenes del sueño vivido. Tenía la respiración agitada y gotas de sudor resbalaban desde su frente, descendían por el cuello y se deslizaban dentro del pijama, yendo a morir entre sus pechos. Aturdida y somnolienta, se incorporó y quedó sentada sobre la cama. Observó las blancas sábanas, con cuadraditos en un tono azul celeste, casi infantiles, y no las reconoció. Echó un vistazo a su alrededor. Una tenue luz se filtraba por la única ventana de la habitación, abierta de par en par, e iluminaba suavemente el cuarto. Las paredes blancas, sin ninguna decoración. El único mobiliario consistía en dos mesitas de madera de pino, una a cada lado de la cama. Un armario con las puertas desencajadas, que sin duda había vivido tiempos mejores, completaba la estancia. Nada más.

Aún tardó unos minutos en reconocer dónde se encontraba. Debía de estar amaneciendo, a juzgar por la penumbra que le rodeaba. En algún lugar no muy lejano se escuchó el canto de un gallo, lo que le transportó automáticamente a veranos infantiles en el pueblo de sus padres, a calor, juegos al sol, incluso pudo sentir el hormigueo de un primer amor. Esbozó una sonrisa y se estiró satisfecha en la amplia cama, intentando abarcar con los brazos todo el espacio que le rodeaba.

Localizó su móvil en una de las mesillas, donde lo había dejado la noche anterior antes de dejarse caer exhausta sobre la cama, y tuvo que parpadear dos veces antes de creer que la hora que marcaba era la correcta. Era imposible que fuesen las once de la mañana, la luz que entraba por la ventana parecía la de un amanecer.

Puso sus pies descalzos sobre el suelo de terrazo. Estaba frío y un escalofrío le recorrió el cuerpo de arriba abajo. Caminó despacio hasta salir de la habitación, vestida únicamente con un pijama de verano de algodón gris. Cruzó la estancia que hacía las veces de salón y abrió la puerta de la calle. No podía creer lo que estaba viendo. ¿Pero de qué trataba todo aquello? ¿No se suponía que debía estar en el paraíso? La imagen que le ofrecía el paraíso era de todo menos alentadora. Una densa bruma lo cubría todo, el cielo era de un color gris plomizo y la vista sólo alcanzaba a vislumbrar el borde inferior de las arizónicas que había al fondo del jardín. No alcanzaba ni siquiera a ver su viejo Citroen Saxo, que en un alarde heroico le había llevado el día anterior hasta allí desde Madrid. Sólo se escuchaba el trinar de algunos pájaros en las ramas más elevadas de los altos pinos, por lo demás, el silencio era devastador. Marina suspiró, respiró profundamente, y por un pequeño instante, sintió en su interior una tranquilidad mayor de la que nunca había experimentado en toda su vida.

Se restregó profundamente los ojos con la esperanza de que al volver a abrirlos el paisaje hubiese cambiado, pero todo seguía exactamente igual. La brisa soplaba ligera, acariciando sus piernas cubiertas tan sólo con el cortísimo pantalón de pijama y se le erizó el vello de todo el cuerpo. Pasó al interior y rebuscó en su pequeña maleta la ligera chaqueta de algodón que había decidido echar en el último momento por si acaso refrescaba, aunque en su fuero interno estaba convencida de que no la tendría que utilizar. Al colocar la prenda sobre sus hombros, la calidez del tejido, aunque liviano, la reconfortó.

Echó un vistazo a la pequeña cocina que había en un rincón del salón. Sobre uno de los estantes de madera reposaba una pequeña cafetera italiana que seguramente habría preparado más cafés de los que hubiese podido soportar. Sobre la encimera estaba la bolsa que ella misma había dejado tirada la noche anterior con las compras más básicas que se le había ocurrido hacer a última hora en la gasolinera donde había parado a repostar y estirar las piernas. En ese instante, agradeció a los hados del destino que se le hubiese ocurrido comprar un paquete de café, un brick de leche y un paquete de galletas de naranja por si tenía que improvisar un desayuno a la mañana siguiente. Recibió agradecida también el agua caliente mientras fregaba la cafetera, formando un vapor agradable que envolvía la pequeña cocina americana. Preparó la cafetera y rebuscó en los cajones un paquete de cerillas para poder encender el fuego. No encontró ninguno, así que fue hasta su bolso y sacó su paquete de cigarrillos para utilizar el mechero. Luchando con la fuerte necesidad de coger uno de ellos, volvió a tirar el paquete dentro del bolso y quedándose sólo con el mechero, comenzó a preparar el café.

Marina se asomó a la puerta. La visión no había mejorado mucho desde unos minutos antes. A la entrada de la pequeña casita había un porche de baldosa antes de llegar al jardín, con una mesa de madera y dos banquitos como los que había en los merenderos donde le llevaban sus padres cuando era pequeña. Solían pasar allí el día y su madre siempre llevaba un cargamento para preparar una suculenta barbacoa. Le encantaban aquellos días. Siempre habían sido especiales, olían a sol, a primavera, a chuletas, a siesta y a juegos entre los árboles. Decidió salir allí fuera a tomarse el desayuno, así que sacó la cafetera, las galletas, un cenicero y su siempre inseparable paquete de tabaco y salió al exterior. Podía sentir el frío de las losas bajo sus pies descalzos, inspiró hondo y sintió cómo el aire puro se adentraba en sus pulmones, llenándolos de frescor. Comenzaba a sentirse más viva de lo que se había sentido en mucho tiempo.

Tras disfrutar del desayuno más tranquilo de los últimos años, se tomó su relajante y encendió un cigarrillo. Cerró los ojos para poder disfrutar de la sensación que le producía el cálido humo internándose en sus pulmones. Los recuerdos de Hugo acudieron a su mente sin pedir permiso, los buenos momentos vividos con él, las peleas, las duras experiencias que habían pasado juntos, aquellos días en los que pensaba que su amor era tan fuerte que duraría para siempre. Sentía las lágrimas fluir libremente por sus mejillas, mientras daba largas caladas a su cigarrillo intentando apaciguar la zozobra que amenazaba con desatarse en su interior. Subió los pies al banco y se abrazó las rodillas buscando desesperadamente el consuelo que en esos momentos nadie le ofrecía. ¡Dios!, nunca había sido débil, nunca se había permitido mostrar el más mínimo signo de debilidad, pero en aquellos instantes se sintió más frágil que nunca.

Seguía con los ojos cerrados y la mente llena de recuerdos, las lágrimas aún deslizándose sin control por su rostro, cuando sintió un súbito calor abrasador entre los dedos. El cigarrillo había llegado a su fin, “como mi vida”, pensó, y la colilla ardiente estaba rozando sus delicados dedos de manicura perfecta. Lanzó la colilla con un quejido y abrió los ojos.

Lo que vio en ese momento la dejó sin respiración.”

Espero que os haya gustado este primer capítulo y os animéis con su lectura, para así ayudarme a conseguir mi sueño…

Sigo revisando poco a poco las opciones para realizar la publicación en papel, ¡que yo también quiero un ejemplar! Os mantendré informados.

Y mientras, trabajando en un nuevo proyecto de naturaleza totalmente distinta, pero en el que predominará también la cercanía al transmitirlo.

¡Muchas gracias a todos!

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12 comentarios en “Déjate enamorar: “A este lado del Estrecho”

  1. Lo reconozco. No soy de novela romántica. Soy un tipo muy malote y muy duro con granito en el corazón (no, ni de coña), pero te lo voy a pillar. Te he dicho en más de una ocasión, y sin ánimo de pelotear, que me encanta cómo escribes, así que, por culpa de tu excelente prosa, me lo leeré 🙂
    Y, por supuesto, caerá reseña y todas esas cosas.

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    1. Jajajaja venga tipo malote, prometo que no es empalagosa… Muchísimas gracias por eso de “excelente prosa”, que no me creo ni de coña pero bueno. Me pilló sensiblona cuando empecé a escribir sin tener ni idea de sobre qué iba a hacer y salió así, qué le vamos a hacer jajajaja (a lo mejor tiene un poco la culpa la cantidad de romántica que he leído últimamente…). Estoy con otro proyecto totalmente diferente, pero aún no le he pillado la manera de enfocarlo. Despacito y con buena letra. Mil besos 😘😘😘

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      1. No, en serio… No suelo ser pródigo en halagos, y no me caracterizo por ser un mentiroso, ni siquiera mentiroso piadoso. Si no me gusta algo, sencillamente me callo (tampoco me gusta hacer el troll/hater). Si me gusta, lo digo.
        Y tu prosa me gusta.

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  2. ¡Pero bueno! Tu primera novela y encima ambientada en mi querida tierra trimilenaria. Mi ilusión es poder autoeditar una novela, es uno de mis sueños. Ana, me gustaría hacerme con él, cuando tenga más tiempo libre, lo haré 😉

    Mucho éxito, y sigue escribiendo. Lo haces genial.

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