Atrévete con “A este lado del Estrecho”

¿Quién no querría perderse en el paraíso natural de la playa de Bolonia? Adéntrate en las páginas de “A este lado del Estrecho” y lo descubrirás… ¡Animaros a hacer realidad mi sueño!

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SINOPSIS

Marina lleva una vida rutinaria con su novio de toda la vida, Hugo, en la que se ha acabado la pasión. Se acercan las vacaciones y piensa utilizarlas para darle la chispa que le falta a esa relación. Pero en el último momento, Hugo le deja plantada por una oportunidad laboral de oro. En ese momento, Marina abre los ojos y se da cuenta de que ya no tiene sentido continuar así… Así que inicia un viaje hacia el paraíso, la playa de Bolonia, en Cádiz, donde su madre se enamoró de su padre durante unas vacaciones y fruto de su amor nació ella. Aunque la separación tras las vacaciones hizo que sus padres nunca se volvieran a encontrar. Un recorrido precioso por ese maravilloso rincón del sur de España, donde Marina conocerá a una persona muy especial, Víctor, que hace que su vida dé un giro radical. ¿Queréis saber lo que ocurre entre Marina y Víctor? ¿O si volverá con Hugo? ¿Cuál será el giro que da la vida de Marina? ¿Qué sorpresas les tiene preparadas el destino? Adéntrate con Marina en el paraíso, y descubre todo eso y más. Seguro que no querrás volver a salir.

La pasada semana os dejaba como adelanto el capítulo 1, a continuación os ofrezco el capítulo 2:

  1. La ilusión

48 horas antes

Jueves, 2 de julio de 2015. Madrid.

  • – ¡Mírala qué contenta viene hoy! ¡Cómo se nota que mañana te vas de vacaciones, jodía!

Marina dedicó su sonrisa más radiante a su compañera Carla. Llevaba varios años trabajando en el departamento de contabilidad de una empresa constructora y le conocía desde que entró. Desde el primer momento supo que serían buenas amigas y siempre que podían se escaqueaban un ratito juntas a tomar un café o para comer. Carla trabajaba en la recepción y aquel día estaba guapísima con un veraniego vestido de tirantes que habían comprado juntas el día anterior.

No podían ser más distintas. Mientras que Carla era un bellezón en toda regla, alta, rubia, super estilizada, con unos preciosos ojos azules, Marina se consideraba una chica del montón, no muy alta con su apenas metro sesenta y cinco, con el cabello y los ojos castaños, aunque también era consciente de que si se esmeraba un poquito también podía atraer bastantes miradas del género masculino.

Habían hecho amistad tan rápidamente que a las dos semanas de conocerse Carla ya participaba de la noche de chicas de los jueves. Esa noche era sagrada para Marina, todas las semanas sin faltar ninguna salía a cenar y a tomar unas copas con Sofía y Elena, sus amigas de toda la vida. Habían crecido juntas en el barrio, había ido al colegio y al instituto juntas y, hasta el día de hoy, eran inseparables. Inmediatamente aceptaron a Carla como una más del grupo.

  • – ¡Ni te imaginas las ganas que tengo! – Los últimos meses en la oficina habían resultado agotadores y Marina necesitaba imperiosamente un descanso. Incluso se le había resecado el cutis debido al estrés y había adquirido una sospechosa adicción a los tranquilizantes que tenía un poco preocupadas a sus amigas. – Estoy deseando poder pasar unos días a solas con Hugo, en el mar, no haciendo nada más que sombra y tomar mojitos. A ver si recuperamos un poquito de chispa…

Pensó en Hugo, su Hugo. Era su novio de toda la vida, como quien dice. Se conocieron cuando Marina tenía dieciocho años y él veinte. Ella ahora estaba a punto de cumplir los treinta y llevaba casi media vida con él. Hacía dos años que vivían juntos y, a pesar de que no habían cedido ante la insistencia de sus padres por que se casaran, Marina siempre había pensado que sería para siempre. Hasta ahora.

  • – Anda, súbete. – le animó Carla, sacándola de sus pensamientos. – Mr. Potato lleva ya un rato en su despacho gruñendo y ya me ha preguntado por ti un par de veces. ¡Ánimo, guapetona!, piensa que van a ser sólo dos días.

La expresión relajada de Marina cambió completamente. Mr. Potato era el nombre que ellas utilizaban para referirse a su jefe, el Sr. Díaz, como quería que le llamasen. Marina siempre pensó que era porque no quería que nadie utilizase su nombre de pila, Robustiano, ya que se avergonzaba de él. El señor Robustiano Díaz era un personaje curioso. Pasaba con creces de los cincuenta años y también de los cien kilos. Llevaba unas gafas de pasta negra horrorosas y todos los días sin excepción lucía una estrecha corbatita negra con rayas blancas. Ella nunca le había visto sin su sempiterno corbatín. Tenía la teoría de que a los burros se les hacía avanzar más dándoles palos que ofreciéndoles zanahorias, como se había encargado de recordarle en más de una ocasión, lo que se traducía en un humor insoportable y constantes gritos hacia Marina, así como en un nivel de exigencia desproporcionado. Para colmo de males, era soltero, y como no tenía a nadie esperándole en casa, las jornadas laborales se hacían interminables en demasiadas ocasiones, aunque aquello a ella últimamente tampoco parecía importarle demasiado. En el fondo sentía lástima por él, pero muy en el fondo, porque la realidad era que estaba deseando que se desintegrase en un holocausto nuclear o que lo abdujeran los extraterrestres para experimentar con su cuerpo.

  • – Te juro, Carla, que como me suelte un grito más, cojo la puerta y le dejo solo con sus papeles. En fin, que hoy estoy de buen humor y nadie me va a estropear el día. ¿Nos vemos luego en el café?
  • – Claro, cariño, luego te veo. – le contestó Carla mientras atendía una llamada telefónica.

Marina subió las escaleras que llevaban a la oficina como quien iba al matadero, pero decidida a que nadie le estropease su alegría prevacacional, se puso su mejor sonrisa y entró en la oficina.

La oficina era un espacio abierto con grandes mesas agrupadas de cuatro en cuatro formando islas, que ocupaban sus compañeros de los departamentos comercial, compras y estudios. Los suelos eran de tarima y amplios ventanales rodeaban dos de los laterales, permitiendo una vista asombrosa del céntrico barrio madrileño donde estaba ubicada. Era muy luminosa y el ambiente laboral era estupendo. A aquellas horas de la mañana, apenas pasados unos minutos de las ocho y media, ya hervía en actividad. Dos grandes despachos estaban separados por cristaleras del resto del personal. Uno de ellos pertenecía al director general; el otro, al Sr. Díaz, director financiero. Junto a él, codo con codo a diario, en una mesa algo más pequeña situada en uno de los laterales del despacho, estaba situada Marina. La única ornamentación consistía en una planta de aspecto descuidado que colgaba de uno de los armarios del archivo. Ella soñaba con salir de aquel despacho que siempre tenía las persianas cerradas y poder relacionarse con el resto de compañeros, que parecían tan felices de trabajar allí.

  • – ¡Buenos días, Sr. Díaz! – exclamó Marina fingiendo un entusiasmo que realmente no sentía mientras entraba por la puerta del despacho.

Mr. Potato levantó la vista con el ceño fruncido, como siempre, echó un vistazo desaprobador al corto vestido gris de tirantes que había elegido aquella mañana, demorándose un poco más de la cuenta en su escote (bufff, eso le puso los pelos de punta), y sin dirigirle ni siquiera un saludo le increpó el haber llegado tres minutos tarde y le exhortó a ponerse a trabajar inmediatamente con la producción y los balances que tenían que presentar aquel día al director general. Así que Marina colgó su bolso en el perchero, encendió su ordenador y, sin mediar palabra, se enfrascó en su rutina de cifras mientras su mente volaba a destinos paradisíacos con playas de ensueño en los que los preciosos ojos azules de Hugo le hacían promesas de amor y le derretían el corazón.

No fue consciente del tiempo que había transcurrido ni de los rugidos que emitía su estómago, hasta que sonó su móvil. Era Carla. Echó una ojeada a la mesa de Mr. Potato, que siempre gruñía cuando atendía llamadas personales, y se sorprendió mucho al no verle allí. ¿Cuándo demonios se había marchado aquel hombre? Se sintió agradecida porque por lo menos no le había dado la paliza aquella mañana y llevaba el trabajo bastante avanzado. Su intención era no quedarse hasta demasiado tarde aquel día. Cuando miró la hora en el ordenador se quedó boquiabierta. ¡Eran las dos y cuarto! Descolgó el móvil y ni siquiera tuvo oportunidad de decir nada, porque Carla empezó a parlotear.

  • – Pero bueno, ¿qué pasa contigo? ¡Me has dejado plantada para el café! Por poco no me lo tomo porque se me había pasado la hora de tanto esperarte, pero al final me he ido sola. ¡SO – LA! No te he querido llamar porque he pensado que Mr. Potato te tendría secuestrada. ¿No has salido ni a fumar? Niña, que a este paso no vas ni a irte de vacaciones, ¡te vas a poner mala antes! Venga, deja lo que sea que estés haciendo y bájate corriendo que te estoy esperando ya con el bolso en el hombro. Bueno, mejor te espero fuera que tengo unas ganas locas de fumar. ¡aaaaaah, que ansiedad, madre mía! Oye, ¿nos vamos a comer al italiano de detrás de la ofi? Bueno, venga, bájate, mejor lo hablamos fuera, un besote, ¡chao! – y sin darle tiempo a contestar, colgó sin más.

Se quedó mirando el teléfono con una estúpida sonrisa en la cara. ¡Ni siquiera le había dejado hablar! Había momentos en los que Carla padecía de una verborrea incontrolable, y ya habían pasado por alguna circunstancia más que bochornosa por no saber mantener la boquita cerrada. Se levantó de la silla estirándose como un gatito, cogió su bolso y bajó las escaleras.

Salió al sol abrasador de principios de julio en Madrid. Bajo la sombra de un arbolito estaba Carla esperándole con el cigarrillo en la mano y las gafas de sol de Dolce & Gabanna. Destilaba glamour por los cuatro costados, debía haberse dedicado al modelaje. Ella en las mismas circunstancias estaría roja como un tomate, sudando a chorros y resoplando por culpa del intenso calor.

  • – Vaya, vaya… Dichosos los ojos, bonita. Ya era hora de que me honrases con tu presencia.
  • – ¡No me he dado ni cuenta! Perdona, Carla, pero no me he levantado ni para ir al baño en toda la mañana, ya sabes que hoy tenemos que entregar balances y no quería salir muy tarde, así que me lié y casi tengo el trabajo terminado… Además, ni siquiera he tenido casi llamadas hoy, así que he avanzado un montón, no he mirado ni el mail para no distraerme… – contestó Marina encendiendo su cigarrillo y cerrando los ojos de placer al dar la primera calada. – Mmmmm, ¡cómo necesitaba uno de estos!
  • – Bueno, ¿qué? ¿Vamos al italiano de detrás de la ofi? ¡Me muero por una lasaña!
  • – ¡Claro! Para compensarte por el plantón, hoy comemos donde tú quieras, corazón.

Cogidas del brazo caminaron hacia el restaurante intentando resguardarse del sol. Estaba sólo a un par de manzanas, pero las sandalias de tacón que había elegido Marina aquel día para acompañar al vestido le comenzaban a pasar factura. Para Carla, sin embargo, los tacones parecían su medio de caminar natural.

El restaurante era pequeño y luminoso, bastante funcional. Apenas tenía seis o siete mesas y siempre estaba lleno y había que esperar. Habían entrado por primera vez hacía un par de semanas, a pesar de que llevaba abierto más de un año, y desde entonces habían ido bastantes veces a comer. El dueño era italiano y, aunque la cocinera, que era su mujer, era española, la comida que preparaba era auténtica italiana y los platos eran muy sanos y saludables. Para Marina fue una auténtica alegría descubrirlo, porque siempre tenía que estar haciendo malabares con su dieta para no coger rápidamente unos kilitos de más. Por suerte, aquel día había una mesa libre en el rincón más luminoso de la sala, junto al ventanal, y pronto estuvieron pidiendo la comida. Carla se pidió la lasaña que tantas ganas tenía de comer y Marina optó por una ensalada con vinagreta de frutos rojos y una hamburguesa de calabacín. Para beber, dos cocacolas zero.

La comida transcurría amena, tenían la costumbre de no hablar de temas laborales a la hora de la comida, esa era su hora para desconectar, hasta que Carla tocó el tema de Hugo.

  • – ¿Y qué tal con Hugo? ¿Seguís en la misma línea? – preguntó mientras mordisqueaba una rebanada de pan integral. Marina pensó que iba a tener una sobredosis de hidratos de carbono.
  • – Sí, hija, yo ya no sé qué hacer. Le noto tan frío últimamente… Por eso estoy tan ilusionada con estas vacaciones, creo que los dos necesitamos darnos un respiro del trabajo y dedicarnos un tiempo para los dos solos. Por cierto, ¿te he dicho ya que me voy un mes? ¿Qué vas a hacer sin mí tanto tiempo?

Carla sonrió. Llevaba varias semanas recordándoles a ella y a las chicas que se iba un mes de vacaciones siempre que tenía oportunidad, así que ya debería haberlo repetido como un millón de veces. Ciertamente Mr. Potato debía encontrarse bajo la influencia de alguna droga cuando le firmó el pedido de vacaciones, porque a él nunca le venía bien quedarse sin ella. De hecho, Marina había ido acumulando vacaciones desde hacía varios años y después de tomarse ese mes de descanso, bien merecido por cierto, todavía le quedaba cerca de otro mes por disfrutar. El problema de su relación con Hugo en los últimos tiempos era, bajo su punto de vista, precisamente esa adicción al trabajo que parecían tener los dos. De hecho, le sorprendió bastante que Marina hubiese decidido tomarse tantos días de descanso y aún más que hubiese sido capaz de convencer a Hugo para hacer lo mismo. Ambos eran claramente workaholics.

  • – Bueno, no te preocupes. Esta noche en la cena lo comentamos con las chicas y estoy segura de que entre todas seremos capaces de darte unas cuantas buenas ideas para volver a hacer que tu relación con Hugo vaya viento en popa otra vez. De hecho, a mí se me están ocurriendo varias… – dijo Carla con expresión pícara.

Marina comenzó a morderse el labio inferior y a desviar la vista hacia la mitad superior derecha del techo. Era algo que siempre hacía cuando algún tema le preocupaba o no sabía cómo decir algo. Carla le miró levantando una ceja perfectamente delineada con mirada inquisidora.

  • – ¿Qué? – preguntó.
  • – ¿No hace un poco de frío aquí? – contestó Marina en un vano intento por desviar la conversación hacia otros derroteros menos turbulentos.
  • – ¿Cómo que nada? Mira Marina, a mí no me engañas, y sabes perfectamente que no voy a parar hasta que me lo cuentes, así que déjate de tonterías y dime qué ocurre.
  • – Es que esta noche no voy a poder quedar con vosotras… – masculló entre dientes mientras veía cómo la cara de Carla iba cambiando de expresión paulatinamente en un tiempo récord. No podría decir bien si se le veía enfadada, desilusionada o simplemente estupefacta. – Jo, no me mires así, Carla, no me lo hagas más difícil. Es que queremos irnos mañana justo cuanto salga del trabajo, vendrá Hugo a buscarme, va a ser un viaje largo… Y no tenemos hechas las maletas. Esta tarde he quedado con Hugo en que saldremos prontito para hacerlas juntos y dejar todo preparado para mañana… – dijo, haciendo un puchero y poniendo la cara tan apenada que ni el gatito de la película Shrek lo hubiese hecho mejor.
  • – ¡Sabes que la noche de los jueves es sagrada Marina! Es nuestra primera regla, que pase lo que pase no se puede romper. Nunca, nunca, nunca, y repito, nunca, hemos fallado ninguna de nosotras. Sabes muy bien que incluso cuando alguna de nosotras ha estado enferma, allí que hemos ido las demás para hacer la reunión en su casa. No me puedo creer que vayas a hacer esto, no me lo puedo creer. – Sabía que se estaba pasando con su reacción, pero ya había comenzado y ya no podía echarse atrás. – ¿Y cuándo pensabas decírnoslo, eh? ¿Cuando estuviésemos sentadas a la mesa? Porque sabes perfectamente que teníamos mesa reservada en La Vaca Argentina desde hace por lo menos tres semanas para hacerte la despedida. ¡Y sabes muy bien además que me encanta el lomo de Black Angus y que llevo días esperando que llegue este día!
  • – Jo, entiéndeme, Carla. Me lo dijo Hugo el otro día y fui incapaz de decirle que no, ya sabes que quiero arreglar las cosas entre nosotros y se le veía tan dispuesto e ilusionado… Y luego no sabía cómo decíroslo, porque sabía que os ibais a enfadar, y al final se me ha ido de las manos, y ya llegaba la hora pero no me atrevía, y si no llegas a sacar tú el tema no sé qué hubiese hecho y… – Parecía estar contagiándose de la verborrea de Carla y estaban a punto de saltársele las lágrimas de la culpabilidad.
  • – Vaaaaale, tontorrona. – se apiadó Carla de ella. – Venga, no te preocupes, si es una tontería, es sólo que no me lo esperaba, como no nos habías dicho nada… De verdad que lo entiendo y que no hay problema, y estoy segura de que las demás también lo entenderán, así que no te preocupes, ya me encargo yo de decírselo.

Marina se levantó de la silla y le dio a su amiga un abrazo lleno de sentimiento.

  • – Lo siento muchísimo, cariño, de verdad. A lo mejor terminamos pronto y me puedo reunir con vosotras para tomar una copita.
  • – Anda, tonta, quédate con Hugo y aprovecha para empezar a arreglar las cosas entre vosotros, ya me entiendes. – dijo Carla con un guiño.

Regresaron a la oficina cinco minutos después de su hora. Marina estaba tranquila, al fin y al cabo, también habían salido quince minutos después, podría decirse que habían comido en tiempo récord. Pero al parecer Mr. Potato no estaba al tanto de ello, a juzgar por la mirada de reproche con que le repasó cuando llegó al despacho. “Que le zurzan”, pensó, “a ver qué dice cuando le entregue los balances antes de las cinco y le diga que me tengo que ir antes hoy, después de todo él no ha hecho nada en todo el día”. El resto de la tarde pasó sin pena ni gloria y, aunque Marina consiguió entregar su trabajo a las cuatro y media de la tarde, no fue hasta cerca de las ocho cuando consiguió salir de su puesto de trabajo, sin ni siquiera una palabra de agradecimiento. Aquel pequeño tirano podía ser realmente insufrible. Apenas quedaban un par de personas del departamento de estudios sentadas a sus mesas, absortos en las pantallas del ordenador, y Carla debía hacer más de una hora que ya no estaría allí.

Caminó hasta su casa con una sonrisa en la cara, ahora sí agradeciendo la calidez del recién estrenado verano y la inminente llegada de sus vacaciones. Fue un paseo relajado, vivía a unos quince minutos caminando de la oficina y se lo tomó con calma. Necesitaba relajarse para darle una sorpresa a Hugo cuando llegase a casa. Seguramente él ya estaría allí, esperándole, probablemente escuchando música de Cold Play y tomando una copa de vino, siempre lo hacía cuando llegaba a casa. Sonrió picaronamente, no pensaba darle ni un margen de respiro antes de ponerse al día en el aspecto más primario de su relación.

Ni siquiera se le había pasado por la cabeza pensar que quizá él no habría llegado todavía, así que estaba exultante mientras subía en el ascensor hasta el ático que compartía con él. Se había soltado el pelo en el ascensor, ya que casi siempre lo llevaba recogido para ir a la oficina, lo peinó con los dedos para resaltar las ondas castañas y se retocó el labial. La expresión de decepción de su cara debió ser todo un poema cuando introdujo la llave en la cerradura y ésta dio dos vueltas completas, revelando que no había nadie en su interior. Abrió la puerta y entró en su apartamento.

Efectivamente, estaba vacío. No había nadie esperándole cuando llegó a casa, como tantos otros días. Las luces apagadas y las persianas a medio bajar conferían a la vivienda una apariencia que en aquellos momentos se le antojó casi tétrica. El piso era pequeño, un salón con cocina americana constituía la estancia principal, que finalizaba en un pequeño pasillo con dos puertas. Una de ellas era el dormitorio que compartía con Hugo. La otra, el cuarto de baño. La decoración era sencilla, en tonos tierra, ocres y naranjas que le daban una apariencia bastante acogedora, sin apenas elementos decorativos, salvo algunas láminas que cubrían las paredes. Lo que enamoró a Marina de aquel piso fue la terraza. En la pared más alejada de la puerta de entrada, justo enfrente de la barra americana que separaba la cocina, había una amplia puerta acristalada que ella había cubierto con unas cortinas semitransparentes con intrincados calados, que daban paso a la terraza. De un tamaño mayor incluso que la vivienda, se había encargado de rodearla de bonitas flores en maceteros que colgaban de la barandilla, que ella misma se ocupaba de cuidar y regar todas las noches, como terapia de relajación. En uno de los rincones habían colocado una gran maceta con un pequeño abeto que juntos adornaban para Navidad. Y junto a él, Marina había dispuesto su pequeño rincón chill out, como le gustaba llamarlo. Muchas veces había recordado los buenos momentos que había pasado junto a Hugo cuando restauraron juntos aquellos palets que rescataron de los escombros de una obra cercana y los convirtieron en una coqueta mesa y dos comodísimos sillones cubiertos con unos gruesos cojines acolchados. Ella misma se había encargado de tapizarlos en blanco y negro, consiguiendo el aspecto visual de un gran damero de ajedrez. Sobre la mesa había dispuesto un precioso cenicero que habían comprado en una de sus escapadas a Ibiza, tres pequeñas plantas y decenas de velas aromáticas que conseguían un ambiente mágico en las calurosas noches de verano.

Cerró la puerta a sus espaldas y fue directamente a subir la persiana de la puerta del salón. El ya tenue sol del atardecer inundó la estancia, confiriéndole un aspecto algo más cálido que a su llegada. Lanzó su bolso sobre el cómodo sofá chaise-longue y entró en el dormitorio para ponerse cómoda, al fin y al cabo tenía unas maletas por hacer para poder comenzar sus vacaciones al día siguiente, y no era momento para ponerse melancólica. Alzó también la persiana del dormitorio y sacó de la cómoda su pijama rosa de verano, un cómodo conjunto de algodón de pantalones cortos y camiseta de tirantes. El dormitorio parecía sacado de un cuento de hadas. No había parado hasta que Hugo había consentido en colocar la cama de sus sueños, una amplia cama de dos metros con un precioso cabecero de forja y un dosel con finos tejidos de tul color blanco roto cubriendo la cama, ahora mismo recogidos desde que ella había hecho la cama aquella misma mañana. Sobre la cama colgaba un gran lienzo que su amiga Sofía había pintado para ellos, un fiel reflejo de un apasionado beso entre Marina y Hugo.

Desplegó su maleta sobre la cama y comenzó a meter su ropa con desgana. Siempre había pensado en coger toda prenda que mereciese la pena de su fondo de armario, pero había decidido en el último momento que llevaría pocas cosas, total, no pensaba salir de la playa y de la cama en contadas ocasiones, así que puso sus tres bikinis, los vestidos de la playa, dos conjuntos de pantalón corto y camisetas de tirantes, un par de pijamitas de verano y la ropa interior. En la maleta pequeñita le podría entrar todo. Tenía una cuca maleta de mano de tamaño cabina decorada con una encantadora muñeca de Gorjuss, regalo de su amiga Elena para su último cumpleaños. Añadió unas chanclas, un par de vestidos largos y un mono de vestir, y sus más bonitas sandalias de tacón. La bolsa de sus cosméticos no podía faltar y los más imprescindibles para la ducha. Listo. En un pis pas.

Extendió la maleta de Hugo sobre la cama y la dejó ahí, no sabía qué iba a querer llevarse él, así que fue hacia la cocina y se sirvió una copa de vino mientras esperaba su llegada. Encendió el equipo de música y las notas de Enia inundaron la habitación, creando una atmósfera perfecta para la relajación. Puso el aire acondicionado bajito y se recostó en la chaise-longue a esperar a su hombre. Pronto el cansancio se apoderó de ella, eran casi las nueve de la noche, seguramente las chicas estarían ya preparándose para la cena de los jueves. La música relajante y la copita de vino fueron haciendo su efecto y notó cómo su cuerpo y su mente se iban relajando poco a poco. Disfrutó de esa sensación de tranquilidad que hacía mucho tiempo no se había permitido sentir, y con una sonrisa en los labios ante la perspectiva del romántico mes que tenía por delante, se fue quedando poco a poco plácidamente dormida.

Hasta aquí puedo leer…

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21 comentarios en “Atrévete con “A este lado del Estrecho”

  1. Te deseo lo mejor Ana, por lo bien que escribes y lo valiente que eres. No tengo libro eléctronico pero la verdad es que es muy económico y parece muy sencillo adquirirlo. Anímense Leñe. ¡¡Toda una novela por menos de lo que han pagado por el desayuno!! Un beso

    Le gusta a 2 personas

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