¡Feliz año nuevo!

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Se nos va 2016, amigos. Otro año que se despide, dejando atrás todos los momentos vividos en él. Unos muy buenos, otros no tanto. No os preocupéis, que no me voy a enrollar contando historias ni haciendo balance del año. Esto va a ser cortito.

Del año 2016 me quedo con vosotros, una familia estupenda que ha venido a traer un soplo de aire fresco a mi vida. Sin más.

Mis mejores deseos para todos, que paséis una noche estupenda y una muy feliz salida y entrada de año.

¡¡¡¡¡¡ FELIZ AÑO NUEVO, FAMILIA !!!!!!

Por capítulos: “Le délinquant” (Parte III)

 

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La Genève – Ginebra

 

Parte I   Parte II

Vale, os la voy a contar. La historia, digo. Ya que sabéis de mí la más oculta de mis debilidades, os podréis imaginar con facilidad que alguna persona en particular haya atraído mi atención de una manera especial. ¿Quién? ¡Bingo! Habéis acertado, os doy mi más sincera enhorabuena. Pues sí, un chico. Pero, un momento, ¿cómo sabéis que es un chico? ¿No podría tratarse perfectamente de un hombre? ¿O un señor? Creo que hasta el momento no os he comentado mi edad. ¡Ah, es verdad! No recordaba que, además de personas curiosas, como yo, sois personas listas. En eso yo no os alcanzo tanto, pero bueno. Claro, habréis deducido que como vivo sola, de alquiler en un mini piso antiguo y viejo, que hace poco terminé mis estudios y que trabajo de dependiente en Prada por un mísero sueldo, aguantando a una jefa prepotente e histérica, pues que soy una chica joven. ¿Es cierto o no? Pues os habéis equivocado, queridos.

Aquí, Laure, cuenta ya con treinta añitos recién cumplidos. Vale, me demoré un poco con los estudios. Pero tampoco os he contado el tiempo que llevo viviendo sobre este plácido callejón, ¿o sí? El caso es que ya llevo cinco años entregándole con puntualidad a mi casera casi la mitad de mi deplorable nómina en concepto de alquiler. Nómina escasa en comparación con lo que se suele cobrar aquí, pero imagino que ya la quisierais muchos de vosotros. ¡Ay, mi casera! Esa sí que me daría para horas de conversación con vosotros. Pero mejor lo dejamos para otro momento.

A lo que íbamos. El chico que había atraído mi atención debía tener alrededor de mi edad. Yo le calculaba entre treinta y dos y treinta y cinco años, pero la verdad es que no soy muy buena para eso del cálculo de edades. Luego resultó tener veintinueve. Pero bueno, ¿eso qué importa?

El caso es que no era demasiado guapo pero tenía ese aire de chico malote que tanto nos gusta a las mujeres. Moreno, con el pelo largo recogido en una coleta baja, vestía siempre ropa informal y no había conseguido clasificarle en ninguno de mis grupos de personas. Casi siempre usaba vaqueros ajustados y cazadora de cuero. Raras veces le había visto pasar vestido de chándal y nunca con ropa formal. Descartado el trabajo de oficinista y también el de trabajador de algún taller.

Lo que más curioso me parecía de él y lo que más había llamado mi atención, era que pasaba todas las mañanas antes de que yo saliese hacia el trabajo y volvía después de que yo hubiese regresado. Y por la noche también volvía a pasar. Ignoraba hacia dónde se dirigía en aquellas escapadas nocturnas. Quizá tuviese novia y fuese a visitarla o a pasar la noche con ella. No tenía ni idea, nada más que lo que mi ya súper desarrollada imaginación podía llegar a pensar.

Por lo que ya habréis podido imaginar, mi interés hacia aquel misterioso chico fue creciendo a medida que pasaban los meses. Alguna vez incluso me atreví a bajar a la calle durante el tiempo que sabía que él pasaría por allí. Me apostaba contra la pared de mi pequeño portal a fumar un cigarrillo, como si estuviese allí de una manera casual. Quería verle de cerca. Observar, aunque solo fuese durante unos breves instantes, la expresión de su cara, sus relajados movimientos. A lo mejor algún día coincidiese con él mientras hablaba por teléfono y pudiese escuchar su voz. Cuantos más datos tuviese, mejor podría hacerme una idea más aproximada de cómo era su vida. Se convirtió en un misterio por desvelar. Un reto personal.

(Continuará…)

 

Texto y fotografía: Ana Centellas. Diciembre 2016. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Deseo contenido”

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Desde hacía más de quince años, Rafael y Diana se veían cada veinte de abril en la misma suite de uno de los mejores hoteles de Madrid. Sin mensajes de por medio, sin llamadas, cada cual acudía a la cita sin más, el mismo día, a la misma hora. Se conocieron en la fiesta de cumpleaños de una amiga en común, y desde el comienzo la atracción fue brutal. Fue un diecinueve de abril.

Él, en suposición felizmente casado y padre de dos hijos. Diana, soltera y sin compromiso como lo sigue siendo hasta ahora, salvo algunos escarceos esporádicos, que aún está de muy buen ver. Rafael le sacaba veinte años. Esas canas en el pelo y esa barbita de aspecto descuidado le ponían hasta el infinito, por no hablar de los definidos músculos que se adivinaban bajo la camisa de marca. Solo se cruzaron un par de veces en la fiesta, y en esas ocasiones a punto estuvo todo de arder por combustión espontánea. Lo único que consiguió Diana de aquella noche fue un pedazo de papel citándole para el día siguiente en un hotelazo de lujo, de esos que ella solo había visto en las películas.

Aquel primer encuentro fue memorable, aún a día de hoy Diana puede sentir los ramalazos de placer recorriendo su piel en toda su extensión. Aquel día acordaron verse cada año en el mismo sitio y a la misma hora, para dejar estallar la chispa de la combustión en sus cuerpos, sin compromisos, sin obligaciones, solo una vez al año. La suite quedaba reservada de un año para el otro, “no hay problema, señor Ramírez”, le decía el recepcionista. Fue la única información que logró obtener de él, su nombre, Rafael Ramírez. Ni siquiera intercambiaron números de teléfono, absolutamente prescindibles y sin posibilidad de que les llevasen a mayores implicaciones. Diana sabía que habría podido indagar más acerca de él, pero no vio la necesidad, el acuerdo le parecía perfecto.

Este año, sin embargo, le rondaba el presentimiento de que él no acudiría a la cita. Aún así, preparó la cita con todo el esmero que la ocasión merecía. Sesión de spa, depilación integral, otra maravillosa sesión de peluquería y un delicado maquillaje de lo más natural. El último capricho que se consintió fue una vueltecita por La Perla, donde consiguió a precio de oro el conjunto de lencería que haría que se deshiciese por completo por ella.

Cuando llegó a la suite él aún no había aparecido. Convencida de que aún era pronto, fue despojándose poco a poco de la ropa que llevaba, dejando únicamente la camisa entreabierta. Se acomodó en la inmensa cama de sábanas blancas y suaves como la seda en la postura más insinuante que pudo adoptar, ataviada en exclusiva con la camisa que dejaba entrever un generoso pecho digno y deseoso de ser disfrutado, y el liguero recién adquirido en exclusiva para él.

Durante la espera, recordó el suave tacto de sus expertas manos recorriendo su ávido cuerpo. Recordó el roce de su barba mientras descendía besándole hacia el ombligo y más allá. Sintió un escalofrío y todo el vello se le puso de punta. La calentura que sintió entre mis piernas esperaba desconsoladamente a ser sofocada, envueltos como otros años el uno en el otro, formando parte de un solo ser.

Era tal su grado de excitación que comenzó a recorrer su cuerpo con sus propias manos, deseando que fuesen las de Rafael. Desde el pecho, hasta el ombligo, sin olvidar bajar a la zona más caliente de su cuerpo. Un rápido vistazo al reloj, le sacó de su enturbiamiento mental en décimas de segundo. Llevaba ya más de una hora y media soñando con él, con que la hacía suya una y otra vez, hasta alcanzar el más excelso de los clímax.

Se levantó de la cama con lentitud, con el orgullo de mujer herida hasta más no poder. Finalmente, sus presentimientos llegaron a ser ciertos. Recompuso su ropa con toda la dignidad de que fue capaz y se calzó sus impresionantes zapatos de tacón, que en un momento de especial deleite había arrojado al suelo de cualquier manera. Aún tuvo la osadía de dejar su flamante liguero de La Perla sobre la cama, quería dejar huella de su paso por allí.

Salió de la suite con la cabeza bien alta, ya vendría luego el tiempo de los lloros y de las tarrinas de helado en su más infinita soledad. Habló con el recepcionista para indicarle que ya no hacía falta que mantuviese la reserva hasta el año que viene. Ese fue el último momento de dignidad que se permitió.

Poco más de cinco minutos después, un acalorado y apresurado Rafael subía de dos en dos los escalones que dirigían a la suite presidencial. El alma le cayó a los pies cuando la encontró vacía. Únicamente un precioso liguero sobre la cama y su dulce aroma flotando en el ambiente. Maldijo al tráfico por aquella fatalidad del destino. Diana ya nunca sabría que vivía todo el año esperando que llegase ese momento, los dos juntos, piel con piel, amándose con lentitud o con impaciencia. Sus manos ya no recorrerían más aquellos pechos firmes y suaves como pétalos de rosa, su lengua nunca probaría el dulce néctar que manaba de sus labios, ni sentiría los fuegos artificiales que se producían cada vez que sus cuerpos se unían.

A no ser que se pusiese en contacto con su amiga en común, y le pidiese su número. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro. Cogió con extremo cuidado el liguero que ella había dejado para él y aspiró su aroma como si fuese el más delicado cáliz del mundo. Lo guardó en un bolsillo de su pantalón.

Más animado, y disimulando su excitación, fue a indicarle al recepcionista que la suite quedaría reservada para el mismo día del siguiente año.

Diana ya estaba cómodamente en su casa, lamiéndose sus heridas, cuando recibió un whatsapp de un número desconocido, mostrándole una foto de su liguero. “¿Estás en casa? Si es así, abre la puerta, porque estoy esperándote fuera.” Se levantó de un salto del sofá, ataviada con unos escasos pantalones cortos de algodón y una camiseta de danza de lo más insinuante. Según abrió la puerta, Rafael se adentró con un ágil movimiento y la cerró a sus espaldas. En una centésima de segundo Diana estaba tirada sobre el sofá que le había visto llorar sus penas hacía tan solo unos momentos, completamente desnuda, mientras la lengua de Rafael recorría cada rincón de su piel. Una vez más volvieron a saltar fuegos artificiales cuando ambos llegaron simultáneamente al clímax, presas del deseo contenido.

Siguieron fieles a su promesa de quedar todos los veinte de abril en el hotel, pero desde aquel día la cama de Diana fue testigo en cualquier inesperado momento de la pasión y el fuego de los viejos amantes. Bueno, la cama, el sofá, la ducha…

Tras los campos de lavanda — El poder de las letras

Os dejo mi colaboración semanal con El poder de las letras. ¡Os animo a visitar la página, si aún no la conocéis!

 

Tras los campos de lavanda Hoy me he levantado con la impresión de que todo era diferente. Realmente, si soy sincera, todo parecía igual, pero en el fondo sabía que no, que algo había de diferente. Lo que no lograba era conseguir saber qué era. Tras una buena ducha y un buen desayuno, que siempre…

a través de Tras los campos de lavanda — El poder de las letras

Nuevo lanzamiento “Intropia”

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Hoy quiero compartir con todos vosotros una noticia que me llena de especial ilusión. Se trata del lanzamiento de Intropia, una nueva revista que nace, de la mano de Isabel di Vinci, con el ánimo de aunar en un único espacio diversas formas de manifestación del arte. Una selección de textos, poesías, ilustraciones, fotografías, diseño gráfico, pinturas, etc. con el único ánimo de difundir el arte, por el mero placer de mostrarlo.

He tenido la gran suerte y el inmenso placer de colaborar en su lanzamiento, en el número cero de esta fanzine que augura un futuro próspero y prometedor, al menos ese es mi deseo.

Desde aquí os animo a echar un vistazo entre sus páginas, donde podréis encontrar verdaderas joyas, que comparten espacio con las humildes letras de una servidora. Si queréis, poder acceder a ella pinchando aquí.

Si queréis poneros en contacto con la directora de este maravilloso proyecto, podéis hacerlo de las siguientes formas:

      Facebook: https://www.facebook.com/textosisabeldivinci/

      Correo: isabeldivinci@gmail.com

¡Abrazos!

Reseña: “Soy una mamá”

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Último miércoles del año. Última reseña del año. Y debe ser que estoy especialmente sensible en estas fechas y que el instinto maternal aflora de mayor manera en mí, porque la lectura que hoy os traigo se trata de “Soy una mamá”, de Megan Maxwell (Ed. Zafiro). Así que, siguiendo en la línea de mi relato del lunes, “Orgullo de madre”, hoy os traigo esta novela.

Se trata de una novela corta, de apenas ochenta páginas, donde Megan nos narra con su habitual estilo narrativo llano y cotidiano, las aventuras de Estefanía. Con tres hijos, una chica adolescente, y dos chicos, de diez y seis años cada uno, pretende dar una nota de humor a la indiferencia de la mayor en plena edad del pavo, a las discusiones de los dos hermanos, a la zalamería del hermano mayor, y a las luchas diarias con ellos. Estefanía está ¿felizmente? casada y muy enamorada de su marido, tanto que no hace caso de las advertencias de su mejor amiga, y el día menos pensado ocurre algo que le cambiará la vida.

Pasas con ella un rato entretenido, que logra sacarte una sonrisa en varias ocasiones, donde te sientes, yo por lo menos, claro, identificada en muchas de las vivencias que tiene. Apenas una hora de lectura entretenida, un pequeño ratito de desconexión.

Pero… ¡Sí, tengo un pero! Que no todo el campo es orégano y tengo que admitir que me he sentido un poco decepcionada con la lectura. ¿Qué es lo que no me ha gustado? Sé que hay  veces que me pongo demasiado reivindicativa, pero es que me lo ponen tan fácil… Me ha decepcionado bastante que, después de leer prácticamente todos los libros de esta autora (sí, “Pídeme lo que quieras” y sus sucesivas continuaciones también) y haber encontrado siempre personajes femeninos independientes, fuertes, en este caso no haya sido así.

Porque en la historia, Estefanía deja su profesión para dedicarse al cuidado de los hijos, sacrificando su trayectoria profesional, ya que su marido cobraba el doble que ella. Y se dedica a ser mamá, a llevar a los hijos al colegio, desayunar con otros padres/madres en la misma situación, a arreglar la casa y recoger a los niños de nuevo, y solo se le permite una hora y media de trabajo remunerado al mediodía en una residencia de ancianos, que si bien no es el trabajo de sus sueños, le aporta sus gratificaciones. Y ahora me pregunto yo, ¿en qué momento ser mamá ha dejado de ser compatible con tener un trabajo a jornada completa, para ser el equivalente a renunciar a tu futuro profesional? Porque perfectamente podría haber reflejado la situación actual de muchas madres actuales, entre las que me incluyo, que se levantan a las seis de la mañana, dejan a los niños en el colegio a las siete y vuelven con la lengua fuera a recoger a los chicos. Mi opinión, claro está. Sin renunciar a nada.

Menos mal que al final del libro parece que arregla un poco la situación y nos muestra a una Estefanía fuerte, independiente y decidida. Si bien es cierto que obligada por las circunstancias, pero algo es algo.

En cualquier caso, la historia termina con un jugoso “continuará”, por lo que, por mi parte, daré una oportunidad a esa continuación de la vida de esta mamá.

Galletas de chocolate — El dulce aroma

Os dejo el enlace a mi pequeño rincón de repostería… ¿Os apetecen unas deliciosas galletitas de chocolate?

¡Hola a todos! Perdonad que haya estado ausente durante tanto tiempo, pero es que no he encontrado el momento para la repostería. ¿Os lo podéis creer? Pero ahora, con las vacaciones de Navidad, he vuelto a la carga. En estos días de comilonas, cenas y demás, ¿qué importa un poquito más de dulce para endulzarnos […]

a través de Galletas de chocolate — El dulce aroma