300 gracias… y un regalo

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Imagen tomada de la red

Quién me iba a decir que 2017 me iba a tener preparada una sorpresa tan especial. Y es que ayer WordPress me anunció que había 300 personas maravillosas acompañándome en esta aventura que comencé hace tan solo unos meses. Por ello, os envío 300 gracias, aunque en realidad son muchísimas más, por todo vuestro apoyo, por animarme con vuestros comentarios a seguir escribiendo, a seguir luchando por mi sueño. Mi agradecimiento hacia vosotros ya es infinito. Por si acaso no lo sabíais, lo repito otra vez.

Desde aquí quiero mandar un saludo muy especial a El cajón de Nana, ya que gracias a ella he tenido la fortuna de estar tan gratamente acompañada por 300 compañeros de viaje. Espero que nos veamos mucho por aquí.

Hoy, además, traigo un regalo. Un regalo especial para nuestro amigo Javi. Si aún no le conocéis os recomiendo sinceramente que visitéis sus letras. Él se quedó un poquito decepcionado con la historia de Carolina y Dani, cuando mandé a Carolina a la cárcel. ¿Os acordáis? Seguro que no, pero no pasa nada, aquí tenéis el enlace: En jaque

Dado que Javi llegó a pedirme por esnupi que sacara a la pobre chica de la cárcel, y yo por esnupi hago cualquier cosa, aquí traigo la continuación del relato. Para ti. Espero que te guste…

EN JAQUE (II)

Dos noches en el calabozo de los juzgados fue el tiempo exacto que tardó Carolina en cumplir su deuda con la sociedad. Su ausencia de antecedentes y algunos hilos que supo mover con gran destreza su padre, la llevaron a ver la calle a los dos días de haber sido detenida. Lo peor había sido tener que soportar la monumental bronca de su padre cuando fue a recogerla.

La dejó justo frente al portal de su casa, mientras Carolina observaba el flamante coche de su progenitor alejarse con rapidez. Exhaló un suspiro que de inmediato quedó suspendido en el aire al contacto con el frío que azotaba aquella mañana soleada. Subió con lentitud a su apartamento, paladeando cada escalón, regocijándose en el tiempo perdido para no llegar a un hogar que en verdad no lo era. La conversación con su padre la había puesto otra vez en una tensión melancólica que le impedía pensar con claridad. Al abrir la puerta de su pequeño apartamento, observó con tristeza cómo de lo que había sido su improvisado laboratorio de sintetización de fármacos solo quedaba alguna que otra probeta y varios tubos de ensayo desperdigados por el suelo. Era el precio que tenía que pagar por no querer ser la hija de papá, por imaginar en algún absurdo momento que podría forjarse una buena carrera sin su ayuda. Él, que nunca había demostrado ni un ápice de amor con sus hijos, siempre viviendo para el trabajo y el dinero, ahora se atrevía a darle lecciones de moral. Si al menos hubiera tenido la decencia de quedarse a comer con ella en lugar de dejarla rápidamente para volver a su queridísimo trabajo, quizá se lo hubiese replanteado.

Pero bien sabía que las personas no cambian y, si no había sido capaz de demostrar su amor hacia su hija pequeña durante todos los años que duró su convivencia en la casa familiar, menos aún lo haría ahora que ella, la oveja negra de la familia, había renunciado a su acomodada posición de niña de papá para demostrarse a sí misma su capacidad. La había dejado bien jodida, eso estaba claro. Las facturas se acumulaban y tendría que volver a crear su pequeño laboratorio desde el punto de partida. Porque tenía claro que iba a continuar con su pequeño negocio, al menos hasta que encontrase un trabajo en condiciones. No podía permitirse que la echaran del apartamento y siempre había sido una chica muy resolutiva. Saldría de esta, solo tenía que ingeniar la manera de hacerlo. Y, por supuesto, ser más cuidadosa de ahora en adelante, sobre todo porque gran parte de los ojos policiales de la brigada de estupefacientes estarían centrados en ella. Y esa  vez ya no tendría una segunda oportunidad, de eso estaba segura.

Llamó a sus amigos, esos que siempre estaban ahí, los que sabría que se alegrarían de su vuelta. Y, como siempre, no la defraudaron. Quedaron para cenar aquella misma noche, sin importarles que fuese lunes. Al único que no llamó fue a Dani. Por primera vez en su vida, un sentimiento muy parecido a la vergüenza le impidió hacerlo. Nunca le había importado lo que pensasen los demás, aprendió a hacerlo desde muy niña, cuando cualquier logro empezó a ser cuestionado solo por ser la hija de quien era. Pero en esta ocasión era diferente. No quería sentirse rechazada por Dani como si se tratase de una vulgar delincuente.

Se dio una larga ducha aquella tarde. Necesitaba tener la mente despejada para comenzar a trazar un nuevo plan para su despegue, para poner a funcionar su laboratorio de nuevo cuanto antes. Aquel día eligió un vestuario cómodo, se sentía demasiado cansada después de los días anteriores, y aunque le costara reconocerlo, el saber que Dani no acudiría a la cena tampoco la animaba a esmerarse demasiado.

Durante la cena con sus amigos, dejó que su mente se evadiera de todo, de sus problemas económicos, de la falta de cariño de su familia, del desafortunado incidente con la policía, y de Dani. Los problemas quedaron ahogados en las jarras de cerveza que fueron pasando por la mesa. Y volvió a reír como hacía unos días.

Sara y Jorge se ofrecieron a llevarla a casa, pero ella, abrumada por los suaves vapores etílicos que comenzaban a nublarle el cerebro, declinó la invitación. El restaurante estaba apenas a dos manzanas de su casa y le vendría bien un paseo. La noche era gélida, la ausencia de nubes en el cielo dejaba paso a un frío que calaba los huesos y estaba comenzando a helar. Apenas se cruzó con un par de personas por las calles, que paseaban a sus mascotas bien cubiertos por gruesos abrigos. Quedaban escasos doscientos metros para llegar a su casa cuando escuchó unos rápidos pasos tras de sí. De nuevo el temor se apoderó de ella, que tenía aún tan recientes los acontecimientos de la noche de su detención. Pero en esta ocasión deseaba con fervor que fuese de nuevo la policía. Agilizó un poco el paso, pero al cabo de un instante una mano la tomaba por el brazo. Por instinto, comenzó a gritar con fuerza, pero su grito fue acallado por unos labios que se posaron con rapidez sobre su boca, impidiéndole el habla. Hubiese podido reconocer aquellos labios en cualquier lugar y se entregó sin reservas a ellos, profundizando en el beso. Cuando al fin se separaron, la respiración agitada de Carolina se escuchaba con claridad en el silencio de la noche, sin que se pudiera apreciar con exactitud si se debía al susto o al beso recibido.

— Tranquila, pequeña, soy yo. -susurró Dani a su oído.

— Qué susto me has dado, te voy a matar. -le respondió Carolina justo antes de comenzar a besarle de nuevo.

— Vamos a tu casa. -respondió él en cuanto tuvo ocasión.

Carolina no podía creer lo que estaba ocurriendo. No tenía ni la más remota idea de cómo había aparecido allí Dani, pero le daba igual, estaba allí, con ella. Tardaron una eternidad en recorrer los pocos metros que quedaban hasta su casa. Los besos los detenían a cada paso, dando lugar a un creciente deseo entre ambos que amenazaba con derretir el hielo que ya comenzaba a recubrir la calle. Subieron las escaleras a trompicones hasta llegar a su piso y, sin mediar palabra, Carolina lo guió hasta su habitación.

Aquella noche el frío no tuvo cabida en el pequeño apartamento de Carolina. Ni el frío ni los amargos pensamientos que la habían acompañado durante todo el día. Momentos después, una radiante sonrisa iluminaba su rostro, ligeramente sonrojado tras haber dado rienda suelta a la pasión que ambos llevaban conteniendo durante años. Sí, estaba enamorada como una tonta de Dani, por eso ahora no le iba a dejar marchar. Ni de su cama ni de su vida.

Esa gran sonrisa de satisfacción se transformó poco a poco en una de picardía cuando Dani, recostándose sobre los grandes almohadones de su cama revuelta, encendió un cigarrillo y le dijo, dedicándole un sensual guiño de ojos:

— Vale, pequeña, ahora que hemos dejado claro lo que hay entre nosotros, hablemos de negocios.

Ana Centellas. Enero 2017. Derechos registrados.

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52 comentarios en “300 gracias… y un regalo

  1. Hala!! que la traficanta ha encontrado el amorcio de su vida entre frascos y pastillas!! A ésta chica le vendría bien coger el traspaso de una farmacia para explotar a fondo su negocio? Porqué habrá respuestas a esas preguntas y otras tantas. Verdad Ana? Un beso.

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      1. Intriga, comercio ilícito, amor, una complicada relación familiar en una desenfrenada novela de pasiones enfrentadas y lujos desmedidos. La nueva entrega de la autora revelación de éste año. Ana Centellas.

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  2. ¡Muchas felicidades y muchas gracias! ¡Tanto por la dedicatoria como por continuar la historia! Me meto mucho dentro de todo lo que leo; por eso lo pasé tan mal con el primer final; sentí el dolor de Carolina y el de Dani con auellos desengaños. Muchas gracias por el nuevo final, aunque has sido un poquito bruta al hacer pasar dos noches a la pobre en el calabozo, jajaja.

    Le gusta a 2 personas

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