El relato del viernes: “La casa de los abuelos”

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LA CASA DE LOS ABUELOS

Hacía muchos años que no volvía a la localidad donde siempre veraneaba con mi familia, un pequeño pueblo costero de la provincia de Alicante. Y aún no sé por qué, pero ahora había sentido el impulso de volver. Tenía que romper con el miedo y las supersticiones que acompañaban a mi familia desde hacía por lo menos veinte años.

Había emprendido este viaje sola, porque necesitaba hacerlo así. Necesitaba revivir por mí misma mi historia, la historia de mi familia, sanar de una vez por todas. Y allí estaba, alojada en el mejor hotel de la localidad, mientras me daba un baño relajante en la piscina con vistas al mar. Ese mar que siempre había formado parte de mi infancia y del que tan buenos recuerdos tenía.

Subí a mi habitación y me di una ducha. Sentía el cuerpo completamente laxo, relajado a más no poder, pero no así mi interior. Es por ello que rebusqué en el mini-bar que había en la habitación y me preparé un gin tonic, bien cargado. Iba a necesitar ese calor interior cuando saliese a dar el paseo que me haría revivir viejos fantasmas del pasado.

Algo más animada por los efectos del alcohol que ahora corría por mis venas, salí al paseo marítimo. Realmente me embrujaba la belleza del mar que durante un tiempo consideré como mío. Así que iba caminando tranquilamente, sin prisa alguna, dejándome acariciar por la belleza del paisaje que tenía frente a mí.

Al cabo de una media hora llegué a mi destino. Durante unos instantes mi respiración se paralizó, mi corazón dejó de bombear, me sentí al borde del colapso. Fueron solo unos breves instantes, pero suficientes para hacerme saber que no había sido una buena idea ir hasta allí.

Frente a mí se alzaba, imponente, la casa que fue de mis abuelos. Una gran casona de dos plantas con su jardín, frente al mar. Me quedé desolada al ver el estado de abandono total en que se encontraba, prácticamente en ruinas. La pequeña estructura de barco que daba la bienvenida a la casa, esa en la que tantas veces había jugado de niña con mis primos, presentaba también un aspecto desolador.

Me senté en la barandilla del paseo a contemplar la que fue mi casa durante largos veranos durante años. Pasábamos el verano juntos, mis primos y yo. Luego, cuando nuestros padres cogían vacaciones, iban también con nosotros. La casa siempre estaba repleta de gente, de niños. Nos reuníamos todos en el jardín durante la tarde y las cenas también las hacíamos allí. Siempre había algarabía. Tenía muchos recuerdos felices de aquella época. Mis abuelos eran geniales. A pesar de su ya avanzada edad no dejaban de jugar con nosotros, de contarnos cuentos y relatarnos historias. Y aguantaban estoicamente las largas mañanas de playa con seis niños pequeños a su cargo.

No puedo precisar con exactitud cuándo se produjo el cambio en los abuelos. Comenzó el abuelo Martín. Decía que oía voces que le animaban a hacer cosas malas y que también había visto alguna figura moverse entre las sombras de la noche. Estaba completamente convencido de que en la casa habitaba un espíritu maligno.

Todos pensaban que era por la edad y le sometieron a varios reconocimientos médicos, sin que ninguno de ellos indicase ningún asomo de demencia. Al poco tiempo, la abuela comenzó a decir lo mismo. Entonces fue cuando nuestros padres comenzaron a preocuparse realmente. Si ninguno de los dos presentaba demencia, ¿por qué decían aquellas cosas?

Una calurosa mañana de primeros de agosto, nosotros disfrutábamos de la playa con nuestros padres y la abuela había salido a hacer la compra. Al regresar, el abuelo se había suicidado cortándose las venas. Aún guardo un pequeño trauma de todo aquello, a pesar de ser tan sólo una niña.

Todos arropamos a la abuela en aquellos difíciles momentos, no la dejábamos sola nunca. Ella decía que había sido por las voces, que les amenazaban con dejar la casa o terminarían matándose. Los mayores nunca le creyeron. Al cabo de una semana, la abuela corrió la misma suerte, tomando una sobredosis de ansiolíticos mientras todos dormíamos. Ninguno de nosotros tenía conocimiento de que los tomase.

A raíz de tan terribles acontecimientos, nuestra familia dejó la casa inmediatamente. Trataron de venderla, pero no había nadie que quisiese comprarla, así que quedó abandonada, en herencia de nuestros padres. Lejos quedaron las alegres reuniones en familia, los placenteros veranos de playa, las historias de los abuelos… El tema se volvió tabú en mi familia.

Y ahora estaba allí, mirando la gran casona desde el otro extremo del paseo marítimo, invadida por la añoranza. Una lágrima llegó a saltar desde mis ojos. Fue entonces cuando se me ocurrió una idea. Bajé de un salto de la barandilla del paseo, embargada por la emoción. ¿Sería posible hacer unas reformas, trasladarme allí y abrir un negocio de alojamientos turísticos? Podría comprarles a mis padres y mis tíos la casa, tendría mi propio negocio y viviría siempre frente al mar.

En aquellos momentos la idea me pareció estupenda. Miré con más atención la casa. Tenía muchas posibilidades, era amplia y con un gran número de habitaciones. La cocina la recordaba enorme, además de un amplio salón y dos salas de estar. Sin duda, el negocio sería próspero, no sólo en los meses de verano, sino también durante el resto del año, cuando los turistas extranjeros lo invadían todo.

En ello estaba, mirando la casa con atención y haciendo un repaso mental de las estancias que tenía y cuál sería el alcance de las reformas que habría que realizar, cuando vi por una de las ventanas rotas una silueta de varón que me miraba con atención. Hasta mí podía llegar el brillo maligno de sus ojos. Me contemplaba fijamente, sin inmutarse. Por un momento, esbozó una especie de sonrisa que me pareció macabra. Y, tras aquello, simplemente se desvaneció. Todo el vello de mi cuerpo se electrizó, mi corazón comenzó a palpitar con desesperación. Y comencé una lenta huida marcha atrás.

Tras esos momentos de shock inicial, comencé a correr por el paseo en dirección a mi hotel. Mis abuelos tenían razón. Ni siquiera me molesté en pasar la noche allí. Pagué la cuenta, recogí mi coche y partí hacia Madrid luchando contra todos los límites de velocidad. Aquel tema seguiría siendo un tabú en mi familia durante el resto de nuestras vidas.

Y ya me encargaría yo de que mis hijos no llegasen a escuchar nunca la historia de mis abuelos.

Ana Centellas. Diciembre 2016. Derechos registrados.

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41 comentarios en “El relato del viernes: “La casa de los abuelos”

  1. Ufff… Delirante y brillantemente contado, como siempre. Me invadió la nostalgia mientras hacías referencia al pasado, a esos momentos tan felices pasados con los padres y los abuelos; pero me hiciste pasarlo realmente mal conforme fue avanzando el relato. Y el hecho de saber que la casa existe es algo aterrador.

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  2. Si es que no hay nada como lo cotidiano para que se convierta en enigmático y limitante. En torno a la muerte, y lo que supone de desconocida, hilamos la mayoría de nuestros miedos.

    Una historia muy bien contada, ANa.

    Besos 😘

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  3. Estremecedor relato, hay tantas cosas que ignoramos de las casas antiguas y que es mejor seguir ignorando, con lo bonita que es la costa alicantina la has tenido que ensombrecer. 😉
    Conozco alguna casa de aquella zona con historias raras, casi siempre es debido a la muerte en extrañas circunstancias de algún morador de antaño. Muy buen relato ahora me entran escalofríos. no se si por lo que he leído o porque estamos a 0º. :D:D

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  4. ¡Qué chuto! Si lo sé, escogo muet-te 😀 😀 😀
    Es que al principio me has confundido, creyendo que se trataba de un texto bucólico sobre la infancia perdida y los recuerdos. Y vas y me sacas abuelos histéricos y suicidas con voces fantasmales. ¡Esto no se hace, mujer!
    Bueno, que como decía, un buen giro a mitad de relato y, como siempre, con una prosa clara y elegante.

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