Hoy finaliza el plazo para elegir la poesía de nuestro vídeo promocional – Scripto.es

 

¡Vamos!¡Que todavía estáis a tiempo! En poco más de una hora finaliza el plazo para elegir la poesía para el booktrailer de “El mundo en tus manos”, ¡no dejéis de enviar vuestro voto!

Hoy 28 de febrero a las 24 horas (hora de Madrid) finaliza el plazo marcado para elegir la poesía para el booktrailer de nuestro libro “El mundo en tus manos”. Aún estáis a tiempo de dejar vuestro voto, bien dejando un comentario en la entrada donde mostramos las poesias recibidas, bien enviando un mensaje de…

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La frase de la semana

La frase de la semana

 

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Imagen: culturamas.es

 

‘El talento es algo bastante corriente. No escasea la inteligencia, sino la constancia’.

Doris Lessing

Escritora británica, nacida en Persia.

Ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2007.

¡Feliz martes! ¿Cómo se os ha quedado el cuerpo? Encuentro la frase de Doris sencillamente demoledora. Es necesaria la constancia para que el talento empiece a dar sus frutos, porque inteligentes, lo somos. La parte buena del asunto es que creo que aquí, al menos, a constantes no nos gana nadie. No sé si tendré talento (voy a hablar en primera persona, porque el vuestro lo doy por supuesto), pero constantes lo somos un rato, así que la mitad del camino está hecho. Ahora sí, ¡feliz martes!

Ahora que sabemos que tenemos talento y somos constantes, os paso a comentar la frase que me ha llamado la atención esta semana. Y me ha llamado bastante la atención, porque describe a la perfección una situación por la que todos, el que más, el que menos, hemos pasado alguna vez en nuestra vida, y que tiene bastante relación con la poesía que compartí con vosotros el domingo, “No te rindas” de Benedetti. Es la siguiente:

‘El atardecer pinta el cielo de pequeñas nubes color rosado y mientras el sol va descendiendo ella siente cómo su corazón se hace más pequeño y sus ganas de desaparecer del todo se incrementan.’

Esta frase nos la traía damadesalot . Yo conocí su blog por casualidad el mismo domingo y, como no creo en las casualidades, sentí que este espacio tenía que ir dedicado a ella. Y el poema de Benedetti. Y todo mi cariño, así, sin más. Daros una pequeña vuelta por su blog y dejadle un aluvión de seguimientos que la arropen dentro de esta nuestra familia. Si queréis, claro.

¡Besazos y hasta el martes que viene!

Reto literario: “El manuscrito perdido”

Reto literario: “El manuscrito perdido”

 

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Imagen tomada de la red

 

EL MANUSCRITO PERDIDO

Las ideas se agolpaban por momentos en su mente, formando un torbellino que amenazaba con volverle loco. Llevaba cerca de un mes intentando comenzar a escribir una novela medio decente, pero lo más que había conseguido eran palabras sin sentido plasmadas sobre una hoja de un frío procesador de textos. Todas ellas habían terminado en la papelera de reciclaje.

Y ahora, de repente, le sobrevenía ese aluvión de ideas, esa historia definida con una claridad casi precisa en su mente que le estaba volviendo loco. No podía aguantar a estar delante del ordenador, ni siquiera hubiera podido aguantar la espera hasta que este arrancase. Se volvería loco si no volcaba aquella historia de inmediato.

Se encerró en su cuarto y comenzó a escribir como un loco sobre cientos de folios con una caligrafía casi ilegible. Estuvo diez días completos con sus diez noches escribiendo sin parar. Su esposa le llevaba cada cierto tiempo algún refrigerio que en más de la mitad de las ocasiones retiraba sin tocar. Estaba más que acostumbrada a aquellos arrebatos de inspiración que de vez en cuando le daban a su marido. Luego terminaba tan exhausto que dormía sin parar durante dos días seguidos. Durante ese tiempo, ella se encargaba de transcribir las palabras casi ilegibles de su marido. Habitualmente pilas y pilas de folios escritos con una rapidez extraordinaria.

Tras aquellos episodios, él no recordaba apenas nada. Solo que una historia había emergido de su mente y que había comenzado a plasmarla sobre el papel. Y cuando despertaba, el archivo estaba preparado en el ordenador, listo para ser revisado.

Pero en aquella ocasión ocurrió algo diferente. Tras siete días escribiendo sin parar, su cabeza se quedó por completo en blanco cuando estaba casi llegando al final de la historia. Esperó, con paciencia, durante horas. Salió de la habitación a tomar algo, cosa que sorprendió gratamente a su esposa. Volvió a su encierro y comprobó con horror que ninguna idea fluía en su mente. Era como si se le hubiesen agotado de un solo plumazo. Estaba ya histérico, se mesaba los cabellos como si de un loco se tratase. Abrió la ventana en un vano intento por refrescar su mente.

Gritó a su mujer con cólera cuando esta entró en su pequeño cuarto de escritura para preguntar si se encontraba bien. Al abrir la puerta, una pequeña corriente de aire cruzó la habitación como si se tratase de un huracán, haciendo que los centenares de hojas que tenía manuscritas saliesen volando desordenadas. Las más atrevidas se escaparon por la ventana, buscando destinos más interesantes que aquella historia en la que se habían visto metidas.

Enloqueció como nunca, volvió a dirigir a su mujer una serie de improperios ininteligibles y, sin pensárselo dos veces, salió por la ventana del cuarto. Solo jugó en su favor que este se encontrase en la planta baja de la casa.

Su mujer, atemorizada, vio por la ventana cómo se alejaba corriendo enloquecido por completo, internándose en el bosque que había cerca de la parte trasera de la casa. Salió corriendo detrás de él, lo más rápido que pudo, pero fue incapaz de determinar el camino que había tomado su marido.

Fueron horas de búsqueda desesperada, ya había comenzado a anochecer cuando lo encontró. Tirado en el suelo, con los cabellos por completo revueltos y cubiertos de barro, se aferraba con fuerza a la hierba que cubría el suelo del bosque, tan fértil en aquella primavera tardía. Arrancaba briznas a su paso, reptando como un loco hacia unas hojas de su manuscrito que habían llegado hasta allí. En su camino había dejado atrás muchas más, completamente destrozadas por aquellos dedos febriles y embarrados.

Ante su imposibilidad por hacerle entrar en razón, y después de varios arañazos que le lanzó  a las piernas, no tuvo más remedio que llamar a los servicios de emergencia.

Han pasado ya dos años y aún continúa en aquella habitación acolchada, inmovilizado por su camisa de fuerza, mientras grita desesperado que ha encontrado ya el final para su historia.

Ana Centellas. Febrero 2017. Derechos registrados.

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El vídeo del domingo: “No te rindas”

El vídeo del domingo: “No te rindas”

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Este domingo me han venido ganas de recitar de nuevo a Benedetti. Por si no lo sabíais, es mi gran referente en cuanto a poesía se refiere, sencillamente me encanta. Y este domingo necesitaba en particular este poema de Benedetti: “No te rindas”.

Y como decíamos de pequeños cuando jugábamos al rescate, “por mí, por todos mis compañeros y por mí el primero”, eso es. Necesitaba escuchar estas tremendas palabras de ánimo, y qué mejor manera para escucharlas que pronunciándolas yo misma. Y necesitaba escucharlas por mí, en más de un sentido, sí, las necesitaba. Y sé que a algunos compañeros tampoco les van a venir mal, así que aquí están. Por mí y por todos mis compañeros.

Y aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, no te rindas, por favor, no cedas.

Perdonad mi voz ronca, quizá algún día os cuente por qué. De momento, no me rindo.

Por capítulos: “Terrores nocturnos”

Por capítulos: “Terrores nocturnos”

 

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Aquí está la versión completa de Terrores nocturnos, para que podáis leerla del tirón si queréis, como habéis pedido algunos de vosotros.

TERRORES NOCTURNOS

Cada noche me iba a la cama con el corazón en un puño. No quería dormir, cada día iba retrasando más el momento, pero llegaba un punto en que el cansancio me vencía y no me quedaba más remedio que acostarme. Me acurrucaba en la cama y me tapaba la cabeza con las sábanas, como si eso me pudiese proteger de la malignidad que habitaba en mis sueños. Pero no podía evitarlo, y con el corazón acongojado y los dientes castañeteando de puro miedo, iba dejando que el sueño me venciera.

Todo comenzó hace alrededor de dos años. Fue la primera pesadilla, con el ligero matiz de que yo sabía que no se trataba solo de un mal sueño. Aquella primera vez, la pesadilla me pilló por completo desprevenido en las primeras fases del sueño. Apenas llevaba una hora en un sutil duermevela cuando ocurrió. Y lo sentí tan real que por unos instantes tuve la duda de si estaba dormido o despierto. Desperté inquieto, sudoroso. La luz de la televisión aún inundaba mi cuarto y mi mujer dormía con placidez a mi lado. Hice un mohín al ver las sábanas mojadas, qué ridiculez, a mi edad no me podía estar pasando esto, pensé.

Desperté a mi mujer con cuidado, no quería alterarla, debido a su estado. Hacía apenas un mes que nos habíamos enterado de que íbamos a ser padres. Ella, como siempre, me inundó de tranquilidad. Siempre ha bastado una mirada suya para que mis temores pasaran a un merecido segundo plano. Juntos rehicimos la cama y nos volvimos a dormir. Aquella noche, no me volvió a molestar.

En mi sueño, aquel primero que tuve, estaba en mi casa, solo. Era el anochecer y estaba asomado a la terraza. Desde allí podía observar una vista más que privilegiada de Madrid. Era mi casa, mi terraza, lo podía ver con absoluta nitidez. No faltaba en mi sueño el más mínimo detalle, incluso aparecía la flor que luchaba por vivir bajo el frío, en una maceta que Sofía había colocado unos días antes. Había salido a fumar, como siempre hacía desde que nos enteramos de que íbamos a ser padres. No quería que el humo pudiese producir algún problema en mi mujer ni en mi futuro hijo. Yo estaba feliz, también recuerdo con claridad esa emoción. De pronto, al levantar la vista al frente, sobre los tejados del resto de edificios, vi una gran sombra que se cernía sobre el horizonte. Estaba en la lejanía, pero su simple visión me produjo el más profundo de los espantos. Sabía que aquello, fuese lo que fuese, no era nada bueno. Y que venía a por mí. Desde entonces, desde aquel fatídico día del mes de enero, el sueño se vino repitiendo cada cierto tiempo. Al principio solía ser una vez a la semana. Y siempre era lo mismo. La misma sombra revoloteando en círculos en la lejanía. Buscando la manera de llegar hasta mí. Pero parecía que no lo conseguía. Yo me despertaba asfixiado, aterido, aterrado. Grandes gotas de sudor frío recorrían mi frente. La cama mojada. Vuelta a empezar. Según iban pasando los meses, la pesadilla se fue haciendo cada vez más y más fuerte. Y también más frecuente. A los dos meses desde aquella primera vez, ya vivía aquella desagradable experiencia al menos dos veces por semana. Siempre lo mismo. Corría ya el mes de marzo y las plantas de Sofía estaban comenzando a florecer. Así es como se aparecían en mi sueño. Incluso me percaté de que en aquellos espantosos sueños yo vestía la misma ropa que había llevado a la oficina aquel día. Y veía cómo aquella sombra maléfica ya estaba rozando el extremo norte de mi ciudad.

A mi alrededor todo transcurría con absoluta normalidad. Sofía llevaba un embarazo excelente y se estaba cuidando mucho. En aquellos días, durante una de las ecografías de control, nos dijeron que íbamos a ser padres de una niña. Tanto Sofía como yo estábamos muy ilusionados con la noticia. Incluso comenzamos a comprarle algo de ropita. Toda esa felicidad se esfumaba de un plumazo cuando llegaba la noche y la pesadilla volvía a mi encuentro.

Unos días después, hubo un cambio en mi sueño. En apariencia todo seguía siendo igual, mi casa, mi terraza, la misma ropa, los mismos detalles, la misma sombra que llegaba a la cuidad y me aterraba. Pero en esa sombra se comenzaba a dibujar una silueta. Había algún personaje escondido tras ella. Alguien realmente maligno que amenazaba con llegar a mi encuentro. Fue entonces cuando el sueño comenzó a hacerse diario. No había noche que no me fuese a la cama y la pesadilla no volviera a visitarme. Sofía ya no sabía qué hacer ni por qué me ocurría aquello.

La verdad es que al igual que cambió la frecuencia de mi sueño, también cambió su duración. Lo que al principio duraba tan solo unos minutos, que me hacían padecer un terror espantoso, por aquella época se volvieron horas. O al menos así me parecía a mí. Comenzaba en las primeras etapas de mi sueño, cuando aún no conseguía distinguir el sueño de la realidad, y duraba hasta altas horas de la madrugada. Por lo menos no era hasta las tres o las cuatro de la mañana cuando me despertaba, como siempre, sudoroso, sobresaltado y con la cama por completo mojada. La barriguita de Sofía ya se dejaba ver, y ella se levantaba conmigo y su pequeña barriga a hacer la cama de nuevo.

Fue una época horrible para mí. No sabía qué era lo que me estaba ocurriendo. Mi rendimiento en el trabajo comenzó a disminuir de manera bastante acusada, ya que mi descanso nocturno era muy escaso. Y yo temía por Sofía. No quería que ella acusase la falta de reposo al igual que yo. No se lo merecía. Ella tenía que descansar bien, puesto que llevaba a nuestra hija en su interior y pasaba todo el día trabajando fuera de casa. Fue entonces cuando tomé la decisión de cambiarme de habitación. Y a día de hoy no sé si fue una buena decisión o no. Quizá al hacerlo estaba dándole a aquel ser maligno más fuerza sobre mí. Al parecer, eso era lo que quería.

Digo esto porque la primera noche que pasé en el cuarto de invitados, la pesadilla fue especialmente cruel conmigo. Recuerdo aquella noche como si fuera hoy mismo. Aún se me ponen los pelos como escarpias al pensar en ella. Sofía y yo nos fuimos a acostar temprano, ambos estábamos bastante cansados. Ella estaba un poco molesta conmigo por la decisión que había tomado. Era mi mujer y quería que durmiese con ella. No entendía por qué me cambiaba de habitación. Con el mayor cariño de que fui capaz le expliqué que lo hacía para que ella y nuestro bebé pudieran descansar tranquilas. Al final pareció entenderlo, aunque no quería que lo hiciese. Era tan buena conmigo. Siempre lo fue. Para ella, mis sueños no eran ninguna molestia y quería cuidarme. No quería que estuviese solo cuando me despertase. Pero el sentido común primó en mí y cambié de habitación.

Aquella noche, aquella fatídica noche, me fui a la cama pensando que a lo mejor el hecho de cambiar el sitio donde dormía podría hacer que descansase mejor. Qué iluso fui. Como ya he dicho, aquella vez la pesadilla fue horrible. No había ido a trabajar porque me encontraba demasiado cansado, y había pasado el día en casa, con un cómodo chándal. Así es como vestía yo en mi sueño. Parecía estar recreando el momento vivido hacía tan solo unas horas, cuando salí a fumar a la terraza. Todo era tan exacto que solo con eso ya asustaba. Al levantar la mirada al frente, pude apreciar con una claridad absoluta cómo aquella silueta que cada vez veía más cercana iba formando poco a poco un rostro. Era una niña.

Recuerdo haber inspirado en profundidad dentro de mi sueño cuando se formó aquel rostro en la sombra. Ya no era una silueta difusa, como en anteriores ocasiones. Era el rostro pavorosamente serio de una niña pequeña. Me miraba con mucha fijeza, con una maldad indescriptible en los ojos. Y se acercó a mí un poco más. Intentaba despertarme por todos los medios pero me era imposible. Era incapaz de sostener aquella escalofriante mirada por más tiempo, pero ella no me permitía despertar. Lo sé, era ella la que no me dejaba despertar. Por alguna extraña razón quería que la contemplase, como si su intención fuese que no olvidase su rostro jamás.

Aquel día fue el despertador el que me sacó del horrible sueño. La sensación que tenía en el cuerpo era la de no haber descansado en toda la noche. Estaba empapado, temblando, mientras el despertador no dejaba de sonar en el silencio de la madrugada. Pasaron al menos diez minutos  desde que abrí los ojos hasta que tuve la fuerza necesaria para apagar el reloj. En el silencio de la casa, encerrado en aquel pequeño dormitorio, lo único que podía escuchar eran los jadeos entrecortados de mi acelerada respiración. Desde entonces el mismo sueño se presentó día tras día durante semanas. Cuando se lo conté a Sofía, que llevaba fenomenal su embarazo de cinco meses, insistió mucho en que debía verme un médico. Yo no quería, no sé qué temor encontraba en ello, pero al final no tuve más remedio que ir. Fuimos juntos a la consulta de un psicólogo. Solo le hizo falta una sesión para diagnosticarme terrores nocturnos y recetarme unas pastillas para dormir.

La primera noche que tomé las pastillas me dormí prácticamente de inmediato. Con lo cual mi pesadilla comenzó de igual manera, inmediatamente. Y de hecho fue aquella noche cuando se produjo otro cambio. Yo seguía fumando asomado a la terraza y al levantar la vista, aquella nebulosa con la cara de una niña en su interior comenzó a girar de manera inesperada para mí. A la par que giraba pude ver cómo se acercaba un par de manzanas hacia casa. Y aquella noche, por primera vez, me habló.

No puedo expresar el escalofrío de auténtico pánico que me recorrió de la cabeza a los pies cuando escuché su voz. Era tétrica, amenazante, aguda, me hacía daño en los oídos. Por instinto, me tapé las orejas dentro de mi sueño. Y así fue como me encontró Sofía cuando vino a despertarme. Con las manos tapándome ambos lados de la cabeza y gritando de terror. Mis gritos eran tan espeluznantes que conseguí despertarla, aun teniendo las puertas de las dos habitaciones cerradas. Me acurruqué en la cama en posición fetal, mientras lloraba como si fuera un niño pequeño, aferrado a las manos de mi mujer. En mi cabeza aún resonaban nítidas las palabras que aquella macabra niña había pronunciado en mi sueño: “No permitiré que te quedes a su lado. Ella es mía.”

Cuando al fin me tranquilicé eran las cinco de la mañana. Faltaba una hora para que mi despertador comenzase a sonar. Le conté a Sofía lo que me había dicho la niña de mis sueños y volvió a insistir para llevarme al psicólogo. Otra tarde perdida, me dijeron que era mi subconsciente, que tenía miedo de que mi hija acaparase la atención de mi mujer. No podían estar más equivocados, pero eso solo yo lo sabía. Solo yo sabía que quería a aquella niña más que a nada en la vida, aunque todavía no hubiese nacido. Y que aunque mi mujer me hiciese a un lado, cosa de la que estaba seguro no iba a suceder, no me hubiese importado. ¡Si ya era la niña de mis ojos! ¡Por favor! No, mis sueños tenían algo de real, de eso estaba seguro. De no ser así, no me tendrían tan aterrado. Y lo que más me asustaba era que esa niña de mis sueños cada vez estaba más cerca de mí.

La siguiente noche fue peor aún si cabe. La misma visión, aunque la niña en esta ocasión no se movió del sitio. Menos mal. Repitió sus palabras, las mismas del día anterior, pero en esta ocasión añadió algo más: “Ya puedes olvidarte de tu trabajo. Haré que ella vea lo inútil que eres.” Aquel mismo día me despidieron. Despido procedente. Alegaron una bajada en mi rendimiento. Claro que había bajado, si apenas conseguía ponerme en pie durante el día. En aquella ocasión consideré que tal vez se hubiese tratado de una coincidencia. Yo tenía el temor al despido desde hacía un tiempo y puede que se manifestase en mi sueño. Pero en el fondo me parecía demasiada coincidencia. Sofía se tomó la noticia con tranquilidad, como siempre hacía. Ella confiaba en mí y estaba convencida de que en breve encontraría otro trabajo. Le hablé de mi sueño y estuvo de acuerdo conmigo en que no podía tratarse más que de una coincidencia. Desafortunada, eso sí, pero nada más. La niña aquella noche se encargó de dejarme claro que no había sido así.

A esas alturas yo ya tenía verdadero pánico a quedarme dormido. Me quedaba despierto hasta las tantas de la madrugada, en un intento por desvanecer mi pesadilla. Pero cuando no podía más, cuando el sueño al final me vencía, volvía a estar ahí, al acecho, daba igual la hora a la que me quedase dormido. Fue entonces cuando comencé a tomar la medicación contra la ansiedad. Y mi mayor preocupación era, aparte de la que tenía cada noche, qué padre iba a resultar para la pobre criatura que Sofía llevaba en su vientre. No fue hasta el séptimo mes de embarazo cuando elegimos el nombre que llevaría nuestra hija. Llevábamos desde el principio debatiendo sin ponernos de acuerdo, pero cuando nos dimos cuenta de que la pequeña podría nacer en cualquier momento si se precipitaba el parto, tomamos la decisión de elegir el nombre de una vez por todas. Como no conseguíamos llegar a un acuerdo, escribimos en papel los nombres que nos gustaban a ambos y escogimos uno al azar. Fue así como decidimos que la niña se llamaría Rebeca.

La noche de aquel día, en el que decidimos el nombre que llevaría nuestra hija, supuso un antes y un después en mi vida. Aquella noche la niña que se colaba en mis sueños dio un avance tremendo, la podía ver sobrevolando el edificio de enfrente. Me habló, como llevaba haciendo todas las noches desde hacía tiempo, con su voz maléfica y estridente, y al final de sus palabras pronunció aquellas que nunca hubiese querido escuchar: “Ya te puedo decir mi nombre, soy Rebeca.” Se me heló la sangre aquella noche. Descubrir que la maléfica niña que invadía mis sueños cada noche desde hacía meses era mi propia hija fue devastador para mí. Deseaba con todas mis fuerzas que todo aquello solo fuese una mala pasada de mi subconsciente, como decían los médicos. Pero en mi fuero interno yo sabía que no era así.

Ni qué decir tiene que a partir de ese día dejé de contarle mis sueños a Sofía. No quería que se preocupase por mí. Al fin y al cabo, el único amenazado por aquella diabólica niña era yo, no ella. Cada noche veía su rostro con mayor nitidez que el día anterior. Lo que más me llamaba la atención eran sus ojos verdes, ya que nunca nadie en nuestras familias había tenido los ojos de ese color. Y esa voz. Esa voz la tendré grabada en mis oídos durante el tiempo que me quede de vida.

La última pesadilla la tuve justo el día antes del nacimiento de nuestra hija. La siniestra sombra con su rostro había cruzado ya la calle de nuestra vivienda y amenazaba con llegar hasta mí. Ese día la revelación que me hizo fue terrible, aunque a la par despertó sentimientos encontrados dentro de mí. Por vez primera me hizo dudar de si aquello que estaba soñando era o no real. Sus palabras, una letanía que a día de hoy se repiten como un eco incesante en mi mente, fueron: “Me desharé de ti. Tú no eres mi padre. Yo soy hija de Satán.” Sí, reconozco que en ese momento, cuando desperté, tuve dudas. Porque aquello no podía ser real. Para mí, que nunca he sido creyente, aquello era simplemente imposible, por reducción al absurdo. Fue la única vez que desperté del sueño tranquilo, sin terror alguno. Qué ingenuidad la mía.

A la mañana siguiente salí a la terraza a fumar un cigarrillo. Acababa de amanecer y Sofía todavía dormía con placidez. Una gran nube se cernía sobre la ciudad, pero pensé que sería alguna tormenta de verano. Corría el mes de septiembre y estaba siendo especialmente caluroso, por lo que era normal que muchos días amaneciese con el cielo amenazando descargar sobre nuestras cabezas. Al poco tiempo, Sofía se levantó apresurada. Había roto aguas y había comenzado con unas fuertes contracciones que le sobrevinieron de un momento para otro. De inmediato partimos para el hospital ya que, en previsión, ya teníamos un pequeño bolso preparado en la puerta de casa. Al cabo de una hora, había nacido Rebeca.

Sentí un inmenso placer y un orgullo enorme cuando la tuve en mis brazos por primera vez. Era tan bonita. Me engañó como a un ruin bellaco. Las dos noches que pasamos en el hospital fueron las dos primeras noches en las que pude descansar desde hacía más de ocho meses. Un sueño cálido, sin pesadillas, me aletargaba poco después de la cena y no despertaba hasta unas buenas horas después del amanecer. En consecuencia, era Sofía la que pasaba toda la noche atendiendo a la niña. Sola con ella. Creí que al ver a mi pequeña y tenerla entre mis brazos, todos esos supuestos miedos de mi subconsciente se habían borrado de un plumazo y que estaba tan cansado, después de meses sin poder descansar en condiciones, que por ello caía en un sopor tan profundo. Jamás imaginé, durante esos dos días, que era ella la que no me permitía permanecer despierto durante las noches, para así alejarme de Sofía. Lo cierto es que esos días que estuvimos en el hospital todo fue agradable y viví unos momentos preciosos. Creo que, tanto Sofía como yo, tocamos la felicidad con las yemas de los dedos.

El problema fue cuando llegamos a casa. Estábamos pletóricos. Durante todo el día no habíamos parado de recibir visitas de nuestros familiares y amigos, que estaban deseando conocer a la pequeña Rebeca. Hasta el momento, yo no había logrado ver a mi hija despierta. En el hospital, durante el día pasaba la mayor parte del tiempo dormida y era por la noche cuando presentaba mayor actividad. Incluso tomaba el pecho con los ojos cerrados. Jamás la oí llorar, ni el más mínimo quejido. Quizá eso me habría alertado, pero supo representar muy bien su papel de bebé tranquilo y adorable. Aquella tarde, en casa, entre tanta algarabía con las visitas, pude ver sus ojos por primera vez. Esa mirada. Era la misma de la niña de mis sueños. Como para no reconocer aquellos amenazadores ojos verdes. Sufrí un ataque de pánico, que bien supe esconder refugiándome en el cuarto de baño. Cuando al fin logré controlarlo, previa ingesta de los pertinentes ansiolíticos, regresé con los invitados, ejerciendo de perfecto anfitrión.

Fue con posterioridad, en la noche, cuando mostró su verdadera cara. Esa cara monstruosa cargada de maldad. Cuando se fueron las visitas, bañamos a la pequeña entre Sofía y yo, con sumo cariño. Habíamos acoplado una pequeña bañera para bebés sobre la nuestra. Sofía se quedó recogiendo el baño mientras yo llevaba a mi niña al cambiador, para secarla bien y ponerle un pijama calentito. La pequeña estaba tumbada, como cualquier otro bebé recién nacido. Imaginaos mi estupor, mi sorpresa y el terror que sentí cuando ella sola se incorporó, abrió esos ojos verdes que tanto había temido y, con la misma voz aguda de mis sueños, me dijo con total claridad, “Te mataré.”

Inmediatamente solté a la pequeña monstruo de entre mis manos y me acurruqué en el rincón más alejado de la habitación, dejándola desatendida. El resto de la historia ya la conocen. Pero yo no estoy loco. Ocurrió tal cual lo cuento. No estoy loco. Lo juro. No estoy loco.

—Acabo de leer la declaración que hizo en su historial. Lo que es capaz de hacer la mente en las personas… Doctora, ¿está segura de que está listo para salir? —preguntó el director de la clínica psiquiátrica.

—Aún es pronto para saberlo con exactitud, pero la evolución del paciente ha sido extremadamente favorable en los últimos meses.  Esa fue la versión que nos contó cuando llevaba un año ingresado, hasta entonces no había pronunciado ni una sola palabra. Lleva ya cerca de tres años con nosotros y hace más de seis meses que no hace ningún comentario al respecto de aquellos episodios. Se comporta con total normalidad.

—No sé, no lo tengo claro. Es una historia muy fuerte. ¿Es posible que se haya curado así, sin más?

—Bueno, la medicación que le dimos al comienzo del tratamiento era muy potente. De todas formas, en unos instantes saldremos de dudas. Su mujer y su hija vendrán a verle en unos instantes. Deben estar al llegar.

A tan solo unos metros, cruzando el pasillo, se encontraba Enrique en una pequeña sala blanca y aséptica. Sentado en una pequeña silla, aguardaba impaciente la llegada de Sofía y Rebeca. Llevaba tanto tiempo sin ver a su mujer, a su querida Sofía, que era incapaz de expresar lo mucho que la echaba de menos. Y su pequeña… ¿Cómo era posible que su mente le hubiera jugado tan mala pasada? Echaba la vista hacia atrás y no encontraba ningún sentido en aquello que había vivido. Tan solo unos minutos y una mampara de cristal, como si fuera un vulgar preso, le separaban de un reencuentro que llevaba tiempo ansiando.

Sofía no se hizo esperar. La puntualidad siempre había sido una de sus muchas virtudes. Entró por la puerta que daba acceso a la pequeña sala con lentitud, con sumo cuidado, como si en su interior aún guardase algún temor acerca de lo que iba a encontrar allí. Tras ella caminaba la pequeña Rebeca, que hacía tan solo unos días había celebrado su tercer cumpleaños. Enrique hizo un brusco ademán de levantarse de la silla en cuanto las vio entrar. Casi de inmediato llegó a su lado una enfermera, que le sostuvo un brazo para apaciguarlo. Cuando vio que el cuerpo de Enrique se relajaba, volvió a su posición en un discreto segundo plano tras la puerta abierta de la salita.

Sofía y Enrique se miraban con lágrimas en los ojos. Sus manos reposaban sobre el cristal que los separaba como si con la mente hubieran sido capaces de romperlo para abrazarse. Enrique susurró un “os quiero” que a Sofía le llegó al alma. Rebeca, que había llegado por completo  escondida tras su madre, aún seguía en esa posición.

Para Enrique, verla así suponía un buen jarro de agua fría. Pensó que era su culpa que su pequeña tuviese miedo de su padre, hasta entonces un completo desconocido para ella, por más fotografías que Sofía le hubiese podido mostrar o por mucho que le hubiese hablado de él. Entonces llamó a la niña por su nombre. Esta, al oír aquella voz, asomó con timidez la cara.

El espanto quedó reflejado en el rostro de Enrique cuando vio la mirada de su hija. Aquellos ojos verdes que le acosaban en sueños y que nunca podría olvidar, ahora le estaban mirando con fingida timidez. Un brillo diabólico en ellos le confirmó que toda la historia que había pretendido olvidar durante todo aquel tiempo no había sido fruto de su imaginación.

Se levantó con brusquedad de la silla y fue retrocediendo hasta que su cuerpo tocó la pared contraria, apenas dos o tres pasos. Salió corriendo de allí mientras gritaba con desesperación. La enfermera que se encargaba de su cuidado no pudo hacer nada por detenerlo cuando cruzó el pasillo como una exhalación y abrió de un empujón la puerta del despacho del director de la clínica. Este y la doctora que se encontraban allí fueron testigos de cómo Enrique entraba en el despacho con fuerza y de un salto se lanzaba contra la cristalera que había tras la mesa. El cristal se hizo añicos con el impacto, los trozos salieron despedidos en todas direcciones. Cuando quisieron reaccionar, solo alcanzaron a ver el cuerpo inerte de Enrique sobre el suelo del jardín. Un gran reguero de sangre manaba de su cabeza tras golpearse contra una de las fuentes de piedra que rodeaban el recinto. La caída desde el tercer piso fue mortal.

En ese instante, una malévola sonrisa aparecía en el rostro de Rebeca, mientras su madre gritaba con desesperación. Había logrado su cometido. Ya podían irse de aquel horrible lugar.

Ana Centellas. Diciembre 2016. Derechos registrados.

Imagen: Pixabay

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