escapada-romantica

 

ESCAPADA ROMÁNTICA

Marta y Rafa iban de camino a un precioso hotel de montaña. Era viernes por la tarde y pensaban pasar un romántico fin de semana los dos solos, sin niños. El tiempo estuvo de su parte y hacía unas horas que había comenzado a nevar, así podrían disfrutar además de encantadores paseos y juegos en la nieve. La pequeña carretera de montaña que llegaba hasta el acogedor hotel que habían elegido estaba ya por completo cubierta por la nevada, por lo que Marta conducía el coche con extrema precaución. Ninguno de los dos había pensado en ello y no llevaban cadenas.

El invierno y el temporal de nieve hacían que, a pesar de no ser más de las ocho de la tarde, pareciera que fuese ya noche cerrada, y una oscuridad absoluta les envolvía. En contraste con la precaución con la que circulaban, el ambiente en el interior del coche era relajado, pues no tenían ninguna prisa por llegar. Aquel fin de semana no iba a tener horarios, solo ella y él, sin tiempo para pensar en nada más que no fuesen ellos dos.

Marta circulaba con las luces largas encendidas para así alumbrar algo más el oscuro camino. El hotel se encontraba a una altitud considerable y la carretera era estrecha y ondulada. Ambos estaban emocionados, ya faltaba poco para llegar y en lo único que pensaban era en la romántica cena que iban a tener y en la posterior noche de pasión. Hacía tanto tiempo que no podían disfrutar de algo así, que ya en sus ojos se podía vislumbrar la picardía del momento, cada vez más próximo.

De repente, cuando apenas faltaban diez kilómetros para llegar a su destino, una figura se dibujó ante ellos, varios centenares de metros más adelante.

—¿Qué coño es eso? —preguntó sorprendido Rafa.

—¡Rafa! Esa boquita, no me extraña que luego nuestros hijo hablen como hablan, menudo ejemplo tienen. No sé, parece un niño, ¿no? —respondió Marta aminorando aún más la velocidad.

En efecto, unos metros por delante de ellos se encontraba un niño, perfectamente abrigado, sin gota de nieve sobre él, ocupando una parte de la carretera.

—Sí, es un niño. ¿Se habrá perdido? ¿Qué hará por aquí solo a estas horas? Vamos a parar, Marta. —contestó Rafa, después de colocarse sus gafas para poder ver mejor en la distancia.

—No sé, Rafa, me parece un poco extraño. ¿Te has fijado en su cara? No tiene ninguna expresión, está ahí indiferente, y ni siquiera tiene nieve por encima, con la que está cayendo —.Marta llevaba ya el coche con máxima lentitud, mientras intentaba deliberar sobre lo que debían hacer. Era un niño, estaba claro que tenían que socorrerlo, pero había algo que no le daba muy buena espina en todo aquello.

—Tienes razón, Marta, me recuerda al niño de la curva.

—Era la niña de la curva.

—Me da igual, me da escalofríos y eso es algo que no me gusta. Pasa de largo, Marta.

—¿Pero cómo vamos a hacer eso? Es un niño, Rafa, por favor. Y por muy extraño que sea no podemos dejarle aquí desamparado. ¡Se va a congelar!

—Marta, te digo que me da mala espina. No pares, por favor.

Estaban ya llegando a su altura y aquel extraño niño se mantenía inalterable en la misma posición. Una inquietante sonrisa se dibujó en su rostro, justo cuando el vehículo estaba ya casi a su altura.

—¿Ves, Marta? Mira qué sonrisa, parece macabra. Por favor, acelera —.Suplicó Rafa.

Marta pisó el acelerador del coche hasta que las revoluciones pasaron del nivel aconsejable. Al mismo tiempo, el niño hizo un desplazamiento casi imperceptible hacia ellos y, cuando Marta quiso darse cuenta, estaba frente a su coche. Casi por instinto, pisó aún con más fuerza el acelerador, cambiando de marcha. El impacto contra el pequeño fue inevitable, que golpeó con fuerza el frontal del coche y cayó al suelo, pasando las ruedas por encima de su cuerpo.

Marta tardó unos segundos más de la cuenta en reaccionar y ya llevaban recorridos varios metros cuando al fin detuvo el coche. Ambos bajaron con cautela, observando el cuerpo inerte que yacía sobre la carretera, ahora sí, cubriéndose de nieve.

—¡Corre, Marta, vámonos de aquí! —le increpó Rafa, en un estado de visible alteración.

Marta se encontraba en estado de shock, ¡había atropellado a un niño y ni siquiera sabía si lo habría matado! Fueron unos segundos, pues al instante entró en una crisis de pánico. Con la mano sobre el corazón, hiperventilaba y lloraba como una niña pequeña. Rafa fue hacia ella, la abrazó y, con cariño, la introdujo dentro del coche, en el asiento del copiloto. Él tomó el volante y continuó hacia su destino, aún sin saber qué le había llevado a tomar aquella decisión. Quizá por miedo, por cobardía, porque la situación le seguía resultando tan extraña…

Llegaron al hotel cariacontecidos. Se dirigieron directamente a su habitación, y allí pasaron la noche, abrazados el uno al otro, en silencio. Ninguno fue capaz de probar bocado, no hubo cena romántica ni noche de pasión. En cuanto descubrieran el cuerpo del niño, la policía comenzaría una investigación de la que muy difícilmente podrían salir impunes.  Y menos aún sus conciencias.

Al amanecer, salieron por fin de la habitación, esperando encontrar revuelo, caras tristes después de la desgracia acontecida. Casi con total seguridad habrían llegado nuevos huéspedes después de ellos, y habrían encontrado la evidencia de su crimen. Pero todo parecía transcurrir con la tranquilidad propia de la mañana de un sábado a horas tempranas. Tomaron un frugal desayuno mientras Rafa revisaba la prensa local, buscando alguna noticia que hablase del tema, pero no encontró nada. La situación se hacía más extraña aún por momentos. ¿Es posible que aún no lo hubiesen encontrado? Su conciencia no le dejaba en paz.

Por su parte, Marta no reparó para nada en la actividad normal de aquella mañana. El trauma de lo vivido le había llevado a un estado de semi inconsciencia, ajena por completo a todo lo que la rodeaba. Sus movimientos eran maquinales y de su boca no salían más que breves respuestas monosilábicas ante las preguntas que recibía.

Pensaron en salir a dar un paseo por los alrededores, a despejar la mente con el aire frío del crudo invierno y el crujir de la nieve recién caída bajo sus pies. La mañana había aparecido esplendorosa, un sol radiante lo iluminaba todo y, por un momento, dañó su vista. Ambos llevaban en lo más profundo de su subconsciente acercarse con el paseo al lugar del accidente, pero según salieron a la calle y se acostumbraron a la brillante luz del sol, quedaron paralizados. Frente a ellos, apoyado en una valla de madera que rodeaba el recinto del hotel, estaba el niño. El mismo que habían atropellado la noche anterior, intacto, con su plumas gris tan pulcro como lo recordaban.

Les miró, les dedicó la misma sonrisa extraña que la noche anterior,  más parecida a una grotesca mueca y, sin más, se desvaneció.

Asustados, Marta y Rafa tomaron el coche hasta llegar al punto exacto donde cometieron el atropello. Nada en el lugar daba muestras de que hubiese ocurrido algo fuera de lo común. Estaban a punto de volver al coche cuando algo llamó la atención de Marta. En un lateral de la carretera, cubierto de nieve, había un montículo que revelaba por su forma que algo había debajo. Limpió con su guante la nieve que lo recubría y cayó de rodillas al suelo cuando vio, bajo una fotografía del niño que habían visto hacía unos minutos, esculpida en piedra y con vistosos colores, una inscripción que decía:

      David

     10 de mayo de 2005 – 12 de noviembre de 2016

      Tú familia, que te quiere, no te olvidará jamás.

 

Ana Centellas. Febrero 2017. Derechos registrados.

copyrighted

Este relato ha sido trabajado para el habitual reto literario que cada semana nos propone el grupo de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”. Os aconsejo que os deis una vuelta por él.

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26 comentarios en “Reto literario: “Escapada romántica”

  1. Jurjurjur, en cuanto he visto la imagen de cabecera, he pensado: “¡El fantasma de la curva!”, y los protagonistas, que no son tontos, me han coreado 😀 😀 😀
    Últimamente quieres darnos miedín, ¿eh?
    Pulcro y entretenido relato, muy bien 😉

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  2. Interesante forma de darle otra vuelta a la historia de la niña de la curva… Ahora ya es famosa y los conductores no paran, pero qué ocurre si solo se trata de alguien que necesita ayuda? De un niño perdido? Y ahora el niño-fantasma – qué vengativo – se presenta ante los precavidos conductores para atormentarlrd por no haber parado… Entre este y la niña de la curva, no sé cuál me da más miedito, porque tener en la conciencia la muerte de un niño por culpa de una leyenda, tampoco debe de ser muy agradable. Vamos, que me ha encantado el relato!!

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  3. Vaya con el niño de la recta, de Ana, que ahora parece que se especializa en acosar fines de semana de parejas inocentes. Espero que los cuentos de miedito se excluyan de los viernes o te vas a encontrar con una demanda del gremio de hoteles. Un beso.

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