terrores-nocturnos

 

Parte I

Parte II

Parte III

 

La noche de aquel día, en el que decidimos el nombre que llevaría nuestra hija, supuso un antes y un después en mi vida. Aquella noche la niña que se colaba en mis sueños dio un avance tremendo, la podía ver sobrevolando el edificio de enfrente. Me habló, como llevaba haciendo todas las noches desde hacía tiempo, con su voz maléfica y estridente, y al final de sus palabras pronunció aquellas que nunca hubiese querido escuchar: “Ya te puedo decir mi nombre, soy Rebeca.” Se me heló la sangre aquella noche. Descubrir que la maléfica niña que invadía mis sueños cada noche desde hacía meses era mi propia hija fue devastador para mí. Deseaba con todas mis fuerzas que todo aquello solo fuese una mala pasada de mi subconsciente, como decían los médicos. Pero en mi fuero interno yo sabía que no era así.

Ni qué decir tiene que a partir de ese día dejé de contarle mis sueños a Sofía. No quería que se preocupase por mí. Al fin y al cabo, el único amenazado por aquella diabólica niña era yo, no ella. Cada noche veía su rostro con mayor nitidez que el día anterior. Lo que más me llamaba la atención eran sus ojos verdes, ya que nunca nadie en nuestras familias había tenido los ojos de ese color. Y esa voz. Esa voz la tendré grabada en mis oídos durante el tiempo que me quede de vida.

La última pesadilla la tuve justo el día antes del nacimiento de nuestra hija. La siniestra sombra con su rostro había cruzado ya la calle de nuestra vivienda y amenazaba con llegar hasta mí. Ese día la revelación que me hizo fue terrible, aunque a la par despertó sentimientos encontrados dentro de mí. Por vez primera me hizo dudar de si aquello que estaba soñando era o no real. Sus palabras, una letanía que a día de hoy se repiten como un eco incesante en mi mente, fueron: “Me desharé de ti. Tú no eres mi padre. Yo soy hija de Satán.” Sí, reconozco que en ese momento, cuando desperté, tuve dudas. Porque aquello no podía ser real. Para mí, que nunca he sido creyente, aquello era simplemente imposible, por reducción al absurdo. Fue la única vez que desperté del sueño tranquilo, sin terror alguno. Qué ingenuidad la mía.

A la mañana siguiente salí a la terraza a fumar un cigarrillo. Acababa de amanecer y Sofía todavía dormía con placidez. Una gran nube se cernía sobre la ciudad, pero pensé que sería alguna tormenta de verano. Corría el mes de septiembre y estaba siendo especialmente caluroso, por lo que era normal que muchos días amaneciese con el cielo amenazando descargar sobre nuestras cabezas. Al poco tiempo, Sofía se levantó apresurada. Había roto aguas y había comenzado con unas fuertes contracciones que le sobrevinieron de un momento para otro. De inmediato partimos para el hospital ya que, en previsión, ya teníamos un pequeño bolso preparado en la puerta de casa. Al cabo de una hora, había nacido Rebeca.

Sentí un inmenso placer y un orgullo enorme cuando la tuve en mis brazos por primera vez. Era tan bonita. Me engañó como a un ruin bellaco. Las dos noches que pasamos en el hospital fueron las dos primeras noches en las que pude descansar desde hacía más de ocho meses. Un sueño cálido, sin pesadillas, me aletargaba poco después de la cena y no despertaba hasta unas buenas horas después del amanecer. En consecuencia, era Sofía la que pasaba toda la noche atendiendo a la niña. Sola con ella. Creí que al ver a mi pequeña y tenerla entre mis brazos, todos esos supuestos miedos de mi subconsciente se habían borrado de un plumazo y que estaba tan cansado, después de meses sin poder descansar en condiciones, que por ello caía en un sopor tan profundo. Jamás imaginé, durante esos dos días, que era ella la que no me permitía permanecer despierto durante las noches, para así alejarme de Sofía. Lo cierto es que esos días que estuvimos en el hospital todo fue agradable y viví unos momentos preciosos. Creo que, tanto Sofía como yo, tocamos la felicidad con las yemas de los dedos.

El problema fue cuando llegamos a casa. Estábamos pletóricos. Durante todo el día no habíamos parado de recibir visitas de nuestros familiares y amigos, que estaban deseando conocer a la pequeña Rebeca. Hasta el momento, yo no había logrado ver a mi hija despierta. En el hospital, durante el día pasaba la mayor parte del tiempo dormida y era por la noche cuando presentaba mayor actividad. Incluso tomaba el pecho con los ojos cerrados. Jamás la oí llorar, ni el más mínimo quejido. Quizá eso me habría alertado, pero supo representar muy bien su papel de bebé tranquilo y adorable. Aquella tarde, en casa, entre tanta algarabía con las visitas, pude ver sus ojos por primera vez. Esa mirada. Era la misma de la niña de mis sueños. Como para no reconocer aquellos amenazadores ojos verdes. Sufrí un ataque de pánico, que bien supe esconder refugiándome en el cuarto de baño. Cuando al fin logré controlarlo, previa ingesta de los pertinentes ansiolíticos, regresé con los invitados, ejerciendo de perfecto anfitrión.

Fue con posterioridad, en la noche, cuando mostró su verdadera cara. Esa cara monstruosa cargada de maldad. Cuando se fueron las visitas, bañamos a la pequeña entre Sofía y yo, con sumo cariño. Habíamos acoplado una pequeña bañera para bebés sobre la nuestra. Sofía se quedó recogiendo el baño mientras yo llevaba a mi niña al cambiador, para secarla bien y ponerle un pijama calentito. La pequeña estaba tumbada, como cualquier otro bebé recién nacido. Imaginaos mi estupor, mi sorpresa y el terror que sentí cuando ella sola se incorporó, abrió esos ojos verdes que tanto había temido y, con la misma voz aguda de mis sueños, me dijo con total claridad, “Te mataré.”

Inmediatamente solté a la pequeña monstruo de entre mis manos y me acurruqué en el rincón más alejado de la habitación, dejándola a su merced. El resto de la historia ya la conocen. Pero yo no estoy loco. Ocurrió tal cual lo cuento. No estoy loco. Lo juro. No estoy loco.

Continuará…

Ana Centellas. Diciembre 2016. Derechos registrados.

Imagen: Pixabay

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29 comentarios en “Por capítulos: “Terrores nocturnos” (Parte IV)

  1. Leche con la semilla del diablo…
    Ahora hay que dilucidar si es todo una locura del padre (que tiene la depresión posparto por afinididad, si eso) o aquí hay mucho bicho malo suelto del Averno…
    Una anotación, en el último párrafo, la frase: “Inmediatamente solté a la pequeña monstruo de entre mis manos y me acurruqué en el rincón más alejado de la habitación, dejándola a su merced”, no acabo de entenderla; dejándola a su merced, entiendo que a la niña, pero ¿a merced de quién? A lo mejor estoy espeso, que todo puede ser 😉

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      1. Hum… Dejar a merced implica que hay otro agente que es quien impone voluntad/acción sobre el que está “a merced”. Es decir, que no se puede quedar a merced alguien por sí mismo, que es lo que parece que quieres decir.
        La merced puede ser una concesión/premio/beneficio (algo beneficioso), pero también tiene una acepción que implica dominio por parte de alguien más como he dicho, por lo que me temo que la frase no me cuadra 😉
        No sé si me he explicado bien…

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      2. No sé, no sé… yo creo que la merced siempre implica de la participación de otro agente. No puedes dejarte a tu merced, opino. Estás “a merced del viento”, “a merced del jefe”, “a merced de las opiniones”, “a merced de la vida”… opino que la clave es el “de”. Quedarme a mi merced… no me cuadra, de verdad. A lo mejor estoy equivocado, pero repasando la definición del diccionario Raeliano-Español, Español-Raeliano, no lo veo, la verdad, aunque puedo estar equivocado, por supuesto 😉

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