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UNA VISITA INESPERADA

María estaba sentada con comodidad en su sillón giratorio. Llevaba más de dos meses enfrascada en la escritura de su nueva novela y en esos momentos se enfrentaba a una nueva hoja en blanco en su procesador de textos. Todo su entorno manifestaba su excesiva pulcritud, no había nada fuera de lugar. Las notas estaban perfectamente ordenadas en su cubículo. Ningún bolígrafo se encontraba fuera del elegante portalápices que había a la izquierda de aquel. Estaba repleto de bolígrafos de todos los colores, siempre con textura de gel, y lápices del número dos, todos ellos en perfecta alineación. Una única fotografía de su familia junto a la pantalla del potente ordenador completaba su escritorio. Ni una mota de polvo yacía sobre la mesa.

La inspiración hacía días que no se presentaba en su mente, por lo que había decidido prepararse una infusión relajante, en su taza preferida, colocada debidamente sobre un posavasos de madera. La trama de su novela estaba dibujada de una manera perfecta en su mente pero, tras varios capítulos, no encontraba la manera adecuada de plasmarla sobre el papel; es decir, sobre la maldita hoja en blanco que continuaba en la pantalla, amenazante.

Dio un nuevo sorbo a su infusión, esperando de esta manera recuperar algo de la tranquilidad que estaba perdiendo por momentos. De pronto, sonó el timbre de su casa. Le resultó extraño, pues no esperaba ninguna visita, pero aun así se levantó a abrir. Quizá el levantarse de la silla le ayudara algo con su estado de ánimo. Al abrir la puerta, se encontró con un personaje que jamás hubiese podido imaginar. Frente a ella, una señora de edad avanzada, vestida con un largo vestido abotonado y una maleta en una mano, la saludaba con voz cariñosa:

—Querida, ¡cuánto tiempo! No sabes las ganas que tenía de verte. Espero que no te moleste, pero me he tomado la libertad de venir a pasar unos días contigo.

Y, sin más palabras, después de darle dos cálidos besos, acompañados de un abrazo, se dirigió al interior de la vivienda.

María sabía que no era lo más inteligente por su parte dejar pasar a aquella estrafalaria desconocida, pero algo en su interior le decía que no tenía de qué preocuparse, que podía confiar en ella. La buena mujer ya se había instalado cómodamente en uno de los grandes sillones de su salón, como si conociese de sobra su casa.

Ante la estupefacción que le produjo aquella extraña visita, María no tuvo mayor ocurrencia que invitarla a tomar un té, a lo que la desconcertante mujer accedió de buen gusto. Ya sentadas las dos, frente a sendas tazas de té, María se dejó fascinar por las ocurrencias de su imprevista invitada, que no paraba de parlotear por los cuatro costados, cual dicharachera pasada de moda. No pudo por menos de pensar que aquella anciana estaba un poco loca y debía haberse escapado de algún psiquiátrico o lugar parecido.

Cuando, al fin, la desconocida detuvo un poco su charla, María se atrevió a preguntarle:

—Disculpe, señora, pero ¿nos conocemos de algo?

—¡Ay, cariño! ¿Tan poco aprecio me tienes? Paso unos días sin visitarte y ya no sabes ni quién soy, así te van las cosas —,contestó la visitante moviendo su cabeza con exagerados giros de lado a lado.

—Pues, la verdad, es que nunca la había visto… —dijo con timidez María. Aquel extraño personaje definitivamente la había descolocado por completo.

—A ver, cómo te lo explico yo, de manera que me entiendas. Nunca nos habíamos visto en persona, pero he pasado muchas horas contigo, digamos que… a otro nivel. ¡Ay! Disculpa mi torpeza, que todavía no me he presentado, mi nombre es Ation. ¿Estás segura de que no me recuerdas de nada?

—Discúlpeme, señora, pero la verdad es que no. Aunque pudiera ser, porque últimamente tengo la cabeza en las nubes… ¿Cuándo nos hemos conocido? ¿En algún chat, quizás?

—Ay, querida, para mí esas tecnologías son demasiado modernas. No, no ha sido en ningún chat de esos que utilizáis ahora los jóvenes, por supuesto.

María pensó que estaba malgastando un tiempo valiosísimo con aquella completa desconocida, estrafalaria a más no poder y que, evidentemente, estaba como un cencerro.

—¿Dónde estás? —dijo de pronto la anciana—. ¿Te suena haber formulado esa pregunta alguna vez? Bien, pues aquí estoy, aquí me tienes, ya no tienes que seguir buscando.

¿Dónde estás? Claro que había formulado aquella pregunta miles de veces en los últimos días, pero cómo iba a saber aquella mujer acerca de eso. Y, sobre todo, ¿qué era eso de “aquí estoy”? Su ágil mente comenzó a elucubrar, dando forma a un pensamiento que no tenía pies ni cabeza. Sin quererlo se había quedado absorta en sus pensamientos, olvidando por unos momentos la extraña visita que tenía frente a sí, instalada en su salón y, al parecer, con firmes propósitos de quedarse durante unos días, ¡en su casa! Todo aquello era una auténtica locura.

De pronto, un pañuelo blanco con unas iniciales bordadas con gran maestría se blandió frente a su cara, haciéndola volver a la realidad.

—Despierta, querida. Que tenemos mucho trabajo por hacer y el tiempo es limitado. No podré quedarme durante muchos días, ¿entiendes? Hay más escritores que necesitan de mi ayuda, así que, ya que me tienes frente a ti, aprovecha.

María se quedó anonadada, aquel pensamiento que sin querer se había ido formando en su mente cada vez tenía más sentido. Desesperada, se lanzó a formularle la pregunta más extraña que jamás había realizado:

—Así que tú eres… eres… ¿mi inspiración?

—¡Ay, qué alegría, muchacha! ¡Por fin te has dado cuenta! ¿Ves cómo tú sí que me conocías? Solo tenías que pensar un poquito.

—¿Y has venido a ayudarme? —preguntó María, esperanzada.

—¡Claro que sí! ¿A qué si no habría de haber venido hasta aquí? Me llamabas de una forma tan desesperada que he tenido que dejar a un importante autor de Seattle para venir hasta aquí, hasta Madrid, a verte. Así que, vamos, ¡a trabajar!

María condujo a su ahora bienvenida visitante, aunque no por ello menos extraña, al despacho donde solía escribir.

—A ver, veamos qué podemos hacer con esa hoja en blanco—. Comentó Ation concentrada.

María despertó sudorosa y agitada. Su infusión relajante se había enfriado por completo. Miró el reloj. Tan solo habían transcurrido quince minutos, pero le habían parecido horas. Inexplicablemente, al mirar su hoja en blanco, comenzó a teclear palabra tras palabra como si le fuera la vida en ello. Por fin había llegado la tan ansiada inspiración.

Varias horas después, tras varios capítulos avanzados ya de su nueva novela, volvió a sonar el timbre de la puerta. Esta vez, temerosa, fue a abrir, consciente de que la visita anterior había sido solo un sueño, pero con ciertos reparos de que volviese a presentarse aquella señora tan poco común. Para su tranquilidad, solo era un mensajero que, sin mediar palabra, le entregó un sobre. Con curiosidad, lo abrió y quedó perpleja ante el contenido de la nota que había en su interior:

            “Espero haberte sido de ayuda. Si vuelves a necesitarme, no dudes en llamarme.

             Con cariño,

             Ation.”

Con lentitud, se asomó al gran salón de su casa unifamiliar. Sobre la pequeña mesita, aún descansaban dos tazas de té, la suya y la que había ofrecido a su gran aliada, Ation, “Inspiration”.

Una sonrisa incrédula apareció en su rostro y volvió de inmediato a su despacho para teclear con presteza los próximos capítulos de su nueva novela.

Ana Centellas. Enero 2017. Derechos registrados.

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Texto preparado para la semana 5 de Los 52 golpes. Espero que os haya gustado. ¡Golpe #07 en marcha!

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10 comentarios en “Los 52 golpes – Golpe #05 – “Una visita inesperada”

  1. Jejeje… esta vez no me has engañado. En cuanto se ha abierto la puerta y ha aparecido la señora, me ha venido la inspiración a mí también y he adivinado quién era 😀
    ¡Ojalá se quedara para siempre a nuestro lado, aunque a veces resultara pesada con tantas ideas que sería imposible plasmarlas todas! ¿Que no?

    Le gusta a 1 persona

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