terrores-nocturnos

 

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—Acabo de leer la declaración que hizo en su historial. Lo que es capaz de hacer la mente en las personas… Doctora, ¿está segura de que está listo para salir? —preguntó el director de la clínica psiquiátrica.

—Aún es pronto para saberlo con exactitud, pero la evolución del paciente ha sido extremadamente favorable en los últimos meses.  Esa fue la versión que nos contó cuando llevaba un año ingresado, hasta entonces no había pronunciado ni una sola palabra. Lleva ya cerca de tres años con nosotros y hace más de seis meses que no hace ningún comentario al respecto de aquellos episodios. Se comporta con total normalidad.

—No sé, no lo tengo claro. Es una historia muy fuerte. ¿Es posible que se haya curado así, sin más?

—Bueno, la medicación que le dimos al comienzo del tratamiento era muy potente. De todas formas, en unos instantes saldremos de dudas. Su mujer y su hija vendrán a verle en unos instantes. Deben estar al llegar.

A tan solo unos metros, cruzando el pasillo, se encontraba Enrique en una pequeña sala blanca y aséptica. Sentado en una pequeña silla, aguardaba impaciente la llegada de Sofía y Rebeca. Llevaba tanto tiempo sin ver a su mujer, a su querida Sofía, que era incapaz de expresar lo mucho que la echaba de menos. Y su pequeña… ¿Cómo era posible que su mente le hubiera jugado tan mala pasada? Echaba la vista hacia atrás y no encontraba ningún sentido en aquello que había vivido. Tan solo unos minutos y una mampara de cristal, como si fuera un vulgar preso, le separaban de un reencuentro que llevaba tiempo ansiando.

Sofía no se hizo esperar. La puntualidad siempre había sido una de sus muchas virtudes. Entró por la puerta que daba acceso a la pequeña sala con lentitud, con sumo cuidado, como si en su interior aún guardase algún temor acerca de lo que iba a encontrar allí. Tras ella caminaba la pequeña Rebeca, que hacía tan solo unos días había celebrado su tercer cumpleaños. Enrique hizo un brusco ademán de levantarse de la silla en cuanto las vio entrar. Casi de inmediato llegó a su lado una enfermera, que le sostuvo un brazo para apaciguarlo. Cuando vio que el cuerpo de Enrique se relajaba, volvió a su posición en un discreto segundo plano tras la puerta abierta de la salita.

Sofía y Enrique se miraban con lágrimas en los ojos. Sus manos reposaban sobre el cristal que los separaba como si con la mente hubieran sido capaces de romperlo para abrazarse. Enrique susurró un “os quiero” que a Sofía le llegó al alma. Rebeca, que había llegado por completo  escondida tras su madre, aún seguía en esa posición.

Para Enrique, verla así suponía un buen jarro de agua fría. Pensó que era su culpa que su pequeña tuviese miedo de su padre, hasta entonces un completo desconocido para ella, por más fotografías que Sofía le hubiese podido mostrar o por mucho que le hubiese hablado de él. Entonces llamó a la niña por su nombre. Esta, al oír aquella voz, asomó con timidez la cara.

El espanto quedó reflejado en el rostro de Enrique cuando vio la mirada de su hija. Aquellos ojos verdes que le acosaban en sueños y que nunca podría olvidar, ahora le estaban mirando con fingida timidez. Un brillo diabólico en ellos le confirmó que toda la historia que había pretendido olvidar durante todo aquel tiempo no había sido fruto de su imaginación.

Se levantó con brusquedad de la silla y fue retrocediendo hasta que su cuerpo tocó la pared contraria, apenas dos o tres pasos. Salió corriendo de allí mientras gritaba con desesperación. La enfermera que se encargaba de su cuidado no pudo hacer nada por detenerlo cuando cruzó el pasillo como una exhalación y abrió de un empujón la puerta del despacho del director de la clínica. Este y la doctora que se encontraban allí fueron testigos de cómo Enrique entraba en el despacho con fuerza y de un salto se lanzaba contra la cristalera que había tras la mesa. El cristal se hizo añicos con el impacto, los trozos salieron despedidos en todas direcciones. Cuando quisieron reaccionar, solo alcanzaron a ver el cuerpo inerte de Enrique sobre el suelo del jardín. Un gran reguero de sangre manaba de su cabeza tras golpearse contra una de las fuentes de piedra que rodeaban el recinto. La caída desde el tercer piso fue mortal.

En ese instante, una malévola sonrisa aparecía en el rostro de Rebeca, mientras su madre gritaba con desesperación. Había logrado su cometido. Ya podían irse de aquel horrible lugar.

Ana Centellas. Diciembre 2016. Derechos registrados.

Imagen: Pixabay

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21 comentarios en “Por capítulos: “Terrores nocturnos” (Parte V)

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