07-menudo-lio
Imagen: Pixabay.com

 

 

MENUDO LÍO

Estaban en un lío. Estaban metidos en un gran lío. Se habían alejado demasiado de la casa de su tía y ahora no tenían ni la menor idea de cómo regresar. Además, teniendo en cuenta que la tía Eugenia les había prohibido salir de la casa mientras ella estuviese fuera, sí, se podía decir que estaban metidos en un lío enorme. Con el genio que se gastaba su tía, seguramente los gritos se oirían en varias manzanas y no quería ni imaginar el castigo que les prepararía. Menuda era la señora. A ninguno de los dos les gustaba ir con ella, pero durante las vacaciones de verano, mientras sus padres trabajaban, no les quedaba más remedio.

Lo único bueno de ir a la casa de la tía Eugenia era que, como vivía en un pueblo, a espaldas de su casa había un gran río en el que refrescarse durante los días de mayor calor. Eso sí, siempre bajo la estricta vigilancia de la tía.

Y ahora se encontraban allí, en medio del pueblo, un lugar que conocían bien porque habían ido con su tía montones de veces, pero no tenían la más mínima idea de hacia dónde tirar para regresar a casa.

Martín era el mayor de los dos hermanos, era el que se suponía que debía de actuar como hermano mayor y cuidar de su hermanito Luis, pese a que solo tenía ocho años. Él había sido el que había tenido la ocurrencia de salir solos al pueblo, desobedeciendo a su tía. Luis no quería, le daba miedo, a sus cinco añitos, salir sin compañía de un adulto, pero Martín lo había convencido diciéndole que no les iba a pasar nada, que se lo iban a pasar muy bien y que regresarían antes que la tía. Ahora tenía unos remordimientos de conciencia enormes; estaba realmente asustado y, para colmo, su hermanito Luis no paraba de reírse.

—Pero, ¿se puede saber de qué te ríes, mocoso? —le preguntó Martín.

—Es que si te vieses ahora mismo la cara… Parece que has visto un fantasma. —contestó Luis, mientras seguía riendo con ganas.

—Este idiota es que no se entera, en menudo lío estamos metidos. —pensó Martín, en voz alta.

Luis sacó un par de caramelos de un bolsillo y le dio uno a su hermano.

—¿Y estos caramelos? ¿De dónde los has sacado?

—Los he cogido de aquella tienda. —respondió Luis, encogiéndose de hombros. Parecía que al fin el ataque de risa había remitido.

—Lo que nos faltaba, que encima nos metan en la cárcel por ladrones. ¿A ti nadie te ha enseñado que no se pueden coger las cosas que no son tuyas?

—Pero si me los ha dado el señor…

—¡Peor me lo pones! No podemos coger nada de desconocidos. ¡Ay, Luis! En menudo lío nos hemos metido.

Martín dedicó unos minutos a reflexionar hacia dónde tendrían que tirar para llegar a casa de su tía. A pesar del castigo que les esperase, nada le apetecía más en aquellos momentos que sumergirse en una de las cómodas mecedoras que tenía la tía en el jardín de atrás, el que daba al río. Solo fueron unos minutos, en los que estuvo mirando a su alrededor buscando alguna señal que le indicase el camino, pero fue el tiempo necesario para que, al ir a tomar la mano de su hermano para continuar la marcha, se encontró con que este no estaba.

Gruesas gotas de sudor recorrían la frente del pequeño. El estómago le dio tal vuelco que terminó vomitando el caramelo que hacía unos minutos le había dado su hermano. Si antes estaban en un buen lío, ahora era muchísimo peor. ¡Había perdido a su hermano! Él, el hermano mayor, el que se suponía que debía cuidar de él, no solo había desobedecido las órdenes de su tía, sino que además había perdido a su hermano. Y lo curioso era que lo que menos le preocupaba en aquellos momentos era el castigo que pudiese recibir. Como si estaba un año sin poder ver Bob Esponja en la tele. Era su hermanito pequeño y lo quería, su misión principal ahora era encontrarlo a toda costa.

Por mucho que miró por los alrededores no encontró ni rastro del mocoso, como le gustaba llamarle de manera “cariñosa”. A su alrededor se abrían cinco calles y no tenía ni idea de por cuál de ellas habría tirado su hermano. Por un segundo le pasó por la mente la posibilidad de que le hubiesen secuestrado, pero desechó esa posibilidad de inmediato, no porque no fuera posible, sino porque entonces sí que no podría seguir respirando.

El tiempo pasó y comenzó a oscurecer. Él daba vueltas buscando a su hermano, pero le parecía estar dando vueltas en círculo, pues ya era la quinta vez que pasaba por la iglesia. Eso, o había varias muy parecidas. Lo que tenía realmente claro era que no iba a volver a casa mientras no encontrase a su hermano. O volvían juntos o no volvía ninguno.

Pasaron horas y no encontró ni rastro de Luis. Parecía como si se lo hubiese tragado la tierra. El reloj de la torre marcó las tres. Ya no quedaba rastro de gente por las calles y, aunque no tenía frío, pues era pleno verano, se acurrucó en el pórtico de la iglesia, o una de ellas, por la que había pasado ya tantas veces.

Cuando por la mañana despertó con el sonido de los pájaros más madrugadores, el corazón le dio un vuelco en el pecho al recordar lo sucedido. Comenzó a vagar sin rumbo, tenía hambre, estaba cansado y le dolía el cuerpo de dormir sobre la dura piedra del pórtico. Sin saber de qué manera, llegó hasta la casa de su tía.

Cariacontecido, llamó a la puerta. Para su sorpresa, no fue la tía la que lo recibió, sino su propia madre que, al verlo, comenzó a llorar y a besarle por todos lados. Detrás de ella apareció su padre, que tuvo igual reacción.

—Mamá, papá, he perdido a Luis.

—Luis apareció anoche en el río. —contestó su padre, poniéndose repentinamente serio.

Las pequeñas piernas de Martín no pudieron sostenerle al conocer la noticia. Arrodillado, comenzó a llorar desconsoladamente, mientras sorbiendo los mocos de manera ruidosa, repetía una y otra vez, “lo siento”, “lo siento”.

Su madre lo tomó de las manos y lo levantó con cuidado del suelo.

—Martín, cariño, no te preocupes. Tu hermanito está bien. Está durmiendo en su cama. Llegó anoche nadando por el río. Por lo visto, se había separado de ti para echar un vistazo y, cuando quiso darse cuenta, se había despistado. Cuando encontró el río, se le ocurrió que lo mejor sería seguir su cauce hasta la casa de la tía, pero en un momento no pudo continuar por tierra y se echó al agua.

—Cuando la tía nos avisó de que habíais desaparecido de la casa, vinimos lo antes posible. —le contó su padre.

Martín suspiró con alivio. Al menos su hermanito estaba bien. Ya no le importaba el castigo que le pusiesen. Aunque hasta el momento, lo único que había recibido había sido besos y abrazos.

Fueron a despertar a Luis y, asombrados, vieron cómo sus padres hacían sus maletas. No recibieron castigo alguno.

La tía Eugenia sí se llevó una buena reprimenda por haberlos dejado solos en casa y encima le juraron que nunca más les llevarían nuevamente a los niños.

—Me alegro, por bruja. —pensó Martín, con una gran sonrisa de satisfacción.

Ana Centellas. Febrero 2017. Derechos registrados.

copyrighted

Anuncios

11 comentarios en “Los 52 golpes – Golpe #07 – “Menudo lío”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s