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Imagen tomada de la red

 

 

LAS CONSECUENCIAS – SUSANA

Llevaba una temporada que notaba a Carlos algo más nervioso de lo normal. No es que haya sido nunca una persona tranquila, pero en el último mes y pico le estaba notando algo raro. Yo diría que me ocultaba algo, o me quería contar algo y no sabía cómo hacerlo, o algo por el estilo.

La cuestión es que no sabía si era cierto o solo serían imaginaciones mías. Hay veces que soy un poco paranoica y veo cosas donde no las hay, como aquella vez que me convencí de que me iban a despedir porque mi jefe estaba muy pendiente de mí. Me monté una historia que vamos, yo estaba convencida de que estaba controlándome para al más mínimo fallo ponerme de patitas en la calle. Al final resultó que estaba fijándose más en mi trabajo porque había pensado en mí para una promoción bastante importante.

Le pregunté a mi madre. Siempre consulto con ella las cosas, es mi pitonisa particular. Y siempre suele acertar con sus suposiciones. Por eso me dejó a cuadros cuando me insinuó si se me había pasado por la imaginación que Carlos pudiese tener alguna amante. Ni por asomo se me hubiese podido pasar por la cabeza algo así. Si por algo pondría la mano en el fuego era por mi Carlos, mi marido, aunque nunca hubiésemos llegado a casarnos. Ninguno de los dos creíamos en el matrimonio, pero sí en la fidelidad, y yo estaba completamente segura de que él nunca me haría algo así.

Cuando mis alertas se pusieron en marcha ya de forma alarmante fue cuando Carlos reservó en aquel pequeño hotel con tanto encanto. Lo cierto es que era precioso, y la cena fue uno de los momentos más románticos que había vivido en mi vida. Ahí fue cuando fui realmente consciente de que algo había de raro. Pero el momento era tan extraordinariamente mágico que no podía pensar en ninguna otra cosa más. Cuando llegamos a la habitación, locos ya el uno por el otro, y Carlos colgó el cartel de “no molestar”, me pareció fascinante.

No os voy a contar lo que ocurrió aquella noche en aquella habitación casi palaciega. El sexo fue extraordinario, como hacía tiempo que no lo era. Quedé completamente relajada y laxa sobre las sábanas de satén de la doble cama con dosel. Parecía que estaba viviendo un sueño. Un precioso sueño del que fui despertada con una bofetada en la cara, a bocajarro y sin anestesia.

El muy idiota se creía que si me lo contaba en un momento así, después del sexo, donde parece que el amor predomina ante todo, cuando la calma es considerable, no me lo tomaría tan a mal. Y aprovechó para contarme que había tenido un “desliz”, como lo denominó él, con Alicia, su compañera de trabajo. No me pudo sentar peor.

Yo no sé si me sentí más dolida por lo que había hecho que por la forma en la que me lo había contado, o por el momento que había aprovechado para hacerlo; pero lo cierto es que mi primera reacción fue soltarle una bofetada. En aquellos momentos solo pensé que era un auténtico hijo de puta y lo único que quería era salir de allí. Ni siquiera quería mirarle a la cara.

Me vestí con rapidez con la ropa que estaba desperdigada por el suelo de la habitación, cogí las llaves del coche y me largué de allí sin mirar hacia atrás, soltando un “no quiero verte nunca más” y dando un portazo tras de mí.

Durante el viaje hasta nuestra casa solté toda mi rabia. Grité, le insulté, lloré, creo que pasé por todas las emociones posibles. Para cuando llegué a casa, la conclusión que había alcanzado era que mi reacción había sido exagerada. Debíamos hablar y solucionar aquello como personas civilizadas. No podíamos tirar nuestra vida por la borda así como así.

Le llamé al móvil pero no me respondió. No recuerdo el número de llamadas que pude hacerle aquella noche, pero no me respondió ninguna. Creí que no quería hablar conmigo por irme como me había ido, diciéndole lo que le había dicho y llevándome el coche. Le había dejado completamente tirado en aquel lugar. Así que decidí no hacerle ninguna llamada  más durante el fin de semana, a la espera de que fuese él el que se decidiese a hacerlo.

Por eso me sorprendió tanto cuando el lunes por la mañana me llamaron las chicas del servicio de habitaciones. Como el cartel de no molestar quedó colgado, no habían entrado a la habitación hasta entonces. De inmediato me dirigí hacia el hotel.

Casi se me cayó el alma a los pies cuando lo vi. Acurrucado en un rincón de la habitación, se cubría la cabeza con las manos y, balanceándose de atrás hacia adelante, no cesaba de llorar. Corrí hacia él y lo abracé. En ese momento, todo daba igual. Tenía que sacar a mi chico de ese trance y haría lo que hiciese falta para que así fuera.

Ana Centellas. Marzo 2017. Derechos registrados.

copyrighted

Nota: Sirva este texto como la visión del relato “Las consecuencias” por parte de Susana, solicitada por nuestra queridísima Maru. La visión de Alicia queda para otro día, corazón. Espero que te guste. ¡Mil besos!

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12 comentarios en “El relato del viernes: “Las consecuencias – Susana”

  1. Intenso tu relato, linda. Realmente es normal que la protagonista reaccionara de esa manera, es un jarro de agua fría recibir una confesión así en un momento tan especial. Pero me parece bien que no se rompiera todo por un desliz fugaz. Te felicito, eres maravillosa. Besos a tu alma.

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  2. Eso es chantaje emocional. Y ella más que su mujer tiene qje hacer de madre al ir a recogerlo. En fin… caso claro de apego emocional.
    Después del análisis crítico sobre el tema. Decirte que el contenido está muy bien descrito, pero yo no perdonaría al tal Carlos! Dicho queda jeje 😉
    Un beso, Ana!

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  3. Interesante texto. La catatonia del tipo este (que es un gilipollas, por cierto, por contarlo así, de esos modos) es una reacción tan brutal que a lo mejor resulta que la ama de verdad, mucho y tal, pero que pensó con la cabeza de abajo. Me reservo el juicio de valor sobre la decisión de Susana (no puedo decir que ni bien ni mal), que a fin de cuentas es un personaje 😉
    PS: ¿Pero es que no puedes sacar a un jefe medio bien ni aunque sea como secundario-extra? 😀 😀 😀

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