DE LO QUE DAS, RECIBES
Imagen: Pixabay.com

 

DE LO QUE DAS, RECIBES

 Tiene miedo de reconocer lo que siente cada vez que está con ella. Está pensándolo ahora mismo, mientras la ve bañarse en la piscina con esa sonrisa suya tan luminosa, con la energía y la felicidad propias de su edad. Es curioso que le asalten esos pensamientos en momentos así, en los que ambos están solos y disfrutando del momento, pero lo cierto es que es así. Tiene miedo de reconocer lo que siente cada vez que está con ella, eso es innegable. Porque siente algo muy parecido a eso que las malas lenguas denominan amor.

Lo curioso es que las reglas de su relación las puso él. A saber, madurito interesante, de muy buen ver, casado, conoce a universitaria insolente que le levante algo más que la moral cuando la ve, cosa que rara vez ocurre con su esposa, llámenlo monotonía, llámenlo apatía, llámenlo aburrimiento. Chica super ilusionada por consumar su relación con aquel hombre experimentado que le hacía mojar las bragas con solo pensar en él. Por eso, él estableció las reglas: solo sexo, nada de sentimientos entre los dos. Ella, joven, deseosa de experimentar, acepta los términos del acuerdo sin pensárselo dos veces, algo decepcionada, y él cree que ha triunfado en la vida.

En sus encuentros sexuales saltan chispas, y cada vez son más habituales tales encuentros, incluyendo escapadas de fin de semana como aquella que estaban disfrutando en aquel momento. Domingo por la mañana. Los dos solos en una casita con un gran jardín y piscina. Ella disfruta desnuda de los baños en el agua fresca, sin ápice de pudor. Y él se encuentra ausente, intentando dar con una explicación coherente para sus pensamientos de aquella mañana.

Decide hablar con ella, exponerle sus dudas. Por ello la llama, con mucho cariño. Ella se acerca gloriosamente desnuda, contoneándose ante él en todo su esplendor, mientras se escurre el pelo y las gotas de agua resbalan por su piel, endureciendo aún más sus pezones. El mismo efecto que tienen sobre otras partes de la anatomía de él.

Evidentemente, ella se alegra de tal recibimiento. Es joven, insaciable y, sin permitirle pronunciar ni una sola palabra, se coloca sobre él, introduce en su ya lubricado interior su miembro y comienza a cabalgar sobre él, mientras recorre su propio cuerpo con sus manos. Él la acompaña en los movimientos, a sabiendas de que está metido en un gran lío. Piensa que quiere todo de ella, mientras el sonido de sus gemidos hace que se endurezca aún más en su interior. Ya no se conforma con días aislados y algún que otro fin de semana, no. Quiere todo de ella durante todos los días, a todas horas, cada mañana al despertar y cada noche al acostarse. Tiene la extraña sensación de haber caído en su propia trampa.

Aún fue capaz de regalarle cuatro esplendorosos orgasmos antes de derramarse en su interior. Ella le dio un suave beso y se quedó recostada sobre él, acogiéndole aún bien fuerte con sus músculos. Fue entonces cuando el cerebro de él se derritió por completo:

—Vivamos juntos.

Como si le hubiesen echado por encima un jarro de agua bien fría, de inmediato salió de ella sin poder evitarlo, al oír las carcajadas de la muchacha.

—¿He dicho algo gracioso y no me he enterado?

Su ánimo iba pasando de manera visible del placer que le había estado produciendo la compañía de la muchacha al enfado más absoluto en cuestión de segundos.

—¡Cariño! ¿Qué mosca te ha picado? ¿Por qué me dices ahora algo así? —contestó la chica, perdida ya la diversión inicial.

—Piénsalo, ¿vale? Estaríamos tan bien juntos… Yo dejaría a mi mujer y podríamos estar todo el tiempo juntos, sin escondernos.

La chica comenzó a reír de nuevo. Al principio bajito, de manera comedida, casi como si le diese vergüenza, para ir dando paso a unas carcajadas cada vez más estridentes.

—Perdona que me ría. —contestó ella cuando al fin pudo ir sofocando las carcajadas. — Cuando comenzamos nuestra relación lo hubiera dado todo por ti. Me hubiese ido a vivir contigo completamente cegada por lo que yo creía que era amor. Pero fuiste tú el que puso las condiciones, ¿recuerdas? Y yo las acepté, igualmente cegada por aquel supuesto amor, por tener contigo lo que fuese, aunque fuesen solo los retales de tu vida. Pero ahora, ¿crees que me voy a complicar la vida? ¿Crees que no estoy bien con la vida que llevamos? Sexo y ya está, ¿no? Además, yo puedo tener todo el sexo que quiera aparte, ahora que soy experimentada gracias a ti. Era eso lo que me decías, ¿no? Además, ¿de verdad crees que soy tan tonta como para pensar en que vas a dejar a tu mujer de verdad? No, los términos de nuestro acuerdo no se cambian. Decide si quieres continuar o no.

Él se quedó por completo desconcertado ante la frialdad de la muchacha. Nunca había contemplado esa posibilidad. En su mente siempre la había imaginado super ilusionada, dando saltos de alegría porque por fin podría tenerle, como ella quería. Pero aquella reacción no se la hubiese esperado en ningún momento.

Mira tú por dónde, estaba recibiendo ahora de su propia medicina. Y estaba perdido. No le quedaba más remedio que aceptar.

Ana Centellas. Marzo 2017. Derechos registrados.

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Texto preparado para la semana 9 de Los 52 golpes. Espero que os haya gustado. ¡Golpe #11 casi, casi, terminado!

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19 comentarios en “Los 52 golpes – Golpe #09 – De lo que das, recibes

  1. Excelente relato Ana y me parece con un final muy original. Palo viejo no aguanta vela nueva dice el puñetero. Las costumbres actuales sobrepasan la fantasía de hace unos pocos años y eso hace el cuento muy creíble. Un beso.

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