LA RENOVACIÓN DEL CONTRATO DEL ASCENSOR
Imagen tomada de la red

 

LA RENOVACIÓN DEL CONTRATO DEL ASCENSOR

 Paloma se había mudado a aquel céntrico edificio de Madrid hacía apenas un par de semanas. Llevaba años trabajando en una notaría de la calle Velázquez, con una posición consolidada dentro de la misma, y su nivel económico por fin le permitía trasladarse a un piso en la zona. Se había mudado a un ático en la calle Juan Bravo, a escasos metros de la estación de metro Núñez de Balboa, lo que le permitía dar un cómodo paseo hasta la notaría.

El edificio al que se había mudado, residencial del Madrid más castizo, de altos techos y grandes puertas, contaba con un ascensor de los antiguos, que consistían en un enrejado a través del cual se veía todo el hueco por el que se deslizaba, además de los cables que lo sujetaban. Era exactamente igual al que había en el edificio donde trabajaba y que siempre le había causado un respeto especial. Lo bueno era que como la notaría estaba en la planta baja, ella se libraba de montar en aquel trasto infernal.

Pero en el piso nuevo todo era diferente. Vivía en una octava planta y, aunque las vistas que tenía de la zona eran fantásticas desde su estupenda terraza, ya que ninguno de los edificios de los alrededores superaba al suyo en altura, la mala noticia era que tenía que montar en aquel ascensor a diario. Eso, o hacer unas buenas piernas subiendo y bajando los ocho pisos caminando. Por las mañanas no tenía problemas en bajarlos, pero por la tarde la cuestión ya era distinta. El cansancio acumulado del día prácticamente le obligaban a utilizarlo. Y la cuestión es que aquel cacharro le resultaba más claustrofóbico que los modernos ascensores cerrados por completo.

Una tarde, mientras regresaba a su casa agotada y sudorosa, pidiendo a gritos una buena ducha, coincidió en el ascensor con un chico que no había visto aún en la semana que llevaba allí viviendo. A pesar de las horas, parecía estar fresco como una lechuga y olía divinamente. ¿Cómo lo hará? Se preguntaba Paloma.

Una mañana, al salir de casa, le llegó perfectamente el aroma del muchacho esperando el ascensor en piso de debajo de ella, así que fue corriendo a llamarle, sabiendo que así subiría primero a por ella y coincidiría con su tan deseado vecinito. Así fue. Bajaron completamente solos hasta abajo, donde el conserje les abrió solícito la puerta. Al parecer, a aquellas horas de la mañana no había mucho tránsito en el ascensor, lo que al principio extrañó un poco a Paloma, pero que luego consiguió ver como algo de lo más conveniente, pues podía disfrutar a solas de su vecinito.

Un día, por fin, él se acercó a ella. Aún no habían intercambiado ni una sola palabra, ni siquiera sabía cómo se llamaba, pero era evidente que entre ellos dos saltaban chispas. Tan absorta estaba ella en la maniobra de aproximación del vecino, que iba lanzado a darle un beso, que no se fijó que se saltaban su piso y el ascensor continuaba rumbo al ático. En el momento justo en que ella cerró los ojos para besar al muchacho, el sonido de un cable rompiéndose la hizo echar las manos hacia adelante para agarrarse al cuerpo del susodicho, pero lo más que encontró fue la barra que separaba el espejo del ascensor.

La cabina tardó segundos en llegar al suelo, mientras Paloma, horrorizada, vio llegar su muerte cara a cara sin que hubiese nadie más en su compañía. Lo que sí le quedó muy claro en el momento del impacto brutal contra el suelo, que terminó con su vida en el momento, fue que ella era ahora la encargada de buscar la próxima víctima para que su alma pudiese quedar al fin liberada. Así quedaba estipulado en el contrato de renovación de su alma en el ascensor, parte de la letra pequeña que no leyó del contrato de arrendamiento de la vivienda. Mientras, quedaría encerrada en aquella jaula de por vida.

Ahora, mientras su yo no corpóreo veía al operario del ascensor encargarse de la reparación y colocar una pegatina una vez hubo terminado, pensó que en ningún momento le pasó por la mente ningún tipo de sospecha cuando ella vio la misma pegatina la primera vez que ella utilizó el ascensor. Este había sido reparado hacía apenas una semana.

Ana Centellas. Marzo 2017. Derechos registrados.

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22 comentarios en “Reto literario: “La renovación del contrato del ascensor”

  1. ¡Joer, qué bueno! ¿Será un texto en plan “La comunidad” de Álex de la Iglesia con humor sardónico y cafre? ¿Será un historia erótica de esas que nos regalas de vez en cuando? ¡No! Es la mujer de la curva (el vecinito de la cabina de ascensor) que en vez de avisar, es un pedazo de c****n 😀 😀 😀 😀
    Si me permites, no obstante, en los dos primeros párrafos repites varias veces “notaría”, y, dado que no tiene especial relevancia para la trama, porque lo que cuenta es la localización del piso nuevo, me resulta un poco excesiva su aparición, sobre todo porque su sonoridad es un poco fea 😉
    Una trama estupenda, en serio.

    Le gusta a 1 persona

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