UNA HORITA CORTA
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UNA HORITA CORTA

Estoy dormida plácidamente, ignoro si por el cansancio físico y psíquico extremo al que se ve sometido mi cuerpo o si me han suministrado algún tipo de sustancia narcótica. Solo sé que acabo de despertar y que estoy por completo desorientada. Algo en mí me dice que no debo llevar durmiendo mucho tiempo, aunque a mí me hayan parecido horas. Así que me inclino más por la primera opción, el cansancio extremo ha debido inducirme un sueño rápido y, por algún motivo, de corta duración.

Abro los ojos con desgana, lo que en realidad quiero es seguir durmiendo, a ser posible durante varios días seguidos sin que nadie me moleste. Me llevo el primer sobresalto al comprobar que no puedo ver completamente nada. ¿Qué está pasando aquí? Compruebo de manera sutil, por si acaso, que puedo mover el resto de extremidades. No encuentro ningún problema, no estoy retenida ni inmovilizada. Quieras que no, para mí representa un gran alivio, porque la verdad es que todavía no sé dónde estoy, por qué estaba durmiendo y por qué se me está privando de la visión. Porque así es, se me está privando de la misma mediante unas gafas de reducido tamaño.

Siento una corriente de aire frío y constato por primera vez que no estoy sola en el lugar. Además, mis piernas se encuentran por completo desnudas. Siento caricias en ellas, pero no son caricias reconfortantes, piel con piel, sino que el tacto es más insensible, como si la persona que me las estuviese prodigando tuviese otro tipo de piel o llevase guantes. ¡Claro! ¡Eso será! Llevará guantes, es la única explicación plausible. Entonces escucho su voz por primera vez. Es una voz de mujer, muy tierna, pero, como dice el refrán, “fíate tú de la Virgen y no corras”. Yo no digo nada, mantengo un mutismo absoluto, pero estoy alerta por si tengo que salir huyendo en el momento menos pensado.

—Ahora vas a sentir un poquito de frío, ¿vale?

¡Aaaaaahhhh! ¡Está helado! Pero, ¿qué me está haciendo esta mujer, ser de otro mundo o lo que diablos sea que me tiene aquí prácticamente en bolas y privada de visión? Por instinto, intento levantarme, pero la mano de látex me detiene firme en mi huida.

—Vamos allá.

¿Vamos allá? ¿Vamos allá con qué? Hago otro intento fallido de levantarme, que es detenido con igual firmeza que la vez anterior. Me susurran un “tranquila” en mi oído que, en lugar de tranquilizarme, me pone aún más nerviosa.

De pronto, siento como si millones de alfileres se clavasen contra mi pierna. Me muerdo la lengua y aguanto en un esfuerzo sobrehumano las ganas de llorar, no con mucho éxito, pues unas emotivas lágrimas comienzan a deslizarse por mis mejillas. Ahora sí, siento como si mi mente se abriese a la experiencia que estoy viviendo, que no tiene nada de mística, ni de extrasensorial, ni mucho menos de novela policiaca. ¿Es posible que me haya quedado dormida justo antes de mi cita para la depilación láser?  Bueno, visto lo visto, toca aguantar lo mejor que se pueda. Que sea una horita corta.

Ana Centellas. Marzo 2017. Derechos registrados.

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18 comentarios en “El relato del viernes: “Una horita corta”

    1. Jajajaja que no duele!!! 🤣🤣🤣🤣🤣 las dos primeras sesiones me las pasé aguantando la respiración te lo juro, eso sí, sin decir ni mu no fuera a ser quejica jajajaja Luego ya ni te enteras! Yo siempre digo que después de la láser no hay dolor!! Besos!!

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