LA JUGUETERÍA

 

LA JUGUETERÍA

El propietario de la tienda de juguetes vio entrar a la agitada mujer desde la distancia. En la calle llovía copiosamente y la muchacha había irrumpido en la tienda cerrando con premura su paraguas y destilando agua por todas las zonas de su en otros momentos  impecable gabardina. Richard era un hombre de baja estatura, mediana edad e inmensa cintura que regentaba el negocio familiar desde que lo había heredado de su padre, hacía ya casi veinte años. Se dirigió solícito hacia ella, desatendiendo para ello a los escasos clientes que había en la tienda aquella tarde lluviosa del mes de marzo a una hora tan cercana al cierre. Pero la mujer daba la impresión de tener dinero, y eso era para Richard más importante que cualquier otra norma de educación o de decoro. Parecía la típica tía ricachona que no pensaba en escatimar ni un céntimo en la última novedad para su sobrinito o su sobrinita.

Le ayudó a retirarse la empapada gabardina para dejarla sobre el perchero que había en la tienda, más para uso del personal que de los clientes, a la vez que depositaba su paraguas con suma delicadeza en el paragüero de la entrada. Ella sacudió la cabeza hacia delante y atrás varias ocasiones para dar volumen a su humedecida melena, desprendiendo un narcótico aroma a cerezas que le dejó fuera de juego durante unos instantes. Casi pensó durante unos segundos que se había enamorado completamente de aquella dama de la alta sociedad londinense.

Cuando recobró la consciencia, Richard se frotó mentalmente las manos. Sabía que no era la única juguetería de una ciudad tan grande como Londres especializada en cualquiera que fuese el capricho más estrafalario que se le pudiese ocurrir a un niño. Fuera lo que fuese lo que aquella distinguida clientela había ido a buscar, no tenía la más mínima duda de que podía satisfacerla. Un sonrisilla apareció bajo su minúsculo bigote británico, al pensar en el juego de palabras que, sin querer, había hecho. Otra venta más para su histórico, pensó, no obstante.

La mujer dedicó unos momentos a inspeccionar la tienda, girando sobre sí misma y sobre sus exquisitos zapatos de diez centímetros de tacón. Repasaba durante el giro las inmensas estanterías de arriba abajo con gesto de aprobación, casi atónito. Richard estaba preparado para escuchar de aquella boca la petición más extraña a la que se hubiese enfrentado a lo largo de sus veinte años al frente del negocio. Sin embargo, lo que escuchó de aquellos labios perfectamente delineados y coloreados con un rojo carmín, fue algo completamente diferente a lo que jamás hubiese esperado:

—Disculpe el error, pero esta lluvia me estaba dificultando demasiado la visión. Mi intención no era entrar en una juguetería, sino en la tienda de lencería de al lado. Mis disculpas, de nuevo, señor.

Aquella dama recogió con presteza sus cosas y despareció por la puerta en un santiamén, haciendo sonar la campanilla a su paso. La cara de decepción de Richard fue tan acusada que los pocos clientes que aún quedaban en la tienda fueron despidiéndose con parsimonia de él. Como dentro de un hipnotismo, el juguetero puso el cartel de cerrado aquella tarde lluviosa con media hora de anticipación, por primera vez en la historia de la juguetería. Se quedó mirando hacia el exterior con la frente apoyada en el cristal de la puerta, hasta que la vio aparecer de nuevo, con una gran bolsa de la tienda de alta lencería de al lado, cargada con cientos de libras, mientras con la otra mano sostenía su paraguas y daba el alto a un taxi en el que se introduciría para no volverla a ver. Allí quedó Richard durante unos momentos más, en soledad, con la amargura de saber que con gran seguridad tampoco habría sido capaz de satisfacerla en otra situación.

Ana Centellas. Marzo 2017. Derechos registrados.

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Este texto es el relato número 12 elaborado para Los 52 golpes. Casi, casi, terminado el golpe 14. De momento, lo vamos consiguiendo…

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5 comentarios en “Los 52 golpes – Golpe #12 – La juguetería

      1. No, no, no digo que lo sea 🙂 De hecho, es el principal activador de recuerdos soterrados y capaz de provocar reacciones fisiológicas espontáneas. Lo que pasa es que nuestro cerebro consciente no procesa tanta información a partir de él como con la vista y el oído… y eso al escribir se nota muchas veces, relegando al olfato a un (muy) segundo plano.

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