JAQUECA
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JAQUECA

El asfalto humedecido dificultaba mi huída. Llevaba toda la semana lloviendo y, aunque ahora mismo no caía ni una sola gota, el cielo encapotado amenazaba con volver a descargar de un momento a otro. Ya era de noche, pero el manto gris estaba bien presente, formando una inmensa cúpula sobre nuestras cabezas.

Sabía a la perfección que había sido una temeridad enorme coger el coche aquella noche, en aquellas condiciones, en mi estado de alteración. Pero tenía que huir, no podía esperar ni un segundo más. Un momento más en aquella casa hubiese supuesto mi muerte inmediata así que, ¿qué más hubiese dado?

Tengo el recuerdo borroso de lo que ocurrió aquella noche. Echando la vista hacia atrás, busco el motivo que propició todo aquello pero, sobre todo, algo que me descargue de este sentimiento de culpa tan intenso que se ha instalado dentro de mí desde que todo ocurrió.

Me visualizo abriendo la puerta de mi casa, casi un par de horas antes de lo habitual porque una maldita jaqueca llevaba todo el día atenazando mi ya cansada mente, hasta el punto de que no pude continuar trabajando. Varios fueron los analgésicos que había tomado ya aquel día, sin resultado alguno. Entré directamente en la cocina, sin encender la luz, rebuscando en el cajón de las medicinas aquel analgésico más intenso que siempre me reparaba, aunque me anulase casi por completo. Lo tragué sin agua.

Fui hacia la habitación, a tientas, sin querer ver, sin querer oír, con el único deseo en mente de tumbarme en mi cama y despertarme al día siguiente, con la convicción de que ya todo habría pasado. No tuve necesidad de encender la luz para saber lo que estaba ocurriendo. Allí estaba Julio, sin duda. Como tampoco cabía duda alguna de que estaba en buena compañía. Desde luego no parecía estar sufriendo como yo. Abandoné la habitación aturdida, antes de que pudiese inventar alguna absurda exculpación.

La presión que la jaqueca llevaba todo el día ejerciendo sobre mi cabeza se extendió al pecho. La opresión era cada vez mayor, me faltaba el aire, no podía respirar. Tenía que salir de aquella casa lo antes posible, salir a la calle y llenar mis pulmones de aire antes de que se vaciaran por completo. Vi el coche que hacía unos escasos minutos había aparcado yo misma en la puerta de la casa y no lo dudé. No tenía ni idea de hacia dónde dirigirme, solo quería poner la mayor distancia posible de allí. La cabeza y el pecho me seguían martilleando de una manera incansable y tomé la carretera de circunvalación a mayor velocidad de la permitida.

Ello, junto con la humedad en el asfalto y las lágrimas que nublaban más mi visión, hicieron que mi coche derrapase en varias ocasiones, al menos durante tres veces estuve a punto de perder el control del pequeño coche. Luego todo pasó demasiado rápido, el coche patinó un buen trecho, vueltas, airbag, mi coche boca abajo. Ruido de bocinas, ambulancias, voces, muchas voces. Tres muertos, decían, yo iba sola en el coche. No podía haber sido yo, no podía haber sido la culpable de la muerte de tres personas.

De alguna manera conseguí desprenderme de mi cuerpo y pude contemplar la escena que se estaba desarrollando en la carretera. Dios mío, era horroroso. Mi cuerpo sin vida estaba bajo un amasijo de hierros en el que se había convertido mi pequeño coche. Los dos ocupantes de otro vehículo no habían corrido mejor suerte.

Un destello a mi izquierda llamó mi atención y pude observarles, flotando sobre la escena, al igual que yo. Dos chavales jóvenes, exceso de alcohol, asfalto mojado. Invadieron mi carril. Al menos no causé yo el accidente. No hubiese podido descansar con ello en mi conciencia.

Lo bueno de todo es que la infidelidad de Julio ya no duele, ni la cabeza tampoco.

 

Ana Centellas. Abril 2017. Derechos registrados.

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12 comentarios en “El relato del viernes: “Jaqueca”

  1. Ay Ana, si eso te doy un masajito que alivia mucho hija que vaya formas de combatir la jaqueca que se te ocurren. Es un relato muy bien argumentado. ¿Tienes migraña? Suena el timbre reiteradamente: La cuñada. El teléfono no para: Los de Orange seguidos de CISS. En la cocina se cae una pila de platos, los de al lado discuten por cualquier bobada. LLora el niño de abajo. Un horror.

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