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Imagen: Pixabay.com

 

 

Para los que os gusta leer del tirón, aquí tenéis “El hermano mayor” al completo. ¡Besazos y feliz sábado!

EL HERMANO MAYOR

 Víctor salió del instituto aquel viernes de primavera como cualquier otro viernes: con la alegría de otra semana terminada y la vista puesta en un fin de semana de fiesta, lo apropiado para su edad. Solo que aquel viernes era ligeramente diferente. Había terminado por fin los exámenes del segundo trimestre, después de algunas duras semanas de estudio, pues evidentemente aquello de estudiar todos los días no iba con él. Aquella noche iba a celebrar, junto con sus amigos, la fiesta más esperada de los últimos tiempos, la que festejaba el fin de los exámenes y el comienzo de las vacaciones de Semana Santa.

Llegó a su casa con un gran cansancio, después de recorrer a pie la distancia que separaba el instituto de su casa. Se comió con avidez la comida que le habían dejado preparada sus padres y, tras ello, fue a recoger a sus hermanos pequeños del colegio, a un par de manzanas de su casa.

Víctor era el mayor de tres hermanos. A sus diecisiete años no eran pocas las veces que tenía que ejercer de padre de sus hermanos, ante unos padres ausentes hasta altas horas de la noche, debido al trabajo, según decían. Solo estaban presentes en la educación de sus hijos por las mañanas, mientras vestían a los dos pequeños para llevarles al colegio a desayunar, ya que Víctor empezaba las clases antes que sus hermanos el cole. Y podía considerarse con suerte, pues bien podían haberle encargado a él ese trabajo. Pero sus padres todavía parecían sentir algún tipo de culpabilidad, porque las mañanas siempre se las dedicaban a los pequeños. Él, mientras, aún dormía. Ya podéis imaginar el tiempo que le dedicaban a él, unos escasos minutos por las noches, cuando llegaban. Pues llegaban tan cansados que no tenían tiempo para pasar con su hijo mayor. No se interesaban por sus notas ni por cómo le iba con los amigos, lo que podía considerarse algo fantástico, pero no para él. Echaba de menos a sus padres y, sobre todo, poder comportarse como cualquier joven de su edad.

Al salir del instituto, como ya hemos dicho, comía en su casa y salía a buscar a sus hermanos, Daniel, de seis años, y Rosana, de ocho. Siempre recordaba lo alegre que se puso cuando, con nueve años de edad, sus padres le comunicaron que iba a tener una hermanita. Y al poco, el nacimiento de su hermano pequeño. Pero nunca imaginó que aquello iba a suponer el fin anticipado de su infancia, para dedicarse al cuidado de sus hermanos. Muchos fines de semana ni siquiera podía salir con sus amigos porque sus padres salían y tenía que quedarse a cuidar de sus hermanos.

Él siempre callaba. Jamás se le hubiese ocurrido quejarse en ningún momento. Y por ello se perdió muchos buenos momentos con sus amigos, perdió una posible relación con la chica que le gustaba y le echaron del equipo de fútbol, porque faltaba a la mitad de los entrenamientos. Pero él simplemente lo encajaba, aceptaba que así era su vida y punto. Nunca se le ocurrió pensar que era una labor que correspondía a sus padres, que estaban delegando en su hijo mayor sus responsabilidades sin apenas darse cuenta.

Aquella tarde, cuando recogió a sus hermanos del cole, estaba particularmente cansado. Estaba deseando llegar a casa, tirarse en su cama con su música preferida en los cascos y dormir una buena siesta. Les pondría una película a los enanos y seguro que le dejarían dormir durante un par de horas como mínimo. Para cuando fuesen a despertarle, él ya habría podido descansar, les prepararía la merienda y, mientras, se daría una buena ducha para recuperar fuerzas y comenzar a prepararse para la noche. Los viernes sus padres no solían llegar especialmente tarde, al fin y al cabo, ellos también terminaban cansados de tanto trabajar y les gustaba estar unos días en familia, aunque Víctor había veces que dudaba de ello. En cualquier caso, aquel día le daba igual, puesto que él pensaba largarse de casa en cuanto estos hubiesen entrado por la puerta y no volver a entrar hasta bien entrada la mañana, para dedicar el sábado a dormir hasta la noche, cuando volvería a salir. Se lo había ganado.

Los tenía a los dos acopladitos ya en el salón con la peli que había elegido Daniel puesta en la super televisión de pantalla gigante, cuando Rosana se puso especialmente pesada, insistiendo en que quería jugar con él a la casa de muñecas.

Rosana tenía en su cuarto una enorme casa de muñecas a la que no le faltaba ningún detalle. Se la había regalado una tía abuela un tanto estrafalaria cuando cumplió los dos añitos y llevaba toda su corta vida encantada con su casa de muñecas. Eran ya seis años dedicándose a la decoración de la casita. Todos los regalos que pedía para su cumpleaños eran para su casita. Papá Noel, los Reyes Magos y el ratoncito Pérez, que la conocían muy bien, solo le regalaban complementos para la casa. Y cada vez que venía su tía abuela, daba saltos como loca de contenta porque sabía que le traería algún complemento especial.

La casa había sido más alta que ella hasta hacía dos años más o menos. Tenía varios dormitorios, un salón comedor, una sala de estar, cocina, lavadero, tendedero y tres cuartos de baño, todo ello distribuido en las dos plantas que la componían. Y en el tejado, una pequeña superficie plana a modo de solárium. Era el juguete preferido de Rosana, sin duda.

Desde que se enteró de que su hermano Víctor recibía una paga cada fin de semana, no paró de reivindicarse hasta que consiguió una para ella misma también. Para sus padres era simbólica, no les suponía ningún desembolso económico, como quien dice, y mantenían a la niña contenta. Cada vez que recibía su paga, se sentía tan orgullosa como si fuese mayor. Ella puntualmente la solicitaba cuando llegaba el fin de semana y la ahorraba con pulcritud, hasta que juntaba la cantidad exacta para conseguir el complemento para su casita que tuviese en mente.

Aquella tarde, Daniel estaba ya absorto en la película que su hermano mayor les había preparado, pero Rosana tenía otros planes. Tenía muy, pero que muy claro que quería que su hermano mayor pasase un rato junto a ella jugando a la casa de muñecas. Pero él no quería. Quería distraerles con una película como si fuesen niños pequeños, y ella ya no era pequeña. Veía que su hermano Víctor cada vez pasaba menos tiempo jugando con ellos. Vale que siempre podían contar con él para recogerles del colegio, para que les preparase la merienda, para que los duchase la mayoría de las veces y hasta para que les preparase la cena y los metiese en la cama. Pero a la hora de jugar ya no era lo mismo.

Ahora Víctor siempre tenía que estudiar, o bien se encerraba en su habitación con sus amigos. Desde luego, Rosana estaba convencida de que prefería a sus amigos que a ellos, sus propios hermanos pequeños. Y estaba dispuesta a hacer lo imposible para que fuese al contrario. Para ello había cogido aquel libro en la biblioteca que la ayudaría a conseguirlo.

Víctor estaba comenzando a enfadarse ante la insistencia de Rosana por que jugase con ella, así que la niña decidió dejarle creer que le iba a dejar en paz y se sentó junto con Daniel a ver la película, adoptando su mejor pose de niña buena.

Víctor no se lo podía creer. Su hermana había insistido demasiado poco para lo que era su costumbre, pero seguro que estaba cansada y en menos de diez minutos les tendría a los dos durmiendo plácidamente en el sillón. Él subió a su habitación para descansar un rato.

Todo saldría según los planes previstos: se echaría una siesta mientras los pequeños veían la película o, con un poco de suerte, se dormirían. Luego les prepararía la merienda, y mientras se daría una buena ducha. Para cuando él saliese de la ducha y los pequeños hubiesen merendado, ya habrían regresado sus padres y entonces podría salir con sus amigos por fin. De esta manera, subió a su habitación para echarse una siesta, ajeno por completo a los planes que su hermana tenía preparados para él.

Víctor entró en su habitación, se colocó los auriculares con su música preferida y se dejó caer boca abajo sobre la cama, quedándose dormido en cuestión de segundos. Se encontraba tranquilo por haber dejado a sus hermanos bien ocupados, y cansado de la larga semana de exámenes en el instituto.

Despertó con la sensación de haber dormido durante dos días seguidos. Sentía un gran descanso en su cuerpo, a la par que una sensación extraña que no sabía identificar. La música continuaba sonando en sus auriculares, pero a través de los párpados de los ojos, que aún no había abierto, podía ver una luz que no le terminaba de cuadrar mucho con la que debería haber a aquellas alturas de la tarde. Sobre todo teniendo en cuenta que había dejado su persiana prácticamente bajada por completo para que no le molestase la luz al dormir. Siempre había sido muy quejica en ese sentido, el menor ramalazo de luz lo desconcertaba de tal manera que no conseguía dormir.

Abrió los ojos y lo primero que le sorprendió fue la lámpara del techo de la habitación. ¿Qué era esa cosa de cristales de color rosa que colgaba del techo? Y un momento, ¿había estado todo este tiempo durmiendo sobre unas sábanas de flores rosa? Es más, ni siquiera cabía en la cama en la que estaba durmiendo, pues sus zapatillas sobresalían un mínimo de medio metro por debajo de los pies de la cama. Todo estaba decorado en esos tonos rosas variados con estampados de flores de los estilos más diversos. Las cortinas eran así y hasta el empapelado de las paredes lo era. Espera un momento, ¿el empapelado de las paredes? ¿Desde cuándo tenían en casa empapelado en las paredes?

Gritó con todas sus fuerzas llamando a Rosana, pues tenía muy claro que si alguien le podía haber metido en aquel fregado era ella. Menudo sorpresa se llevó cuando comprobó que de su garganta no salía más que una aguda vocecita. Podía oír a la niña canturrear jugando unos pasos más adelante, por lo que fue corriendo hacia el extremo de la habitación. El frenazo que tuvo que dar fue importante cuando se encontró delante de un precipicio que se iniciaba a ras del suelo de su habitación. ¡Estaba en el tercer piso de la casa de muñecas! ¿Pero qué había hecho aquella endiablada niña para convertirle en ese diminuto estado?

Continuó dando gritos hasta que logró captar la atención de la pequeña, que dejó de inmediato de jugar con la pobre muñeca que había caído en sus manos.

—¡Vaya! ¡Por fin te despiertas! Creí que al final te iba a tener que despertar yo. ¡Imagínate el susto que te hubieses llevado! Ja, ja, ja, ja, solo con pensarlo es que me parto.

—Deja de reírte ya, niña, y arregla la que has liado. Verás cuando vengan papá y mamá y me vean en este estado. ¿Quién se va a llevar la bronca? ¿Eh? —el estado de alteración de Víctor era ya más que visible.

—Ja, ellos nunca entran en mi habitación. Les diré que vinieron a buscarte tus amigotes y que te fuiste de fiesta. Ya verás qué bien les sienta cuando se enteren de que nos has dejado a los dos solos aquí. —le dijo Rosana, con chulería.

—Pero, ¿se puede saber qué te he hecho yo para que me hagas esto, niña? Y, sobre todo, ¿cómo lo has hecho?

—La tía Carla me regaló un libro de hechizos cuando me regaló esta casa. Seguro que ni se imaginaba que eran reales, ni mucho menos que los utilizaría. ¡Qué poco me conoce!

—¿Pero tú te has parado a pensar en cómo vas a deshacer esto? —gritó Víctor con toda la furia de que fue capaz, aunque su voz no sonase más amenazante que la de un pequeño enanito de jardín.

Ni qué decir tiene que la niña se dedicó a jugar con su hermano todo lo que le vino en gana. Le sentó a tomar el té en el pequeño saloncito junto con otras dos muñecas, le tuvo un rato en la cocina preparando unos pasteles para las invitadas, e incluso le dejó en pelotas para darle un baño en la pequeña bañera del cuarto de baño del segundo piso, con el agua congelada, la muy graciosa. Después de eso, le volvió a colocar su ropita y decidió hacerle pasar por el salón de belleza. A la niña le pareció que su hermano debía estar guapísimo con el pelo de color morado, y con un spray lo roció bien, incluida buena parte de la cara y de la ropa.

Cada grito que daba su hermano producía más risa en la niña y más emoción en el juego, así que no podía parar. Por no mencionar el hecho de que no tenía ni idea de cómo devolverlo a su estado natural, cosa que no le preocupaba demasiado porque imaginaba que en el libro de hechizos habría otro para revertirlo. Se había cuidado mucho de contarle a su hermano de contarle la verdad, que había cogido el libro de hechizos de la biblioteca, porque el que le regaló su tía era de mentira. Por lo pronto, había encontrado el juego perfecto para aquella larga tarde de viernes.

Su hermano pequeño, que se había quedado viendo la película que les había puesto Víctor, se había quedado dormido después de la primera media hora y llevaba ya unas dos horas roncando como una marmota. Así que llevaba ya un buen rato haciendo lo que quería con su hermano mayor.

Lo que no había tenido en cuenta era que los viernes sus papás volvían antes del trabajo y regresaron justo cuando acababa de terminar de colorear el pelo de su hermano. Intentó tranquilizarse un poco, con la esperanza de que primero fuesen a la salita de estar a despertar a su hermanito Daniel y se entretuviesen un rato con él, antes de que subieran al piso de arriba a buscarles.

La niña estaba como loca con el libro que había cogido la biblioteca, ese en el que había encontrado el hechizo con el que hacer pequeñito a su hermano y que ¡había funcionado! Pero en ningún sitio ponía dónde encontrar el hechizo para deshacerlo o la manera de preparar un antídoto. ¡Y necesitaba hacerlo antes de que sus padres subieran y descubrieran lo que había hecho! Ya les estaba oyendo achuchar a Daniel y darle unos besos gigantescos, eran tan exagerados cuando querían… Si al menos pasasen con ellos un ratito más cada día, o por lo menos que fuesen a buscarles al cole de vez en cuando…

Estaban ya subiendo las escaleras, jugando con Dani, se les oía claramente saltar los escalones con él.

—¿Qué piensas hacer ahora listita? —le preguntó Víctor con tono burlón.

—Ya se me ocurrirá algo, idiota. De momento, no te pueden ver así. Verás la bronca que te va a caer cuando vean que nos has dejado aquí solos. —contestó la hermana, que veía cómo su plan, en lugar de producirle problemas, se volvía a su favor a pasos agigantados.

—Ni se te ocurrirá dejarme a… —fue a replicar Víctor, pero su hermana ya había girado la casita contra la pared. Así se aseguraba que ni se viese ni se escuchase a su hermano, además de que nadie sospecharía nada. A la vez que giraba la casita, comenzó a ensayar un llanto agitado, fingiendo estar muerta de pánico.

—Pero Rosanita, ¿qué te pasa? —era su madre, que se acercaba corriendo hacia ella para consolarla.

—Es Víctor, hace mucho tiempo que se fue con sus amigos y nos ha dejado aquí solos a Daniel y a mí. Le puse una peli a Daniel para que no se alterara y al poco se quedó dormido, pero yo… —la manera en la que exageraba el llanto era digna de un premio a la actuación artística.

Mientras, dentro de la casita de muñecas, Víctor se dejaba caer al suelo, sabiéndose en un buen lío y sin posibilidad alguna de deshacer lo que su hermana había liado.

Ni qué decir tiene que el cabreo que se pillaron los padres de Víctor fue monumental. Su madre tuvo que ser atendida por una crisis de ansiedad. Hay que ver, lo sentida que era la mujer cuando se trataba de sus hijos y el poco tiempo que les dispensaba. Era toda una paradoja.

Rosana buscó y rebuscó en los libros, tanto en el de la biblioteca como en el que le había regalado su tía, a pesar de que ya había comprobado que no era verdadero, la manera de revertir el hechizo que le había echado a su hermano. Todos sus esfuerzos fueron en vano y a cada momento estaba más nerviosa. Su madre pensó que su hija estaba a punto de sufrir un ataque de pánico, como ella, al verse sola y desatendida en casa y, sobre todo, abandonada por su hermano mayor. Lo que ocurría en realidad es que cada vez veía más cerca el momento de contar a sus padres la verdadera historia y tenía mucho miedo de la bronca que le caería. Y además, ¿qué pasaría si su hermano no volvía nunca a tener su estado habitual?

Víctor, por su parte, voceaba y voceaba dentro de la pequeña casa, pero nadie le escuchaba. Era tan reducido su tamaño y con la casa girada hacia la pared, que su voz apenas salía de aquellas paredes. Por no decir que el jaleo que había en la habitación ya de por sí era suficiente para ahogar su aflautada voz de enanito.

La cosa parece que se relajó un poco, una vez que Víctor se suponía de celebración con sus amigos y la familia ya estaba reunida. Celebraron la cena los cuatro juntos sin mayores problemas y Rosana prácticamente se había olvidado de su hermano. Hasta que subió a la habitación a acostarse, y escuchó un ligero murmullo. Le dio la vuelta a la casita y allí estaba Víctor, llamándola desesperado. Estaba muerto de hambre.

Con disimulo bajó a la cocina y le subió un plato de sobras de la cena. Claro, para él era gigante y apenas probó unos pequeños bocaditos. Por suerte para él, la pequeña casita estaba perfectamente equipada y puso pasar allí la noche sin problemas.

A la mañana siguiente se armó un gran revuelo en la casa, ya que Víctor no había regresado a dormir. Su madre estaba histérica perdida, su padre tratando de calmarla, Dani estaba jugando a su bola y Rosana intentando retrasar el momento en que tuviese que decir la verdad. Cada vez quedaba menos tiempo, porque para el sábado por la tarde sus padres ya estaban hablando de llamar a la policía a denunciar la desaparición de su hijo mayor.

Lo que Rosana no había leído era la letra pequeña que había al final del libro de hechizos, en la que ponía que todos los hechizos se deshacían a las veinticuatro horas. Así fue como, a media tarde, un gran estruendo proveniente del cuarto de Rosana alertó a la familia, que había formado un gabinete de crisis en el cuarto de estar, para que Dani pudiese ver tranquilo los dibujos. Subieron todos con rapidez y se encontraron con la casa de muñecas destrozada, y un Víctor cubierto de pintura sentado en el suelo a su lado. No se podía determinar si estaba más agotado, aliviado o enfadado. Desde luego, un cóctel emocional muy peligroso para la niña, que intentó escabullirse entre sus padres.

Un agarrón de su hermano la hizo permanecer en la habitación y explicar lo ocurrido a sus anonadados padres, que todavía no podían creer lo que estaba sucediendo.

Rosana se llevó un buen castigo, pero al menos los padres comprendieron el motivo por el que la niña lo había hecho y por fin dedicaron más tiempo a sus hijos pequeños, dando a su hijo mayor la independencia que tanto necesitaba. Al final, la travesura de la niña, el enfado de su hermano y el susto que se llevaron sus padres, confirmaron el refrán, no hay mal que por bien no venga.

 

Ana Centellas. Marzo 2017. Derechos registrados.

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