MI GENARA

 

MI GENARA

¡Ay, mi Genara! ¡Qué os voy a contar de ella! La única mujer que he conocido en la vida, y eso que los setenta ya no los cumplimos. Bueno, yo, de hecho, ya no cumplo ni los ochenta. Pero mi Genara lleva conmigo desde que era un crío, y siempre la he conocido igual de recatada. Ni siquiera en pleno verano era capaz de desabrocharse un botón de la camisa que fuese más allá de lo que dictaban las normas del decoro. Las normas del decoro… de los años treinta, claro. Pero ahora, en pleno siglo XXI, mi Genara sigue yendo a la playa con bañador hasta las rodillas. Menos mal que no solemos ir mucho a la playa, a mí es que me da vergüenza, que todo hay que decirlo. Unos bañadores que tienen más años que todos mis nietos, porque, claro, hace décadas que dejaron de fabricarse…

La falda siempre por debajo de la rodilla, medias hasta el ras de las rodillas, incluso en el verano más caluroso, y zapatillas cerradas. Sí, de esas de lona con la suela de goma. Siempre de negro, que ella es muy respetuosa y todavía guarda el luto por sus padres, que murieron allá por los años cincuenta. Porque mucho cuidadín con mi Genara, que ella es mucha Genara y que no le toquen las tradiciones. Y por no hablar de las enaguas…

Sí. Como lo habéis oído. Mi Genara sigue utilizando debajo de la falda unas anticuadas enaguas. Incluso cuando nuestras propias hijas se hicieron mayores y empezaron a utilizar su propia ropa interior a su gusto, que ni qué decir tiene que hasta que no fueron mayores de edad utilizaron las mismas enaguas que mi santa esposa…, ella les siguió siendo fiel. Yo creo que por eso no se les conoció novio hasta pasada la veintena, les daría vergüenza a las pobrecillas. Y mi Genara consideraba casi un sacrilegio aquellas bragas anchas de color salmón y esos sujetadores tan modernos que llevaban las chiquillas… cruzado mágico creo que se llamaban. El caso es que no sé cómo se las apaña, pero consigue enaguas nuevas todos los años, le deben costar un riñón porque debe ser ella la única que las utiliza en toda España, pero eso nunca me lo cuenta. Yo solo sé que cada verano hay renovación de enaguas, para mi desgracia, claro está.

A mí me gustaba pinchar a mi Genara con el tema de las enaguas. Siempre le decía que si no podía algún día facilitarme el acceso, porque miren que mi Genara, lo mismo que ha tenido de recatada lo ha tenido luego de fogosa en la cama. Pero claro, hasta que yo terminaba de quitarle los ropajes a la buena mujer, pues la cosa había veces que ya se había enfriado un poquillo… y no me daba ni un segundo de cuartelillo, en seguida se volvía a enfundar con toda su artillería, y ya no había tu tía. Ni aunque le volviese a mostrar al soldadito listo para la carga, nada, no había manera. Pues no era suya, ni nada.

Este verano han venido los chicos. Los chicos, por decir algo, que ya tienen sus buenos añitos. Las dos chicas y el chico que la vida nos regaló en aquellas ocasiones en que yo conseguía acceder a tiempo a las enaguas. Y han venido también las nietas. Agraciados con cinco nietas que hemos sido, fíjense, que se han criado todos los veranos aquí en el pueblo bajo los más estrictos mandatos de sus padres, porque si le llegan a dejar a mi Genara, más de un verano las muchachas habían pillado el sarampión. Por no decir que no se habrían relacionado con ningún muchacho varón del pueblo desde los dos añitos.

Yo os he contado que a mí me gusta mucho pinchar a mi Genara. Me encanta ver esos colores que se le ponen cuando el rubor cubre su rostro por la mayor tontería, o no. Hoy que han llegado las chicas, cada una con el pantalón más corto que el anterior, y mi Genara estaba toda escandalizada por el qué dirán, cuando en el pueblo la juventud lleva menos ropa desde hace décadas, le he tirado una bromita. Y lo que me divierto, oye. Así que, cuando más escandalizada estaba con las ropas de las chicas, le he metido la mano debajo de la falda, levantándosela un poco y le he soltado:

—¡Ay, Genara! Si tú me dejases levantarte las enaguas…

Claro, todas las niñas riendo con las ocurrencias de este viejo chocho, y mi Genara más colorada que un tomate de la huerta. Hasta que la más pequeña de todas, la que menos vergüenza se gasta, ha sacado de la maleta un pequeño pedacito de tela en forma de triángulo y se lo ha enseñado a mi Genara:

—Mira, abuela, esto es lo que se lleva ahora. Y se llama tanga.

—¡Ay, señor, señor! ¿Y con eso tenéis la desvergüenza de salir a la calle? ¡Y hasta os pondréis minifaldas de esas! ¡Ay, señor, señor! ¡Pero si lleváis todo el culo al aire!

Cuanto mayor era el escándalo que mostraba mi Genara, mayores eran las risas de las niñas. Hasta sus padres, que siempre nos reñían cuando hacíamos estas cosas, se estaban echando sus buenas risillas.

El caso es que esta noche, ya en la cama, he ido a tocarle la rodilla a mi Genara, buscando la enagua para subir con ella, pero no la he encontrado. He seguido subiendo, subiendo, subiendo, y… ¡oh sorpresa!

—¡Pero Genara! ¿Qué llevas puesto? ¿Un tanga de esos?

—Chisssst. Me lo ha dejado la niña pequeña. Y mañana me va a llevar a comprar más. Mira que si me pasa algo y los médicos me pillan con las enaguas… ¡ay, qué vergüenza, madre! Que Dios me perdone, pero si esta es la moda, habrá que ir a la moda, ¿no? Y ahora sigue Mariano, hombre, no pares, no me irás a decir ahora que te ponían más las polainas…

 

Ana Centellas. Marzo 2017. Derechos registrados.

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Este relato es la actividad #06 del Taller de Escritura Creativa de FlemingLAB, que podéis encontrar en el blog Masticadores de Letras

 

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20 comentarios en “Fleminglab: “Mi Genara”

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