LA FUGA
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LA FUGA

Cualquiera que lo viese, se daría cuenta en seguida del caos reinante. Cuatro figuras, escondidas tras una duna, observaban el panorama con desolación. Cada una de ellas tenía el uniforme de un vistoso color, y aquel enorme desierto estaba sembrado de cientos de figuritas como aquellas, de variados colores, dispersas por doquier, inertes.

Cada una de estas figuras maldijo al que había creado aquellos estúpidos uniformes de colores brillantes, en lugar de proporcionarles unos de camuflaje, como hubiese sido lo normal. Estaba claro que habían sido saboteados y ninguno se había dado cuenta de ello, lo que no les dejaba en muy buena posición. Uno de ellos vestía de rojo brillante, otro de verde reluciente, un tercero de amarillo y un cuarto vestía de verde, que aunque era más vivo que el de su anterior compañero, no llamaba tanto la atención debido a su tamaño.

Ninguno de los cuatro se atrevía a dejar su posición detrás de aquella duna que tan caprichosamente se había formado y que les había proporcionado el destino, seguramente para protegerles de sí mismo. La arena esa gruesa y resbaladiza. Las condiciones de la zona dificultaban enormemente las posibilidades de salir de allí con vida. Al menor paso, te hundías en aquella pringosa arena como si de arenas movedizas se tratase.

Y además estaba demasiado fría. Parecía que azotaba un sol de justicia, en vista de la gran iluminación del lugar, aunque por más que miraron hacia el cielo ninguno de los cuatro fue capaz de encontrarlo. Pero aquella arena estaba fría como si el clima fuese totalmente diferente. Solo el hecho de estar parados allí detrás de la duna podría provocarles que se helasen sus pequeños pies. Y si intentaban algún movimiento, con gran posibilidad fuesen engullidos por aquella arena gruesa y siniestra.

Ninguno de los cuatro recordaba con exactitud qué había ocurrido, ni cómo habían llegado hasta allí. Solo recordaban cómo habían sido atacados por unas armas metálicas gigantes, como si de rayos de metal se tratase, que habían caído sobre ellos sin previo aviso y sin hacer ningún ruido. Parecía como si la ira de algún dios hubiese caído sobre ellos, aunque ignoraban el motivo.

Ahora, aquel desierto de arenas movedizas, que a sus ojos parecía tener límites por los cuatro costados, estaba sembrado por los cadáveres de sus compañeros de batalla, que yacían inertes por doquier. Algunos permanecían sobre aquella fría arena, mientras que otros habían sido sepultados y habían quedado ocultos en su interior.

Entre los cuatro trazaron un plan. Dado que aquel extraño desierto parecía tener unos límites bien definidos por los cuatro costados, solo tendrían que llegar hasta uno de ellos para conseguir escapar de allí. El problema mayor residía en las arenas movedizas, que les engullirían sin duda en cuanto intentaran dar un paso. El del uniforme rojo, que sin duda parecía tener más experiencia que ninguno de los otros tres, y al parecer ya se había visto en alguna otra situación semejante, les convenció de que el secreto estaba en la velocidad con la que emprendieran la huída. A mayor velocidad, menor posibilidad de ser engullidos por las arenas y podrían llegar al borde con presteza y huir. Los otros tres estuvieron de acuerdo en hacerle caso, ya tendrían tiempo después de hacerle todas las preguntas necesarias para satisfacer su curiosidad, siempre tan ávida. Así que emprendieron una huida rauda y veloz hacia el extremo que parecía estar más cercano.

En aquel preciso instante, yo pasaba por allí para dejar la barra de pan sobre la mesa, cuando vi la maniobra de escape. En un principio me quedé sorprendida, ¡cuatro verduras de mi tabulé estaban intentando escapar del plato! Menos mal que reaccioné enseguida, cogí el tenedor y las mezclé con el cuscús y el resto de verduras. ¡Con lo que me gustan a mí el pimiento, rojo y verde, la cebolla y la menta de mi tabulé! ¡Como para dejarlas escapar!

Ana Centellas. Abril 2017. Derechos registrados.

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35 comentarios en “El relato del viernes: “La fuga”

  1. ¡Qué dura es la vida de las figuras de acción (¡no son muñecos!, diría un friki).
    Ay, no, calla. Que nos la has dado con queso. Con queso feta en la tabulé, por ejemplo. O mozarella, que también está rica.
    PS: ¿Has visto “La fiesta de las salchichas”? 🙂

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      1. Pues una cosa te voy a decir: Hasta que tu hijo no cumpla 18 (o un poco menos, según la madurez que demuestre), que no la vea. Que ha sido un error muy común que los padres lleven a verla y salgan horrorizados con tanta palabrota, humor negro y sexo explícito (entre alimentos :D)
        Por mi parte, me entretuvo, pero creo que se queda en algo que tiene mayor potencial que lo que plasma al final.

        Le gusta a 1 persona

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