ALBA, LA BRUJA
Imagen by Asier. Protegida.

 

ALBA, LA BRUJA

Alba era una niña que vivía en un pequeño pueblo en la sierra madrileña. No contaba con más de ocho años, pero leía todo lo que pasaba por sus manos. Desde las antiguas novelas del oeste que había en la habitación del abuelo Nicolás, hasta las novelas que leía su madre, pasando por los aburridos libros de economía que leía su padre.

Ya se había leído todos los libros de la pequeña biblioteca de la escuela, y tenía que esperar con mucha paciencia cada semana a que llegase el bibliobús. Ese era, sin duda, el mejor momento de la semana. Ante ella se abría un amplio abanico de libros para leer. Y lo mejor es que podía escoger los tres libros que quisiese.

Por lo general, el bibliobús tenía una sección infantil y otra para adultos, y a los niños no les estaba permitido escoger los libros que estaban en la zona reservada a los mayores. Pero con ella siempre hacían excepciones. De todos era sabida su gran pasión por la lectura y que por sus manos habían pasado lecturas de todo tipo, por lo que era la única niña del pueblo a la que se le permitía escoger, de entre todos los libros del bibliobús, aquellos tres que más le llamasen la atención. Incluso había días en que le dejaban coger más de tres libros, dependiendo del conductor que le hallase tocado la zona aquella semana.

El bibliobús llegaba todos los sábados por la mañana y, casi antes de que saliese el sol, ya estaba Alba esperando sentada en la plaza, en el banco que había justo enfrente de la parada del autobús, para ser la primera en entrar y poder elegir los mejores libros. En cuanto veía al autobús aparecer por la esquina, ya se levantaba y comenzaba a dar saltos de alegría. Ya si el conductor era Andrés, entonces Alba alcanzaba la felicidad con la puntita de los dedos. Andrés era un señor ya mayor, entrado en kilos y en entradas, valga la redundancia, que había visto nacer a Alba y la quería como si fuese su propia hija. Era el que mejor conocía sus gustos y siempre le llevaba preparada una selección de libros que sabía la encantarían a la muchacha.

Uno de aquellos felices sábados, entre los libros que Andrés había guardado para ella había uno de magia, pero de magia de la de verdad. De la de hacer pociones y cosas así, no como aquellos señores que se hacían llamar magos porque sacaban un conejo de un sombrero o acertaban una carta de entre un mazo que seguro estaba trucado. Alba salió super contenta del autobús aquel sábado.

Por la tarde, después de comer, estaba tan nerviosa por leer sus libros nuevos que no podía ni echar siesta. Así que los sábados por la tarde no había siesta en casa de Alba, ya que ella se encargaba de que nadie más en la casa pudiese disfrutar de ella.

Aquel sábado en particular, Alba cogió en primer lugar el libro que más llamaba su atención, evidentemente el de magia. Fue poner sus manos en el libro e inmediatamente el color de su pelo se volvió naranja. Pero no un poquito anaranjado, ni algunas mechitas sueltas, no, no. Se le volvió naranja, naranja, tan naranja como una zanahoria. Por más intentos que hicieron sus padres por quitarle aquel extraño color de pelo a su querida hija morena, no hubo nada que pudieron hacer. Y Alba se quedó con su larga melena naranja, que siempre recogía en una coleta alta.

Las burlas entre sus compañeros de escuela no tardaron en llegar, y poco tardó en ganarse el apodo de “la Bruja”.

—¡Mirad! ¡Por ahí viene Alba, la Bruja! —se burlaban de ella en cuanto la veían.

La pequeña niña no tardó mucho en aislarse de sus compañeros, pero ella vivía tranquila porque el día que le cansaran demasiado, los convertiría a todos en sapos, y punto. De momento, sus nuevos poderes de bruja le estaban ayudando mucho a la hora de recoger su habitación o de hacer los deberes. ¿Quién sabe qué nueva utilidad les podría encontrar?

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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23 comentarios en “El relato del viernes: “Alba, la bruja”

  1. Como de pequeñajo tenía en el parque del barrio una biblioteca infantil, nunca me subí a un bibliobús, pero siempre me gustaron, lo reconozco.
    Y, desde luego, pese a los años que pasan, entiendo el poder evasivo de la lectura. Cuando eres niño no te das cuenta de ciertos aspectos del mundo que te rodean y lees por vicio, por placer, por alimentar la imaginación, pero al crecer y cuando los tonos grises empiezan a inundar muchas cosas, refugiarte en un libro (por eso mis géneros favoritos son tan “escapistas”) es una auténtica terapia si no quieres volverte tarumba. ¡Ojalá pudiera convertir a según quién en sapo, sí!

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