DÍA DE LA MADRE, POR FIN

DÍA DE LA MADRE, POR FIN

La señora Margarita se levantó muy temprano aquella mañana. Era el primer domingo del mes de mayo y, como siempre, era un manojo de nervios mientras preparaba su ritual. Todos los años el mismo.

Bajó al salón comunitario a tomar el desayuno. Tomó una galleta más de las permitidas, a hurtadillas, pues necesitaba fuerzas para afrontar aquel día, fuerzas que hacía tiempo le habían abandonado. Y a pesar de que esperaba aquel día con mucha ilusión, lo cierto es que también terminaba agotada.

Se dio una ducha ella sola, a pesar de que hacía años que no lo hacía, no se lo tenían permitido, siempre tenía que haber un auxiliar con ella para evitar riesgos de caídas que llevasen a problemas aún mayores. Aunque parecía que las normas se habían vuelto un poco laxas de un tiempo a esta parte. Ya nadie la regañaba y la verdad es que se sentía un poco solitaria.

Pero aquel día era especial. Tras la ducha, rebuscó en el armario con manos temblorosas su mejor vestido. El mismo cada año, porque era su preferido. Peinó con cuidado y lentitud sus ralos cabellos blancos y se aplicó con la mayor precisión de que fue capaz una capa de carmín rojo, el único que guardaba de sus tiempos fuera de aquel lugar. El último toque especial fue unas gotas de perfume, del caro, del que le regaló su nuera hace muchos años y que guardaba para las ocasiones especiales. Y aquella era una ocasión especial.

Se sentó en el sillón de su habitación, mirando hacia la ventana, con las cortinas bien abiertas para que la habitación estuviese bien iluminada y así poder verlos llegar. Al cabo de un par de horas de angustiosa espera, allí estaban. Les observó a sus anchas desde la ventana sin que pudieran verla. Vio cómo su hijo parecía un poco más avejentado que el año anterior, su nuera cada vez más ostentosa y sus dos nietos iban a lo suyo, con los auriculares puestos en los oídos. Cualquiera que los viese vería a una familia desunida, con unos hijos adolescentes que pasaban de sus padres, una mujer pretenciosa que jamás había hecho ningún trabajo y un hombre que estaba pagando duro los resultados de su vida.

La señora Margarita tenía ganas de hablar con su hijo y contarle las señales que había visto, pero para una vez al año que la visitaban no quería estropearlo. Al cabo de unos minutos, la habitación estaba llena de algarabía. Se habían vuelto la familia más unida del mundo y aparentaban ser felices y sentirse felices por verla. Todos la besaban y abrazaban con cariño, como si nada hubiese cambiado, como si solo fuese el único día al año que se veían desde hace mucho tiempo. Colocaron el ramo de flores que le habían traído en un gran jarrón que había sobre la mesilla de noche.

Abrió su regalo con ilusión, como si no supiese lo que le iban a regalar. No entendía por qué, pero llevaban ya cuatro años regalándole la misma falda. Exactamente la misma. ¿Casualidad? Lo dudaba. Pero era su familia, sus hijos, sus nietos, no podía decepcionarlos, y fingía la mayor de las sorpresas y ponía su mejor sonrisa al recibir aquel regalo, acompañado de alegres exclamaciones de “feliz día, mamá” o “feliz día, abuela”. Su compañera de habitación, la señora Elisa, la observaba asustada desde un rincón de su habitación. Todos los años, el día de la madre, la señora Margarita se comportaba de aquella forma extraña. Pero aquel año ocurrió algo diferente, que nunca antes había pasado. Margarita estaba feliz, aunque solo fuese una vez al año podía estar rodeada de sus seres queridos. Su nieta se acercó con ternura a ella y le abrazó con fuerza.

—No te preocupes, abuela. Nunca más volverás a estar sola. Este año te vendrás con nosotros. Ya no tendrás que estar más en este sitio.

La señora Elisa observó cómo Margarita tendía los brazos con una gran sonrisa, como si estuviese abrazando a alguien. Y en ese mismo instante,  Margarita emitió su último suspiro. Elisa llamó de inmediato a las enfermeras, pero nada pudieron hacer por ella. Por fin podría reunirse con su familia, que había muerto en un accidente de tráfico años atrás. A Elisa, un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando vio el gran ramo de flores sobre la mesilla de noche y la falda nueva tendida sobre la cama. Era el Día de la Madre y Margarita por fin podría celebrarlo con su hijo como se merecía.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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Este relato ha sido trabajado para el habitual reto literario que cada semana nos propone el grupo de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”, que desde aquí os animo a visitar. He de decir que Esperanza me pidió uno de terror, pero salió misterio ligero…

 

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17 comentarios en “Reto literario: “Día de la Madre, por fin”

  1. Que relato tan intenso, cuantas personas habrá en geriátricos en situaciones parecidas a la de Margarita y que añoran reunirse con sus familias y éstas les dan de lado. Al menos Margarita por fin logro reunirse con la suya para siempre y sin dolor alguno.
    Felicidades, cada relato te superas con creces. Besos.

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  2. Me he sentido emocionada, por ¡Dios que realidad has pintado en este relato!, pero el final en lugar de ser triste es un aliento de esperanza, por fin ser reune con su familia. Me has tocado el corazón, cada domingo dos compañeras en nombre de nuestra parroquia llevan la comunión a los enfermos, la mayoría personas mayores y esa es la queja que siempre dan sus hijos sólo van una vez al año y algunos ni eso. El día que han recibido la visita tienen una alegría enorme, son agradecidas se llevan todo el tiempo comentando lo feliz que se sienten. Precioso ¡te felicito! Un cordial saludo Ana

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