MALAS VIBRACIONES
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MALAS VIBRACIONES

 Elena se levantó media hora tarde. Lo que en principio iba a ser un tedioso y lluvioso lunes del mes de noviembre parecía que se iba a complicar un poquito. Se tomó un sorbo de su recién hecho café con leche mientras tiraba de la pernera de su pantalón pitillo, lo que hizo que un pequeño chorro del mismo fuera a caer sobre la blusa de raso blanco que había elegido el día anterior para comenzar la semana. Definitivamente parecía que no iba a ser su día.

Eran las siete y media de la mañana cuando Elena estaba cerrando la puerta de su casa. Exactamente a esa misma hora, David salía por la puerta de la suya con la mayor de las sonrisas pintada en su cara. Él vivía unas cuantas paradas de metro más allá de Elena y ambos utilizaban la misma línea para llegar a sus trabajos.

Elena salió a la calle y lo primero que hizo fue meter uno de sus preciosos zapatos de tacón en un enorme charco que se había formado en el portal de su edificio. Hizo un repaso mental del recorrido que debía hacer hasta la parada del metro. Una vez hubiese llegado a ella, en diez minutos estaría en su trabajo y apenas llegaría con un ligero retraso. Al fin y al cabo, las cosas aún tenían una posible solución.

Justo en el momento en que Elena montaba en el tren, David llegaba a la estación de metro. La misma donde se bajaría Elena para llegar a su trabajo, que estaba en la puerta, y que él utilizaba todos los días para llegar al suyo, a una media hora de distancia. La lluvia que caía incesante no le había impedido saludar con una sonrisa a todos los trabajadores que había a aquellas horas en su barrio: los chicos de la limpieza, que tenían que aguantar bajo la lluvia su larga jornada, el del quiosco de prensa, que siempre le tenía reservado un ejemplar de su periódico favorito, varios trabajadores de la empresa de Elena que siempre llegaban tarde… Su estado de ánimo era estupendo y no pensaba dejar que cuatro gotas de lluvia se lo estropeasen.

Elena recibió el pisotón de un enorme hombre de avanzada edad que por poco le deja el pie izquierdo bastante perjudicado, y ya su mal humor estaba alcanzando cotas considerables. Por suerte, un chico joven le cedió el asiento. En ese momento no supo si se sentía mejor por poder descansar su maltrecho pie, o de peor humor porque aquel muchacho la había considerado una señora a la que ceder el asiento. Pero bueno, no importaba mucho, estaba sentada, eran solo tres paradas, y su retraso en el trabajo no le iba a traer importantes consecuencias.

De pronto, el tren frenó en seco, quedando por completo detenido en el interior del túnel. Los minutos transcurrían sin que avanzase, y Elena iba recuperando su mal humor con el que había iniciado el día.

David esperaba el tren en una estación cada vez más atestada de gente. Por lo visto, un incidente en la línea había provocado que uno de los trenes hubiese quedado detenido entre dos estaciones y llegaba con retraso. No se preocupó, continuó con su enorme sonrisa, pensando que sería la primera vez que llegaba tarde al trabajo. Incluso los pisotones y los empujones de la gente que se iba acumulando en el andén, armados con sus paraguas mojados, consiguieron quitarle la sonrisa de la cara. David era el puro ejemplo de buenas vibraciones. Todo el que le miraba se sentía inmediatamente mejor.

El cabreo de Elena había alcanzado cotas desproporcionadas cuando el tren por fin comenzó a moverse y se dio cuenta de que con las prisas se había dejado el maletín con su portátil en casa. Prácticamente echaba humo por las orejas. Las personas que estaban sentadas a su lado tenían la misma cara, de lunes lluvioso de mierda del mes de noviembre.

El tren llegó a la estación en la que Elena debía bajarse y no tuvo ningún problema para hacerlo, fue prácticamente expulsada del vagón. Lo mismo le pasó a David para entrar, pues la marabunta le puso dentro sin que tuviese que moverse. Su sonrisa no se movió de su cara. Entre la entrada y la salida de ambos, las miradas de Elena y David se cruzaron por primera y única vez en su vida. La eterna sonrisa de David contagió de inmediato a Elena, que cambió por completo de actitud en cuanto salió a la calle y llegó a su trabajo. Ya que llegaba tarde, pensó que no estaría mal tardar cinco minutos más para comprar unos bollitos para sus compañeros. Todos la alabaron, nadie se dio cuenta del retraso.

La marabunta llevó a David al asiento justo del que se había levantado Elena. Desde el mismo momento en que se había aposentado en él, comenzó a notar un calor que le subía por el cuerpo hasta llegarle a la cara, mientras su sonrisa se iba borrando poco a poco. La gente de su alrededor tampoco contribuía a mantener su buen estado de ánimo, por lo que llegó a su trabajo de un humor de perros. No sabía qué le había sucedido, era como si una mala energía se hubiese apoderado de él desde que había montado en aquel vagón de tren.

Ya en el trabajo, David recibió una llamada de un proveedor que debía haberle llamado hacía más de media hora. Era Elena, con una voz encantadora y transmitiendo alegría por los cuatro costados. Ante el descaro de su interlocutora, David le echó una pequeña bronca, movido por el mal ánimo que le había poseído aquella mañana.

—Perdone, pero si está de mal humor yo no tengo la culpa—. Le espetó Elena con voz cantarina.

—Lo sé, perdone, la culpa es mía. No debería haberla hablado en ese tono—, se disculpó David, en parte contagiado por el buen humor que parecía tener la tal Elena.

Si él hubiese sabido de las malas vibraciones que Elena le dejó de regalo en aquel asiento de tren…

Ana Centellas. Abril 2017. Derechos registrados. 

COPYRIGHTED      

Relato trabajado para Los 52 golpes, el golpe 18 ya está publicado a vuestra disposición en la página, y el #19 anda esperando inspiración…           

#realcomolavidamisma                                                                               

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11 comentarios en “Los 52 golpes – Golpe #17 – Malas vibraciones

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