EL MISTERIO DE LA MONTAÑA
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EL MISTERIO DE LA MONTAÑA (PARTE V)

 

Para cuando quisieron terminar la trifulca que se había organizado, se quedaron anonadados al ver a sus cuatro hijos como pasmarotes, observando la escena que se estaba desarrollando ante sus ojos con cara de estupefacción. Sin duda, de los cuatro, el que mostraba un mayor sentimiento de vergüenza ajena era Fer, con la cara roja por completo, posiblemente debido a la rectitud con la que había sido educado.

Aún recordaba las largas charlas que su padre le daba por las noches, acerca de las normas de buen comportamiento de los niños. Jamás recordaba que sus padres le hubiesen leído un cuento antes de acostarse, o pasaran algún momento jugando por él. Al contrario, su cuidado había sido encargado a una joven sirvienta que, además, hacía todas las labores de la casa. Así pues, no tenía cuento por la noche, pero su padre sí dedicaba un buen tiempo a enseñar educación a su único hijo. Eso y el poco sentido beso que le daba su madre cuando ya estaba bien arropado, eran las únicas muestras de cariño que había recibido de sus progenitores.

Los cuatro niños intentaron explicarse, contar a los adultos que habían salido a pasar el día de excursión a la naturaleza. Por nada del mundo revelarían el secreto que les había sido mostrado aquel día por aquella maravillosa pareja de ancianos. Cuando los padres buscaron a la pareja de ancianos para agradecerles que hubiesen cuidado de los chavales, no había ni rastro de ellos, ni allí ni en el camino que partía del campamento. Esto hizo que algunos de los padres pusieran en tela de juicio aquella parte de la historia.

Cuando los padres por fin reaccionaron, salieron en tromba en dirección a los muchachos, que soltaron con rapidez las mochilas que llevaban al hombro. Los padres de Fran y los otros dos compañeros se lanzaron de inmediato a sus brazos, felices de que todo hubiese quedado solo en un susto y que la historia hubiese sido solo una escapada de los chicos.

Fer sabía de antemano que la reacción que tendrían sus padres no iba a ser tan cariñosa, así que por instinto agachó ligeramente la cabeza. Los dos iban hacia él con cara de malas pulgas, pero especialmente su padre, que parecía un Mihura que acabaran de soltar. Cuando llegaron a su altura, su padre le cogió ligeramente de la barbilla, casi con cariño, utilizando una de las ya conocidas tretas que solía emplear. Fer levantó la cara con ojos llorosos y, antes de que pudiese empezar a balbucear una disculpa aceptable, la enorme palma de la mano de su padre le giró la cabeza debido al impacto. Su madre se limitó a volver a colocarla en su lugar de un fuerte tirón de pelo. Fer ya estaba más que acostumbrado a este trato por parte de sus padres cuando su comportamiento no era el “adecuado”.

Fue entonces cuando sucedió lo inexplicable. Inexplicable, claro, para todos excepto para los cuatro chavales. El centro de la montaña pareció abrirse con un quejido ahogado. Durante unos instantes, el valle se llenó de luz, a pesar de encontrarse en plena noche. Una tormenta tremenda se desató sobre ellos. La furia de la montaña, sobre aquellos que no eran nobles de corazón, de desató en cuestión de segundos.

Todos corrieron a refugiarse a las cabañas, excepto Fer y sus padres, que continuaban retándose con la mirada, por completo calados. El cielo se iluminó con rabia e inmediatamente después un gran estruendo retumbó en el valle. Los padres de Fer fueron de inmediato calcinados por un rayo fulminante que ni siquiera rozó a Fer. Una expresión tranquila se reflejaba en su rostro. Creyó oír por un instante la risa apagada de los dos abuelillos y supo que la montaña había obrado su justicia, su protección. La sensación que le quedó fue un tanto agridulce. Por un lado, había perdido a sus padres pero, por otro, sabía que no sería víctima de malos tratos nunca más. Decidió que valía la pena la pérdida.

 

FIN

 

Ana Centellas. Abril 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

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12 comentarios en “Por capítulos: ” El misterio de la montaña” (Parte V)

  1. Esa inocencia perdida, crecida a los amparos de la comodidad, habré conjeturas hipotéticas de alcances insospechados, la imaginación premia a los remusgados personajes a una condena final, como si la caja de sorpresas, se encontrara dentro un ataúd en un altillo de granero, en un valle de fértiles finales…

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