EL MISTERIO DE LA MONTAÑA
Imagen: Pixabay.com

 

Para todos aquellos que les gusta leer las historias por capítulos del tirón, aquí la tenéis. Va por ustedes.

EL MISTERIO DE LA MONTAÑA

 Ya hacía horas que había anochecido cuando mis padres se pusieron por fin de acuerdo para llevarme juntos a aquel campamento de verano. Yo debía haber llegado por la mañana, como el resto de los chicos, pero los compromisos laborales de mis padres nos impidieron llegar hasta bien entrada la noche. Fue la primera vez que querían venir conmigo los dos juntos, y yo estaba deseando perderlos de vista de una vez.

Cuando llegamos por fin al camino de tierra que se adentraba en el bajo monte que había a la falda de la gran montaña, me pareció ver que esta tenía un enorme ojo. Yo, que iba tirado en el asiento trasero del coche, escuchando música, me incorporé de inmediato. Tiré de los cascos y les pregunté emocionado a mis padres:

—¿Habéis visto eso?

Los dos pusieron cara de haber visto un extraterrestre.

—¿Qué se supone que debíamos haber visto, cariño? —me preguntó mamá, siempre tan condescendiente.

—¡Mirad! ¡La montaña tiene un ojo gigante!

—Fernando, te habrás dormido y todavía no estás bien despierto, porque en la montaña no se ve nada.

Me recosté en mi asiento, contemplando aquel ojo gigante que nos miraba con expresión confundida. ¿Cómo era posible que mis padres no lo estuviesen viendo? ¡Era imposible! ¡Si era gigante y estaba justo frente a nosotros! En el fondo daba igual, me importaba un comino que mis padres lo viesen o no, lo cierto era que aquel ojo gigante había despertado en mí una curiosidad en el campamento que nunca había sentido. Siempre había sido el chico raro del instituto y no me apetecía para nada ir a un campamento donde no conocía a nadie, pero ahora la cosa había cambiado.

Como llegamos tan tarde, ya había pasado la hora de la cena y los chicos estaban ya empezando a acostarse. La despedida de mis padres fue fría y sin emociones de ningún tipo, así que duró poco tiempo. Me dirigí a mi cabaña cargando mi petate. En cada cabaña dormíamos cuatro muchachos, en dos literas. Las chicas y los chicos dormíamos en cabañas separadas. Mi compañero de litera parecía aún más friki y callado que yo, así que se ganó mi amistad desde el primer momento. Él estaba ya tumbado en la litera de abajo cuando llegué, mirando el techo formado por la otra litera de manera fija. Ni siquiera se inmutó cuando llegué. Tiré de uno de mis auriculares e intenté llamar su atención:

—Hola, soy Fer. Acabo de llegar. Creo que seremos compañeros. Tú también lo has visto, ¿verdad?

Mi compañero, Fran, según se presentó después, no movió ni un solo músculo de su cuerpo. Con un ligero giro de cabeza me contestó:

—Sí, tío, ¿tú qué crees que es? —me respondió con tranquilidad.

—No lo sé —dije mientras subía de un salto a mi litera—, pero mañana tengo la intención de salir a averiguarlo.

Así fue como a la mañana siguiente, justo después del desayuno, Fer y Fran, junto a sus dos compañeros de cabaña, salieron de excursión, ignorando las actividades programadas para aquel día en el campamento, para averiguar el misterio de la montaña.

Sabían que lo que estaban haciendo estaba prohibido, pero el deseo de desentrañar el misterio era más poderoso para todos. Llenaron las mochilas de provisiones por si tenían que pasar varios días fuera, cosa que esperaban no fuera así, porque si no se iba a liar una muy gorda en el campamento y llamarían a sus padres seguro. Pero, por si acaso, cogieron las provisiones, teniendo en cuenta además que caminar por la montaña da hambre.

Así que, aprovechando el amanecer, cuando todo estaba en calma, aprovecharon para pasar por la cocina, coger los alimentos y agua, y partir por lo que parecía una especie de sendero que se adentraba en el bosque y parecía que ascendía por la montaña. Estuvieron caminando durante toda la mañana sin parar, sin tener ni idea de hacia dónde se dirigían y sin encontrar ninguna pista que les pudiese aclarar el misterio de lo que habían visto. Lo que sí estaba claro es que los padres de ninguno de los cuatro parecía haberse dado cuenta de aquello y eso era muy extraño.

Cerca de la hora de comer llegaron a un pequeño pueblo que a todas vistas parecía abandonado. No eran más que unas pocas casitas de piedra, situadas a la vera de un pequeño riachuelo. El lugar parecía tener una magia especial, resplandeciente al pleno sol del mediodía y decidieron hacer allí una parada para comer, en una enorme sombra que había cercana al río. El frescor del agua llegaba hasta ellos, sentados en la sombra, y los muchachos lo sintieron agradecidos después del calor de la caminata. Realmente no sabían qué estaban buscando, ni mucho menos cuánto tardarían en encontrarlo. Ni siquiera sabían si había algo que encontrar. Lo que estaba claro es que los cuatro coincidían en que aquel ojo no había sido producto de su imaginación.

Estaban descansando, disfrutando del frescor de la sombra y del río, cuando captaron un olor especial. Olía a… ¡a comida! Pero comida de la rica, cocinada en horno y no como aquellos insípidos bocadillos que habían sustraído de la cocina del campamento. Buscaron en el cielo y pronto encontraron el humo de aquella chimenea de piedra. ¡Era comida cocinada sobre lumbre! Se miraron los cuatro y estuvieron todos de acuerdo sin necesidad de palabras. En un periquete se habían plantado en la puerta de la casa de la que salía aquel aroma tan delicioso.

Entraron tanteando la puerta, que estaba entreabierta, y pronto salieron a su encuentro una pareja de ancianos que con rapidez les dio cobijo. Los muchachos aceptaron de buen grado las atenciones de estos que, acostumbrados como estaban a no tener visitas, no paraban de rellenarles el plato. Tras la abundante comida, los chicos les explicaron el motivo de su excursión. A ninguno de ellos les pasaron desapercibidas las miradas que comenzaron a lanzarse los dos ancianos, como si estuvieran decidiendo mediante señas qué debían hacer. Al final, la falta de compañía les pudo y se ofrecieron a acompañar a los muchachos a descifrar el misterio de la montaña.

La pareja de ancianos no podía mantener el ritmo que llevaban los muchachos jóvenes, y estos se ponían nerviosos porque cada dos por tres tenían que dar la vuelta para ponerse a la altura del matrimonio o esperar a que estos llegasen a su altura. Un trecho que normalmente les hubiese llevado un par de horas, lo habían recorrido finalmente en unas cuatro horas. Ahora que la espera mereció la pena. Lo que encontraron allí los cuatro chavales los dejó sin respiración. Uno de ellos sacó el móvil para hacer una foto a aquel paisaje tan maravilloso, pero un gesto del anciano le convenció para que desistiese de hacerlo.

Ante ellos se extendía el paisaje más increíble y hermoso con el que habían podido soñar jamás.

El camino, cuidado con un esmero asombroso, estaba ribeteado de matorrales y pequeños abetos que en unos años se habrían convertido en grandes ejemplares. La montaña, que en aquellas zonas del interior, aún conservaba parte de las nieves del invierno, se habría ante sus ojos formando una especie de circo. En el interior del circo se había formado un hermoso lago, en el que los rayos solares incidían de forma casi directa, a pesar de ser ya la última hora de la tarde. Y lo más llamativo, un enorme y precioso ojo dominaba todo el promontorio, del que manaba una cascada que iba a caer de manera directa sobre el lago, cual si fuese el llanto del gran ojo de la montaña.

Los ancianos les animaron a sentarse en un semicírculo a las orillas del lago y comenzaron a contarles la historia del ojo de la naturaleza, de cuya existencia solo ellos conocían y eran los guardianes de preservar aquel lugar de miradas indiscretas.

Los niños mostraron su curiosidad acerca de por qué vieron el ojo al entrar en la zona de montaña para ir al campamento, a lo que los ancianos contestaron que el ojo podía cambiar de ubicación cuando sentía que una posible amenaza llegaba a la zona. Por eso, cuando alguien entra en la zona montañosa, el gran ojo de la naturaleza siempre se asoma para ver quién entra en sus dominios y, si sospecha una amenaza para la zona, nos avisa.

Parece que aquello satisfizo la curiosidad de los muchachos, que observaban la imagen que tenían delante de sí como si fuera el paisaje más precioso que habían tenido frente a si en toda su vida, como probablemente así había sido y así sería siempre. Realmente era digno de ver. Daban ganas de no cerrar los ojos ni para realizar el más leve pestañeo y ninguno se atrevía a elevar la voz, por si acaso la magia que ofrecía aquel lugar se rompía.

Sin embargo, aunque no dijeron nada, los cuatro muchachos se miraron con complicidad cuando la pareja de ancianos les dio la explicación. A aquellas alturas ya podían creer en casi todo, ¡estaban presenciando un enorme ojo que lloraba una cascada en una laguna en pleno corazón de las montañas! Pero de ahí a creer que si el ojo notase alguna amenaza avisase a aquella pareja de ancianos… ¿Qué podrían hacer ellos, a su edad, contra cualquier amenaza? A pesar de todo, callaron sus dudas para no ofender a sus anfitriones. Tiempo tendrían más adelante para conversar y poner en tela de juicio lo que considerasen conveniente.

Estuvieron sentados a la orilla del enorme lago durante bastante tiempo, mientras el gran ojo no dejaba de llorar aquella enorme cascada. Desde luego, estaban por completo seguros de que aquel paisaje sería el más bello que contemplarían con sus propios ojos en toda su vida. A no ser que volvieran, ¿no? Apenas ese pensamiento comenzaba a atravesar la ávida mente de Fer, el anciano ya le estaba contestando:

—Mucho me temo que por la edad que tenéis, esta será la última oportunidad que tendréis de contemplar el gran ojo que cuida de la naturaleza.

—¿Qué quiere decir? ¿Que mañana ya no podremos verlo?

—Sí, mañana sí, y si no ocurre nada fuera de lo normal, podréis contemplarlo el resto del verano. Pero lo más seguro es que si el año que viene volvéis al campamento, ya no seréis capaces de verlo. —contestó el anciano apenado—. Ni tampoco a nosotros…

Fer se quedó anonadado por aquello que acababa de decir el entrañable anciano. De pronto, un sentimiento de culpa le invadió por completo porque, a pesar de haberles ofrecido su comida, de haberles acompañado en aquella divertida excursión a través de la naturaleza y de haberles llevado al paisaje más espectacular que jamás hubiesen contemplado, ninguno de ellos había sido capaz de preguntar a la pareja de ancianos por sus nombres. El gran ojo de la montaña comenzó a llorar con mayor intensidad si cabe, haciendo que la catarata se volviese en una enorme cascada de aguas bravías.

Todos notaron aquella reacción, aquel cambio que se había producido en el gran vigilante de la naturaleza. Los chicos quedaron asombrados, pero el anciano, con tranquilidad, preguntó:

—¿Qué pasa chicos? ¿Qué os inquieta?

Fer fue sincero y explicó a los demás el sentimiento de culpa que había sentido momentos antes de que la gran cascada se produjese.

—¿Veis? Nos avisa de todo, a su manera, claro. No os preocupéis por nosotros, los nombres no importan. Podéis llamarnos los guardianes del bosque.

Como ya estaba comenzando a anochecer, decidieron romper el improvisado campamento parar emprender el camino de vuelta. Si el camino de ida les llevó cuatro horas, el de vuelta, en la semioscuridad que les proporcionaba la luna llena, llegó a las cinco horas. Cuando quisieron llegar al campamento de verano, acompañados en todo momento por la pareja de ancianos, ya estaba bastante pasada la medianoche.

Ellos esperaban encontrar ya a todo el mundo recogido en sus habitaciones, por eso se llevaron una enorme sorpresa cuando se encontraron frente al gran revuelo que allí había. Por lo visto, les habían echado en falta a la hora de la comida y habían pasado toda la tarde buscándoles. Como la búsqueda había sido infructuosa, los dirigentes del campamento habían tomado la decisión de llamar a los padres de los niños implicados antes de que cayese la noche. Y allí estaban los padres de los cuatro, gritando a pleno pulmón al personal del campamento que eran unos incompetentes y que aquello lo iban a pagar muy caro.

Tan preocupados estaban en buscar responsables, que ni siquiera se dieron cuenta de la llegada de los cuatro chicos, por completo sanos y salvos, acompañados de la pareja de ancianos.

Para cuando quisieron terminar la trifulca que se había organizado, se quedaron anonadados al ver a sus cuatro hijos como pasmarotes, observando la escena que se estaba desarrollando ante sus ojos con cara de estupefacción. Sin duda, de los cuatro, el que mostraba un mayor sentimiento de vergüenza ajena era Fer, con la cara roja por completo, posiblemente debido a la rectitud con la que había sido educado.

Aún recordaba las largas charlas que su padre le daba por las noches, acerca de las normas de buen comportamiento de los niños. Jamás recordaba que sus padres le hubiesen leído un cuento antes de acostarse, o pasaran algún momento jugando por él. Al contrario, su cuidado había sido encargado a una joven sirvienta que, además, hacía todas las labores de la casa. Así pues, no tenía cuento por la noche, pero su padre sí dedicaba un buen tiempo a enseñar educación a su único hijo. Eso y el poco sentido beso que le daba su madre cuando ya estaba bien arropado, eran las únicas muestras de cariño que había recibido de sus progenitores.

Los cuatro niños intentaron explicarse, contar a los adultos que habían salido a pasar el día de excursión a la naturaleza. Por nada del mundo revelarían el secreto que les había sido mostrado aquel día por aquella maravillosa pareja de ancianos. Cuando los padres buscaron a la pareja de ancianos para agradecerles que hubiesen cuidado de los chavales, no había ni rastro de ellos, ni allí ni en el camino que partía del campamento. Esto hizo que algunos de los padres pusieran en tela de juicio aquella parte de la historia.

Cuando los padres por fin reaccionaron, salieron en tromba en dirección a los muchachos, que soltaron con rapidez las mochilas que llevaban al hombro. Los padres de Fran y los otros dos compañeros se lanzaron de inmediato a sus brazos, felices de que todo hubiese quedado solo en un susto y que la historia hubiese sido solo una escapada de los chicos.

Fer sabía de antemano que la reacción que tendrían sus padres no iba a ser tan cariñosa, así que por instinto agachó ligeramente la cabeza. Los dos iban hacia él con cara de malas pulgas, pero especialmente su padre, que parecía un Mihura que acabaran de soltar. Cuando llegaron a su altura, su padre le cogió ligeramente de la barbilla, casi con cariño, utilizando una de las ya conocidas tretas que solía emplear. Fer levantó la cara con ojos llorosos y, antes de que pudiese empezar a balbucear una disculpa aceptable, la enorme palma de la mano de su padre le giró la cabeza debido al impacto. Su madre se limitó a volver a colocarla en su lugar de un fuerte tirón de pelo. Fer ya estaba más que acostumbrado a este trato por parte de sus padres cuando su comportamiento no era el “adecuado”.

Fue entonces cuando sucedió lo inexplicable. Inexplicable, claro, para todos excepto para los cuatro chavales. El centro de la montaña pareció abrirse con un quejido ahogado. Durante unos instantes, el valle se llenó de luz, a pesar de encontrarse en plena noche. Una tormenta tremenda se desató sobre ellos. La furia de la montaña, sobre aquellos que no eran nobles de corazón, de desató en cuestión de segundos.

Todos corrieron a refugiarse a las cabañas, excepto Fer y sus padres, que continuaban retándose con la mirada, por completo calados. El cielo se iluminó con rabia e inmediatamente después un gran estruendo retumbó en el valle. Los padres de Fer fueron de inmediato calcinados por un rayo fulminante que ni siquiera rozó a Fer. Una expresión tranquila se reflejaba en su rostro. Creyó oír por un instante la risa apagada de los dos abuelillos y supo que la montaña había obrado su justicia, su protección. La sensación que le quedó fue un tanto agridulce. Por un lado, había perdido a sus padres pero, por otro, sabía que no sería víctima de malos tratos nunca más. Decidió que valía la pena la pérdida.

 

FIN

 

Ana Centellas. Abril 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

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12 comentarios en “Por capítulos: “El misterio de la montaña”

  1. Te agradezco que lo hayas puesto entero, creo que me había perdido los dos últimos capítulos…
    Muy buena historia, hasta con moraleja y aunque el escarmiento para los padres de Fer ha sido un poco drástico, se lo tenían merecido…
    Un besito, Ana, feliz finde.

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