Por capítulos: “El viaje de Tita (III)”

 

EL VIAJE DE TITA
Imagen: Pixabay.com

 

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EL VIAJE DE TITA (III)

El paisaje en aquel lugar era impresionante. Estaba todo recubierto de una vegetación exuberante. Lo más seguro es que se tratase de pequeñas hierbas, pero para mi pequeño tamaño de gotita de agua, todo aquello era majestuoso. Disfruté de aquella maravillosa visión, que no había tenido oportunidad de contemplar en toda mi vida, durante un largo rato.

Me mantuve ajena a todas las conversaciones que las demás gotas mantenían entre sí, la mayor parte quejándose por la rapidez con la que transcurría el riachuelo. Para las gotas más mayores, aquello suponía un esfuerzo demasiado grande e iban perdiendo pequeñas gotitas que, como yo, engrosaban el torrente. Muchas de aquellas gotas más mayores, quedaron diluidas en el transcurso del río. Hubo momentos realmente duros durante aquellos tiempos.

Algo que me dejó maravillada fue el transcurrir de los días. Yo, que vivía dentro de una cañería sin preocuparme nunca del tiempo, veía ahora transcurrir ante mis ojos días y noches en un lento y ameno devenir. Las gotas más sabias nos contaron que eran el sol y la luna, los astros que veíamos en el inmenso cielo que teníamos sobre nosotras, y que contemplábamos ensimismadas la mayor parte del camino.

Había veces que a nuestro riachuelo llegaban otros procedentes de otros lugares, de forma que, lo que en un principio había sido un pequeño río rápido, se había ido convirtiendo en un amplio río con abundantes gotas que transcurría con algo más de serenidad. Había unos animales, los peces, que jugueteaban con nosotras. No sabría explicar por qué, pero en aquella ocasión perdí mi cobardía habitual, y me subía a los peces y me divertía como la que más. Fueron tiempos felices.

A mí me gustaba mucho cuando algún otro riachuelo llegaba hasta el nuestro. Eso significaba gotas nuevas con las que entablar amistad y que te contaban historias acerca de sus lugares de partida. Todos eran distintos y yo escuchaba cada historia con mucha atención. Me encantaba.

En una de esas incorporaciones de riachuelos, conocí a otra pequeña gotita de agua como yo. Se llamaba Fluvi y venía desde Zaragoza. Fluvi y yo enseguida entablamos una muy buena amistad y pasábamos juntas todo el tiempo, compartiendo anécdotas, jugando con los peces… Nos volvimos inseparables, siempre una cogida de la mano de la otra. Formábamos un tándem perfecto que resistía con gran audacia cuando las aguas se ponían más bravas, por ejemplo, cuando había una tormenta. Ella me daba valor, porque no era tan miedosa como yo, y yo ponía la fuerza para que la corriente no nos arrastrase lo suficiente para separarnos del resto de nuestro grupo.

Así recorrimos juntas el trayecto, durante muchos días, hasta que llegamos a un lugar que nos dejó boquiabiertas. Jamás hubiésemos imaginado que pudiese existir un lugar así. Pero tanto Fluvi como yo, cogidas de la mano, nos lanzamos sin pensarlo a aquel lugar que parecía tener un encanto especial.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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