LA SEÑORITA ENCARNA.JPG
Imagen tomada de la red

Este relato ha sido trabajado para el habitual reto literario que cada semana nos propone el grupo de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”. Llevábamos varias semanas sin reto porque Esperanza estaba malita, pero ya que está mejor, ¡volvemos a la carga! Desde aquí os animo a visitar y haceros miembros del grupo, super dinámico y divertido, otra pequeña maravillosa familia.

LA SEÑORITA ENCARNA

La señorita Encarna nos había cuidado a mi hermano y a mí desde que nacimos. Bueno, en realidad, siempre había estado ahí, pues también había cuidado a mi padre y a sus hermanos cuando eran pequeños. Además de ocuparse de muchas más labores del hogar. Todos la teníamos un cariño muy especial.

Pero lo cierto era que a la señorita Encarna de señorita ya no le quedaba nada. Pasaba con creces los ochenta años y llevaba un tiempo que se estaba volviendo torpe en los quehaceres de la casa, se le olvidaban cosas y ya era demasiado mayor para acompañarnos al colegio y recogernos todos los días. Yo soy Pancho, y tengo once años, y mi hermano, Curro, ocho.

Por eso mis padres tomaron la decisión de prescindir definitivamente de los servicios de la señorita Encarna y contratar a una persona más joven y mejor cualificada para el puesto. Ellos siempre habían pensado que su mayor responsabilidad éramos nosotros, y por ello no podían dejar nuestro cuidado en manos de cualquiera, aunque ese cualquiera nos haya acompañado fielmente durante años y nosotros la considerásemos parte de la familia.

La señorita Encarna escuchó sin querer aquella conversación entre mis padres, y se sintió despreciada después de todo lo que había hecho y dado por nuestra familia. Nunca se casó por seguir a nuestro lado y, por el mismo motivo, nunca tuvo hijos. Decía que nosotros éramos los hijos que nunca tuvo. Y lo cierto es que siempre nos cuidó con extrema delicadeza, con mano firme cuando era necesario, pero derrochando amor. Era mi imagen de abuela, ya que yo no llegué a conocer a las mías, y la quería como tal.

Desde aquel fatídico día, el comportamiento de la señorita Encarna cambió por completo. No con nosotros, sino con nuestros padres. Yo la entendía plenamente e intenté hablar con mis padres sobre ella. Les planteé la posibilidad de que siguiese con nosotros aunque contrataran a otra persona más joven. Pero ellos solo se guiaron por el dinero, diciendo que no iban a pagar dos sueldos para que una sola persona hiciese el trabajo. No tuvieron ningún reparo en echar de casa a la persona que más tiempo había pasado con nosotros, y la que nos había criado.

—¿Dónde va a ir ahora, Señorita Encarna? —la pregunté, realmente preocupado, el día que dejaba nuestra casa con su pequeña maleta en la que guardaba sus escasas pertenencias.

—No te preocupes por mí, cariño. Ya se darán cuenta de cuál es mi lugar. —me contestó con un brillo extraño en los ojos, mientras me acariciaba la cara con una mano que se había vuelto áspera, en lugar de suave como de costumbre. Un escalofrío me recorrió por entero.

Obviamente, me abstuve de decirle nada a nadie y, como todos, observé cómo la Señorita Encarna se alejaba y llegaba la nueva asistenta, Alejandra. Apenas tenía veinte años y vestía unos shorts excesivamente cortos y ajustados. Al instante comprendí, por la mirada de mi padre, quién la había elegido y por qué. Y realmente dudaba de cuáles eran las cualidades que tenía aquella muchacha para el puesto. Podía entender las cualidades que había visto mi padre para contratarla, pero para cuidar de nosotros y hacer las tareas del hogar, desde luego se veía a la legua que no tenía ninguna. La única que lloró con la partida de la Señorita Encarna fue mi madre, supongo que tanto por la pérdida de aquella gran compañía como lo que la llegada de la nueva asistenta suponía para su matrimonio.

Aquella misma noche, estaba yo a punto de dormirme, bien arropado con la sábana y la colcha, cuando noté algo que me agarraba una pierna. Instintivamente, retiré el pie y me deslicé hacia el cabecero de la cama, tratando de alejarme de lo que fuera aquello que había en mi cama. De pronto, noté cómo de debajo de mis sabanas aparecía una figura humana.

Era la Señorita Encarna, que había venido a buscarme. Aún no logro a entender cómo llegó a aparecer dentro de mi cama, cuando al acostarme yo estaba seguro de que no había nadie. Su expresión estaba por completo alterada y de sus callosas manos surgían unas enormes uñas.

—Ven conmigo, hijo. —me dijo con voz ronca. —Te aseguro que serás feliz.

¿Qué podía hacer yo ante aquella mujer que había significado tanto para mí en mi vida? Le pedí silencio y, con señas, le indiqué que iba a buscar a mi hermano. Cuando los dos volvimos a nuestra cama, sentimos cómo una mano nos agarraba a cada uno de una pierna, deslizándonos por la cama hacia abajo.

Por allí desaparecimos. Aún no sé precisar el lugar en el que nos encontramos, pero sé que desde aquí puedo contemplar a mis padres, separados por la desaparición de sus hijos y la intromisión de Alejandra. Nosotros continuamos con nuestra querida Señorita Encarna, que ha retomado su imagen habitual e incluso se la ve más rejuvenecida. Creo que sí, que podremos ser felices con ella.

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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17 comentarios en “Reto literario: “La Señorita Encarna”

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