LA HABITACIÓN 308
Imagen: Pixabay.com

 

LA HABITACIÓN 308

 Todavía no sabía qué era lo que hacía yo exactamente en Barcelona. Desde que recibí aquel correo electrónico de una supuesta conocida de la familia que tenía algo importante de lo que hablar conmigo, no había podido conciliar el sueño. Era cierto que los orígenes de mi familia estaban en Barcelona, pero se remontaban a varios siglos atrás, cuando toda la familia se trasladó a Bélgica y jamás habían vuelto a España.

Yo no tenía ni idea de español, y un amigo mío me ayudó a desentrañar el mensaje que me enviaba aquella supuesta amiga de la familia, varios siglos después. Pudiese ser que algún miembro de mi familia hubiese mantenido contacto con alguien de España y que ese contacto se hubiese mantenido en secreto por parte de esa rama durante centenares de años, pero no entendía qué tenía que ver precisamente conmigo.

Pero como la curiosidad mató al gato, me puse en contacto con esta señora e inevitablemente coordiné una cita con ella. La única condición que me puso fue que me dejase gestionar a ella la reserva en el hotel, pues conocía uno que estaba muy cercano a su domicilio y que tenía mucho que ver con nuestro pasado. ¿Nuestro? Me pregunté. ¿En qué momento habíamos emparentado y yo no me había dado cuenta?

En fin, que me pudo más la curiosidad y accedí de buen gusto a sus intenciones de conocernos en Barcelona. Al fin y al cabo, ella se había ofrecido al pago del viaje y por la foto se veía una señorita joven de bastante buen ver.

Mi vuelo llegó a las cinco de la tarde, pero ella, Elisa se llamaba, me insistió una y otra vez en vernos por la mañana en el salón de desayunos del restaurante, en concreto a las diez de la mañana. Supuse que se trataría de una dama caprichosa de la alta sociedad barcelonesa o que tenía las tardes bastante ocupadas y se retiraba a dormir pronto.

El taxi me llevó directamente desde el aeropuerto de El Prat al hotel. El hotel 1898 se trataba de un establecimiento de estilo colonial situado en plena Rambla barcelonesa. En primer lugar fui a recepción a hacer el check-in, mientras me maravillaba del esplendor del hall. Me quedé de piedra cuando en una placa estaba grabado que el hotel estaba ubicado en la casa de mi familia, que fue donada para ello un par de siglos atrás. No tenía ni idea de ello, jamás se había hablado en casa de la época española de la familia, aunque llevásemos el apellido español en primer lugar los varones nacidos de varones. Siempre teníamos que dar explicaciones por ello, pero nunca nos habíamos aventurado a saber nada más. En la familia siempre hubo cierto secretismo al respecto que yo, por supuesto, no iba a romper.

Cuando me dieron el número de la habitación, el número 308, algo se paró dentro de mí. Durante unos segundos estuve tentado de solicitar el cambio, no sabía por qué. Por eso mismo, por ser una intuición absurda, no dije nada, aunque el mal presagio se vino conmigo hasta que el portamaletas la abrió y me dejó a solas en ella. Entonces ya comprendí por qué había tenido aquel mal presentimiento. Sobre la cama, presidiendo la habitación, con grueso marco macizo de madera de roble, se encontraba un enorme cuadro. La habitación era preciosa, moderna dentro del estilo colonial, con un enorme balcón desde el que se podía contemplar la Rambla en todo su esplendor. Todo era maravilloso, incluido el baño con un enorme jacuzzi que hacía tiempos que no conocía, y no faltaba ningún detalle.

Solo aquel enorme cuadro sobre la cama me sobresaltaba de una manera extraordinaria. Eso fue lo que me llevó a dejar mi pequeña maleta sobre la cama, apagar la luz para no volver a ver aquella pintura y lanzarme a la calle a dar un paseo. La tarde estaba bastante agradable y no supuso ninguna sospecha en el hotel que saliese nada más llegar.

Estuve dando paseos por Barcelona, siguiendo un plano turístico de la zona que había conseguido en el mismo hall, hasta la noche. Realicé una cena ligera en uno de los múltiples restaurantes que había, en horario europeo, temprano para el horario local, a juzgar por las pocas personas que estaban cenando en aquellos momentos.

Al llegar de vuelta al hotel, retrasé todo lo que pude el regreso a mi habitación, dando una vueltecita por el bar. El ambiente era de lo más agradable, una mujer al piano ponía el hilo musical perfecto, la luz relajada le confería un ambiente de lo más íntimo y unos cómodos butacones invitaban a pasar allí horas y horas. Después de mi cuarto gin-tonic, ya consideré que era el momento de regresar a la habitación, si no quería que me llevase arrastrando algún mozo del hotel.

Abrí la habitación con mano temblorosa, encendí la luz, cerré los ojos por unos instantes y, al abrirlos, seguía allí, el mismo cuadro presidiendo la habitación que había dejado unas horas antes, justo antes de mi escapada. Tras volver a mirarlo con mayor determinación, estuve a punto de suponer que era una broma de mal gusto pero, ¿quién podría estar interesado en hacerme eso a mí? ¿Y por qué? Había demasiados interrogantes en aquel viaje, y solo los podría aclarar la señorita con la que había quedado a la hora del desayuno.

Así que me puse el pijama y me introduje en la enorme cama, justo bajo el enorme retrato de mí mismo que había sobre el cabecero de roble. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo al situarme bajo él, pero decidí hacer caso omiso a aquella sensación, por absurda. Me dispuse a dormir, eso sí, bien cubierto con la sábana hasta la cabeza. Tenía la impresión de que si conseguía superar aquella noche, iba a ser un gran logro o un gran secreto me iba a ser revelado.

No fui capaz de conciliar el sueño en toda la noche. El volumen de mi respiración sonaba alto, casi como si fuesen tenues jadeos de terror y los escalofríos no cesaban. En un momento dado, noté como el eco de mi propia respiración fuera de la cama. Creía que no iba a poder soportarlo más y fui a levantarme para vestirme y salir a pasear a la calle. Mi rostro se quedó por completo pálido al comprobar que frente a mí, se encontraba el joven del cuadro, yo mismo un par de siglos atrás y con distintos ropajes, respirando un gélido aliento que se manifestaba en el aire cálido de la habitación como un vapor fantasmagórico.

—Ya era hora, ¡creí que no ibas a abrir los ojos nunca! Por fin has llegado para deshacer la maldición. Ahora que me has visto, permanecerás dentro del cuadro hasta que el próximo descendiente por línea directa duerma dentro de esta habitación. Ha sido un placer conocerte, querido…

—John… —contesté tartamudeando, mientras veía cómo era arrastrado por una fuerza sobrenatural hasta quedar integrado dentro del cuadro que presidía la habitación.

A la mañana siguiente, una joven dama de la alta sociedad barcelonesa se dirigía directamente a una de las mesas del salón de desayunos del hotel 1898. En ella le esperaba un joven vestido con sus mejores ropas de sport que, al verla llegar, se levantó solícito para retirarle la silla que se encontraba frente a él.

—Cuánto has tardado, querido Andrés. —le dijo ella mientras le daba un suave beso en los labios.

—Parece que han sido siglos, querida Adelina.

Ana Centellas. Marzo 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

Este libro recoge el trabajo colectivo de los autores:

Silvia Salafranca, Melba Gómez, Verónica Boletta, Conchi Ruiz, Frank Spoiler, Paulina Barbosa, Ana Centellas, Antonio Caro, Javier Reina, Pedro García, Gema Albornoz, J. re crivello

Todos participan en el Taller de Escritura FlemingLAB bajo la dirección de Juan re crivello.
En un hotel de Barcelona situado en la Rambla en un antiguo edificio de más de 100 años donde estuvo el monopolio de tabaco para Filipinas y luego fue transformado en un hotel de lujo, está la habitación 308 y en ella ocurren cosas extrañas.
El relato Breve y el género de Terror se dan cita en esta propuesta en la cual les invitamos a saborear cuentos cargados de ternura, rareza, miedos, amor, y ambigüedades.

¡Que lo disfruten!
FlemingLAB Taller de Escritura

Yo os dejo aquí mi relato para que os abra boca, y sintáis curiosidad por conocer el resto de escalofriantes historias que incluye este maravilloso libro. Para los que aún no disponéis de él podéis comprarlo en Amazon.

¡Animaos que os va a gustar!

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26 comentarios en “La habitación 308

      1. Gracias a Dios. Perdona si no te escribo, o no te hablo, pero como no sé en qué situación estás, prefiero que seas tú el que me diga, como hoy, ¡eh que sigo vivo! Eso se tiene que solucionar en poco tiempo, si no sí que se va a liar una buena. Que pases una buena noche y descanses bien. Un beso!!!

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