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UN TANGO A LAS DIEZ

La sala era pequeña, apenas unas diez o doce mesas de madera de color, con sus correspondientes sillas, del mismo estilo. Un estilo tradicional y alegre a la vez. Un pequeño escenario presidía la sala. El ambiente era muy acogedor e íntimo. La baja iluminación era la propicia. Entrar en aquella pequeña salita era como entrar en otro mundo.

Tomé asiento en una de las pequeñas mesas más cercanas al escenario. No quería perder ni un segundo de la actuación de aquella noche, una de mis preferidas. Pedí una ligera cena y esperé con paciencia mientras se iba llenando la sala, poco a poco. La audiencia era algo más numerosa aquella noche, personas que iban sentándose en las restantes mesas con gran algarabía, provocando en mi mente un rechazo mayúsculo. La mágica atmósfera que se había creado en la pequeña sala estaba despareciendo casi por completo.

Con delicadeza, tomé mi copa de vino entre los dedos y di un pequeño sorbo, paladeando la exquisita sensación. Emití un sonoro suspiro y decidí relajarme lo antes posible para poder disfrutar al máximo aquella noche. En cuanto el escenario estuviese ocupado, aquella algarabía ya habría desaparecido.

La cantante subió al escenario con un poco de anticipación a la hora prevista. Como ya había pensado, el bullicio que circulaba entre las mesas cesó al instante. Dos únicas personas sobre el escenario, un hombre y una mujer. Él, a la guitarra, y ella con su voz, comenzaron a transportarme de manera mágica de aquella sala, de aquel lugar.

El ritmo de tango lo invadía todo. Cerré los ojos para disfrutar del sonido, de las sensaciones, de la potencia de la voz y del embrujo de la guitarra. Cuando los abrí, la pieza ya casi había terminado. Tomé otro trago de mi copa de vino. Apenas vislumbré en mi pequeño reloj de pulsera que ya habíamos llegado a las diez de la noche.

Cuando dio comienzo el segundo tango, noté cómo una fuerte mano masculina tiraba de mí, consiguiendo levantarme de mi asiento con gracia y energía a la vez. Sin pronunciar ni una sola palabra, me agarró por la cintura con fuerza, pegándome a su cuerpo. Me sentía explosiva con mi vestido rojo y mis zapatos de tacón, junto a aquel hombre que comenzó a moverse al ritmo de la música.

Fueron los mejores minutos de mi vida lo que duró aquel famoso tango de Gardel. Nuestros cuerpos se juntaban hasta que ya no cabía ni una gota de aire entre ambos. Piernas que se entrecruzaban en una danza loca. Vueltas y retornos que nos aproximaban cada vez más y más, convirtiendo aquel baile en la más sensual de las danzas para mí.

De inmediato me transporté a mis años de juventud, en los arrabales de mi Buenos Aires natal, cuando bailábamos tango en la calle con inocencia. No había vuelto a bailar desde entonces, hacía unos veinte años, desde mi partida a España.

Cuando la música terminó, aquel caballero se despidió de mí con su cuerpo pegado al mío, depositando un suave beso en las comisuras de mis labios que me dejó con ganas de mucho más. Con tranquilidad, regresó a su mesa. Yo volví a la mía completamente agitada.

La música continuaba, me embebía por completo. Pedí una segunda copa de vino. Miles de emociones cruzaban por mi interior. Miles de recuerdos, junto con las miles de sensaciones que me había provocado el encuentro anterior. Me centré en la música, y la disfruté como si nunca más fuera a escucharla.

Cuando el concierto terminó, me giré buscando a aquel enigmático hombre que había bailado conmigo aquel tango tan apasionado. Su mesa estaba vacía, ni siquiera una copa vacía reposaba sobre ella. Era imposible que se hubiese ido, la puerta de la sala no se había abierto en ningún momento durante la actuación.

Cada semana, vuelvo a aquella pequeña sala con la esperanza de encontrar a mi misterioso bailarín. He asistido a conciertos de diversos estilos musicales que ni siquiera me gustaban, con la única esperanza de reencontrarme con él.

Ya tenía incluso reservada mesa semana tras semana. Siempre la misma. La que la gente del bar llamaba, “la mesa de la loca que baila sola”.

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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Este relato es el número 22 para los 52 golpes, que espero os haya gustado. Los relatos 23 y 24 ya están disponibles y ¡esta semana nos ponemos con el 25!

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14 comentarios en “Los 52 golpes – Golpe #22 – Un tango a las diez

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