Por capítulos: “El viaje de Tita (V)”

 

EL VIAJE DE TITA
Imagen: Pixabay.com

 

 

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EL VIAJE DE TITA (V)

¡Qué experiencia más maravillosa! Livianas como nunca, subimos hasta un lugar bien alto en el cielo, donde nos encontramos con otras gotas en nuestro mismo estado, y formamos una nube blanca, suave, casi de algodón. El viento mecía con suavidad nuestra nubecilla, trasladándonos por el aire. ¡Podíamos volar! ¡Aquello era fantástico!

Desde aquella altura, pudimos ver cómo el mar se alejaba de nosotras. Allí quedaron muchas de nuestras compañeras, pero ya no estábamos tristes por ellas, porque sabíamos que habían elegido su lugar, en las profundidades abisales del océano. Vimos también el río por el que nos habíamos trasladado desde la cañería aquella maloliente hasta aquel mar tan majestuoso. Desde allí arriba todo parecía muy chiquito. El amplio río no era más que una delgada línea en el paisaje. Las altas vegetaciones que nos rodeaban, no eran más que corto pasto desde allí arriba.

El suave viento nos fue empujando y empujando en dirección contraria a la que habíamos llevado con anterioridad, de vuelta a la gran ciudad desde la que salimos. Pudimos vislumbrar el pequeño arroyo por el que había llegado Fluvi hasta mi encuentro. Y, por fin, llegamos a la gran ciudad donde yo nací. No se veían más que tejados y tejados, parecían todos iguales y yo no sabía cuál había sido mi hogar. Tampoco es que quisiera volver con aquel humano maleducado que me dejó colgando del grifo sin preocuparse para nada por mí, pero sí tenía cariño a aquel humano más pequeñito que jugó conmigo, aunque fuese para enviarme a la cañería. En realidad, gracias a él estaba viviendo todas aquellas aventuras y había conocido una amiga tan buena como Fluvi.

Pero algo pasó fuera de lo común. Algo que ni Fluvi ni yo habíamos vivido aún. Sobre la ciudad había un conjunto de nubes, como nosotras, pero más oscuras, casi negras. A mí al principio casi me dieron miedo cuando las vi. Menos mal que la Tita que volvía a la ciudad no era la misma que salió, porque si no… ya me hubiese intentado dar media vuelta para alejarme de allí cuanto antes. El viento, ese tan suave que nos había acompañado en nuestro camino hasta allí, se volvió de pronto más salvaje, raudo y virulento. Nos empujó con gran rapidez hacia las nubes negras, sin que pudiésemos evitarlo, y nos fundimos con ellas.

Me quedé mucho más tranquila cuando allí encontré también a gotas amigas, de las miles que habíamos conocido por nuestro periplo. Entonces, ocurrió algo que jamás hubiese esperado. El cielo se iluminó de repente. A continuación, sonó un gran estruendo que retumbó en nuestros oídos, haciendo soltarnos unas de otras. Yo aún estuve a tiempo de cogerme de Fluvi antes de empezar a caer. Apenas tuve tiempo de reaccionar, cuando caí en la cuenta de que estábamos lloviendo. Habíamos dejado nuestro estado gaseoso tan liviano en nuestra preciosa nube, para volver a nuestro estado inicial de gotita de agua. Y caíamos serenamente sobre la ciudad.

Por el camino, Fluvi y yo no pudimos evitar fusionarnos en una única gota. Mirábamos hacia abajo asustadas pues, aunque caíamos de manera tranquila, no teníamos la menor idea de dónde iríamos a parar. Miramos hacia abajo. Unos niños pequeños jugaban con tranquilidad en un parque. Aún no habíamos llegado hasta ellos. No nos esperaban. Cuando al fin llegamos abajo, muchas de nuestras compañeras cayeron al suelo, mojando la arena del parque y generando un delicioso aroma. Fluvi y yo, o Fluvitita, como terminamos llamándonos, fuimos a caer en la nariz de una pequeña niña de coletas que jugaba con sus amiguitos en el parque. La niña, ilusionada, comenzó a jugar con nosotras, a esparcirnos por su cara, mojando todo su precioso rostro. Creo que no me había sentido tan feliz en la vida como cuando vi la carita de alegría de aquella pequeña jugando con nosotras. El ciclo había llegado a su fin. Ahora les tocaría a otras gotitas completarlo, como habíamos hecho nosotras.

Así que ya sabes, pequeña niña de coletas que jugaba en el parque el viernes por la tarde. Aquella gran gota de agua que cayó sobre tu nariz y que te hizo sonreír durante un buen rato, éramos Fluvi y yo, y ahora ya conoces nuestra historia.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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