Los 52 golpes – Golpe #22 – Un tango a las diez

Los 52 golpes – Golpe #22 – Un tango a las diez

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UN TANGO A LAS DIEZ

La sala era pequeña, apenas unas diez o doce mesas de madera de color, con sus correspondientes sillas, del mismo estilo. Un estilo tradicional y alegre a la vez. Un pequeño escenario presidía la sala. El ambiente era muy acogedor e íntimo. La baja iluminación era la propicia. Entrar en aquella pequeña salita era como entrar en otro mundo.

Tomé asiento en una de las pequeñas mesas más cercanas al escenario. No quería perder ni un segundo de la actuación de aquella noche, una de mis preferidas. Pedí una ligera cena y esperé con paciencia mientras se iba llenando la sala, poco a poco. La audiencia era algo más numerosa aquella noche, personas que iban sentándose en las restantes mesas con gran algarabía, provocando en mi mente un rechazo mayúsculo. La mágica atmósfera que se había creado en la pequeña sala estaba despareciendo casi por completo.

Con delicadeza, tomé mi copa de vino entre los dedos y di un pequeño sorbo, paladeando la exquisita sensación. Emití un sonoro suspiro y decidí relajarme lo antes posible para poder disfrutar al máximo aquella noche. En cuanto el escenario estuviese ocupado, aquella algarabía ya habría desaparecido.

La cantante subió al escenario con un poco de anticipación a la hora prevista. Como ya había pensado, el bullicio que circulaba entre las mesas cesó al instante. Dos únicas personas sobre el escenario, un hombre y una mujer. Él, a la guitarra, y ella con su voz, comenzaron a transportarme de manera mágica de aquella sala, de aquel lugar.

El ritmo de tango lo invadía todo. Cerré los ojos para disfrutar del sonido, de las sensaciones, de la potencia de la voz y del embrujo de la guitarra. Cuando los abrí, la pieza ya casi había terminado. Tomé otro trago de mi copa de vino. Apenas vislumbré en mi pequeño reloj de pulsera que ya habíamos llegado a las diez de la noche.

Cuando dio comienzo el segundo tango, noté cómo una fuerte mano masculina tiraba de mí, consiguiendo levantarme de mi asiento con gracia y energía a la vez. Sin pronunciar ni una sola palabra, me agarró por la cintura con fuerza, pegándome a su cuerpo. Me sentía explosiva con mi vestido rojo y mis zapatos de tacón, junto a aquel hombre que comenzó a moverse al ritmo de la música.

Fueron los mejores minutos de mi vida lo que duró aquel famoso tango de Gardel. Nuestros cuerpos se juntaban hasta que ya no cabía ni una gota de aire entre ambos. Piernas que se entrecruzaban en una danza loca. Vueltas y retornos que nos aproximaban cada vez más y más, convirtiendo aquel baile en la más sensual de las danzas para mí.

De inmediato me transporté a mis años de juventud, en los arrabales de mi Buenos Aires natal, cuando bailábamos tango en la calle con inocencia. No había vuelto a bailar desde entonces, hacía unos veinte años, desde mi partida a España.

Cuando la música terminó, aquel caballero se despidió de mí con su cuerpo pegado al mío, depositando un suave beso en las comisuras de mis labios que me dejó con ganas de mucho más. Con tranquilidad, regresó a su mesa. Yo volví a la mía completamente agitada.

La música continuaba, me embebía por completo. Pedí una segunda copa de vino. Miles de emociones cruzaban por mi interior. Miles de recuerdos, junto con las miles de sensaciones que me había provocado el encuentro anterior. Me centré en la música, y la disfruté como si nunca más fuera a escucharla.

Cuando el concierto terminó, me giré buscando a aquel enigmático hombre que había bailado conmigo aquel tango tan apasionado. Su mesa estaba vacía, ni siquiera una copa vacía reposaba sobre ella. Era imposible que se hubiese ido, la puerta de la sala no se había abierto en ningún momento durante la actuación.

Cada semana, vuelvo a aquella pequeña sala con la esperanza de encontrar a mi misterioso bailarín. He asistido a conciertos de diversos estilos musicales que ni siquiera me gustaban, con la única esperanza de reencontrarme con él.

Ya tenía incluso reservada mesa semana tras semana. Siempre la misma. La que la gente del bar llamaba, “la mesa de la loca que baila sola”.

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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Este relato es el número 22 para los 52 golpes, que espero os haya gustado. Los relatos 23 y 24 ya están disponibles y ¡esta semana nos ponemos con el 25!

Reto literario: “Los artistas”

Reto literario: “Los artistas”

 

LOS ARTISTAS
Imagen tomada de la red

 

 

LOS ARTISTAS

Nosotros somos nómadas. Sí, eso es exactamente lo que somos. Pequeños luchadores trashumantes sin oficio ni beneficio que tratan de ganarse la vida de la mejor manera posible haciendo lo único que sabemos hacer, sin importar el lugar.

Siempre viajamos solos, en nuestro pequeño cochecito heredado del abuelo. Toda nuestra vida guardada con mimo y cautela en una pequeña maleta. Nada más. Por eso nunca hemos tenido hijos. ¿Qué clase de educación podríamos darles si siempre estamos viajando de acá para allá? Es mucho mejor así.

Somos artistas, actores rendidos ante una prometedora carrera que pudo ser y no fue. Pero somos artistas, sí señor, y podemos decirlo a mucha honra y en voz alta. Aunque cuando llegamos a un nuevo pueblo nos llamen feriantes, no es lo que somos. Eso es algo que tenemos bien aprendido.

Solo nos tenemos el uno al otro. Nuestras escasas pertenencias y las monedas que conseguimos recolectar en nuestras actuaciones, siempre en la plaza mayor del pueblo, buscando el máximo público posible. Hacemos grandiosas representaciones de obras teatrales que nunca son reconocidas. Hemos encontrado gente que se ha separado de nosotros porque nuestros números “cómicos” no hacían gracia. A ver, señores, que no somos comediantes, ni feriantes, ni nada por el estilo, con todos nuestros respetos. Somos artistas. Os llevamos el arte a la puerta de vuestras casas y no sabéis verlo.

Y lo peor de todo es que, entre tanto ir y venir, en cada pueblo que visitamos, en cada decepción que nos llevamos, hemos ido perdiendo poco a poco nuestra propia esencia. Poco queda de lo que fuimos algún día. Somos artistas, incompletos, en un largo viaje sin final.

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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Este relato ha sido trabajado para el habitual reto literario que cada semana nos propone el grupo de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”.  Desde aquí os animo a visitar y haceros miembros del grupo, super dinámico y divertido, otra pequeña maravillosa familia.

La frase de la semana XXV

La frase de la semana XXV

ANNE FRANK

 

‘A pesar de todo, creo que la gente es muy buena de corazón.’

Anne Frank

Sobran las palabras

¿Qué decir si Anne Frank, encontrándose en las circunstancias en las que se encontraba, pensaba de esta manera? ¿Cómo deberíamos pensar nosotros? Yo siempre he sido demasiado confiada, por ello me he llevado palos y me han metido bastantes goles, pero aún así, sí, sigo pensando que la gente es buena de corazón, a pesar de todo.

Y la recomendación para esta semana va para un blog que he conocido hace bastante poco tiempo, en los últimos días diría yo, aunque el tiempo para mí últimamente es demasiado relativo. Se trata de Perezitablog . Se trata de un blog de relativamente nueva creación, que me parece va a resultar bueno, bueno. Os recomiendo que le echéis un ojo. Como muestra, un botón:

‘No me juzgues, no sabes por lo que he pasado.’

Y qué gran verdad nos cuenta en este escrito. Yo apenas he juzgado, lo odio, precisamente por ese hecho. Empatiza, ponte en el lugar de la otra persona, entiende por qué se comporta de tal manera y luego, si lo crees oportuno, juzga. Ni aún así deberíamos juzgar, vive y deja vivir. Pero menos aún sin conocer las circunstancias de cada persona.

¡Hasta el martes que viene! ¡Besazos!

“El peso del mundo” – El poder de las Letras

“El peso del mundo” – El poder de las Letras

 

EL PESO DEL MUNDO
Imagen: Pixabay.com

 

 

Os dejo mi colaboración con El poder de las Letras de esta semana. Espero que os guste.

EL PESO DEL MUNDO

Las nubes se deslizan raudas sobre mi cabeza. Me quedo absorta mirándolas, evadiéndome de cualquier pensamiento. De vez en cuando, una pequeña golondrina se acerca peligrosamente a mí en vuelo rasante, y regreso a la realidad.

Estoy en la terraza, fumando cigarrillo tras cigarrillo, mientras mi mente no para de pensar, y pensar, y pensar… ¿Qué será de mi vida? ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? Mejor vuelvo a mirar las nubes pasar. Mucho menos estresante. Aquella nube blanca que sobrevolaba mi cabeza hace un par de minutos ha desaparecido y, en su lugar, un enorme nubarrón negro lo cubre todo.

Está cayendo la noche y comienza a refrescar. Daría lo que fuera por un buen tazón de café caliente, pero hay algo que me impide moverme de mi lugar, tan cómodo en la hamaca. Hace un buen rato que no se oye bullicio en el parque que hay bajo mi casa. Los niños y sus padres poco a poco se han ido recogiendo, imagino que para preparar cenas y baños. Pero yo sigo aquí, inmóvil, tranquila, en silencio, fumando mientras contemplo las nubes.

Otra golondrina despistada pasa demasiado cerca de mí y me saca de mi ensimismamiento. De mi contemplar extasiado las nubes volar por el cielo con las pequeñas ráfagas de viento que corren en nuestro rededor. La serenidad del ambiente parece absoluta, prácticamente fantasmagórica.

La oscuridad va en aumento y apenas puedo distinguir las nubes que tanto aislamiento me han proporcionado esta tarde. Mi piel se torna de gallina con el frescor de la noche. Ya ni siquiera vuelan las golondrinas cerca de mi terraza.

Pienso por un instante que es como si la vida se hubiese detenido. ¿Qué ocurriría entonces? Si todo se detuviese menos yo, ¿cómo me comportaría? ¿Lo soportaría? El tránsito de un coche solitario por la calle me devuelve a la realidad, agradecida de que la vida no se hubiese detenido.

Y decido que ya es hora de entrar dentro de casa, de disfrutar de mi familia, de preparar la cena y los baños, como el resto del mundo que habita mi pequeño mundo. Mientras, pienso en la frase que me ha dicho mi hijo esta tarde: “¿Sabes que es lo que más pesa del mundo? El mundo.” Filosófico estaba hoy el muchacho.

Y llevo toda la tarde dando vueltas a una cuestión tan absurda que al final decido que cualquier peso que podamos tener, siempre va a ser menor que el propio mundo, así que mejor dejarse llevar por él, para que su peso sea más liviano.

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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Aliento fúnebre.

Aliento fúnebre, desde Venezuela

Esos Libros

Visita la página del autor http://amazon.com/author/danivera

Hoy me vine hablar de la costumbre

Que me lleva de nuevo a un largo olvido,

El aire llega la punta de esta cumbre

En la que ayer me hallaba sin motivo.

..

¡Ay, de esta  estrella que me alumbre!

La cuita de ver mi ánimo altivo,

Caminante hacia atrás al hombre vivo

Oculta indeseable podredumbre.

..

Amar a quien no ama siempre ha sido

Aflicción de proclive mansedumbre,

Síncopa del  corazón partido.

..

Agua que corroe en la techumbre

Camino de la cripta empedernido,

Canto triste del aliento fúnebre.

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El vídeo del domingo: “Dentro del jardín Zen”

El vídeo del domingo: “Dentro del jardín Zen”

 

DENTRO DEL JARDÍN ZEN
Imagen: Pixabay.com

 

 

¡Feliz domingo! Una nueva semana que acaba y aquí me tenéis de nuevo, dando la brasa (nunca mejor dicho, tanto por la imagen, como por el calor que nos está derritiendo aquí en España).

Como cada domingo, comparto con vosotros uno de los nuevos vídeos que voy subiendo a YouTube. Esta semana he puesto voz a un relato que quizá os suene a muchos de vosotros, pues no hace tanto desde su publicación. A lo mejor un par de meses, como mucho.

Pero como ya sé que somos muuuuuchos y que no os podéis acordar de todo (si alguien puede, por favor, que me cuente el secreto), os voy a refrescar la memoria dejando aquí el enlace a la publicación original.

Y ahora comparto con vosotros el vídeo preparado:

Y ya que estoy aquí, voy a aprovechar para deciros que, por supuesto, estáis todos invitados a pasar por mi canal, que tiene contenidos nuevos prácticamente a diario. Aquello es vuestra casa, igual que este humilde espacio que comparto con vosotros. Y, si os gustan los contenidos, os animo a darle suscribiros, darle a like y si dejáis algún comentario, ya si que os estaré eternamente agradecida.

Mis mejores deseos para todos vosotros, en forma de besos de luz. Que paséis un feliz domingo y tengáis un estupendo comienzo de semana.

Por capítulos: “El viaje de Tita (IV)”

 

EL VIAJE DE TITA
Imagen: Pixabay.com

 

 

Parte I          Parte II        Parte III

 

EL VIAJE DE TITA (IV)

Era enorme, un río de dimensiones que yo jamás hubiese llegado a imaginar. Y había algo más. El olor. Aquel gigantesco río tenía un olor salado, y los peces que habitaban en sus aguas eran muy diferentes a los que yo había ido encontrando en mi camino. Eran más grandes, más vivaces, muchos de ellos no dejaban que te subieses encima, pero la mayoría de ellos eran super divertidos.

Fluvi y yo seguíamos cogidas de la mano cuando llegamos a aquel gigantesco río. Cuando preguntamos a las gotas más ancianas que habían logrado sobrevivir a los rápidos del río anterior, muchas de ellas no tenían una respuesta, pero algunas nos hablaron de un lugar inmenso llamado mar, del que habían oído hablar en las leyendas, en el que todas nosotras nos convertíamos en saladas.

¡Así que aquello debía ser el mar! ¡Habíamos llegado al mar! Yo estaba como loca. Fluvi, no tanto, había oído hablar antes del mar y le tenía un gran respeto. Había oído de corrientes marinas que te arrastraban hacia sus adentros hasta que quedabas olvidada en aquella gigantesca masa de agua con un montón de compañeras desconocidas. Y otras que te arrastraban hasta la orilla, y quedabas consumida por un sol que te secaba sin piedad al instante. Yo agarré más fuerte aún a Fluvi de la mano y le prometí que, pasase lo que pasase, siempre lo pasaríamos juntas. Eran momentos en los que yo tenía que hacerme la fuerte, aunque por dentro estuviese temblando por las historias que me había contado Fluvi.

Pasamos unos días estupendos en aquel mar, nos volvimos saladas y frías, cuando siempre habíamos sido dulces y… bueno, frías siempre lo fuimos. Jugamos un montón juntas, con otras gotas amigas y con los animales marinos que por allí vivían. Ninguno de ellos quería hacernos daño. Más bien parecía que tenían una lucha entre ellos, en la que los peces más grandes querían comerse a los más pequeños. Con nosotras siempre eran encantadores, nos invitaban a subir a sus lomos y lo pasábamos de miedo. Cuando el mar se alborotaba, formando grandes olas, eran los peores momentos, porque nos veíamos arrastrados por una infinidad de compañeras que venían empujando con gran fuerza. Fluvi y yo nos cogíamos fuerte de la mano, para no separarnos en ningún momento.

Pasamos una época muy buena junto con nuestras compañeras en el mar. No sabría deciros si pasaron días, meses o años, tened en cuenta que para mí el tiempo no existía hasta que caí a aquel río lodoso. Todavía no controlo bien eso del tiempo. Sé que pasaron varios soles y varias lunas. Todas nosotras vivíamos felices, con una libertad que no habíamos sentido nunca antes. Pero llegó una época especialmente calurosa, en la que el sol azotaba fuerte la superficie del mar. Muchas de nuestras amigas que habían decidido establecerse en los lugares más profundos de aquellas aguas, no tuvieron ningún problema. Pero Fluvi y yo éramos demasiado jóvenes para instalarnos de esa manera.

Nosotras estábamos siempre en la superficie, enloquecidas con las olas, viendo a los astros pasar uno detrás de otro, haciendo un peculiar giro. Tras aquellos días de inusual calor, comenzamos a sentir algo en nuestros pequeños cuerpos de gotitas. Parecía como si poco a poco nos fuésemos desintegrando. Fluvi y yo nos agarramos muy fuerte para no perdernos en ningún momento. ¡Madre, mía! ¡Nos estábamos evaporando! Y así, en forma de vapor de agua, y siempre cogidas de la mano, subimos poco a poco flotando hasta el cielo.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “El viejo roble”

El relato del viernes: “El viejo roble”

 

EL VIEJO ROBLE
Imagen: Morguefile

 

 

EL VIEJO ROBLE

Todas las mañanas iba a sentarse a la sombra del viejo roble que había en el fondo de su jardín. Era su rincón preferido cuando quería estar a solas, desde que era pequeñita. Se sentía resguardada bajo sus grandes y frondosas ramas, que proyectaban una gran sombra a su alrededor.

Nunca había faltado a su cita con el viejo roble. Desde que tuvo uso de razón, recordaba esos momentos a solas con él. Cuando era una niña, le cantaba canciones y le contaba cuentos. Era como una especie de amigo imaginario. Y el viejo roble siempre la escuchaba.

En la adolescencia, se refugiaba bajo sus ramas y le hablaba de sus primeros amores. En su tronco quedaron para siempre talladas las iniciales de los novios que, en su ingenuidad, pensaba que serían para siempre. Debajo del gran árbol estudiaba, leía y, sobre todo, escribía. Esa era su gran pasión. La escritura. Tenía un cuaderno lleno de poemas que iba escribiendo siempre bajo la sombra de su árbol, en su rincón particular. Nunca escribía si no era allí. 

Nunca le importó si hacía frío o calor. En los duros meses de invierno, cuando el frío arreciaba aunque en su zona no solía nevar, se acompañaba de una inmensa manta que arrojaba sobre el suelo y se sentaba sobre ella, asegurándose siempre de cobijar una parte de su viejo amigo. Incluso si los días salían lluviosos, tampoco faltaba a su cita, pues la frondosidad de las ramas era más que suficiente para protegerla de la lluvia. En cambio, durante los meses de verano, cuando el calor era tan sofocante, el roble la protegía con su sombra y mecía sus hojas para proporcionarle una brisa refrescante.

El pie del viejo roble se llegó a convertir en un lugar necesario para su existencia. Era incapaz de dejar pasar un día sin pasar un rato a solas con él, hablándole, leyendo, escribiendo o, simplemente sumida en sus pensamientos. Junto a él había tomado muchas decisiones que habían sido muy importantes en su vida. Y sentía como si el gran árbol le diese el visto bueno en algunos casos, o le reprochase algo en otros.

Cuando le detectaron la grave enfermedad, se dio cuenta de que solo necesitaba estar con su amigo el roble. Él fue quien la consoló, el que recogió sus lágrimas y alimentó sus raíces con ellas, el que sintió sus abrazos, cuando no le apetecía abrazar a nadie más. Solo tardó unos días en aceptar su destino y quiso vivirlos en su rincón, sin compañía.

Cada día que pasaba se notaba el avance inexorable de la enfermedad, y a la par lo iba sintiendo el gran viejo roble. Sus hojas se iban caducando a medida que avanzaban los días, a pesar de encontrarse en plena primavera.

Un día, temprano en la mañana, alguien a quien nunca había visto el viejo roble llevó a su amiga en una silla de ruedas hasta él. Ya no tenía fuerzas ni para caminar. El viejo árbol sintió cómo algo se le quebraba por dentro. La savia no circulaba por sus ramas, apenas llegaba a subir unos metros por su tronco. Ella lo abrazó, a su fiel compañero, mientras iba perdiendo las escasas fuerzas que le quedaban. Y con aquel abrazo el árbol lloró. Lloró la poca savia que circulaba en su interior y se encontró por primera vez vacío. Los ojos de su amiga se cerraron y sintió cómo los suyos se cerraban también.

Cuando su familia fue a buscar a la muchacha, la encontraron abrazada a un árbol muerto. Un árbol que había perdido toda razón para vivir.

Ana Centellas. Junio 2017, Derechos registrados.

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Los 52 golpes – Golpe #21 – Tensión no resuelta

Los 52 golpes – Golpe #21 – Tensión no resuelta

 

TENSIÓN NO RESUELTA
Imagen: Pixabay.com

 

 

TENSIÓN NO RESUELTA

Lo último que recuerdo es que perdí el conocimiento. Fueron solo unos instantes, apenas unos segundos, en que mi consciencia fue desapareciendo hasta dejarme sumida en un cálido sueño. La relajación era total.

Abrí los ojos apenas unos momentos después y no recordaba nada. Ni mi nombre, ni dónde estaba, nada. Lo único que podía ver era una bruma densa y calurosa. Calor, mucho calor. Sí, hacía muchísimo calor. Las gotas de sudor resbalaban por mi cuerpo presurosas, recorriéndome entera. Caían desde mi frente, para deslizarse entre mis pechos y perderse en los confines más bajos de mi biquini. Mi respiración era jadeante.

Un agradable aroma reinaba en aquel lugar. Diría que era eucalipto, como si quisiese dar un toque de frescura a todo aquel calor, a aquel vapor que lo cubría todo y me impedía ver más allá de mis propias piernas. Estaba tumbada en una especie de banco de piedra y, aparentemente, no había nadie más conmigo. Me incorporé y me quedé sentada, en posición de indio, intentando averiguar dónde me encontraba.

Un sonido a mi derecha me hizo saber que no estaba sola en aquel lugar. En el fondo sentí un gran alivio, pero también sentí una mezcla de ansiedad y desconfianza. No sabía quién se encontraba allí conmigo. No tardé mucho en descubrirlo, pues una persona se levantó de su lugar y vino caminando perezosamente hacia mí. Era un chico que yo no conocía de nada, pero que se acercó hasta sentarse peligrosamente cercano a mí.

—Menos mal, creí que no despertarías, estaba a punto de avisar. Mucha gente entra aquí sin saber los riesgos que tiene, una caída de tensión podría haber sido mortal. Pero, por suerte, ya has despertado. —me cuasi susurró al oído con una voz poderosamente masculina— ,y veo que estás bien, muy, muy bien.

Dios, su voz sonaba tan increíblemente erótica que en ese instante no supe ni reaccionar. Las gotas de sudor seguían deslizándose de manera continua por mi cuerpo, pero había otra parte de mi anatomía que se había humedecido mucho más con aquellos susurros. Era perfecto, vestido únicamente con un slip negro, estaba tan sudoroso como yo. Un impulso me llevó a acariciar sus marcados abdominales. Él, en correspondencia, acarició cuidadosamente uno de mis pechos con el dorso de su mano, para retirar parte del sudor que allí se acumulaba, adentrándose algo más de lo permitido en el sujetador de mi biquini.

Ante aquel gesto, mis jadeos aumentaron e incliné mi cabeza hacia atrás, en un claro gesto de ofrecimiento que él no tuvo dudas en interpretar. Ya desnudos los dos, nuestros cuerpos resbalaban por las gotas de sudor que nos impregnaban a ambos. Su erección era muy poderosa y mi sexo estaba más que lubricado. Me senté sobre él y me acoplé a su cuerpo.

Durante minutos solo se escucharon nuestros jadeos dentro de aquella bruma vaporosa con olor a eucalipto. Recuerdo estallar en el mayor orgasmo de mi vida, con un completo desconocido en un lugar que ni siquiera sabía cuál era. Pero era feliz, dichosa, el placer me colmaba.

Cuando abrí los ojos, me encontré en los brazos de aquel chico, cuyo nombre ni siquiera conocía. Me sostenía con cara de preocupación, mientras me sacaba al exterior de aquel lugar brumoso.

—Menudo susto me has dado — , me dijo—. Ha sido tremendo. Estabas sentada y de pronto te has desmayado sobre el asiento de piedra. Tendrás que revisar que no tengas un buen chichón. Te he sacado lo antes posible, menos mal que te veo despierta.

—¿Qué… qué ha pasado? —, pregunté con timidez.

—Te habrá dado una bajada de tensión mientras estábamos en el baño turco. No sé cuánto tiempo llevarías allí, porque cuando yo entré ya estabas. Has tenido suerte de no haber estado sola cuando ocurrió.

Le agradecí su atención, y fue entonces cuando sentí la sensación de deseo no satisfecho. ¿Qué podía hacer ahora? Con mucha discreción, me dirigí hacia el baño. Dicen que la tensión sexual no resuelta puede tener consecuencias fatales para la salud. Y yo siempre he sido una chica muy, muy sana.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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Este relato es el número 21 para los 52 golpes, ya vamos llegando casi, casi al ecuador del proyecto, es fantástico. Los relatos 22 y 23 ya están disponibles y ahora me pondré con el 24.

Por cierto, definitivamente, tanto calor me está afectando, jajajajaja.

La habitación 308

La habitación 308

 

LA HABITACIÓN 308
Imagen: Pixabay.com

 

LA HABITACIÓN 308

 Todavía no sabía qué era lo que hacía yo exactamente en Barcelona. Desde que recibí aquel correo electrónico de una supuesta conocida de la familia que tenía algo importante de lo que hablar conmigo, no había podido conciliar el sueño. Era cierto que los orígenes de mi familia estaban en Barcelona, pero se remontaban a varios siglos atrás, cuando toda la familia se trasladó a Bélgica y jamás habían vuelto a España.

Yo no tenía ni idea de español, y un amigo mío me ayudó a desentrañar el mensaje que me enviaba aquella supuesta amiga de la familia, varios siglos después. Pudiese ser que algún miembro de mi familia hubiese mantenido contacto con alguien de España y que ese contacto se hubiese mantenido en secreto por parte de esa rama durante centenares de años, pero no entendía qué tenía que ver precisamente conmigo.

Pero como la curiosidad mató al gato, me puse en contacto con esta señora e inevitablemente coordiné una cita con ella. La única condición que me puso fue que me dejase gestionar a ella la reserva en el hotel, pues conocía uno que estaba muy cercano a su domicilio y que tenía mucho que ver con nuestro pasado. ¿Nuestro? Me pregunté. ¿En qué momento habíamos emparentado y yo no me había dado cuenta?

En fin, que me pudo más la curiosidad y accedí de buen gusto a sus intenciones de conocernos en Barcelona. Al fin y al cabo, ella se había ofrecido al pago del viaje y por la foto se veía una señorita joven de bastante buen ver.

Mi vuelo llegó a las cinco de la tarde, pero ella, Elisa se llamaba, me insistió una y otra vez en vernos por la mañana en el salón de desayunos del restaurante, en concreto a las diez de la mañana. Supuse que se trataría de una dama caprichosa de la alta sociedad barcelonesa o que tenía las tardes bastante ocupadas y se retiraba a dormir pronto.

El taxi me llevó directamente desde el aeropuerto de El Prat al hotel. El hotel 1898 se trataba de un establecimiento de estilo colonial situado en plena Rambla barcelonesa. En primer lugar fui a recepción a hacer el check-in, mientras me maravillaba del esplendor del hall. Me quedé de piedra cuando en una placa estaba grabado que el hotel estaba ubicado en la casa de mi familia, que fue donada para ello un par de siglos atrás. No tenía ni idea de ello, jamás se había hablado en casa de la época española de la familia, aunque llevásemos el apellido español en primer lugar los varones nacidos de varones. Siempre teníamos que dar explicaciones por ello, pero nunca nos habíamos aventurado a saber nada más. En la familia siempre hubo cierto secretismo al respecto que yo, por supuesto, no iba a romper.

Cuando me dieron el número de la habitación, el número 308, algo se paró dentro de mí. Durante unos segundos estuve tentado de solicitar el cambio, no sabía por qué. Por eso mismo, por ser una intuición absurda, no dije nada, aunque el mal presagio se vino conmigo hasta que el portamaletas la abrió y me dejó a solas en ella. Entonces ya comprendí por qué había tenido aquel mal presentimiento. Sobre la cama, presidiendo la habitación, con grueso marco macizo de madera de roble, se encontraba un enorme cuadro. La habitación era preciosa, moderna dentro del estilo colonial, con un enorme balcón desde el que se podía contemplar la Rambla en todo su esplendor. Todo era maravilloso, incluido el baño con un enorme jacuzzi que hacía tiempos que no conocía, y no faltaba ningún detalle.

Solo aquel enorme cuadro sobre la cama me sobresaltaba de una manera extraordinaria. Eso fue lo que me llevó a dejar mi pequeña maleta sobre la cama, apagar la luz para no volver a ver aquella pintura y lanzarme a la calle a dar un paseo. La tarde estaba bastante agradable y no supuso ninguna sospecha en el hotel que saliese nada más llegar.

Estuve dando paseos por Barcelona, siguiendo un plano turístico de la zona que había conseguido en el mismo hall, hasta la noche. Realicé una cena ligera en uno de los múltiples restaurantes que había, en horario europeo, temprano para el horario local, a juzgar por las pocas personas que estaban cenando en aquellos momentos.

Al llegar de vuelta al hotel, retrasé todo lo que pude el regreso a mi habitación, dando una vueltecita por el bar. El ambiente era de lo más agradable, una mujer al piano ponía el hilo musical perfecto, la luz relajada le confería un ambiente de lo más íntimo y unos cómodos butacones invitaban a pasar allí horas y horas. Después de mi cuarto gin-tonic, ya consideré que era el momento de regresar a la habitación, si no quería que me llevase arrastrando algún mozo del hotel.

Abrí la habitación con mano temblorosa, encendí la luz, cerré los ojos por unos instantes y, al abrirlos, seguía allí, el mismo cuadro presidiendo la habitación que había dejado unas horas antes, justo antes de mi escapada. Tras volver a mirarlo con mayor determinación, estuve a punto de suponer que era una broma de mal gusto pero, ¿quién podría estar interesado en hacerme eso a mí? ¿Y por qué? Había demasiados interrogantes en aquel viaje, y solo los podría aclarar la señorita con la que había quedado a la hora del desayuno.

Así que me puse el pijama y me introduje en la enorme cama, justo bajo el enorme retrato de mí mismo que había sobre el cabecero de roble. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo al situarme bajo él, pero decidí hacer caso omiso a aquella sensación, por absurda. Me dispuse a dormir, eso sí, bien cubierto con la sábana hasta la cabeza. Tenía la impresión de que si conseguía superar aquella noche, iba a ser un gran logro o un gran secreto me iba a ser revelado.

No fui capaz de conciliar el sueño en toda la noche. El volumen de mi respiración sonaba alto, casi como si fuesen tenues jadeos de terror y los escalofríos no cesaban. En un momento dado, noté como el eco de mi propia respiración fuera de la cama. Creía que no iba a poder soportarlo más y fui a levantarme para vestirme y salir a pasear a la calle. Mi rostro se quedó por completo pálido al comprobar que frente a mí, se encontraba el joven del cuadro, yo mismo un par de siglos atrás y con distintos ropajes, respirando un gélido aliento que se manifestaba en el aire cálido de la habitación como un vapor fantasmagórico.

—Ya era hora, ¡creí que no ibas a abrir los ojos nunca! Por fin has llegado para deshacer la maldición. Ahora que me has visto, permanecerás dentro del cuadro hasta que el próximo descendiente por línea directa duerma dentro de esta habitación. Ha sido un placer conocerte, querido…

—John… —contesté tartamudeando, mientras veía cómo era arrastrado por una fuerza sobrenatural hasta quedar integrado dentro del cuadro que presidía la habitación.

A la mañana siguiente, una joven dama de la alta sociedad barcelonesa se dirigía directamente a una de las mesas del salón de desayunos del hotel 1898. En ella le esperaba un joven vestido con sus mejores ropas de sport que, al verla llegar, se levantó solícito para retirarle la silla que se encontraba frente a él.

—Cuánto has tardado, querido Andrés. —le dijo ella mientras le daba un suave beso en los labios.

—Parece que han sido siglos, querida Adelina.

Ana Centellas. Marzo 2017. Derechos registrados.

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Este libro recoge el trabajo colectivo de los autores:

Silvia Salafranca, Melba Gómez, Verónica Boletta, Conchi Ruiz, Frank Spoiler, Paulina Barbosa, Ana Centellas, Antonio Caro, Javier Reina, Pedro García, Gema Albornoz, J. re crivello

Todos participan en el Taller de Escritura FlemingLAB bajo la dirección de Juan re crivello.
En un hotel de Barcelona situado en la Rambla en un antiguo edificio de más de 100 años donde estuvo el monopolio de tabaco para Filipinas y luego fue transformado en un hotel de lujo, está la habitación 308 y en ella ocurren cosas extrañas.
El relato Breve y el género de Terror se dan cita en esta propuesta en la cual les invitamos a saborear cuentos cargados de ternura, rareza, miedos, amor, y ambigüedades.

¡Que lo disfruten!
FlemingLAB Taller de Escritura

Yo os dejo aquí mi relato para que os abra boca, y sintáis curiosidad por conocer el resto de escalofriantes historias que incluye este maravilloso libro. Para los que aún no disponéis de él podéis comprarlo en Amazon.

¡Animaos que os va a gustar!

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