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Imagen: Morguefile

 

 

¿VOLAMOS?

Caminaba por desiertos solitarios llenos de arena, viendo espejismos ilusionistas de gran belleza. Me hipnotizaban, no podía dejar de mirarlos e intentar llegar a ellos. Pero por más que intentaba alcanzarlos, se desvanecían en el aire como por arte de magia.

Mi única opción en esos momentos era seguir caminando por las cálidas arenas del desierto, sin vegetación, lleno de inmensas dunas que cada vez me resultaban más costosas de subir. Y también de bajar.

Comenzaba a hablar solo. La falta de compañía había empezado a hacer estragos en mí, más incluso que la falta de alimento o de agua. Tenía conversaciones conmigo mismo sobre el final que tendría aquel extraño viaje que había emprendido. Finales felices aparecían de forma constante en mi mente, y yo me los contaba en voz alta. Incluso me respondía a mí mismo. Había una parte de mi ser completamente escéptica a aquellos finales y otra que, por el contrario, creía en ellos con profusión.

Mi cuerpo comenzaba a mostrar las primeras marcas de la desolación en la que vivía. Las ropas me quedaban grandes a cada paso que daba. El rostro, cada vez más demacrado, por lo que podía observar a través del tacto, ya que no disponía ni de un mísero espejo para mirarme. Una incipiente barba comenzaba a asomar, áspera, ruda.

Creo que solo llevaba unas horas caminando por aquel inmenso desierto. Mi mente había olvidado por completo el motivo por el que me encontraba allí, pero tenía un pensamiento recurrente acerca de un final feliz.

Las aves rapaces sobrevolaban en el cielo, siguiendo mi paso, intuyendo que podría consistir su posible alimento de aquel día, o del día siguiente a lo sumo. No tenía agua, y la sed me consumía. Sentía la quemazón en la garganta seca por ausencia del  preciado líquido.

Y cada vez que aparecía ante mis ojos un precioso eclipse, mis ojos se iluminaban, mi parte positiva comenzaba a hablar con la parte negativa. ¿Ves? Te lo dije. Que este sufrimiento no tardaría mucho en acabar. Al fin y al cabo yo no había hecho nada para merecer aquello. Pero una vez más el oasis desaparecía y la parte negativa tomaba la voz cantante. ¿Ves? Te lo dije. Que de esta no salimos. De mis ojos ya no podía brotar ni una sola lágrima.

El cielo se oscureció de pronto. Me llamó mucho la atención, ya que no había podido contemplar la puesta de sol, sin duda un excelente espectáculo que disfrutar, aun en las condiciones en las que me encontraba. Pero no, el sol se escondió en décimas de segundo y la oscuridad se cernió sobre mí. Aquel desierto, durante la noche, era oscuro como la boca de un lobo, por lo que seguir caminando ya no tenía sentido alguno. Me acurruqué contra la ladera de una duna y me dormí con rapidez. El cansancio era excesivo y se notaba.

La noche fue agitada, los sonidos de las aves rapaces sobre mi cabeza seguían allí, aunque yo no pudiera contemplarlas. Pero, al parecer, ellas no habían perdido de vista su objetivo. Los sonidos más tenues rompían mi sueño con facilidad, susurros en la arena, quizá alguna lombriz deslizándose, ¿o una serpiente? No tenía ni idea de la fauna que escondía aquel pantagruélico desierto, ya que durante el día parecía no haber ni una sola vida sobre aquellas tierras. Nada más las carroñeras del aire. Hacía frío por la noche, pero no tenía nada con lo que cubrirme. Eso también interrumpía mi sueño. Lo que me faltaba, morir congelado, antes que de inanición o de sed.

La mañana llegó mucho antes de lo esperado. Y, al igual que la noche, lo hizo de repente, sin previo aviso. Un sol cegador y abrasador ya estaba sobre mí cuando decidí recuperar el camino hacia ningún lugar en concreto. Solo llevaba alrededor de una hora caminando, cuando vislumbré en el horizonte unas grandes rocas con un hueco entre ellas. ¿Qué esconderían detrás?

Mi pensamiento positivo daba saltos de alegría, por fin íbamos a llegar a un lugar donde comer, beber y darnos una buena ducha. Mi pensamiento negativo, en cambio, insistía en que todos los esfuerzos que hiciéramos serían inútiles, porque aquellas grandes rocas se desvanecerían a medida que nos fuésemos acercando.

Pero no lo hicieron. Llegué hasta ellas como pude, caminando renqueante, arrastrándome en ocasiones, y no se desvanecían. Continuaban allí, cada vez más cercanas. Hasta que llegó el momento en el que nos encontrábamos a sus pies. Mi alma quedó desolada cuando pude comprobar que no había ninguna forma de vida allí, ni alimento, ni ningún manantial con el que saciar mi sed, que ya era tan fuerte que casi me impedía respirar con normalidad. Además del calor abrasador que seguía calando mi ya escuálido cuerpo. Al menos a la sombra de aquellas rocas encontraría algo de alivio.

Después de un pequeño descanso a la sombra, me dispuse a asomarme por el hueco abierto entre ellas. Mi boca se abrió automáticamente, sin que mi derretido cerebro tuviese necesidad de darle orden alguna. Al otro lado había un gran abismo. Pero en el fondo del mismo todo eran vergeles, manantiales, animales, incluso quise adivinar un pequeño poblado.

Sin dudarlo dos veces, me lancé al abismo. Y volé. Volé hacia abajo más deprisa de lo que jamás hubiese podido imaginar. Estaba volando hacia la libertad. ¿Queréis volar conmigo? ¿Volamos? ¡Volemos!

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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19 comentarios en “El relato del viernes: “¿Volamos?”

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