EL ETERNO OCASO
Imagen propia. Registrada.

 

 

EL ETERNO OCASO

 

Cabalgaban juntos por la playa cuando él le declaró su amor. Eran apenas unos chiquillos. Ella, acababa de cumplir los trece. Él, apenas llegaba a los quince. El suyo era un amor puro, sincero, propio de su edad. Disfrutaban al máximo del tiempo que pasaban juntos, de la playa, del sol, de las largas tardes de ocio y las interminables puestas de sol.

Ella estaba convencida de que él era el amor de su vida e imaginaba una gran boda, de la que saldrían cabalgando por la playa, ya como marido y mujer. Él estaba convencido de que ella era la mujer de su vida, de que tendrían muchos hijos juntos y envejecerían contemplando aquellos maravillosos ocasos.

Fueron años hermosos. Años cargados de cariño, de amor, de inocencia, de suspiros, de ganas contenidas, pues eran aún muy jóvenes. Ninguno imaginaba la vida sin el otro. Era uno de esos amores que solo los años juntos, las infancias compartidas, los juegos al aire libre y los paseos a caballo eran capaces de conseguir. Era uno de esos amores inquebrantables.

Pero llegó la mayoría de edad de él y, con ella, la tan temida separación. Se despidieron entre lágrimas. Verdaderas lágrimas de dolor se derramaban por las mejillas de ambos. Él se fue a la capital, a estudiar Bellas Artes, a dejar fluir al artista que llevaba en su interior y había estado reprimido durante tanto tiempo. Ella, por desgracia, estaba atada al negocio familiar, su familia esperaba que ella continuase con él, y su interior le decía que debía hacerlo.

Él se fue dejando una promesa, cada fin de semana iría a verla, a renovar su amor durante instantes, a no dejarlo caer en el olvido. Y ella suavizó su pena con esa promesa. Durante los primeros meses fue así. Ella le esperaba todos los viernes en la playa, en su rincón, contemplando el hermoso atardecer, el bello ocaso. Y su amor siempre volvía, a su lugar, a su sitio, a su cariño.

Con el pasar de los meses él decidió cambiar la vida en el pequeño pueblo costero que les vio crecer por una vida más bohemia en la gran ciudad. Ella fue a esperarle, como cada viernes, pero el ocaso terminó y él había roto su promesa. Aún así, continuó esperándole, acompañada del sonido del mar, de las aves y del viento de su tierra natal.

Esperó, esperó y esperó, hasta que el viento la fue cubriendo de arena por momentos. Nadie consiguió que se separase del lugar donde esperaba a su amado, sabía que él no rompería su promesa. Mientras, el viento la iba cubriendo más y más de arena, hasta cubrirla por completo. La humedad y el salitre hicieron el resto, convirtiendo a la bella muchacha en la más hermosa estatua de arena sobre la playa. La eterna enamorada, la llamaban su familia y las gentes del lugar. La que estuvo esperando en el eterno ocaso.

Cuando él, por fin, recapacitó y regresó a por su niña, habían transcurrido dos largos años. Cuando preguntó por ella, la gente le guió hacia su lugar. Hermosa, altanera y con expresión de añoranza, se encontraba su amada, convertida en arena, inquebrantable, inamovible, irrecuperable.

Sus lágrimas de dolor solo se vieron apaciguadas cuando un pequeño, con sus mismos rizos rubios y la misma expresión dulce de su amada, se acercó hasta él con pasos torpes y le dijo, muy cerca de su cara mojada, con la voz más tierna del mundo, papá.

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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20 comentarios en “El relato del viernes: “El eterno ocaso”

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