LOS COLORES MÁGICOS
Imagen: Pixabay.com

 

Capítulo I       Capítulo II      Capítulo III      Capítulo IV

A Jaime solo le quedaban por utilizar las pinturas al óleo. El maletín traía una paleta de madera donde distribuirlas y mezclarlas a su antojo. Pero necesitaría un lienzo donde utilizarlas. No le importaba no tener un caballete, ya se las apañaría, pero lo que sí quería era un lienzo. Estuvo varios días pidiéndoles a sus padres que le comprasen uno. Hasta que, por fin, lo consiguió.

Aquel viernes por la noche fue incapaz de dormir, pensando en el cuadro tan maravilloso que podría pintar y en las aventuras que este le haría vivir. Tendría que pensar muy bien lo que iba a pintar, si no quería verse metido en problemas. Serían cerca de las seis de la mañana cuando decidió qué era lo que iba a pintar. Los primeros rayos de sol ya se colaban por las rendijas de la persiana cuando, por fin, cayó rendido en un plácido sueño.

El sábado se levantó temprano. Apenas había dormido un par de horas, pero no le importó. Estaba ansioso por pintar el cuadro que había elegido, seguro que quedaba fantástico. Sus padres pasarían buena parte de la mañana haciendo limpieza en casa, así que disponía de bastante tiempo antes de que le interrumpieran. Tomó su desayuno en un visto y no visto y corrió a encerrarse en su habitación.

Tomó uno de los flamantes pinceles que venían junto con las pinturas al óleo, puso varios colores de las mismas en la bonita paleta y comenzó a hacer trazos sobre el lienzo. Como las veces anteriores, los pinceles se deslizaban con una facilidad pasmosa por el mismo. Él, que jamás había pintado un cuadro, estaba super contento con lo que iba saliendo. Se pintó a él mismo, junto con su familia, pasando un estupendo día en el campo.

Un río de tranquilas aguas fluía a la vera de la vega donde estaba disfrutando con su familia. Las pinceladas hacían que el río pareciese real, con un azul oscuro que contrastaba con el azul claro del cielo, donde brillaba un espléndido sol. Jaime y su hermana saltaban desde una roca a las frescas aguas del río, mientras sus padres preparaban una rica barbacoa en la orilla. Unos altos álamos proporcionaban la sombra que necesitarían después para comer todas aquellas cosas ricas que sus padres estaban preparando.

Cuando dio por finalizado el cuadro, se sintió de lo más satisfecho. Era todo un artista, cuando lo viesen sus padres se iban a volver locos de alegría y seguro que le apuntaban a la escuela de arte. Dejó el pincel en un vaso de agua que había preparado, puso la paleta de pinturas sobre la cama, y de inmediato se sintió trasladado al interior del cuadro. Disfrutó de una jornada inolvidable junto a su familia y, después de la deliciosa comida, se quedo tranquilo, dormitando a la sombra de uno de los altos álamos que crecían en la orilla del río.

Era ya la hora de comer y los padres de Jaime estaban extrañados de que no hubiese salido de su habitación en toda la mañana del sábado. Abrieron con cuidado la puerta y le encontraron dormido, agotado, sobre la cama, con la ropa empapada. El lienzo estaba lleno de pinceladas sin sentido, justo al lado de la cama. Cuando le despertaron, Jaime estaba por completo perdido. ¿No estaba en el río con su familia? ¿Por qué de repente estaba en su cama? Entre sus manos, estaba la flor que cortó para su madre justo antes de quedarse dormido. Entonces recordó sus pinturas. ¡Era el momento de decírselo a sus padres! ¡Aquellas pinturas eran mágicas y, además de poder hacer unos dibujos preciosos, te adentrabas dentro de ellos!

—Jaime, cariño, la imaginación es capaz de hacer cosas maravillosas. Incluso puede hacer que unas pinturas normales puedan ser… ¡mágicas! Tienes una imaginación desbordante, mi cielo…

La contestación de su madre le dejó descolocado. Fue hasta el lienzo, para enseñarles el magnífico cuadro que había pintado, y lo encontró lleno de pinceladas sin orden. Corrió hacia sus cajones, en busca de su bloc de dibujo. Ahí estaban todos los preciosos dibujos que había hecho los días anteriores. Se quedó boquiabierto cuando vio que los dibujos eran meros garabatos, como los que siempre le salían. Las personas eran monigotes de brazos y piernas rectas y el dragón más bien parecía un cocodrilo raro. ¿Era posible que todo hubiera sido producto de su imaginación? No pudo evitar romper en llanto.

Su madre le consoló diciéndole que tener imaginación era lo mejor que podía pasarle, y que eso era extraordinario, que él era especial. Más calmado, pidió a sus padres unos minutos para cambiarse de ropa antes de ir a comer.

Con la ropa ya seca, contempló la flor que había quedado sobre la cama. Si todo había sido fruto de su imaginación, ¿cómo es que tenía la flor allí? Abrió el cajón donde había guardado el resto de cosas y, con una sonrisa, guardó la flor junto con el mechón de pelo rubio de la princesa, la preciosa concha que había recogido de la playa y la flor de lavanda que olía tan bien. Sabía que no lo había imaginado, quizá los dibujos no fuesen tan espectaculares como él había pensado, pero las historias vividas habían sido reales. Y eso era algo que solo él sabría. Su gran secreto.

Gracias a las pinturas mágicas, quizá no sería un gran artista, pero eran muchas las aventuras que le quedaban por vivir.

FIN

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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19 comentarios en “Por capítulos: “Los colores mágicos (V)”

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