EL EGO DEL ESCRITOR

 

 

EL EGO DEL ESCRITOR

El escritor se hallaba sentado en el patio sobre un cómodo sillón. Recostado con desgana, tenía preparados sobre la mesa su cuaderno y su flamante pluma. Era primera hora de la mañana, cuando el calor era menos acuciante, y tenía la mente fresca, su hora preferida para escribir.

A su lado, un café humeante lanzaba bocanadas de vapor al aire fresco de la mañana. El humo de un cigarrillo ayudaba a enturbiar el claro ambiente matutino. Estaba a punto de despuntar el sol y nuestro escritor sonreía relajado, mientras fumaba con calma su primer cigarrillo del día. Detrás de ese vendría muchos más, pero él aún no lo sabía.

Se deleitó tomando con tranquilidad el café que hacía unos minutos había preparado él mismo. Se sentía en la gloria, en el silencio de la mañana, con el café caliente recorriéndole el cuerpo y sin ningún tipo de prisa.

Su editor llevaba tiempo exigiéndole que le entregase su segundo manuscrito. El primero había sido todo un éxito y quería más. Su carrera despegaría como un cohete que cruzaría aquel cielo límpido y natural. Estaba tranquilo, un par de días de concentración en su antigua casa de veraneo le ayudarían a encontrar la inspiración que necesitaba. Hasta el momento ni siquiera se había planteado volver a escribir. Pero después de aquellos dos días de aislamiento, volvería con un best seller en la mano para contento de su editor.

Terminó su café y encendió un segundo cigarrillo. El sol ya comenzaba a lanzar sus primeros rayos sobre el pueblo. En unas pocas horas, el calor sería sofocante. Pero a él no parecía importarle. A fin de cuentas, era un gran escritor y podía regalarse aquel momento de tranquilidad antes de ponerse a trabajar.

Depositó la cajetilla de tabaco junto al cenicero y se puso manos a la obra. Tomó entre sus delicados dedos la cara pluma, que él mismo había comprado con los beneficios de la venta de su primera obra, y se dispuso a escribir. Una hora después, el cuaderno permanecía por completo en blanco.

El calor del verano comenzaba a hacer mella en su pequeño patio, tan acogedor a primera hora de la mañana. Llevaba ya varias horas allí sentado, mientras su consumo de tabaco se incrementaba de manera exponencial. Una palabra garabateada en el cuaderno, tachada con fuerza, era lo único que había sido capaz de exprimir de su cerebro nuestro buen escritor. Aquella hoja fue arrancada de cuajo, sin contemplaciones, arrugada y lanzada contra la pared más cercana.

Puso los ojos en blanco y comenzó a sudar a mares. No habría podido determinar si era debido al calor del verano o a la ansiedad que comenzaba a sentir ante aquella mañana tan infructífera. Esto no le había pasado nunca. Siempre se sentaba delante de un folio o de un teclado y las palabras fluían solas, mientras creaban una historia que se iba formando en su mente al compás de su escritura. Pero el bloqueo mental de aquella mañana le pilló por completo desprevenido.

Desabotonó algo más su camisa de lino para intentar aplacar el sudor y la ansiedad. No podía ser, él era un buen escritor, no le podía estar pasando aquello. Otro cigarrillo y un viaje a la cocina a por un botellín de agua fresca. Y el cuaderno seguía en blanco.

El cenicero, que con tanto cuidado había depositado sobre la mesa aquella mañana, estaba a rebosar de colillas malolientes. Su mente seguía pareciendo un campo yermo, sin ser capaz de escribir una sola palabra.

A pocos metros, sobre un árbol seco carente de hojas, se posó un pequeño pájaro de vivos colores. Contempló a nuestro escritor con curiosidad y comenzó a trinar para llamar su atención, quizá esperando que este le pudiese entregar algo de comida. El escritor lo miró, pero siguió a lo suyo sin prestarle atención.

El trino del pájaro seguía constante. Parecía feliz sobre aquel viejo árbol, parecía feliz mientras le contemplaba en su desesperación. El escritor se mesaba los cabellos, tapaba con las manos sus oídos, el trino del ave le estaba llevando a un estado de alteración sin antecedentes.

Se levantó de manera brusca de su sillón y fue a increpar al pobre pajarillo:

—¿Quieres dejar de trinar de una vez? ¿No ves que estoy intentando trabajar y me desconcentras? Por tu culpa no soy capaz de escribir ni una sola frase buena, por tu culpa me estoy quedando sin historia que contar. ¿Por qué no vuelas y te vas a trinar al árbol de otro?

El pájaro lo miró, torció la cabeza con un gesto de desaprobación y emprendió el vuelo, mientras pensaba: “Hay que ver el ego que tienen estos escritores. Siempre están culpando a los demás de lo que no pueden hacer por sí mismos.”

Aquel pajarillo voló a buscar otra rama donde seguir trinando feliz, mientras que nuestro escritor quedó solo en su patio, sumido en el más absoluto silencio, aferrado a su caja de cigarrillos, sin poder plasmar ni una sola palabra sobre su impoluto cuaderno.

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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27 comentarios en “El relato del viernes: “El ego del escritor”

  1. Buenos días Ana. Me gusto mucho leer tu relato. Yo tengo un periquito y cuando más quiero que este callado el más chilla. Pero si estoy concentrado en lo quiero hacer, es como si no lo escuchara, yo a lo mio. Lo que pasa, que los nervios de algunas persona, suele moléstale hasta el aire. Quería leerte antes de irme a la cama. Un gran abrazo y feliz viernes.

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      1. Discrepo, Ana. Con tu permiso: ¿No sería preferible poder vivir de escribir, aunque sea un bestseller, que tener que dejarnos el tiempo en cosas que no nos gustan para poder tener tiempo para escribir?
        No sé por qué somos tan críticos con los autores de esos libros, que tal vez no escriban lo que querrían, pero al menos pueden vivir de lo que les gusta.
        Si escribir al dictado es prostituirse, ¿no lo es más ponerles sellos a unos expedientes o pegar ladrillos, con todo el respeto para quienes hacen esas cosas?
        Yo creo que escribir best sellers es el menos malo de los castigos que desearía para mi mismo, porque me permitiría hacer lo que me gusta, y además ganarme el tiempo que querría tener para escribir lo que me gusta.

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      2. Evidente, yo preferiría vivir de escribir. Y de hecho, espero poder hacerlo algún día, si te soy sincera. Pero me niego completamente a escribir lo que otros quieran, porque entonces no estaría haciendo lo que me gusta. No pienso volver a prostituirme, Isra, ni escribiendo, ni poniendo sellos ni entregando balances. He llegado al punto de mi vida en el que solo quiero hacer lo que me guste, la vida es efímera… Y si mañana no estamos?

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      3. ¡Quien pudiera, amiga! A mí no me queda otra que tirar del carro y tratar de robar minutos cómo puedo para hacer lo que quiero.
        Pero, vamos, que si me pagaran por escribir, ¡que me echen lo que sea!

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      4. Por dios que conversación!! Cualquiera que nos lea 😂😂😂

        lo de autónoma te puedo dar un consejo: coge lo primero que encuentres a mano y dáte fuerte en la cabeza! 😫
        Luego te lo piensas, y si sigues con la idea, busca algo más duro.

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      5. Jajajajajaja muchas vueltas van ya, he hecho oídos sordos a todo el que me ha dicho “ni si te ocurra, estás loca” y me he guardado algunos buenos consejillos interesantes… Así que si puedo, lo haré. 😂😂😂

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