LOS COLORES MÁGICOS

Como siempre, os dejo con el relato completo para aquellos que os hayáis perdido algún capítulo o prefiráis leer del tirón.

 

LOS COLORES MÁGICOS

Cuando a Jaime, a la temprana edad de seis añitos, su tía Julia le regaló un maletín de pinturas, se sintió el niño más feliz del universo. Además fue un regalo inesperado, porque no era ni su cumpleaños, ni su santo, ni nada de eso. Se lo había regalado porque sí, porque le quería, y aquello hacía que el regalo tuviese por lo menos… ¡el triple de valor! Pero es que además no era un maletín de pinturas normal y corriente. No era la típica caja de lápices de color que le compraban sus papás, no. Aquel maletín tenía tres pisos. En el piso inferior, había lápices de colores que él ni siquiera conocía, además de una buena cantidad de pinturas de cera, de las blanditas, de las que a él le gustaban. Con ellas podía hacer unos dibujos estupendos, pintando con colores debajo y cubriéndolo todo del color negro después. Para terminar, hacía con un palillo, un bolígrafo o cualquier otro objeto punzante, un dibujo sobre la capa negra, obteniendo un precioso dibujo con los mil colores que había usado debajo.

En el segundo piso, dos largas hileras de rotuladores de todos los colores habidos y por haber. ¡Si incluso había uno de color carne! ¡Ese que era tan difícil de encontrar! Sus papás no le dejaban utilizar rotuladores, porque decían que se mancharía mucho, pero en el cole sí los usaba y ¡le encantaban! Esperaba que a partir de ahora, que tenía su nueva caja de colores, le dejasen usarlos porque con ellos era capaz de colorear los dibujos de una manera genial.

Pero lo que más llamó su atención fue el piso superior. Estaba repleto de pinturas que él jamás había utilizado. Había acuarelas, carboncillos, ¡e incluso óleo para poder hacer cuadros! Estaba tan entusiasmado con su nuevo estuche de pinturas que se pasó más de una hora contemplándolo, con miedo a tocarlo, para no desorganizar el código de colores tan bonito con el que venía vestido. Mientras, su madre y su tía tomaban un café hablando de sus cosas, sin niño que las interrumpiese.

El silencio de Jaime en la casa se hacía bastante notorio, pues estaban acostumbrados a los gritos y juegos del pequeño. Llegó un momento en que su mamá llegó a asustarse y animó a Julia para que fuesen a ver qué estaba haciendo su hijo. Se quedaron absortas cuando entraron en la habitación y vieron a Jaime sentado en el suelo, contemplando el maletín con embrujo, por completo en silencio y aún con cara de asombro. Pasaba la mano por los colores con delicadeza, como si temiese estropearlos.

Y lo cierto es que, desde aquel día, Jaime cuidaba su maletín como oro en paño. Le tenía reservado un lugar de honor en su pequeña estantería y no dejaba que nadie utilizase su gran caja de colores. Los trataba con un gran cariño, observándolos a cada momento. Y aún tardó varios días desde que recibió a aquel regalo tan especial hasta que se decidió a utilizarlos, como si tratase de evitar que se desgastasen.

Lo que no se imaginaba Jaime era de lo que aquellos colores le iban a hacer vivir.

Al cabo de varios días, casi una semana, a la vuelta de la escuela Jaime se decidió a abrir su enorme caja de colores. Decidió empezar por los lápices de colores. Tomó de uno de sus cajones un bloc de dibujo y comenzó a trazar líneas con su lápiz de grafito. El lápiz se deslizaba con demasiada facilidad sobre el papel y el trazo era muy definido para un niño de su edad.

Cuando contempló su dibujo, Jaime quedó maravillado. Era el mejor dibujo que sin duda había hecho nunca. Más que satisfecho con el resultado, decidió colorearlo con los lápices de color para que quedase espléndido. Empezó un poco temeroso, pues a él siempre se le salía el color del dibujo, con algunos rayajos que sobresalían por doquier. Pero, en esta ocasión, los colores se deslizaban con tanta facilidad que era imposible salirse del dibujo. El resultado fue de una precisión impresionante.

Sobre su bloc de dibujo aparecía imponente un precioso castillo con una princesa subida en la más alta torre. Un dragón furioso escupía fuego por la nariz mientras se aproximaba al balcón. La princesa tenía una cara de inmenso horror. Por una esquina del bloc, un valiente caballero asomaba espada en mano dispuesto a rescatar a la pobre princesa en apuros. Aquel dibujo era digno de estar expuesto en una de las mejores galerías de arte, o incluso en un museo.

Satisfecho con el trabajo que había realizado, Jaime se dispuso a cerrar el bloc. No quería que sus colores se gastasen el primer día. Sobre todo cuando había hecho un dibujo tan excelente. Verás cuando se lo enseñase a sus padres. Estaba claro que iban a alucinar, seguro que incluso se pensaban lo de apuntarle a una academia de arte. Si él ya sabía que sería un gran artista.

Pero, justo antes de que cerrara el bloc, una extraña fuerza le absorbió y de pronto se vio dentro de su pintura. Era el valiente caballero que se proponía luchar contra el dragón para salvar a la bella princesa. ‘Madre mía’, pensó Jaime, ‘estos colores son mágicos, ¿y ahora qué hago yo?’ Pero, como si ya estuviese escrito en el guión de la historia que había dibujado antes, en seguida se vio luchando contra aquel fiero dragón. Se llevó una buena quemadura en un brazo, pero consiguió acabar con él. La lucha fue encarnizada, nada fácil, pero logró su intención de salvar a aquella preciosa princesa encerrada en su colosal castillo. Esta, al verse libre del dragón que la estaba acosando, bajó rauda las escaleras del castillo y, dándole a Jaime un gran abrazo, le entregó un mechón de su larga cabellera rubia, para que siempre le protegiera y en símbolo de gratitud.

Sin saber cómo, logró salir de su pintura y se encontró de nuevo en su habitación, con el trozo de cabello rubio entre sus dedos y una gran quemadura en el brazo. Guardó con mimo el mechón en uno de sus cajones y se tapó la herida del brazo. Puso a buen recaudo el bloc de dibujo. No les diría nada a sus padres hasta que no estuviera seguro de lo que estaba ocurriendo.

Pasaron tres o cuatro días hasta que Jaime se atrevió a utilizar su maletín de pinturas de nuevo. La experiencia anterior, la lucha con el dragón, le había dejado anonadado y su pequeña pero madura mente infantil no le dejaba entender lo que había ocurrido. Pero ahora que habían pasado unos días, se sentía con la fuerza y la valentía necesarias para intentarlo.

A la llegada del cole, después de hacer los deberes y merendar, se encerró en su habitación. Cogió con mucho cuidado el maletín para no dañarlo y sacó del cajón el bloc de dibujo. Allí seguía, impresionante, su dibujo anterior, el del dragón y el castillo. Pasó la página con violencia, no fuese que le atrapase dentro de aquella historia otra vez, y se enfrentó a una nueva página en blanco.

Esta vez decidió realizarla con el estilo que tanto le gustaba. Miles de colores bajo una gruesa capa de cera negra. Así que, con suma cautela, tomó las ceras de decenas de colores que traía su preciado regalo y comenzó a colorear la página con ellas, siguiendo el estricto orden de los colores del arco iris. La página del bloc quedó por completo cubierta por siete franjas de color: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta; según le habían enseñado en la escuela. Para finalizar la tarea, cubrió los colores con su cera negra, que quedó visiblemente más reducida. La contempló durante unos instantes casi con tristeza, pero al final decidió que los colores estaban para usarlos y que no estaba dispuesto a no disfrutar de su regalo por no gastarlo. Además, estaba muy inquieto por conocer el resultado de su dibujo de hoy.

Cogió un palito algo ancho de plástico, que solía utilizar para hacer este tipo de dibujos y, por si acaso, trazó sobre la cartulina una escena de playa con unos niños jugando en el mar y otros en la arena. Pensó que quizá como su palito no era mágico, el resultado no sería tan perfecto como el anterior. Nada más lejos de la realidad, pues cuando terminó pudo contemplar otra auténtica obra de arte. Los dibujos surgían con una calidad que nunca antes había conseguido. Incluso consiguió reconocerse en uno de los niños que estaban jugando dentro del agua. Sonrió satisfecho del resultado y, como el otro día, comenzó a cerrar el bloc cuando una fuerza de atracción invisible le llevó de nuevo dentro del dibujo.

Aquella vez fue increíble, eran sus amigos, pero todos llevaban bañadores a franjas con los siete colores del arco iris. Allí estaba Luis “el gafotas”, María, Íker, Alejandro, Claudia, Asier, Elena… Por el despiste de quedarse absorto en la escena que estaba viviendo, una ola traicionera le lanzó al suelo. Aquella tarde fue fantástica, disfrutó de las olas del mar, del cálido sol del verano y construyendo castillos de arena con todos sus amigos, sin ningún adulto que les controlase ni les limitase.

En una de esas olas juguetonas que llegaban a la orilla, el mar arrojó a los pies de Jaime una concha preciosa. Era perfecta, no le faltaba ni un trocito, con sus ondas y varios colores. Le pareció que era la concha más bonita que había visto jamás. Desde luego, mucho más bonita que las que encontraba cuando iba a veranear a la casa que su abuela tenía en Benidorm.

Cuando mejor se lo estaba pasando, el dibujo le lanzó fuera. Cayó de culo en el suelo de su habitación, mojado por entero y con la preciosa concha en la mano. Su madre le estaba llamando  para cenar. Guardó la concha en el cajón, junto al pedazo de cabello de la princesa, se puso el pijama, se secó el pelo lo mejor que pudo y fue a cenar con una gran sonrisa.

Sus padres ni siquiera se imaginaban lo que estaba ocurriendo. Tenía un secreto, y eso le provocaba un cosquilleo en el estómago que le gustaba mucho. Cenó sin rechistar con la sonrisa en los labios y, de nuevo, no volvió a contar nada de sus vivencias.

Jaime esta atónito ante lo que le estaba ocurriendo con aquel mágico maletín de pinturas. No se lo había contado a nadie y eso le hacía sentirse muy especial. A buen seguro, tendría diversión garantizada cada tarde, solo tenía que tener cuidado con lo que dibujase, para no meterse en algún mal lío del que luego no pudiese escapar. Tenía aún muy reciente la lucha contra aquel dragón malo que quería ir a por la princesa.

Así que al día siguiente no se lo pensó dos veces. Apenas llegó a casa y merendó, pues era viernes y tenía tiempo para hacer las tareas el sábado, se subió raudo a su habitación. Su madre ya se estaba preocupando un poco por los encierros a que se sometía su hijo cada tarde, pero como él le había dicho que estaba pintando y sabía que esa era su gran pasión, tampoco le dio mayor importancia.

Aquella tarde, Jaime decidió abrir el estuche por la espléndida bandeja de acuarelas que tantas ganas tenía de probar. Bajó con sigilo a la cocina a por un vaso de agua y subió de nuevo con rapidez. Escogió uno de sus pinceles, el que pensó que le permitiría hacer trazos más sutiles y, utilizando el violeta como color principal, pues era uno de sus favoritos, comenzó a pintar en el bloc de dibujo.

El pincel se deslizaba sobre la cartulina como la seda. Delicados trazos se contraponían a algunos más furiosos en el fondo del dibujo. Aquel día, decidió dibujarse a sí mismo en un enorme campo de lavanda, aspirando la fragancia de una de sus bonitas flores. De nuevo, cuando vio el dibujo terminado, pensó que era digno de ser enmarcado. Sin duda tenía talento, al menos mientras tuviese aquellas pinturas. Y cuando llegase el día en que se le acabasen, le pediría a su madre o a su tía que le comprasen otro maletín exactamente igual.

Esta vez ni siquiera tuvo que intentar cerrar el bloc. En cuanto comenzó a sentir la suave fuerza de atracción que ejercía la pintura, se dejó llevar con calma, con los ojos cerrados para disfrutar más de aquella experiencia. Cuando los abrió se encontraba en un enorme campo de lavanda como el que había pintado. La fragancia que despedían las flores era maravillosa y se acercó una de ellas a la nariz para poder aspirar aquel delicioso aroma. Corrió con total libertad entre aquella naturaleza de color violeta, mientras con las manos acariciaba las plantas, que desprendían aún más aquel delicioso olor.

Pensó que ojalá viviese en el campo, para poder disfrutar de aquello cada día, en lugar de en su ciudad, donde todo estaba sucio, había muchos coches y el ruido era ensordecedor. Sin duda, se sentiría más feliz, como lo estaba siendo en aquellos momentos. Se sentía dichoso, afortunado, de poder estar disfrutando de aquella naturaleza han majestuosa.

El sol comenzó a descender en el cielo. Jaime comprendió que era hora de regresar a su cuarto, pero antes agarró una flor de lavanda, para llevarla de recuerdo, como en sus anteriores aventuras. Justo terminaba de coger la flor, cuando fue expulsado de la pintura. Se quedó muy sorprendido cuando comprobó que su pintura no era exactamente la misma que él había dibujado, sino que ahora representaba un campo de lavanda al anochecer. Los suaves tonos violetas que él había empleado, se habían tornado en morado oscuro con el anochecer.

Al igual que otras veces, su madre le llamó a la cena justo en aquel momento. Guardó la flor de lavanda en el cajón, junto con el bloc y el resto de recuerdos que había ido recopilando, y bajó a cenar como si nada.

A sus padres les extrañó el intenso olor a lavanda que había de pronto en la cocina, pero a ninguno se le ocurrió que podría ser a causa de su hijo. Jaime, con una media sonrisa, comía su sopa como si nada hubiese ocurrido.

A Jaime solo le quedaban por utilizar las pinturas al óleo. El maletín traía una paleta de madera donde distribuirlas y mezclarlas a su antojo. Pero necesitaría un lienzo donde utilizarlas. No le importaba no tener un caballete, ya se las apañaría, pero lo que sí quería era un lienzo. Estuvo varios días pidiéndoles a sus padres que le comprasen uno. Hasta que, por fin, lo consiguió.

Aquel viernes por la noche fue incapaz de dormir, pensando en el cuadro tan maravilloso que podría pintar y en las aventuras que este le haría vivir. Tendría que pensar muy bien lo que iba a pintar, si no quería verse metido en problemas. Serían cerca de las seis de la mañana cuando decidió qué era lo que iba a pintar. Los primeros rayos de sol ya se colaban por las rendijas de la persiana cuando, por fin, cayó rendido en un plácido sueño.

El sábado se levantó temprano. Apenas había dormido un par de horas, pero no le importó. Estaba ansioso por pintar el cuadro que había elegido, seguro que quedaba fantástico. Sus padres pasarían buena parte de la mañana haciendo limpieza en casa, así que disponía de bastante tiempo antes de que le interrumpieran. Tomó su desayuno en un visto y no visto y corrió a encerrarse en su habitación.

Tomó uno de los flamantes pinceles que venían junto con las pinturas al óleo, puso varios colores de las mismas en la bonita paleta y comenzó a hacer trazos sobre el lienzo. Como las veces anteriores, los pinceles se deslizaban con una facilidad pasmosa por el mismo. Él, que jamás había pintado un cuadro, estaba super contento con lo que iba saliendo. Se pintó a él mismo, junto con su familia, pasando un estupendo día en el campo.

Un río de tranquilas aguas fluía a la vera de la vega donde estaba disfrutando con su familia. Las pinceladas hacían que el río pareciese real, con un azul oscuro que contrastaba con el azul claro del cielo, donde brillaba un espléndido sol. Jaime y su hermana saltaban desde una roca a las frescas aguas del río, mientras sus padres preparaban una rica barbacoa en la orilla. Unos altos álamos proporcionaban la sombra que necesitarían después para comer todas aquellas cosas ricas que sus padres estaban preparando.

Cuando dio por finalizado el cuadro, se sintió de lo más satisfecho. Era todo un artista, cuando lo viesen sus padres se iban a volver locos de alegría y seguro que le apuntaban a la escuela de arte. Dejó el pincel en un vaso de agua que había preparado, puso la paleta de pinturas sobre la cama, y de inmediato se sintió trasladado al interior del cuadro. Disfrutó de una jornada inolvidable junto a su familia y, después de la deliciosa comida, se quedo tranquilo, dormitando a la sombra de uno de los altos álamos que crecían en la orilla del río.

Era ya la hora de comer y los padres de Jaime estaban extrañados de que no hubiese salido de su habitación en toda la mañana del sábado. Abrieron con cuidado la puerta y le encontraron dormido, agotado, sobre la cama, con la ropa empapada. El lienzo estaba lleno de pinceladas sin sentido, justo al lado de la cama. Cuando le despertaron, Jaime estaba por completo perdido. ¿No estaba en el río con su familia? ¿Por qué de repente estaba en su cama? Entre sus manos, estaba la flor que cortó para su madre justo antes de quedarse dormido. Entonces recordó sus pinturas. ¡Era el momento de decírselo a sus padres! ¡Aquellas pinturas eran mágicas y, además de poder hacer unos dibujos preciosos, te adentrabas dentro de ellos!

—Jaime, cariño, la imaginación es capaz de hacer cosas maravillosas. Incluso puede hacer que unas pinturas normales puedan ser… ¡mágicas! Tienes una imaginación desbordante, mi cielo…

La contestación de su madre le dejó descolocado. Fue hasta el lienzo, para enseñarles el magnífico cuadro que había pintado, y lo encontró lleno de pinceladas sin orden. Corrió hacia sus cajones, en busca de su bloc de dibujo. Ahí estaban todos los preciosos dibujos que había hecho los días anteriores. Se quedó boquiabierto cuando vio que los dibujos eran meros garabatos, como los que siempre le salían. Las personas eran monigotes de brazos y piernas rectas y el dragón más bien parecía un cocodrilo raro. ¿Era posible que todo hubiera sido producto de su imaginación? No pudo evitar romper en llanto.

Su madre le consoló diciéndole que tener imaginación era lo mejor que podía pasarle, y que eso era extraordinario, que él era especial. Más calmado, pidió a sus padres unos minutos para cambiarse de ropa antes de ir a comer.

Con la ropa ya seca, contempló la flor que había quedado sobre la cama. Si todo había sido fruto de su imaginación, ¿cómo es que tenía la flor allí? Abrió el cajón donde había guardado el resto de cosas y, con una sonrisa, guardó la flor junto con el mechón de pelo rubio de la princesa, la preciosa concha que había recogido de la playa y la flor de lavanda que olía tan bien. Sabía que no lo había imaginado, quizá los dibujos no fuesen tan espectaculares como él había pensado, pero las historias vividas habían sido reales. Y eso era algo que solo él sabría. Su gran secreto.

Gracias a las pinturas mágicas, quizá no sería un gran artista, pero eran muchas las aventuras que le quedaban por vivir.

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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2 comentarios en “Por capítulos: “Los colores mágicos”

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