El relato del viernes: «Solo una vez al mes»

 

SOLO UNA VEZ AL MES
Imagen: Pixabay (editada)

 

SOLO UNA VEZ AL MES

Te espero en el lugar en el que hemos quedado, como siempre. En ese bonito hotel a las afueras de la ciudad que parece nos está transportando a lugares llenos de magia muy lejos de aquí. Y en verdad lo hace. El primer lunes de cada mes, lo hace. Ese primer lunes de cada mes en el que los dos jugamos a ser quienes no somos, o quienes deseamos ser. Cuando nos olvidamos del resto del mundo y solo estamos tú y yo.

Solo una vez al mes. Ese fue el trato que hicimos. Durante el resto de días seguiremos cada uno con nuestra vida, con la realidad, como  siempre, en la rutina marcada por la cotidianidad de nuestros días. Me conformo con solo una vez al mes, con ese primer lunes que da sentido a mi existencia.

Hoy me he preparado con especial esmero para ti. Quiero que este lunes sea especial, algo que quieras recordar durante todos y cada uno de los días que quedan hasta el próximo lunes en que volvamos a encontrarnos. Que te deje con ansias de que llegue ese momento de nuevo.

Me he puesto una peluca morena de melena corta, en la que puedo esconder mis rebeldes rizos pelirrojos. Es otoño, ya comienza a hacer frío, pero bajo mi larga gabardina negra mi única vestimenta es un liguero que sostiene los negros panties y unos guantes de seda que mantienen al descubierto mis dedos. Camino segura con mis zapatos negros de tacón a través del pequeño hall del hotel y solicito una habitación en recepción. Pido una copia de la llave para que se quede allí. Mientras voy camino de ella, envío un único mensaje a tu número de móvil: 133. Sonrío al imaginar que solo tú sabrás lo que significa.

Entro en la habitación, coqueta, como todas las de este pequeño hotel. Me he asegurado de que estuviese orientada hacia el norte y por la ventana se puede contemplar la cercana montaña cubierta de pinos. He recorrido casi cien kilómetros hasta llegar aquí, como cada mes, pero te aseguro que me merece la pena cada uno de los kilómetros recorridos.

Cuelgo la gabardina en el armario de la habitación y me contemplo durante unos instantes en el espejo del cuarto de baño. Me gusta lo que veo. Me gusta mucho. Me excito solo con pensar lo que sentirás tú al verme.

Excitada ya por completo, me dirijo a la cama. Me arrodillo sobre ella, con las piernas abiertas, y mis dedos comienzan solos un descenso por mi cuerpo. Parten de los pechos, donde se entretienen un rato jugueteando con mis pezones, asegurándose de que parezcan pequeñas rocas puntiagudas. Los retuercen, pellizcan, tiran de ellos con fuerza. Tras esto, la siguiente etapa es prácticamente inevitable.

Continúan deslizándose por mi abdomen, con deliberada lentitud, hasta llegar a instalarse en mi sexo, húmedo, lubricado, preparado para ti. Una de mis manos separa los labios, mientras los dedos de la otra resbalan por mi humedad, deslizándose con una facilidad pasmosa. Soy incapaz de reprimir el primer gemido.

La puerta de la habitación se abre con lentitud y apareces tú, tan guapo como siempre. No puedo evitar que mi cuerpo reaccione ante tu visión, al saber que no has faltado a nuestra cita. Te quedas paralizado al observarme con el nuevo look que hoy te ofrezco, aún sin terminar de cerrar la puerta, cuando contemplas el espectáculo que se está desarrollando ante ti. Porque mis manos, inquietas, y mi cuerpo, caliente, han continuado con su suave deslizar hacia dentro de mi sexo. Sé que has dejado la puerta abierta con deliberación, lo que hace que me excite aún más. El orgasmo me sobreviene sin previo aviso, haciendo que mis jadeos se escuchen con probabilidad hasta la misma recepción del hotel. No me importa. Lo único que me importa es que has acudido a nuestra cita.

Me dejo caer sobre la cama, rendida ante el inesperado orgasmo. Observo cómo te vas desnudando con lentitud, mientras noto cómo mi sexo continúa humedeciéndose más y más a cada prenda que cae al suelo de la habitación. Ante mí se extiende, gloriosa y apetitosa, tu gran erección. Jugueteo con ella, recorriéndola en toda su longitud con mis manos y mi lengua, pero el deseo me puede y tiro de ti hasta hacerte caer sobre mí. Mis piernas, ya abiertas, te acogen en su centro, haciéndote deslizar dentro de mi cuerpo. Durante un buen rato solo se escuchan gemidos en nuestra habitación. Ni una sola palabra ha salido aún de nosotros.

Con agilidad, decido invertir los papeles, dejándote bajo mi cuerpo, prisionero, cabalgando sobre ti hasta alcanzar mi tan deseado orgasmo, una vez, y otra, y otra, hasta que te derramas en mi interior con fuerza y un jadeo entrecortado.

No recuerdo la cantidad de veces que hemos podido repetir esa experiencia esta noche. Solo recuerdo tu cara de sorpresa cuando, al ver que continuaba sin rastro de ropa sobre mi cuerpo, salvo el liguero y los guantes, colocaba sobre mí la ligera gabardina. Me coges de la cintura, intentando abarcar algo de lo que el abrigo intenta cubrir, sin éxito. «Me encanta tu peluca», me susurras al oído. Y juntos, abrazados, mientras nos besamos con cariño y delicadeza, salimos del hotel con los primeros rayos de luz del día. Montamos en nuestro coche y regresamos a nuestra casa, donde nos espera la rutina. Hasta el primer lunes del siguiente mes.

Ana Centellas. Septiembre 2017. Derechos registrados.

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Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

10 comentarios sobre “El relato del viernes: «Solo una vez al mes»

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