Mi jueves de poesía: “Dudas”

Mi jueves de poesía: “Dudas”

 

DUDAS
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

 

DUDAS

 

Se ahogan mis sentimientos

en océanos de dudas.

Lucho por que salgan a flote,

con las fuerzas ya mermadas

por el paso por la vida.

Mis esfuerzos son en vano,

se hunden sin remisión,

las dudas lo ahogan todo

como el que ahoga en un vaso,

sin raciocinio aparente,

las penas en el alcohol.

La fuerza de la marea

ha de traerlos a mí,

soltarlos sobre la orilla,

mecidos con la resaca

como en una mecedora

abandonada en el jardín.

Dispersos sobre la arena

los volveré a reunir.

Preciso de sentimientos

que me hagan la vida bella,

que la hagan soportable,

que despierten ilusiones,

que me permitan vivir.

Pero el mar que los ahoga

es extenso e insondable.

Los espero entre las dudas

que vienen a mi cabeza

luchando por adueñarse de ella,

bajando por las arterias

hasta el mismo corazón.

Y entre el amplio mar de dudas

y las de mi exigua mente,

yo temo volverme loca,

no saber a qué atenerme,

volverme sin querer tan fría

que hasta el verano se hiele

tras todos mis pasos perdidos,

sin camino que les guíe

ni esperanza que les aliente.

Mientras, mis sentimientos

ahogados se van quedando

en el mar azul oscuro,

profundo y de cruel encanto.

Mientras no pueda tenerte

mis dudas siempre debaten

entre si debo, o no, quererte.

 

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.

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Dudas by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
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https://anacentellasg.wordpress.com
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Los 52 golpes – Golpe #45 – “Aromas de antaño”

Los 52 golpes – Golpe #45 – “Aromas de antaño”

 

AROMAS DE ANTAÑO
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AROMAS DE ANTAÑO

Los olores de la casa de la abuela eran extraordinarios. Recuerdo pasar largos veranos con ella, cuando era niña, en la gran casona del pueblo, empapándome de recetas antiguas y de los aromas a mil especias. La cocina era, sin duda, el espacio más amplio de toda la casa y también era el más cálido. En la cocina estaba la gran chimenea que caldeaba la casa en los fríos inviernos y era donde se hacía vida de hogar.

La abuela llevaba muchos años viviendo sola en su casa del pueblo, a pesar de las muchas insistencias por parte de sus hijos para que se fuese a vivir con ellos. A mí me hubiese encantado que hubiese venido a la ciudad a vivir con nosotros, pero la abuela era terca como una mula y siempre decía que, mientras pudiera valerse por sí misma, de su casa no la sacaba nadie. Allí estaba su vida, sus recuerdos, el alma del abuelo y su gran cocina.

Yo la recuerdo siempre cocinando. Cuando iba a pasar mis largas estancias estivales con ella, mientras mis padres trabajaban, adoraba permanecer a su lado. Creo que no había instante en que me separase de ella. Hasta que no llegué a la adolescencia, cuando ya empecé a buscar amistades de mi edad fuera del nido familiar, jamás me separaba de las faldas de mi abuela. Era pequeñita, regordeta y siempre la podías encontrar vestida de negro, guardando un riguroso luto por la muerte del abuelo hacía más de diez años. Reflejaba el estereotipo perfecto de abuela de aquella época y yo la adoraba.

En la cocina de la abuela, sobre la gran encimera de madera de roble, siempre había decenas de frascos cargados con las más variadas especias. A mí me gustaba recorrerlos uno por uno, quitando con suavidad la tapa y aspirando para que el delicioso aroma llegase hasta mí. Una vez que me había deleitado con cada uno de ellos, los iba destapando todos hasta lograr un éxtasis aromático en la gran cocina. A día de hoy, cualquier especia que utilice en mi cocina me recuerda a la abuela.

Como decía, la recuerdo siempre cocinando. Deliciosos platos para el almuerzo y la cena y exquisitos dulces durante la tarde. Y yo permanecía allí siempre, con ella, dejándome hipnotizar por los enigmáticos aromas que despedían sus guisos y por las mil y una historias que me contaba mientras tanto.

Pero lo mejor de la casa de la abuela era cuando llegaba la hora de la merienda. Era entonces cuando sacaba un viejo molinillo y se disponía a moler los granos de café que compraba al peso en la tienda del pueblo. Ese aroma a café recién molido era el que más cautivada me tenía. Mis padres no me dejaban tomar café, de hecho no lo hicieron hasta poco antes de que cumpliese la mayoría de edad. Quizá por eso, por ser algo prohibido, a mí me llamaba con más motivo la  atención. Observaba a la abuela durante todo el proceso de molienda y de la preparación posterior del gratificante líquido. La abuela siempre me dejaba tomar café, decía que era reconstituyente, y que si no podía dormir por las noches era, simple y llanamente, porque no tenía  la conciencia tranquila.

Así crecí, entre aromas a especias y café recién molido, y no cambiaría mi infancia por nada del mundo. Yo mantenía ese secreto especial con la abuela y, como consecuencia de ello, ahora soy una persona muy cafetera. No podría vivir sin mis dosis de café, soy consciente de ello. Eso sí, en lugar de moler mi propio café, lo tomo de estas máquinas tan modernas que hay ahora que llevan el café dentro de una pequeña cápsula. Sé que el aroma no es el mismo que recuerdo de mi infancia, pero aun así, es exquisito. Si mi abuela levantara la cabeza, como se suele decir, y lo viese elevaría las manos al cielo como pidiendo perdón por tamaño pecado.

Hoy hace justo una semana que la abuela falleció. Lo hizo con toda la dignidad que corresponde a una mujer fuerte como era ella. En su casa, rodeada de su familia y con una sonrisa en el rostro mientras me tomaba de la mano. Yo pude sentir cómo sus caricias se extinguían poco a poco, al tiempo que lo hacía su pausada respiración. Con su cuerpo aún caliente, como quien dice, hoy nos hemos reunido todos de nuevo en la gran casona del pueblo. Observo con amargura cómo sus propios hijos discuten sobre la herencia que les corresponde, repartiéndose sus escasos enseres como si se tratasen de vulgares alimañas. Incluso mis hermanos forman parte de ese circo improvisado. Ellos, que ni siquiera llegaron a compartir una tarde completa con la abuela.

Me alejo de ellos con lágrimas en los ojos, huyendo de aquel galimatías de hipocresía y falsedad, y mis pasos se dirigen irremediablemente hacia la cocina. La colección de especias de la abuela ya no sigue allí, parece que alguien ya se ha deshecho de cualquier tipo de alimento que hubiera en la casa. Huérfano sobre la madera, solo queda el viejo molinillo de café que tantas veces pasó por sus ajadas manos y que fue cómplice mudo del secreto con tanto celo guardado entre abuela y nieta. Lo tomo entre mis manos, lo acaricio y me alejo de allí. El tono de las voces cada vez es más alto, inundando de amargo bullicio la siempre tranquila y acogedora casa de la abuela, ahora más fría que nunca.

Que se maten entre ellos si quieren. No saben que yo me he llevado lo más valioso que pudiera haber conseguido. A partir de ahora, la abuela estará conmigo en mi casa, acompañándome cada tarde cuando me disponga a moler el café.

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.

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Espero que os haya gustado mi relato nº 45 para Los 52 golpes. Como cada semana, os recomiendo que os paséis por la web, donde podréis encontrar magníficos textos y poesías, además de mis golpes nº 46 y 47. ¡Vamos a por el 48 y comienza la cuenta atrás!

Renuncia a nominación Premios Blogosfera


Bueno, chic@s, tras las controversias suscitadas por mi nominación a los Premios Blogosfera en la categoría de mejor blog personal, habiendo si miembro del jurado, os comunico mi decisión de renunciar a dicha nominación.

No os preocupéis, ha sido una decisión fácil, jajajaja. Aquí os transcribo el mensaje enviado a la organización de los premios comunicando mi decisión:

Hola, Daniel. Está suscitando mucha polémica que algunos de nosotros hayamos resultado nominados. Si no es mucha molestia, te agradecería eliminases mi nominación a mejor blog personal. No sé cómo afectará esto al desarrollo del proceso, pero antes de verme metida en controversias con personas que aprecio mucho prefiero no estar en el listado.

Como al parecer somos varios de nosotros los que nos encontramos en dicha situación, la organización ha decidido retirar todas las nominaciones a miembros del jurado. Se procederá a realizar un comunicado oficial desde la página de los premios.

Aunque el proceso ha sido transparente en todo momento, así queda resuelta cualquier polémica que se haya podido suscitar.

Desde aquí va mi sincero agradecimiento a todo el que me hubiese votado (si es que alguien lo ha hecho, jajajajaja)

“Miradas felinas” – Desafíos Literarios

“Miradas felinas” – Desafíos Literarios

 

MIRADAS FELINAS
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

Aquí os dejo con mi aportación a Desafíos Literarios del pasado viernes, en mi columna Letras a la Deriva. No dejéis de visitar la página, donde encontraréis textos maravillosos de compañeros estupendos.

MIRADAS FELINAS

Veo tristeza en su tierna mirada felina. En el silencio de la noche, ni él ni ninguno de sus compañeros se atreven a emitir sonido alguno. Pero todos están alerta, bien despiertos, agudizando los sentidos por lo que pudiera ocurrir. Ni siquiera yo, envuelta en las sombras para pasar desapercibida, me atrevo a hacer el mínimo ruido. Sé perfectamente dónde me encuentro y cualquier paso en falso podría hacer que mis huesos terminaran tendidos sobre el asfalto.

Mi amigo me ha visto, me reconoce, intenta realizar un tímido gesto de alegría, pero se contiene una vez más. Ya ha visto lo que les ocurre a los compañeros a los que se les ocurre armar algarabía durante la noche. Jesús, el vigilante, tiene un humor de perros y no duda en disparar el arma que guarda de manera ilegal bajo la cinturilla de su pantalón para terminar con el alboroto. Había visto caer a muchos de sus compañeros allí.

Él aún no comprende la situación en la que se encuentra, pese a llevar allí dos largas semanas. No entiende por qué un día salió a dar un paseo como tantas otras veces y fue encerrado a la fuerza en una sucia camioneta repleta de compañeros como él. No regresó a su hogar, donde le esperaba el cariño, su mullida cama y el plato rebosante de comida al lado de la chimenea.

Me costó mucho encontrarle. Recorrí todas las calles del barrio, pegando carteles avisando de su desaparición e incluso prometiendo una suculenta recompensa. Era mi mejor amigo, mi compañero, y no aceptaba su pérdida así porque sí. Yo sabía, aunque nadie de mi familia me apoyase, que él no se marcharía de aquella manera. Él siempre regresaba al calor del hogar. Regresaba para abandonar su cama y tumbarse sobre la mía ofreciéndome su calor.

Fue un día por casualidad. Me alejé bastante del barrio y me encontré ya en las afueras de la ciudad. Allí todo era campo. Bueno, más que campo era un inmenso descampado poblado de pequeñas chabolas, nidos de droga y de ocupaciones fuera de la legalidad. Mis pasos me llevaron a caminar por detrás de una decena de jaulas amontonadas, de las que se escapaban sordos los maullidos de todos los gatitos que allí se hallaban encerrados. Entonces le reconocí. Era él. Mi querido amigo, mi compañía. Divisé una pequeña oficina destartalada en un rincón y me acerqué a ella con temor. Mi instinto sabía que no debía levantar sospechas ni identificarme, que las cosas no tendrían buen color para mí si lo hacía. Aquel señor cubierto de mugre, sorbiendo sopa directamente de una lata y que me miraba con ojos depredadores, me pidió varios cientos de euros por cualquiera de los “animaluchos” que allí tenía. “Son todos de las mejores razas”, me decía. Con un guiño extraño en los ojos realizó un intento de acercamiento a mí. Aquella mirada libidinosa me provocó una arcada que no pude reprimir, por lo que terminé llenando más de mugre aquella asquerosa oficina. Salí corriendo como alma que lleva el diablo.

Ahora sabía dónde estaba. Solo debía trazar un plan y rápido, no sea que aquel “señor” vendiese a mi querido amigo antes de que yo lo salvase. Lo hice sola. No quería que nadie más viniese conmigo y pudiera estropear algo.

Fue a altas horas de la madrugada cuando llegué allí cual vulgar ladrón, vestida por completo de negro y con un pasamontañas que cubría mi rubia cabellera y ocultaba la mayor parte de mi rostro. Agradecí a mi afición a la escalada el poder usar los pies de gato para poder acceder al recinto con el mayor sigilo del mundo. Jesús, el asqueroso, dormía a pierna suelta dentro de la oficina, emitiendo unos sonoros ronquidos. “Mejor”, pensé para mí, “así me enteraré de si despierta”.

Voy a obviar la manera en la que aprendí a abrir cerraduras sin la llave correspondiente, porque se supone que soy una chica de bien. Pero el caso es que sé hacerlo. Cuando vi la triste mirada de mi amigo asomar a través de la jaula, no pude evitar derramar unas cuantas lágrimas, que cayeron sobre el suelo arenoso dejando gruesas marcas húmedas entre la sequedad que había allí. Cuando él me vio, hizo un pequeño gesto que reprimió al instante y, de alguna manera, sé que avisó al resto de compañeros para que hicieran lo mismo. Eso o todos callaron por instinto cuando me vieron acercarme a sus jaulas y liberar las cerraduras. La última fue la de mi amigo.

Parece que se hubieran puesto de acuerdo, pues todos esperaron inmóviles en sus jaulas, observándome con sus miradas felinas, hasta que abrí la de mi querido amigo. Entonces sí, una vez todos liberados de cerrojos, huyeron de allí con la misma celeridad con la que yo corría con mi compañero en brazos, mientras recibía agradecidos lametazos en la cara. Corrí y corrí hasta casi desfallecer, mientras oía los gritos de Jesús y sus pesados pasos correr sin sentido en la oscuridad. No me detuve hasta que hube llegado a casa.

Casi no pude ni responder a mi familia cuando se despertaron con el golpe que di con la puerta de la entrada tras cerrarla sobre mí. Se sorprendieron de mis pintas de ladrona de poca monta, pero eso pronto quedó relegado a un segundo plano cuando vieron entre mis brazos a mi querido gatito. Le bañé para quitarle la mugre que lo recubría y lo alimenté bien. Aquella noche la pasó conmigo en mi cama, quitándose también la mugre que recubría su delicado corazón.

Dormimos muy juntos aquella noche. Yo, con la tranquilidad de haber dejado en libertad a todos aquellos gatitos robados. Y tenía razón, el jamás me hubiese abandonado de esa manera. Ahora sabe que yo tampoco lo haré.

Ana Centellas. Derechos registrados. Noviembre 2017.

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Blog nominado a la categoría “Mejor blog personal”

Blog nominado a la categoría “Mejor blog personal”

NOMINADO PREMIOS BLOGOSFERA

¡Hola a todos! ¡Qué gran sorpresa me he llevado cuando me he encontrado con que mi blog estaba nominado a la categoría de mejor blog personal! Si os digo la verdad, me presenté a los premios sin ninguna pretensión, solo por probar la experiencia. Mi blog tiene poco más de un año de vida y, a pesar de que soy muy activa en este sentido, jamás hubiese imaginado que resultaría nominado. Me presenté a dos categorías: mejor blog literario y mejor blog personal, y mira por dónde, ha resultado nominado en esta última.

Con esto ya me siento ganadora, sobre todo compartiendo nominación con blogs tan maravillosos como los que podéis encontrar echando un ojo a las nominaciones en el siguiente enlace. Todo un honor para mí compartir lugar en ese listado con todos vosotros. Un honor y, por supuesto, un placer.

No voy a pediros votos porque sé que la “competencia”, entre comillas, porque en realidad son amigos, está muy dura. Pero si me dais alguno, así como para que no se quede sin ninguno, también me hará mucha ilusión 🙂

Como ya sabréis, el plazo para las votaciones se abrió ayer día 28 y estará abierto hasta el próximo 12 de diciembre. Yo, por mi parte, ya he realizado mis votaciones… (y no, no me he votado a mí). Jajajajajaja. Podéis votar en este enlace.

Quedo muy agradecida a la organización de los Premios Blogosfera por, precisamente por eso, por organizarlos y darnos la oportunidad de participar en esta experiencia, que ha sido, cuando menos, enriquecedora.

Reto literario: “El amor puede con todo”

Reto literario: “El amor puede con todo”

 

EL AMOR PUEDE CON TODO
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EL AMOR PUEDE CON TODO

Las clases de escritura creativa eran una de las pocas cosas que Laura no dejaba pasar por nada en el mundo. Le encantaba esa clase, poder desbordar su imaginación a partir de un tema determinado, o de una imagen, o de una simple palabra. Dedicaba muchas horas a aquellas clases y las dos últimas actividades que había realizado no le habían llegado a agradar como a ella le hubiese gustado. Sabía que habían quedado flojas, por diversos motivos, pero flojas. Y Laura era una perfeccionista nata.

Aquella semana Laura fue a las clases con una especial motivación. Tenía que hacer una actividad perfecta, redonda, sin ninguna redundancia ni cabo suelto alguno. Tenía que ser la más original de la clase si quería volver a ganarse la confianza de su profesor, que había caído varios puntos desde estas actividades fallidas. Cuando escuchó de boca de su profesor el tema en torno al que giraría la actividad de esta semana, estuvo a punto de dar un grito de alegría. Aún recuerda su voz grave, varonil, cuando les explicaba que debían escribir «acerca del motor por el que cada día luchas y te mantienes a flote a pesar de las tormentas». Qué bien se expresaba el hombre, había que reconocérselo.

Laura se fue a casa aquel día con una gran sonrisa en su rostro. Tenía muy claro cuál era aquel motor en su vida. No podía ser otro que el amor. Ese sentimiento tan intenso que lo inunda todo, que hace que maravillosas mariposas cobren vida en tu estómago y te mantengan durante todo el día con una sonrisa en la cara. Que minimiza los problemas, porque cuentas con la seguridad de la otra persona. Que te hace soñar, reír, llorar, bailar, gritar, cometer locuras, sentir la vida latir con fuerza en las sienes.

Iba caminando hacia su casa con aquellos pensamientos en su mente. Tendría que darles la forma adecuada para que la actividad fuese perfecta. Pero, por el camino, a Laura se le fueron ocurriendo diversos variantes del amor que también hacían que todo se mantuviese en orden. El amor hacia sus padres, por ejemplo. Ese amor incondicional cargado de gratitud hacia las personas que te han dado la vida. El amor hacia sus hermanos también le rondó por la cabeza. Aunque hubiese veces que riñesen por el menor motivo, les quería con todo el corazón y sin ellos la vida perdería gran parte de su significado. El amor hacia sus amigos, para los que siempre estaba ahí y que sabía que siempre estarían ahí. Imaginó lo que debería ser el amor de madre, tan intenso que darías tu propia vida por salvar la de tu hijo. Había infinidad de tipos de amor y todos ellos eran tan importantes en la vida que, definitivamente, sin amor el mundo sería una maquinaria oxidada, avanzando a trompicones sin ninguna fuerza motriz que la engrasase. Comenzó a sentirse plena de amor, hacia todo, hacia las plantas que veía a su alrededor, hacia los árboles, hacia el sol que brillaba allí en el cielo, en las cercanías a su cénit. Hacia la lluvia, hacia los animales, hacia el viento, hacia el mar, hacia… hacia la vida. Hacia el amor que rompe barreras, que no entiende de distancias, ni de edades, ni de clases sociales. Hacia ese amor que puede con todo.

Toda su vida giraba en torno al amor. Laura se sintió feliz. Estaba rodeada de amor y, para más inri, enamorada. Llegaría a casa y le daría a aquella actividad la forma que se merecía, la de una auténtica declaración de amor. Quizá así llegase a tocar el corazón de su amado profesor.

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.

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