EL HÉROE QUE BUSCABA A SU HEROÍNA
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

EL HÉROE QUE BUSCABA A SU HEROÍNA

Conozco a Alberto desde que las calles de nuestro barrio eran de tierra aún, desde que los chiquillos jugaban libremente en la calle al rescate, a pídola o a las chapas. Eran otros tiempos, las niñas saltaban a la comba, jugaban con la goma o simplemente pasaban el tiempo jugando a la muñeca en el suelo, trazada con una tiza que luego usaban para lanzar al número hasta el que debían saltar. Alberto era uno de ellos.

Creo que no conocí en aquella época un niño más formal y educado que Alberto. Ayudaba siempre a su madre con los recados, era el primero en regresar a su casa ante las voces de las madres que les reclamaban para cenar, sacaba unas notas estupendas en la escuela y jamás le vi involucrado en ninguna de las peleas que se solían organizar entre los muchachos.

Alberto era un soñador. Había muchos días que, en lugar de jugar con los demás niños del barrio, se quedaba conmigo. Le encantaba que le contase mis batallitas de la guerra, que yo, o bien inventaba, o bien le contaba las que me había contado a mí mi padre. Él no lo sabía, pero yo no viví la guerra civil. Nací en la posguerra, en los años del hambre, cuando el instinto de supervivencia te hacía feroz. Yo regresaba del trabajo por la tarde y me gustaba quedarme un rato a observar a los chiquillos en sus juegos. Era entonces cuando Alberto, de vez en cuando, se quedaba a escuchar mis historias.

No solo escuchaba, sino que además inventaba sus propias batallitas. Siempre decía que él iba a ser un héroe que impediría que nuestro país volviese a pasar por una situación tan cruel. Como buen héroe, se casaría con una heroína y tendrían muchos hijos, todos ellos héroes que salvarían el mundo. A mí me encantaba escuchar  aquello y no podía evitar revolver con una mano su densa mata de pelo moreno.

Con el tiempo, yo me marché del barrio por motivos laborales. Un traslado de centro de trabajo que me granjearía un sueldo mejor que aquel que tenía para mantener de una manera bastante modesta a mi pequeña familia, mi mujer y mi hija Nora. Las saqué del barrio donde todos crecimos, el que nos vio nacer, y allí quedaron las pandillas de chicos y chicas jugando en la calle. No me arrepiento de mi decisión, fue la mejor que pude haber tomado. Salimos de la capital de España para pasar a una vida mucho más tranquila y sin agobios en una pequeña capital de provincia.

Hace poco que me jubilé, ahora sí soy el abuelo que Alberto veía en mí durante su niñez. Regresé al barrio un día para ver a mis viejos amigos, nunca mejor dicho, todos ya tan viejos como yo. El cambio que encontré en el barrio no fue el que yo me esperaba. Las calles estaban cubiertas de asfalto, pero por lo demás todo se mantenía casi igual. La vieja tienda de ultramarinos seguía allí, aunque ahora estaba regentada por una familia china. La peluquería, la mercería, el estanco, el viejo bar de Emilio, todo seguía en el mismo lugar. Los chiquillos seguían jugando, ya no en la calle, sino en un parque con columpios de hierro, bajo la distraída mirada de sus madres, que conversaban todas juntas acomodadas en un banco.

Lo reconocí en cuanto lo vi venir caminando por medio de la calle. Hubiese reconocido aquellos ojos azules y aquella mata de pelo negro en cualquier lugar. Demasiadas horas compartiendo tiempo con él como para no hacerlo. Habían pasado quince años, ya no era un chiquillo, debía ser un joven fuerte y enamorado de la vida. Pero lo que vi no fue eso, en absoluto. Su delgadez era extrema, bajo su viejo jersey de lana se podían adivinar todos y cada uno de sus huesos. Pantalones caídos que ya no se sujetaban en una cintura que hace tiempo debió de dejar de serlo.

Lo llamé por su nombre. Una mirada perdida en el vacío fue su única respuesta, antes de continuar caminando por la calle, ausente, convertido en un auténtico zombie, un muerto en vida que arrastraba sus pasos hacia ninguna parte. La ilusión de volver al barrio se me ahogó en un pozo de amargura. Ni siquiera fui capaz de entrar en el bar de Emilio, donde mis viejos amigos me esperaban. La visión de Alberto me acompañó en horribles pesadillas durante muchas noches.

Aquel pequeño muchacho ejemplar que prometía tanto en la vida, no había logrado su sueño de ser un héroe. Pero, sin duda, sí había encontrado a su heroína.

Ana Centellas. Enero 2018. Derechos registrados.

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16 comentarios en “El relato del viernes: “El héroe que buscaba a su heroína”

  1. Excelente relato no solo en el “cosrumbrismo” de una época que se fue, sino en las emociones del regreso a las raíces, con un profundo y amargo sentimiento de una ilusión destrozada.

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