EL PACTO
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

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EL PACTO (IV)

—¿Tienes hambre? —le preguntó a Natalia. Esta contestó con un leve movimiento afirmativo de cabeza—. Anda, toma dinero y ve a comprar unos sándwiches para los dos. Te vendrá bien que te dé el aire.

Natalia salió de la oficina dejando a su jefe encerrado en ella. Hasta ese momento, nada hacía presagiar los acontecimientos que se desarrollarían en las siguientes horas.

El Sr. Gutiérrez se devanaba los sesos intentando averiguar quién podría tener interés en aquel documento y, además, irrumpir en su oficina de aquella manera sin haber dejado ni un solo rastro. Sentado sobre su sillón, apoyaba los codos sobre la mesa y, con la mirada baja, se mesaba los escasos cabellos una y otra vez, como si de esa manera fuese a fluir desde su cerebro la brillante idea que resolviese la situación.

Se estaba desesperando de tal manera que se estaba volviendo loco. Tenía aquel documento en su poder desde hacía más de treinta años y jamás se lo habían reclamado. De hecho, el trato que constaba en el mismo tenía validez el mismo día de su fallecimiento. Desde el momento en que lo firmó, su vida había dado un giro espectacular de ciento ochenta grados. Sus negocios, antes ruinosos, comenzaron a reflotar de tal manera, que pronto pasó a formar parte del grupo más selecto de empresarios del país. Llevaba una vida basada en el lujo y la ostentación que le hacía codearse con las familias de la más elevada clase social. Se sentía como pez en el agua entre ellos, como si hubiese nacido en ese entorno y olvidó sus raíces humildes en el seno de una familia de obreros.

Entre aquellas familias de alta alcurnia se encontraba la familia Monfort, una de las más acaudaladas de la ciudad. El Sr. Gutiérrez se enamoró perdidamente de la hija mayor de aquel matrimonio, Cristina, y en apenas dos años contrajeron matrimonio. Pero, al parecer, con el paso del tiempo Cristina había descubierto que tenía otras necesidades que no cubría el matrimonio con él. Por ello había marchado de casa hacía unas semanas. No estaban legalmente divorciados, pero sí separados de hecho. Desde aquel día en que Cristina se marchó de casa, la sonrisa del Sr. Gutiérrez desapareció por completo, pasando de ser un empresario excelente a convertirse en un auténtico ogro con sus empleados, que no hacía nada más que operaciones ruinosas.

Levantó la mirada de la mesa y se cubrió la cara con las manos, en un intento de despejarse los ojos. Natalia aún no había regresado con la comida, por lo que todavía tenía algunos instantes de tranquilidad que le permitieran pensar con calma.

Fue entonces cuando comenzó a atar cabos. La marcha de Cristina fue el detonante de la larga sucesión de desgracias que le venían ocurriendo. El negocio de telas fue el siguiente, ya que la pérdida de su mayor cliente por cierre le había ocasionado un descalabro financiero importante. Las siguientes empresas habían ido sufriendo percances similares en lapsos de tiempo más o menos cortos. Por último, su negocio de asesoría empresarial, que era el que estaba intentando salvar desde aquella oficina, también se estaba viendo resentido.

Era como si toda su racha de buena suerte o su buen tino con los negocios, y la vida en general, hubiesen desaparecido, no de golpe, pero sí con bastante rapidez. Abrió los ojos como platos cuando una idea comenzó a tomar forma en su cabeza. No podía ser. Todavía no. ¿O sí? Tal desesperación le llevó a arañarse incluso la cara. De pronto, unos suaves golpes sonaron en la puerta.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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El pacto by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en https://anacentellasg.wordpress.com.

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3 comentarios en “Por capítulos: “El pacto (IV)”

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