El vídeo del domingo: “Grandes amigos, grandes poetas IV – Agus Didier”

El vídeo del domingo: “Grandes amigos, grandes poetas IV – Agus Didier”

 

TE QUIERO TANTO
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¡Feliz domingo a todos! Como cada semana, hoy vengo con otra colaboración de esas que me hacen especial ilusión. Se trata de nuestro compañero Agus Didier. La sensibilidad y el amor hacia la poesía que tiene Agus queda patente en todos y cada uno de sus poemas. Este en particular, me ha encantado y he podido vivirlo mientras lo declamaba. Os recomiendo que visitéis y sigáis su blog y entre todos animemos a Agus a seguir escribiendo. Podéis hacerlo haciendo clic en el enlace que os he dejado arriba.

El poema que os comparto hoy se titula “Te quiero tanto” y podéis encontrarlo directamente en la entrada original clicando en el título. Espero que te guste, Agus, este es mi pequeño regalito para esta semana de tu vuelta. Te echábamos de menos. Como siempre, va cargado con todo mi cariño.

Como os comento cada semana, espero ilusionada vuestras colaboraciones. Solo tenéis que decírmelo en un comentario o enviarme un mail.

 

Micro-sábados: “La espera”

Micro-sábados: “La espera”

 

LA ESPERA
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LA ESPERA

Ya ha caído la noche y la ciudad, de manera inexplicable, está desierta. La tenue luz de las farolas ilumina con modestia  unas calles que ya no pertenecen a nadie. Solo una cafetería espera con las mesas aún en la calle a que lleguen esos clientes que han pasado todo el día sin acercarse a ella. Justo a su lado, tu portal, cerrado y apagado, como si no hubiese nadie que habitase tu edificio. Incluso el tráfico parece haberse detenido de golpe, lo que provoca un intenso y doloroso silencio en el alma que espera en soledad.

Tu bicicleta no está aparcada en el lugar de siempre, lo que deja un hueco vacío, en consonancia con el resto de la avenida. Mientras, montado sobre ella, escondido tras una esquina, al amparo de las miradas curiosas de los que no están, espero a que vuelvas. Espero a que vuelva la persona que una vez fui.

Ana Centellas. Enero 2018. Derechos registrados.

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La espera by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
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27. DIFÍCIL

Por capítulos: “El pacto”

Por capítulos: “El pacto”

 

EL PACTO
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Como siempre que termina una serie, aquí os dejo el relato completo, para los que os lo hayáis perdido o si os gusta leerlo del tirón.

EL PACTO

El ladrón no había dejado pistas. Todo en el despacho del señor Gutiérrez parecía estar en orden. No había nada fuera de lugar que indicase que allí se hubiese podido cometer algún tipo de delito. Pero, sin embargo, así había sido. De la caja fuerte, empotrada en la pared y escondida bajo una copia barata de La Gioconda, faltaba uno de los documentos más importantes que el señor Gutiérrez tenía en su poder. No había signos de que hubiese sido forzada de ninguna manera, por lo que el ladrón debía conocer la combinación, de eso no cabía ninguna duda.

El señor Gutiérrez dedicó varios minutos a mirar por la ventana, con la mirada perdida en el horizonte, intentado averiguar quién habría podido tener acceso a la combinación de su caja fuerte. Ni siquiera la señora de la limpieza, que era la única que tenía acceso al lugar y además en su compañía, sabía de su existencia. Frunció el ceño y entrecerró los ojos con un gesto de extremo cansancio, como si el interior de su cabeza fuera una bomba nuclear a punto de explotar.

Hacía tiempo que había perdido la sonrisa, y los acontecimientos que se estaban desarrollando aquel día no estaban ayudando para nada en su recuperación. Comenzó a caminar nervioso de un extremo a otro del despacho, como si de una fiera enjaulada se tratase, mesándose los escasos cabellos que le quedaban y que siempre ocultaba bajo un barato sombrero de fieltro. Había dado orden a su secretaria para que cancelase todas las reuniones que tenía previstas para aquel día. De momento, con eso tendría que bastar. Necesitaba encontrar al ladrón así le fuese la vida en ello.

Aún no podía creer que un intruso hubiese tenido acceso, no solo a su santuario personal, sino a todos los documentos de valor que guardaba. Sin embargo, solo había tomado prestado uno. Uno muy particular. Eso era una pista importante ya que, quien quiera que fuese, estaba muy claro qué era lo que le interesaba de él. Pero, ¿quién?

—¿Qué está haciendo aquí? —preguntó malhumorado al girarse y ver apoyada en el dintel de la puerta a su secretaria con aspecto compungido. Era la primera vez que nadie entraba en su despacho sin llamar primero. Tendría que tomar medidas al respecto.

—Discúlpeme, señor Gutiérrez, pero me ha resultado tan raro que cancelase todas las reuniones de hoy sin dar una explicación y no ha salido de su despacho, me he tomado el atrevimiento de entrar para ver si se encontraba usted bien —Natalia, su secretaria, había adquirido la tonalidad de los tomates en el momento de la cosecha. Nada más abrir la puerta ya sabía que aquel sería su último día de trabajo con el señor Gutiérrez, pero su preocupación por su jefe era auténtica, y le pudo más la intranquilidad que la sensatez.

La mandó salir del despacho con mal humor, pero en el fondo sabía que Natalia era una buena trabajadora que siempre decía la verdad, por lo que postergó para otro momento la reconsideración de su puesto de trabajo. Ahora mismo, de lo único que debía preocuparse era de encontrar al ladrón que había salido impune de allí, llevándose su posesión más valiosa. Algo que solo él sabía que tenía, por lo que solo él debía desentrañar aquel misterio.

Se dejó caer a plomo en su cómodo sillón de cuero. Jamás se habría podido imaginar algo así. Creía que su pequeña reliquia se encontraba tan a salvo que no se había dado ni cuenta de que alguien caminaba tras ella. Aún no eran ni las nueve de la mañana, pero la sensación que tenía era la de haber permanecido entre aquellas cuatro paredes durante varios días. Era una sensación asfixiante, de falta de aire, de sentirse recluso en su propia casa, de haber sido profanado. Cerró los ojos con fuerza y exhaló con sonoridad todo el aire de que fue capaz.

—Solo quiero despertar de esta pesadilla —dijo, para sí mismo, mientras se frotaba el rostro con ambas manos como si esperase que de esa forma pudiese salir de aquel mal sueño que, al parecer, estaba viviendo.

Volvió a mirar por la ventana. Aquello siempre le calmaba cuando se encontraba estresado, cansado o furioso. A lo lejos, el mar daba brincos estallando contra las rocas de la costa, como correspondía a aquella época del año. Sentía que en aquellos momentos era una de aquellas olas que iban a romper con dureza contra las rocas.

Decidió inspeccionar de nuevo su despacho, pero con mayor meticulosidad. Buscaba cualquier pista que al ladrón se le hubiera podido pasar desapercibida, el más mínimo cambio en la colocación de los enseres, cualquier cosa. Podría haberse dedicado a inspeccionar cualquier mota de polvo que hubiese quedado depositada sobre los muebles, y habría sabido que todos sus esfuerzos eran en vano. Lo notó cuando entró al despacho, como cada mañana, con el ceño fruncido. Para él, que era tan metódico y obsesivo con el orden, cualquier cosa desplazada de su lugar le hubiese llamado de inmediato la atención, pero no había sido así. Además, contaba con el mejor sistema de alarma del mercado, con lo que cualquier intruso hubiese sido detectado inmediatamente. A no ser, claro está, que la persona que hubiese entrado pudiese desactivar la alarma.

En su mente comenzó a dibujarse un rostro que cumplía con todos los requisitos para ser el posible autor del robo. Solo había una persona que se hubiese ganado su confianza de tal manera como para no solo haberle hecho entrega de las llaves de la oficina, sino que además poseía las llaves de su despacho, las de la caja fuerte y la clave para desactivar la alarma. Solo una persona cumplía con esos requisitos, pero había algo que no encajaba. No comprendía el motivo que podía tener aquella persona para robar el documento más valioso para él, pero que para los demás no tenía valor alguno. ¿Para qué iba a hacer aquello? En fin, no le quedaba más remedio que entrevistar a esa persona para intentar sonsacarle información. Si esa persona le demostraba que no había sido ella, no le quedaría más remedio que intentar adivinar.

Las manos de Natalia no dejaban de temblar desde que el Sr. Gutiérrez la había llamado a su despacho con urgencia y, pidiéndole que cerrara la puerta tras de sí, la invitó a sentarse en una de las tradicionales butacas que, reservadas para los clientes, estaban situadas en la parte de fuera de la gran mesa de madera de nogal de aquel hombre.

Aquel gesto no pasó desapercibido para el Sr. Gutiérrez, pero no sabía si interpretarlo como una muestra de miedo a haber sido descubierta o temor a que la fuese a echar una bronca por haber irrumpido sin llamar en su despacho una media hora antes. Quedó muy confuso, pues él siempre se había jactado de conocer las intenciones de una persona con solo una mirada, así como de saber cuándo alguien le estaba mintiendo o no. Pero con Natalia tenía dudas, y eso comenzó a ponerlo nervioso.

Natalia estaba ya empezando a romperse las uñas mientras es Sr. Gutiérrez la analizaba con la mirada intentando no dejar pasar por alto ningún detalle que le pudiera dar alguna pista de lo que estaba buscando en su secretaria. El duelo de miradas duró bastantes minutos, nerviosa la de Natalia, escrutadora la del Sr. Gutiérrez. Al fin, este habló. Sus palabras eran duras e intentaban generar en Natalia la falta de confianza necesaria para que confesase su falta. Era la única que tenía acceso al documento, aunque hasta ahora él pensaba que desconocía de su existencia.

—Te voy a ser directo, Natalia. Ha desaparecido un documento muy importante de la caja fuerte. De hecho, es el más importante para mí. No hay ningún signo de que las puertas hayan sido forzadas y tampoco la caja fuerte. Tú eres la única que tiene acceso a la caja. Solo quiero que me digas la verdad. ¿Lo tienes? ¿Dónde lo tienes?

Natalia, que hasta aquel momento había permanecido mirando con fijación a su jefe, nerviosa a más no poder, mientras continuaba rompiéndose las uñas una por una, prorrumpió en un intenso llanto. Aquella chiquilla lloraba de manera desconsolada, hipando cada vez que intentaba pronunciar alguna palabra. No sabía exactamente el motivo, pero el llanto de su secretaria solo le inspiraba una ternura inmensa. No, aquella muchacha no estaba llorando por haber sido descubierta. Además, hubiese sido demasiado obvio. ¿Cómo no lo había pensado antes?

—Sr. Gutiérrez —dijo, al fin, Natalia, intentando controlar las lágrimas que caían como dos torrentes por sus mejillas—. ¿Cómo puede usted pensar eso de mí? Sabe que yo no haría tal cosa. Hace muchos años que trabajo para usted y jamás he osado entrar en su despacho en su ausencia o sin su permiso —consiguió decir del tirón, antes de volver a su desconsolado llanto.

Aquello no hizo más que confirmar que la chiquilla decía la verdad. Era de su absoluta confianza. De hecho, era la única persona en la que había depositado su confianza en toda su vida. Y aquel llanto… Aquel llanto era de auténtico dolor por el mero hecho de pensar que él hubiese dudado de ella en algún momento. Lo hubiese reconocido en cualquier lugar. En el momento más inesperado para él, y a pesar de la situación por la que estaba pasando, su instinto paternal hizo acto de presencia, aunque manteniendo la distancia.

—Discúlpame, Natalia. No debí dudar de ti. He sido un completo estúpido. No llores más, por favor. Te creo. Natalia, te creo. Pero esto que ha ocurrido es muy peligroso para mí. No te puedo dar detalles, pero será mejor que cerremos la oficina por el día de hoy. Si quieres, puedes irte a casa.

Para su sorpresa, Natalia decidió no irse de allí. Su jefe tenía problemas y ella tenía que estar a su lado para ayudarle a afrontarlos. El Sr. Gutiérrez aceptó aquel acto de generosidad, otorgándole el valor que sabía que tenía.

Durante todo el tiempo que duró la charla entre los dos, ninguno de ellos se dio cuenta de una sombra que, parapetada tras el muro de piedra de la casona, les espiaba sin ser vista.

—¿Tienes hambre? —le preguntó a Natalia. Esta contestó con un leve movimiento afirmativo de cabeza—. Anda, toma dinero y ve a comprar unos sándwiches para los dos. Te vendrá bien que te dé el aire.

Natalia salió de la oficina dejando a su jefe encerrado en ella. Hasta ese momento, nada hacía presagiar los acontecimientos que se desarrollarían en las siguientes horas.

El Sr. Gutiérrez se devanaba los sesos intentando averiguar quién podría tener interés en aquel documento y, además, irrumpir en su oficina de aquella manera sin haber dejado ni un solo rastro. Sentado sobre su sillón, apoyaba los codos sobre la mesa y, con la mirada baja, se mesaba los escasos cabellos una y otra vez, como si de esa manera fuese a fluir desde su cerebro la brillante idea que resolviese la situación.

Se estaba desesperando de tal manera que se estaba volviendo loco. Tenía aquel documento en su poder desde hacía más de treinta años y jamás se lo habían reclamado. De hecho, el trato que constaba en el mismo tenía validez el mismo día de su fallecimiento. Desde el momento en que lo firmó, su vida había dado un giro espectacular de ciento ochenta grados. Sus negocios, antes ruinosos, comenzaron a reflotar de tal manera, que pronto pasó a formar parte del grupo más selecto de empresarios del país. Llevaba una vida basada en el lujo y la ostentación que le hacía codearse con las familias de la más elevada clase social. Se sentía como pez en el agua entre ellos, como si hubiese nacido en ese entorno y olvidó sus raíces humildes en el seno de una familia de obreros.

Entre aquellas familias de alta alcurnia se encontraba la familia Monfort, una de las más acaudaladas de la ciudad. El Sr. Gutiérrez se enamoró perdidamente de la hija mayor de aquel matrimonio, Cristina, y en apenas dos años contrajeron matrimonio. Pero, al parecer, con el paso del tiempo Cristina había descubierto que tenía otras necesidades que no cubría el matrimonio con él. Por ello había marchado de casa hacía unas semanas. No estaban legalmente divorciados, pero sí separados de hecho. Desde aquel día en que Cristina se marchó de casa, la sonrisa del Sr. Gutiérrez desapareció por completo, pasando de ser un empresario excelente a convertirse en un auténtico ogro con sus empleados, que no hacía nada más que operaciones ruinosas.

Levantó la mirada de la mesa y se cubrió la cara con las manos, en un intento de despejarse los ojos. Natalia aún no había regresado con la comida, por lo que todavía tenía algunos instantes de tranquilidad que le permitieran pensar con calma.

Fue entonces cuando comenzó a atar cabos. La marcha de Cristina fue el detonante de la larga sucesión de desgracias que le venían ocurriendo. El negocio de telas fue el siguiente, ya que la pérdida de su mayor cliente por cierre le había ocasionado un descalabro financiero importante. Las siguientes empresas habían ido sufriendo percances similares en lapsos de tiempo más o menos cortos. Por último, su negocio de asesoría empresarial, que era el que estaba intentando salvar desde aquella oficina, también se estaba viendo resentido.

Era como si toda su racha de buena suerte o su buen tino con los negocios, y la vida en general, hubiesen desaparecido, no de golpe, pero sí con bastante rapidez. Abrió los ojos como platos cuando una idea comenzó a tomar forma en su cabeza. No podía ser. Todavía no. ¿O sí? Tal desesperación le llevó a arañarse incluso la cara. De pronto, unos suaves golpes sonaron en la puerta.

Natalia aún no había regresado de su salida a comprar comida. No había nadie más en la oficina. ¿Quién podría estar dando esos golpes? No tuve ni que levantarse para abrir la puerta. Una especie de sombra negra incorpórea, la misma que hace unos momentos les observaba a través de la ventana, atravesó la puerta sin mayores problemas. Una vez dentro, se materializó en un caballero de aspecto fúnebre, vestido de negro, con una larga capa que evocaba muchos siglos atrás.

—Buenos días, Rubén —el Sr. Gutiérrez sintió cómo un escalofrío le recorría el cuerpo de arriba abajo. Nadie le llamaba Rubén, salvo su querida Cristina—. He venido a saldar mi deuda.

—No te creo —replicó Rubén de inmediato—. Este no era el trato que hicimos. Fuiste tú quién se lo llevó, ¿verdad? —su cara pasó de manera casi instantánea a adquirir el color rojo de la furia que se estaba arremolinando en su interior.

—Por supuesto, mi fiel amigo. Ha llegado el momento de que cumplas con tu palabra. Yo tengo el documento y he venido a cumplir con mi cometido —aquel hombre lóbrego le hablaba con una lentitud pasmosa, midiendo cada palabra, pronunciando cada vocablo con una perfección absoluta. Era alto y delgado, huesudo en toda su anatomía y su sola mirada bastaba para congelar a cualquier persona en el acto.

—Pero no puede ser —se quejó Rubén, abandonando por un momento la furia para dar paso a un pánico casi letal que le sacudía por dentro—. El pacto que hicimos no era así.

—Claro que lo era, Rubén. ¿No lo recuerdas? ¿Necesitas que te refresque la memoria? —dijo con su voz tétrica, mientras extraía de debajo de su capa el famoso documento que tanto había buscado Rubén durante toda la mañana—. Vamos a ver… aquí dice, «Yo, Rubén Gutiérrez, cedo mi alma al diablo a cambio de disfrutar de las mayores riquezas y posición social durante el resto de mi vida». Creo que el contenido está claro, es preciso y no da lugar a ningún equívoco.

—Pero… —Rubén ya tenía que hacer esfuerzos, no ya para hablar, sino para incluso balbucear.

—Sí, Rubén, sí. Has gozado de todo el reconocimiento social que tú querías durante todos estos años. Tus negocios han sido los más prósperos de la nación. No creo que te haya faltado de nada durante todo este tiempo. Mi parte del trato está cumplida. Ya he visto que no has sabido mantener a tu lado el amor, pero es ya es cosa tuya, en eso no he tenido nada que ver.

—Pero… —volvió a balbucear Rubén,  pálido por completo—. Eso no es cierto… Mis negocios han empezado a decaer en las últimas semanas… No voy a gozar de prosperidad durante el resto de mi vida…

—¡Ay, Rubén, Rubén! Veo que nunca has llegado a tener muchas luces. Me vas a hacer tener que explicártelo y no quería —aquel hombre parecía comenzar a regodearse de la situación—. Siempre me gusta dar avisos a mis contactos, ¿sabes? Imaginé que, al ver decaer tu riqueza, encontrarías rápido el motivo, pero ya veo que no ha sido así.

—¿Eso quiere decir que…? —la palidez del rostro de Rubén era cada vez más evidente. Le costaba respirar. Comenzaba a marearse y había perdido nitidez en la visión.

—¡Exacto! ¡Al final lo has comprendido! ¿Ves como no era tan difícil? —la risa con la que aquel hombre acompañaba a sus palabras provocó de inmediato arcadas en Rubén, lo que, unido a su carencia respiratoria, casi hace que se ahogue en su propio vómito—. Es la hora de que vengas conmigo, Rubén. Créeme si te digo que me hubiera dejado que disfrutaras un poco más, pero necesito almas para mi ejército. Y tú ya no eras feliz, Rubén. Ni todo el oro del mundo te hubiese compensado por la pérdida de tu querida  mujercita. Eras el candidato adecuado.

Rubén apenas tuvo tiempo de responder. Su corazón se paró de inmediato una vez pronunciada la última palabra. Su alma se desprendió del cuerpo humano sin vida y el hombre le tomó de la mano, volviéndose a hacer incorpóreo hasta desaparecer esfumándose de allí, llevando el alma de Rubén con él.

Un grito de terror se escuchó en la oficina cuando Natalia regresó con los sándwiches. Los médicos que acudieron solo pudieron certificar su muerte. Paro cardíaco por estrés postraumático, rezaba en el informe.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Mi mar”

El relato del viernes: “Mi mar”

 

MI MAR
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MI MAR

Siempre he tenido una especial pasión por el mar. Esa inmensa masa de agua que perfila un horizonte indefinido ejerce tal influjo sobre mí que al menos un par de veces al año tengo que visitarlo para lograr un mínimo de equilibrio en mi vida. Me quedo hipnotizada con el vaivén de las olas, con el sonido que producen al llegar a la orilla, con el aroma a salitre que se te adhiere a la piel. Lo siento majestuoso y yo, un diminuto punto en el universo, pero en total sintonía con él. Cada vez que lo veo siento la misma admiración que la primera vez. Tanta vida recogida dentro de tanta inmensidad, hasta donde abarca mi vista.

Este año, por circunstancias que no vienen al caso, no he podido visitarlo. Y ya estamos en el mes de noviembre. Siento que algo me falta, que no estoy completa, que la vida no es tan generosa conmigo como debiera. Me falta el aroma a mar. Sus bellos amaneceres y los más preciosos aún anocheceres. Cada noche sueño con él, sueño que soy una sirena que vive feliz entre las olas, guiando a los peces hacia aquellas zonas donde se van a sentir más protegidos. Y cada día que pasa siento que mi respiración se hace más y más dificultosa, igual que la sirena de mis sueños cuando pasa demasiado tiempo fuera del agua. Necesito el mar como necesito respirar.

Hoy ha sido un día como cualquier otro, con el agravante de mi falta de alimento espiritual. Ni siquiera el hecho de ser viernes ha conseguido apaciguar un poco la ansiedad que llevo viviendo desde hace ya varios meses. He cumplido con mi jornada laboral de manera correcta, nada espectacular, pero he cumplido. Y he llegado a casa a mitad de la tarde, como siempre, apagada y cansada.

Tú ya estabas en casa cuando he llegado, como cada viernes. Nunca he tenido ese lujo de la jornada reducida y la verdad es que tampoco lo he necesitado. Siempre y cuando tuviese mi doble ración anual de mar, claro está. La pereza ha podido conmigo cuando me has dicho que íbamos a salir, lo cierto es que he inventado cien mil excusas para no hacerlo. Solo tenía ganas de meterme en la cama e hibernar hasta que pase el invierno y, con la primavera, volviesen a florecer mis posibilidades de viajar hasta mis queridas aguas del Mediterráneo. Menos mal que tú siempre has sido muy insistente.

Reconozco que he montado en el coche de mal humor. Si ya me costaba trabajo salir de casa, imagínate si ni siquiera sabía el motivo por el que salíamos ni hacia dónde nos dirigíamos. Sí que es verdad que me ha extrañado un poco que tomases la carretera en dirección contraria a la habitual, pero ya que estabas con la intención de sorprenderme tampoco he reparado demasiado en ello. No llevaríamos ni veinte kilómetros cuando mis ojos comenzaron a emitir señales de que necesitaban un buen descanso. Y, sin quererlo, me quedé dormida. Todo el cansancio acumulado de la semana, sumado a la apatía general que me producía mi falta de elixir de la vida, hicieron que pasase al menos tres horas durmiendo.

Abrí los ojos a tiempo de ver cómo entrábamos en mi querida ciudad costera, la que siempre visitamos, la que llevo en el alma. El aroma del mar me llegó con la primera inspiración que realicé de manera consciente y, con él, un soplo de energía. La sonrisa me iluminó el rostro al instante. Era incapaz de creer que estuviésemos aquí, que hubieses hecho esto por mí.

Pero aquí estoy, es real, no es un sueño y yo no soy una sirena. Llegamos a la playa justo a tiempo de ver cómo las últimas luces del día se apagan en el horizonte rojo fuego. Me subo a mi roca, la que he hecho mía ya con el paso de los años, extiendo mis brazos y respiro. Solo respiro. Es más que suficiente para devolverme a la vida. El mar. Mi mar.

Ana Centellas. Enero 2018. Derechos registrados.

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Mi jueves de poesía: “Nos pudieron las ganas”

Mi jueves de poesía: “Nos pudieron las ganas”

 

NOS PUDIERON LAS GANAS
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

NOS PUDIERON LAS GANAS

 

Nos pudieron las ganas

de abrazarnos, de besarnos,

de nadar contracorriente

y saltarnos todas las normas.

De dar la vuelta al universo

sin elegir un destino,

de volar hasta el mismo cielo

entre abrazos y gemidos.

 

Nos pudieron las ganas

de comernos, de corrernos,

de saltar sin red al vacío

sin ningún miedo a la caída.

De trazar nuestro propio camino

entre caricias y besos,

de evadir sin culpa al destino

con nuestros pecados y excesos.

 

Nos pudieron las ganas

de fundir en una las pieles,

de desnudarnos el alma,

de despojarnos de ropas,

de enredarnos en mil besos,

de ver juntos la mañana,

de ser por una vez uno solo,

quemarnos con la mirada.

 

No quisimos evitarlo

y nos pudieron las ganas.

 

Ana Centellas. Enero 2018. Derechos registrados.

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25. FINAL

Los 52 golpes – Golpe #01 – “Amor a mar”

Los 52 golpes – Golpe #01 – “Amor a mar”
AMOR A MAR
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

AMOR A MAR

Enero de 2018. Un año nuevo de comienzo y la playa presenta un aspecto hipnotizador. Si tuviésemos que definir con una imagen el concepto de calma, seguramente sería la que más se le aproximase. No hay personas que enturbien el silencio con sus gritos, ni revuelvan la arena en busca de hacer el mejor castillo, ni alboroten las aguas calmadas con sus espectaculares zambullidas.

La arena presenta un aspecto embaucador, más blanca y brillante que nunca. Kilómetros de fina arena virgen, sin profanar, sin una sola huella en toda su extensión. El viento se ha encargado de repartirla de manera que parece una extensa alfombra que se extiende a los pies del océano, dándole una cálida bienvenida.

Ese viento, que hoy ha dejado de soplar para darle una tregua a las valientes aguas, es el mismo que las acerca a la orilla. Por eso hoy el agua pisa la arena con suaves zapatos de seda, acariciándola a su llegada. Se acerca con timidez hasta la orilla para fundirse con ella en un tierno abrazo de amor. Mar y arena, los eternos enamorados, se aman hoy con lentitud, con calma, en silenciosa armonía, sin que nadie se dé cuenta de ello.

Sobre la arena, pequeños restos de roca y conchas, recuerdos imperecederos del amor que ambos se profesan, son los únicos testigos de la calidez del encuentro. Y el sol, allá en lo alto, ciego de celos, no ve el momento de fundirse con ese mar que tanto ama.

En un pequeño conjunto de conchas y piedras alojado sobre la arena, no muy lejos de la orilla, un pequeño coral crece mecido por el suave murmullo de las olas acariciando la costa. Es fruto del amor, hijo del cariño de los amantes que tienen que esperar a días como este para poder disfrutarse con calma.

Los días en los que el mar está revuelto, por la mala influencia del viento, arremete contra la arena con furia, como si quisiera arrastrarla de la playa hacia las profundidades más abisales. Entonces el sol ríe y hace aparecer su carácter más vengativo escondiéndose entre las nubes, para disfrutar a hurtadillas del placer que siente al ver al mar arremeter contra la playa.

Pero la fuerza del amor siempre prevalece y los frutos del amor sobreviven incluso en las condiciones más adversas. Hoy la playa está tranquila, disfruta del amor satisfecho. Y los hijos de este amor, se yerguen orgullosos ante el sol.

Ana Centellas. Enero 2018. Derechos registrados.

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Aquí tenéis mi primera participación en Los 52 golpes durante el año 2018. Pasaos por la página, donde podréis encontrar a la estupenda clase de 2018 y a los locos que, como yo, continúan dando golpes semana tras semana. Ya podéis leer mis golpes 2 y 3. ¡El número 4 está en marcha!

“Amor a primera lectura” – Desafíos Literarios

“Amor a primera lectura” – Desafíos Literarios
AMOR A PRIMERA LECTURA
Imagen: Pixabay.com (editada)

Aquí os dejo con mi aportación a Desafíos Literarios del pasado viernes, en mi columna Letras a la Deriva. No dejéis de visitar la página, donde encontraréis textos maravillosos de compañeros estupendos.

AMOR A PRIMERA LECTURA

—¡No toques el sobre! —me dijo Laura, con voz asustada, cuando abrimos el buzón de nuestra casa y lo encontramos allí.

Llevábamos años sin recibir ningún tipo de correspondencia, ahora que las nuevas tecnologías se habían impuesto sobre las tradicionales formas de comunicación. A la mayor aspiración a la que podíamos llegar al abrir el buzón era a recibir el grueso catálogo que Ikea nos enviaba puntualmente cada nueva temporada. Lo demás eran panfletos de supermercados, pizzerías y demás octavillas publicitarias.

La verdad es que cuando vi aquel sobre, grande, blanco, dentro de nuestro buzón, la primera emoción que pasó por mí fue el miedo. En él solo se podía leer, con una caligrafía firme, bonita, casi artística, mi nombre en mayúsculas: ROCÍO. Pero el miedo dio paso de una manera espectacularmente rápida a otra emoción más intensa aún, la curiosidad. Por eso alargué mi mano sin apenas pensarlo hacia él y la retiré de inmediato, como si me hubiese producido un calambre, con el grito de Laura.

—¡Es una trampa! ¡Seguro que es una trampa! —Laura seguía con su infatigable lista de malas excusas para que no abriese el sobre que tan delicadamente iba dirigido a mí—. Ya nadie envía cartas y, además, no tiene sello, está claro que lo han introducido directamente en nuestro buzón. ¡Puede ser de cualquier psicópata!

«Los psicópatas no tienen una letra tan bonita, seguro», pensé para mis adentros, mientras me la quedaba mirando con cara de incredulidad. Hay ocasiones en las que peco de ser demasiado ingenua, lo reconozco, pero la intuición me decía que en su interior no iba a encontrar nada peligroso, ni mucho menos intimidatorio. Además, para una vez que una recibe una carta… tendrá que abrirla, ¿no?

Hice caso omiso de las advertencias paranoicas de Laura y tomé entre mis manos aquel extraño sobre. Pasé mi dedo sobre las letras que componían mi nombre, sin hallar ningún tipo de relieve. Estaba claro que había sido escrito con suavidad, sin aplicar apenas presión. Demasiada delicadeza para ser algo malo. Lo abracé contra mí y pulsé el botón del ascensor.

—¡Pero estás loca! ¿No pretenderás abrirlo en casa? Mira que yo me voy…

Laura seguía con su estresante monólogo. Solo llevábamos unos minutos en el portal, frente al buzón, debatiéndonos entre si debíamos coger o no el sobre, pero la verdad es que yo aún no había pronunciado palabra. Y seguí sin hacerlo mientras el ascensor nos elevaba hasta el séptimo piso. «El séptimo cielo», como nos gustaba llamarle.

Entramos en casa y fui directa a mi habitación, ignorando definitivamente las palabras de Laura y su exagerada reacción. Rasgué el sobre con mi abrecartas, ahora una reliquia que en su día había tenido mucho uso, y extraje de él la única hoja de papel que había en su interior. Con la misma cuidada caligrafía que había podido apreciar en el exterior del sobre, aquel humilde folio de papel blanco estaba cubierto de los versos más hermosos que había leído jamás. E iban dedicados a mí. Tenía entre mis manos la carta de un poeta.

En tan solo cinco minutos que estuve encerrada en mi habitación ya me había enamorado, no solo de las letras, sino también de la persona que había detrás. Alguien que pudiese expresar con versos tan bonitos sus sentimientos, debía ser una persona increíble. Porque aquellos versos eran una auténtica declaración de amor, de las de antaño, de las que te encogen el corazón y apenas puedes respirar. Llegué a pensar que habíamos retrocedido en el tiempo. Una única firma, al final de los versos, podía darme una idea de quién los había escrito, Sergio.

El único Sergio que conocía era un hombre extraño que vivía en el noveno piso de nuestro mismo bloque. Vivía solo y siempre se le veía abatido, como condenado a una soledad no deseada. Debía de ser unos diez años mayor que yo, pero aquello a mí no me importaba. Salí de mi habitación en busca de la ayuda de Laura.

—¡Laura! ¡Laura! —la llamé, al tiempo que salía de mi habitación—. ¿Cuántos hombres que se llamen Sergio conoces?

—Que yo sepa, solo el vecino del noveno. ¿Por qué?

Su pregunta quedó en el aire. Yo ya estaba saliendo por la puerta. Podía ser que estuviese equivocada, pero necesitaba salir de dudas cuanto antes. Subí de dos en dos las escaleras de los dos pisos que nos separaban y, cuando llegué a su puerta, me detuve unos instantes para tomar aire y recuperar la compostura.

Toqué al timbre pero no hubo respuesta. Decidí intentarlo una vez más. Ahora sí, aquel hombre solitario se hallaba frente a mí. Desde donde yo estaba podía sentir su lucha interior por no mostrar la timidez que le producía aquel encuentro. Estaba claro que sabía qué hacía yo llamando a su puerta, y no era para pedir sal precisamente.

El cruce de miradas se me hizo interminable. Ninguno de los dos hablaba, solo manteníamos un pulso visual, como si tratásemos de averiguar cuál sería el próximo movimiento del contrincante. Al fin, levanté mi mano con sus versos y le sonreí. Sonrió también levemente mientras me invitaba a entrar en su casa.

No volví a salir de allí. Ni aquella noche ni las siguientes. Ahora, siempre que me preguntan si creo que existe el amor a primera vista, respondo con un rotundo sí. Existe el amor a primera vista, así como también existe el amor a primera lectura.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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17. FRIDA

Reseña literaria: “Retorcida – Paula de Grei”

Reseña literaria: “Retorcida – Paula de Grei”

32. RESEÑA RETORCIDA

Como podréis comprobar, mis lecturas van lentas. Tanto es así que creo que esta es la primera reseña que hago desde que comenzó el año. Y eso que la lectura ha estado entretenida, pero tengo la sensación de que no  puedo con la vida.

De todas formas, todo llega. Y despacito se hace caminito, como decía el refrán (o algo así). Hoy, por fin, llega mi reseña, opinión o como queráis llamarle de “Retorcida”, de nuestra compañera Paula de Grei. Comienzo dejando la ficha técnica:

FICHA TÉCNICA

Título: Retorcida

Autora: Paula de Grei

Editorial: Autopublicado

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 219

ASIN: B075J6MDPF

SINOPSIS:

Paula es una loca plagada de voces reprimidas, que a sus veinte y largos años decide vomitar sus historias o las historias de quien sea, en un blog que se vuelve cuasi-famoso.

Una mujer que habita entre sombras cómodamente, que refleja todo su cinismo escondido detrás de los vestigios de su sarcasmo, siempre aportando un toque irónico, el cual le ayuda a mantener la inocencia mientras suma seguidores.

Su inaparente equilibro mental se ve perturbado por la presencia binaria de un hombre, quien la desafía dentro de su propio juego. Una simbiosis inesperada la dejará desprevenida ante este perfecto extraño, quien utilizará el más vil de los recursos para llamar su atención y volver su propio ego en un gran enemigo.

La historia de una loca retorcida, indudablemente.

Hacía tiempo que tenía pendiente esta lectura. Y con tiempo quiero decir… meses. Siempre voy a remolque, con retraso en todo. Pero no quería perderme la historia de Paula, “Retorcida”.

Conociendo a Paula solo un poquito, podía intuir que esta novela prometía. Y lo cierto es que no me ha decepcionado. Quizá hubiese esperado algo más de humor, o quizá es que lo he perdido yo. Pero, en general, la historia me ha encantado. Solo dejo unas breves líneas para no hacer ningún spoiler (no encuentro la manera de hablar más acerca de la novela sin dejar entrever cosas que no me gustaría, esas las tenéis que leer vosotros). Por supuesto, no entro en correcciones ortográficas ni nada por el estilo.

Paula nos narra con un lenguaje llano y natural, como es su costumbre, aspectos de su vida. Va desnudando poco a poco su alma para darnos a conocer su estilo de vida, sus gustos, su vida en pareja. En particular, describe su mundo desde que tomó la decisión de abrir una cuenta en una conocida red social (Facebook, para más señas) y de cómo, dentro de su hermetismo, una persona llega a tocarle la fibra hasta el punto de esperar sus mensajes.

Todo ello con el particular estilo irónico de Paula, sarcasmo a raudales en una historia que merece la pena ser leída, sin lugar a dudas.

Una cosa que me ha encantado han sido los agradecimientos, ahí sí que destila humor por los cuatro costados. Completado con alguna de las particulares listas a las que Paula nos tiene acostumbrados. Por mi parte, ya tiene sus cinco estrellitas en Amazon.

Si aún no lo habéis leído y queréis pasar un tiempo entretenido con un lectura amena y fuera de lo común, podéis adquirirla en el siguiente enlace.

Por cierto, Paula, cuando vengas a España, tú pones el dulce de leche y yo te invito a un Jameson. 😉